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domingo, 19 de marzo de 2017

Emil Cioran -Silogismos de la amargura: Sobre la música

Nacido con un alma normal, le pedí otra a la música: fue el comienzo de desastres maravillosos…

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  Sin el imperialismo del concepto, la música hubiera sustituido a la filosofía: habría sido entonces el paraíso de la evidencia inexpresable, una epidemia de éxtasis.

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  Beethoven vició la música: introdujo en ella los cambios de humor, dejó que penetrara en ella la cólera.

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  Sin Bach, la teología carecería de objeto, la Creación sería ficticia, la nada perentoria.

  Si alguien debe todo a Bach es sin duda Dios.

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  ¡Qué son todas las melodías al lado de la que ahoga en nosotros la doble imposibilidad de vivir y morir…!

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  ¿Para qué releer a Platón cuando un saxofón puede hacernos entrever igualmente otro mundo?

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  Sin medios de defensa contra la música, estoy obligado a sufrir su despotismo y, según su capricho, a ser dios o guiñapo.

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  Hubo un tiempo en que, no logrando concebir una eternidad que pudiera separarme de Mozart, no temía la muerte. Lo mismo me sucedió con cada músico, con toda la música…

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  Chopin elevó el piano al rango de la tisis.

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  El universo sonoro: onomatopeya de lo inefable, enigma desplegado, infinito percibido e inaccesible… Cuando se sufre su seducción, ya sólo se concibe el proyecto de hacerse embalsamar en un suspiro.

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  La música es el refugio de las almas ulceradas por la dicha.

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  Toda música verdadera nos hace palpar el tiempo.

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  El infinito actual, paradoja para la filosofía, es la realidad, la esencia misma de la música.

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  Si hubiera sucumbido a los halagos de la música, a sus llamadas, a todos los universos que ella ha suscitado y destruido en mí, hace tiempo que, por orgullo, habría perdido la razón.

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  La aspiración del Norte hacia otro cielo engendró la música alemana —geometría de otoños, alcohol de conceptos, ebriedad metafísica.

  A la Italia del siglo pasado —feria de sonidos— le faltó la dimensión de la noche, el arte de exprimir las sombras para extraer su esencia.

  Hay que escoger entre Brahms o el Sol…

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  La música, sistema de adioses, evoca una física cuyo punto de partida no serían los átomos sino las lágrimas.

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  Quizás esperé demasiado de la música, quizás no tomé las precauciones necesarias contra las acrobacias de lo sublime, contra el charlatanismo de lo inefable…

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  De algunos andantes de Mozart se desprende una desolación etérea, como un sueño de funerales en otra vida.

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  Cuando ni siquiera la música es capaz de salvarnos, un puñal brilla en nuestros ojos; ya nada nos sostiene, a no ser la fascinación del crimen.

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  ¡Cuánto me gustaría morir por la música, como castigo por haber dudado de la soberanía de sus hechizos!