El Impresionismo tenía un gran peligro. Su técnica era tan adecuada para representar la realidad subjetiva que podía convertirse en su esclava. Desde Monet, los impresionistas pasaron años y años preocupados, como él, por conseguir una impresión de la realidad perfecta, subjetiva, instantánea. Pero la obra debe ser un resultado de la imaginación del artista y no una copia servil de la realidad. Buscando un camino para superar el arte tradicional, Monet, había llegado a un callejón sin salida. Ello es la causa de que muchos de los primeros impresionistas, como Cézanne, Degas, etc., se aparten, a partir de 1882, del Impresionismo puro (que nunca abandonó el propio Monet) en busca de nuevas soluciones más imaginativas, menos ceñidas a la propia naturaleza. Es también la causa de que a partir de 1882 se sintieran algunos movimientos de reacción, como el antes mencionado simbolismo. Renoir huye hacia la línea, hacia Italia, y se refugia en el sabio dibujo de Ingres para conseguir una armonía estable entre forma y color, entre imaginación y plasmación óptica. Otros, como Toulouse-Lautrec, conciben un impresionismo totalmente desvinculado de las «Nynfeas» y las «Impresiones» de Monet. Un impresionismo, perfilado por la línea inquieta de un dibujante genial. La atmósfera se torna poco a poco irrespirable para los impresionistas. La degradación del último estilo de Sisley es prueba evidente de éste fenómeno. Por querer seguir al pie de la letra la inspiración de Monet, su obra pierde el frescor imaginativo que lo caracterizaba en sus primeros años, cuando aún conservaba en la retina el color jugoso de Hals y la espléndida composición cromática de Turner y Constable.
En estos momentos surge un nuevo movimiento que intenta renovar el Impresionismo desde dentro y, por tanto, salvarlo, sin recurrir a una extrema y radical negación, como había hecho el simbolismo. Este nuevo movimiento es conocido como «neoimpresionismo». Los neoimpresionistas hacen un impresionismo científico. No dejan al instinto la separación cromática o análisis de color, típica del Impresionismo, sino que lo codifican y reglamentan según las más modernas leyes de la óptica. Es un impresionismo científico. La ley del contraste simultáneo de Chevreul y los estudios ópticos del alemán Helmoltz y del norteamericano Rood se convierten en las líneas predominantes del nuevo estilo. Sus creadores son Seurat y Aman Jean. Por lo general, estos pintores suelen ser también teóricos y críticos de Arte. Signac da verdaderas lecciones de estética en su famosa obra «De Eugéne Delacroix al Impresionismo». El método de la división científica del color, más conocido por «divisionismo óptico», se extendió luego a la composición general del cuadro. Dice Signac: «Guiado por la tradición y por la ciencia, él neoimpresionista armonizará, antes de comenzar su tela, la composición a su concepto, es decir, que adaptará las líneas (direcciones y ángulos), el claroscuro (tonos) y los colores (tintas) al carácter que quiere hacer predominantes. Las líneas ascendentes y los ángulos apuntados hacia arriba significan alegría, lo mismo que las tintas cálidas y los tonos claros. Sus contrarios engendran en el espectador sensaciones opuestas. Pero este código no es puramente simbólico, como el de Puvis de Chavannes —cuya influencia en el neoimpresionismo es conocida—, sino que responde a unas influencias psicomotrices que se producen en la contemplación de la obra. Seurat persiguió la forma a través del divisionismo cromático y llegó a interesar en el ensayo a impresionistas tan maduros como Pisarro, quien, por un tiempo, se sintió entusiasmado por el neoimpresionismo».
En 1884 se crea la Sociedad de los Independientes, agrupando a pintores de diversas tendencias que no comulgaban con las líneas del impresionismo ortodoxo. Figuraban en ella Seurat, Redon, Signac. Cross, etc. En 1885 Seurat hace una exposicíón en la Tate Gallery, de Londres, donde muestra su Baño en Asniéres (FIG. 31), y un año más tarde otra en el Instituto de Arte, de Chicago, donde presenta al mundo su obra maestra: «La Grand Jatte». Son los hitos claves del desarrollo del neoimpresionismo. Su técnica es el divisionismo cromático, también llamado puntillismo, porque consiste en pequeñísimas pinceladas que se unen a sí mismas por el efecto cromático que provocan entre sí unas con otras. George Seurat (1859-1891), quiere reintegrar la forma a base del puntillismo,siguiendo las admoniciones científicas de Chevreul, sobre el tono dominante y el tono de reacción. En torno a él florece una pléyade de pintores, aunque ninguno puede alcanzar su maestría y dominio tanto teórico como práctico.
Signac (1863-1935) (FIG. 32) es el mejor seguidor de Seurat, y ya hemos hablado antes de su producción como teórico e historiador del arte. Sus obras resultan demasiado frías y conceptuales. Se notan excesivamente preparadas, construidas hasta sus más pequeños detalles. La frescura que Seurat sabía imprimir a sus originales no provenía de la teoría puntillista, sino del genio personal del francés, como se puso en evidencia después de su muerte, acaecida cuando el pintor era todavía muy joven. Signac gozó, en cambio, de extrema longevidad, pero no supo adaptarse en ningún momento al cambio que la época le exigía. Otros puntillistas, o neoimpresionistas, son Cross, Couturier, y los belgas Van Velde, Gausson, Hoyet, etc…
Figura 31.- El baño en Asnieres G. Seurat (Galeria nacional de Londres)
Figura 32 los baños de los Andeyls P Signac ( París, colección particular)
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sábado, 18 de marzo de 2017
Historia del impresionismo.-La reacción Simbolista
Hacia 1880 se nota una reacción contraria al naturalismo impresionista. Suele denominarse con el título de Simbolismo. Nació en los campos literarios, pero captó rápidamente seguidores en el terreno pictórico. Aunque este tema se titula Impresionismo y va a recoger las tendencias principales de este período, no podemos dejar aparte el simbolismo pictórico, tanto por su importancia como por estar encajado, al menos en sus inicios, dentro del desarrollo pictórico impresionista. Los principales simbolistas son Moreau, Redon, Carriére y Puvis de Chavannes, aunque también podemos considerar simbolista a Gauguin, cuya tremenda personalidad no nos permite encajar unilateralmente en esta denominación única.
Odilon Redon (1840-1916) es contemporáneo a los grandes creadores del Impresionismo (FIG. 27). Cultivó la música y la poesía y era amigo íntimo del gran poeta simbolista Mallarmé. Su pintura no triunfó en Francia, sino en Holanda, donde encontró gran número de admiradores, a partir de 1885. Gustave Moreau (1826-1898) fue un individuo de exquisita cultura, muy relacionado con el Modernismo. Coleccionista de arte oriental, se mostró siempre partidario del idealismo, contra el «tosco materialismo impresionista que sólo sabe pintar lo que se ve con los ojos del cuerpo» (FIG. 28). Su mayor gloria consiste en haber sido maestro de Rouault, cuya obra se tratará en el tema próximo.
Figura 27 El sueño Odilon Redon (Friburgo colección particular)
Puvis de Chavannes (1824-1898) crea una pintura fría y estilizada, de pocos valores sensibles, pero cargada de un delicado simbolismo que ejerció influencia en la juventud del de Francia (FIG. 29). Eugenio Carriére (1849-1906) prescinde casi por completo del color y vuelca su sensibilidad hacia la línea y el claroscuro. Su importancia radica, sobre todo, en su magisterio sobre Matisse y Derain. Fuera de Francia hay simbolistas importantes, incluso de más calidad que los franceses, cosa que no ocurre con el estilo impresionista. Entre los simbolistas europeos conviene recordar la obra de Klimt (FIG. 30), un austríaco amigo de los fuertes contrastes de calidad y colorido, que juega con la luz con la misma maestría que un impresionista, pero inyecta en sus obras un tremendo simbolismo que las caracterizan notablemente; el suizo Bocklin y el americano Ryder. También practicó el estilo simbolista el holandés Toorop, de quien hemos hablado en el capítulo anterior
Figura 30.- Las 3 edades de la mujer G Klimt (Roma, museo de arte moderno)
Odilon Redon (1840-1916) es contemporáneo a los grandes creadores del Impresionismo (FIG. 27). Cultivó la música y la poesía y era amigo íntimo del gran poeta simbolista Mallarmé. Su pintura no triunfó en Francia, sino en Holanda, donde encontró gran número de admiradores, a partir de 1885. Gustave Moreau (1826-1898) fue un individuo de exquisita cultura, muy relacionado con el Modernismo. Coleccionista de arte oriental, se mostró siempre partidario del idealismo, contra el «tosco materialismo impresionista que sólo sabe pintar lo que se ve con los ojos del cuerpo» (FIG. 28). Su mayor gloria consiste en haber sido maestro de Rouault, cuya obra se tratará en el tema próximo.
Figura 27 El sueño Odilon Redon (Friburgo colección particular)
Puvis de Chavannes (1824-1898) crea una pintura fría y estilizada, de pocos valores sensibles, pero cargada de un delicado simbolismo que ejerció influencia en la juventud del de Francia (FIG. 29). Eugenio Carriére (1849-1906) prescinde casi por completo del color y vuelca su sensibilidad hacia la línea y el claroscuro. Su importancia radica, sobre todo, en su magisterio sobre Matisse y Derain. Fuera de Francia hay simbolistas importantes, incluso de más calidad que los franceses, cosa que no ocurre con el estilo impresionista. Entre los simbolistas europeos conviene recordar la obra de Klimt (FIG. 30), un austríaco amigo de los fuertes contrastes de calidad y colorido, que juega con la luz con la misma maestría que un impresionista, pero inyecta en sus obras un tremendo simbolismo que las caracterizan notablemente; el suizo Bocklin y el americano Ryder. También practicó el estilo simbolista el holandés Toorop, de quien hemos hablado en el capítulo anterior
Figura 28.- La aparición Gustave Moreau (París, Museo Moreau)
Figura 29.- El verano P Plusvis de Chavaness (Cleveland,museo de Arte)
PINTURA IMPRESIONISTA FUERA DE FRANCIA
En Italia no tiene mucho éxito. Debemos mencionar a De Nittis (FIG. 22), Boldini y Zondomeneghi, que pintan en Francia junto a Monet y Renoir (el último es amigo personal de éste), pero no logran introducir en su patria de forma decidida la moda gala. También hay que mencionar a los grandes paisajistas del norte: Segantini (FIG. 23) y Reycend. Este último, sobre todo, está considerado como el mejor impresionista italiano.
En Bélgica hay que destacar a Anton Mauve y Jongkind como precursores del movimiento Impresionista, muy influidos ambos por las tendencias francesas. Jongkind frecuentó el grupo de Saint-Simeon y consiguió una maestría envidiable en la acuarela exterior (FIG. 24). También podemos destacar alguna fase de Toorop, quien más tarde profesa en otros estilos más modernos.
En Inglaterra sólo debemos mencionar a Sickert (FIG. 25), que se formó con Whistler y Degas, y en Escocia al estupendo impresionista Mac Taggart, cuyo estilo, inspirado sin duda en el movimiento francés, alcanzó una originalidad poco frecuente.
En Alemania, el Impresionismo está representado por Liebermann, creador de gran carácter, que formó buena escuela allí (FIG. 26). Por regla general, el Impresionismo francés gozó de una rápida y favorable acogida en Alemania, desde su iniciación. En Escandinavia y Dinamarca también tiene eco la pintura impresionista, pero no podemos destacar individualidades muy señaladas.
Figura 22 travesia de los Apeninos G. De Nittis (Napoles, Museo Capodimonte)
Figura 23 Las 2 madres Segantini (Milán, Galeria Arte Nuevo)
Figura 24 Estacada Sobre el Escalda J.B Jongkind (París, Museo del Louvre)
Figura 25 Interior de San Marcos W.R Sickert (Londres, Galería Gate)
Figura 26.- El zoo de Amsterdan. M. Liebermann ( Bremen,museo de Bellas Artes).
Las fases del impresionismo
En principio, conviene separar claramente dos generaciones: la que podríamos llamar propiamente impresionista, creadora, clásica, y la neoimpresionista, reformadora, inquieta, problemática. La una deja planteado todo un estilo y, por cierto, uno de los más característicos de Europa en los últimos tres siglos. La otra abre caminos insospechados y prepara los frutos del arte contemporáneo.
El público europeo recibió al impresionista con cajas destempladas. Mejor dicho, ni siquiera lo recibió. Jamás lo admitió. Lo arrojó despectivamente del cenáculo de la alta sociedad. Esto podría movernos a pensar. Porque si el Impresionismo es, como se afirma, la lógica evolución del arte europeo figurativo de la Edad Moderna, y el europeo siempre había aceptado de mejor o peor grado las innovaciones artísticas que se producían en el continente, ¿por qué esa repulsa tan violenta contra el Impresionismo?, ¿por qué esa respuesta tan airada y sorprendente? Por otro lado, no debemos creer que fuera un gesto, o simplemente una consecuencia del natural desprestigio que los artistas vienen sufriendo desde el siglo XVIII. No, no es nada de esto; Europa ha acogido unas veces bien y otras mal a sus «artistas», pero siempre ha admitido el «arte», es decir, un nuevo estilo. No se trata ahora de rechazar al artista como personaje humano, sino el propio estilo. La sociedad francesa de finales del XIX se pronunció frenéticamente contra el nuevo estilo. Existe en el fondo de esta negación un oculto temor que no podemos enjuiciar en estos momentos. Parece como si la sociedad decimonónica comprendiera que aquel estilo era algo así como el canto de cisne de su dorado positivismo liberal.
El artista impresionista es también un positivista; no podía por menos. Estaba viviendo en Francia, la cuna de Augusto Comte, y éste estaba llamado a ejercer gran influencia en todos los ámbitos culturales. Para demostrar esta afirmación, tenemos todas las consideraciones científicas de los impresionistas, sobre todo las relacionadas con fenómenos ópticos. La obra de Claude Bernard, «Introducción al estudio de la medicina experimental», tuvo hondas consecuencias para la primera generación de impresionistas. Las conclusiones ópticas de Bernard, y, en general, de todos los científicos de su tiempo, fueron ensayadas por los impresionistas con sus lienzos y sus pinceles.
La tradición viene llamando impresionismo a una variedad de ensayos pictóricos que admiten difícil unificación entre ellos. A diferencia de otros estilos posteriores, el Impresionismo no se manifestó como una escuela, ni publicó manifiesto (como ocurrió más tarde con el futurismo, el dadaísmo, el surrealismo, etc…), sino que fue un brote inconexo y espontáneo de varios pintores franceses. Todos ellos tienen una característica común, que no es la pintura atmosférica, como se ha venido diciendo (esto ya lo pintaban los europeos desde el XVII), sino la pintura del tiempo, como tendremos ocasión de mostrar con mayor detalle en alguna imagen posterior.
La tradicional explicación que hacía derivar este estilo de la Exposición del Salón de Otoño de 1874 (con su famoso «Soleil cou-chant. Impresión» (FIG. 3), que dio su nombre al movimiento) es demasiado sencilla y tosca para que pueda parecer eficaz. Monet sólo es uno de los representantes, y no el primero, de aquel movimiento pictórico.
Figura 3 Impresión sol poniente C Monet (París,museo Marmottan)
Dentro de la primera generación impresionista, podemos separar tres ramas divergentes:
A) El grupo llamado irónicamente Escuela de «Saint-Simeon», parodiando la seriedad romántica de los saint-simonianos. Este grupo estaba formado fundamentalmente por Boudin, los pintores de Honfleur, Jongkind y el propio Courbet. No suelen considerarse como impresionistas, sino como ilustres precedentes del movimiento.
B) El grupo de la Academia suiza, con Cézanne, Guillaumin, Oller, Pisarro, dentro del cual se manifiestan diversas tendencias que apuntan hacia los cuatro puntos cardinales.
C) El grupo del taller Gleyre, formado por los más famosos impresionistas: Bazille, Sisley, Renoir y Monet.
Cada uno de estos dos últimos grupos tenía características comunes y diversas. El grupo de Gleyre prefería los paisajes del norte de Francia, a poder ser acuáticos, mientras que el grupo de la Academia suiza prefería los paisajes del Centro o Sur, a poder ser de predominio terrestre. Sisley es un punto de contacto entre estas dos características.
Boudin (1824-1898) es pintor que frecuenta la granja de Saint-Simeon, antes mencionada, y que se preocupa por los reflejos de la luz solar sobre la superficie marina. La Escuela de Saint-Simeon, con Fantin-Latour, Jongkind, etc., se formó hacia 1860. Las otras dos se forman en 1862.
En 1863 se produce la famosa Exposición denominada el «Salón de los rechazados», en la que el Emperador admitía a los artistas que habían sido rechazados del Salón Oficial. Con ello se abre una ola de innovaciones y se deja paso libre a un fenómeno extraordinariamente creador. En esta Exposición, en la que estuvieron presentes Whistler, Jongkind, Pisarro, etc., la verdadera sorpresa la causa Manet con su atrevido «Desayuno en la hierba» (FIG. 4). Es un cuadro de técnica tradicional, que se revuelve ostentosa y desvergonzadamente contra las creencias de moralidad oficiales. A partir de este momento Manet es el líder de los rechazados, que suelen reunirse en el Café Guerbois, de la avenida Clichy.
Figura 4 El desayuno en la hierba Eduardo Manet (París, museo del Louvre)
En 1867 hay otra Exposición en la que Manet obtiene señalado triunfo. En 1870 muere uno de los pintores más prometedores del momento, Bazille, cuya «Reunión en familia» (FIG. 5) es un estupendo ensayo de iluminación exterior. La guerra dispersa o aniquila a la mayoría de los artistas del momento. Parece que la rebelión de los «rechazados» va a consumirse en una protesta vana.Entre 1872 y 1877 se gesta el auténtico Impresionismo, y sus más geniales representantes en Francia son Monet, Renoir, Pisarro, Sisley, Cézanne y Guillaumin. En 1874 se celebra una Exposición de «impresionistas» (fueron llamados así en tono despectivo) en casa de Nadar. No es un Salón oficial, ni siquiera una Sala abierta al gran público, sino una especie de cenáculo para amigos y simpatizantes. Más tarde, las exposiciones se suceden y aunque el gran público y la crítica oficial sigue fustigando a los «rebeldes», el nuevo estilo va ganando adeptos, entre la clase intelectual sobre todo.
Edgar Degas (1834-1917) es un pintor formado académicamente en Italia, pero no convencido por el arte oficial, es decir, el naturalista romántico. Abandona pronto su estilo y técnica para buscar soluciones luminosas, no exteriores, como la mayoría de los impresionistas, sino interiores. Pinta bailarinas y escuelas de «ballet» (FIG. 7), como motivo principal. A veces sale al aire libre para pintar alguna carrera del hipódromo (FIG. 8). A partir de 1886 se alejó bastante del grupo impresionista. Camille Pisarro (1830-1903) es un paisajista formado en la tradición naturalista de Courbet y Corot. Gusta del aire libre y de la iluminación intensa y reverberante (FIG. 9). En un período de su vida practica el divisionismo, adelantándose así a posteriores ensayos. Este periodo divisionista de Pisarro puede situarse entre 1886 y 1888 (FIG. 10). Más tarde vuelve al Impresionismo normal.
Figura 7 la repetición Edgar Degas (Glasgow,museo de arte)
Figura 8 En las Carreras Edgar Degas (París museo del Louvre)
Figura 9 Camino de Versalles a Louveciennes Camille Pizarro
Figura 10 Mujer en el huerto , Camile Pizarro (París, museo del Louvre)
Claude Monet (1840-1926) no tiene largos precedentes en la pintura anterior, sino que se forma directamente con preimpresionistas como Jongkind, Boudin, etc., en la escuela de Saint-Simeon. Enamorado desde muy pronto de los ambientes abiertos y la iluminación exterior, está en insuperables condiciones para conseguir una de las cumbres del estilo en la Exposición de 1874. También influye en su estilo la pintura inglesa de Turner, que tiene ocasión de conocer en 1870, en un viaje a Londres. A partir de 1890 comienza sus famosas series de la catedral de Rouen (FIG. 11), etc… En el siglo XX consigue sus mejores obras, denominadas Nynfeas, en las que la expresión lírica supera todo hallazgo visual (FIG. 12). Monet atravesó una larga carrera entre el dominio de una nueva técnica expresiva a la expresión consecuente, a través de esa misma técnica, de todo lo que encerraba su afectividad y su inteligencia. Es pintor poco variado porque su obra no presenta escotaduras y disgresiones, como la de Manet o cualquier otro. Durante toda su vida vivió dedicado al impresionismo y a perseguir a través de las impresiones fugaces del color dividido, la esencia de la pintura.
Figura 11La catedral de Rouen pleno Sol Claude Monet
Figura 12 Estanque con ninfas (París,museo del Louvre)
Figura 13 El molino de Gallete Auguste Renoir (París, museo del Louvre)
Auguste Renoir (1841-1919) está muy ligado a Bazille y a Monet desde 1862, en que se encuentra con ellos en el taller de Gleyre. Prefiere las pinturas animadas por personajes, sobre todo femeninos (FIG. 13). Abundan sus obras femeninas y entre ellas adquiere particular relieve el género del retrato. Utiliza el impresionismo o divisionismo cromático, tal como le inspiran las obras de Monet, aunque nunca consigue llevarlo a esa pureza que caracteriza las obras de este último (FIG. 14). A partir de 1881, a raíz de un viaje a Italia, tiene un período de regresión hacia la línea, con un contorno muy perfilado. Al final de su vida, sin volver al impresionismo, vuelve a dar importancia al color, que se apodera de la forma totalmente. En estos últimos años prefiere el color rojo y son muchos los cuadros cuya tonalidad dominante responde a esta gama (FIG. 15).Alfred Sisley (1839-1899) es un inglés afincado en Francia que se reúne con el grupo del taller de Gleyre A partir de 1880, su obra pierde en calidad todo lo que gana en monotonía, quizá por la enorme influencia de Monet, a quien intenta imitar desafortunadamente (FIG. 16).
Figura 14 La Grenouillere Auguste Renoir (Moscú, Museo Pushkin)
Figura 15 Muchacha con corona de flores (Auguste Renoir Galeria Belever)
Figura 16 La inundación en Port Marty A Sisley París, museo del Louvre
Paul Cézanne (1839-1906) es artista variado y profundo (FIG. 17). Parte de una fase cercana a Daumier, pero pronto entra en contacto con los impresionistas, introducido por su amigo Pisarro. A partir de 1882 se aleja definitivamente del Impresionismo y crea sus grandes obras del monte Santa Victoria, los «Jugadores de Cartas» (FIG. 18), bodegones, etc. Algunos autores afirman que llegó a ese estilo tan personal porque no pudo dominar técnicamente el Impresionismo. Lo cierto es que superó a la mayoría de los impresionistas, y con su geometrismo cromático ejerció una influencia sin par en la pintura contemporánea (FIG. 19). En los últimos años hace cuadros soberbios, como los de las «Bañistas», etc. Henri de Toulouse Lautrec (1864-1901) es un espíritu refinado y exquisito (FIG. 20), aristócrata de nacimiento y mutilado en un desgraciado accidente infantil. Sus influencias son variadas y remotas (japoneses, Degas, Monet, Lewis-Brown, etc…), pero todas ellas quedan fundidas en el crisol de su tremenda personalidad, humana y amarga como la vida misma. Dueño de un grafismo nervioso y atractivo, es el ilustrador de la vida Parísién de la época: los hombres famosos, los lugares de placer, las artistas populares, etc. (FIG. 21).
Figura 17 Autoretrato con bombin Paul Cezanne (París, collección particular)
Figura 18 Los jugadores de Cartas Paul Cezanne (París,museo de Louvre)
19 La mujer de la cafetera Paul Cezanne (París, museo del Louvre)
Figura 20 La Toilette H de Toulose-Lautrec (París,museo del Louvre)
Figura 21 Baile en el Moulin Rouge H de Toulose-Lautrec (Colección particular)
El público europeo recibió al impresionista con cajas destempladas. Mejor dicho, ni siquiera lo recibió. Jamás lo admitió. Lo arrojó despectivamente del cenáculo de la alta sociedad. Esto podría movernos a pensar. Porque si el Impresionismo es, como se afirma, la lógica evolución del arte europeo figurativo de la Edad Moderna, y el europeo siempre había aceptado de mejor o peor grado las innovaciones artísticas que se producían en el continente, ¿por qué esa repulsa tan violenta contra el Impresionismo?, ¿por qué esa respuesta tan airada y sorprendente? Por otro lado, no debemos creer que fuera un gesto, o simplemente una consecuencia del natural desprestigio que los artistas vienen sufriendo desde el siglo XVIII. No, no es nada de esto; Europa ha acogido unas veces bien y otras mal a sus «artistas», pero siempre ha admitido el «arte», es decir, un nuevo estilo. No se trata ahora de rechazar al artista como personaje humano, sino el propio estilo. La sociedad francesa de finales del XIX se pronunció frenéticamente contra el nuevo estilo. Existe en el fondo de esta negación un oculto temor que no podemos enjuiciar en estos momentos. Parece como si la sociedad decimonónica comprendiera que aquel estilo era algo así como el canto de cisne de su dorado positivismo liberal.
El artista impresionista es también un positivista; no podía por menos. Estaba viviendo en Francia, la cuna de Augusto Comte, y éste estaba llamado a ejercer gran influencia en todos los ámbitos culturales. Para demostrar esta afirmación, tenemos todas las consideraciones científicas de los impresionistas, sobre todo las relacionadas con fenómenos ópticos. La obra de Claude Bernard, «Introducción al estudio de la medicina experimental», tuvo hondas consecuencias para la primera generación de impresionistas. Las conclusiones ópticas de Bernard, y, en general, de todos los científicos de su tiempo, fueron ensayadas por los impresionistas con sus lienzos y sus pinceles.
La tradición viene llamando impresionismo a una variedad de ensayos pictóricos que admiten difícil unificación entre ellos. A diferencia de otros estilos posteriores, el Impresionismo no se manifestó como una escuela, ni publicó manifiesto (como ocurrió más tarde con el futurismo, el dadaísmo, el surrealismo, etc…), sino que fue un brote inconexo y espontáneo de varios pintores franceses. Todos ellos tienen una característica común, que no es la pintura atmosférica, como se ha venido diciendo (esto ya lo pintaban los europeos desde el XVII), sino la pintura del tiempo, como tendremos ocasión de mostrar con mayor detalle en alguna imagen posterior.
La tradicional explicación que hacía derivar este estilo de la Exposición del Salón de Otoño de 1874 (con su famoso «Soleil cou-chant. Impresión» (FIG. 3), que dio su nombre al movimiento) es demasiado sencilla y tosca para que pueda parecer eficaz. Monet sólo es uno de los representantes, y no el primero, de aquel movimiento pictórico.
Figura 3 Impresión sol poniente C Monet (París,museo Marmottan)
Dentro de la primera generación impresionista, podemos separar tres ramas divergentes:
A) El grupo llamado irónicamente Escuela de «Saint-Simeon», parodiando la seriedad romántica de los saint-simonianos. Este grupo estaba formado fundamentalmente por Boudin, los pintores de Honfleur, Jongkind y el propio Courbet. No suelen considerarse como impresionistas, sino como ilustres precedentes del movimiento.
B) El grupo de la Academia suiza, con Cézanne, Guillaumin, Oller, Pisarro, dentro del cual se manifiestan diversas tendencias que apuntan hacia los cuatro puntos cardinales.
C) El grupo del taller Gleyre, formado por los más famosos impresionistas: Bazille, Sisley, Renoir y Monet.
Cada uno de estos dos últimos grupos tenía características comunes y diversas. El grupo de Gleyre prefería los paisajes del norte de Francia, a poder ser acuáticos, mientras que el grupo de la Academia suiza prefería los paisajes del Centro o Sur, a poder ser de predominio terrestre. Sisley es un punto de contacto entre estas dos características.
Boudin (1824-1898) es pintor que frecuenta la granja de Saint-Simeon, antes mencionada, y que se preocupa por los reflejos de la luz solar sobre la superficie marina. La Escuela de Saint-Simeon, con Fantin-Latour, Jongkind, etc., se formó hacia 1860. Las otras dos se forman en 1862.
En 1863 se produce la famosa Exposición denominada el «Salón de los rechazados», en la que el Emperador admitía a los artistas que habían sido rechazados del Salón Oficial. Con ello se abre una ola de innovaciones y se deja paso libre a un fenómeno extraordinariamente creador. En esta Exposición, en la que estuvieron presentes Whistler, Jongkind, Pisarro, etc., la verdadera sorpresa la causa Manet con su atrevido «Desayuno en la hierba» (FIG. 4). Es un cuadro de técnica tradicional, que se revuelve ostentosa y desvergonzadamente contra las creencias de moralidad oficiales. A partir de este momento Manet es el líder de los rechazados, que suelen reunirse en el Café Guerbois, de la avenida Clichy.
Figura 4 El desayuno en la hierba Eduardo Manet (París, museo del Louvre)
En 1867 hay otra Exposición en la que Manet obtiene señalado triunfo. En 1870 muere uno de los pintores más prometedores del momento, Bazille, cuya «Reunión en familia» (FIG. 5) es un estupendo ensayo de iluminación exterior. La guerra dispersa o aniquila a la mayoría de los artistas del momento. Parece que la rebelión de los «rechazados» va a consumirse en una protesta vana.Entre 1872 y 1877 se gesta el auténtico Impresionismo, y sus más geniales representantes en Francia son Monet, Renoir, Pisarro, Sisley, Cézanne y Guillaumin. En 1874 se celebra una Exposición de «impresionistas» (fueron llamados así en tono despectivo) en casa de Nadar. No es un Salón oficial, ni siquiera una Sala abierta al gran público, sino una especie de cenáculo para amigos y simpatizantes. Más tarde, las exposiciones se suceden y aunque el gran público y la crítica oficial sigue fustigando a los «rebeldes», el nuevo estilo va ganando adeptos, entre la clase intelectual sobre todo.
Figura 5 Reunión de familia (Paris, museo del Louvre)
Eduardo Manet (1832-1883) adquirió su técnica visitando los mejores museos de Europa y contemplando a los maestros barrocos, sobre todo Velázquez, Goya y los italianos. «Olimpia» (FIG. 6), otra gran obra suya de 1866, no causó menos escándalo que el «Desayuno en la hierba», del 63.A partir de 1874 deja su liderato entre los jóvenes artistas del Guerbois a Claude Monet, pintor de Ninfeas, Catedrales y estudios luminosos insuperables. Monet busca la síntesis en cada una de sus pinceladas y desempeña durante varios años el papel más avanzado entre los impresionistas. Se mantuvo siempre fiel a su estilo, a diferencia de Manet, que ensayó muchas otras soluciones. La influencia de Berthe Morisot, discípula de Corot y modelo de Manet, es fundamental para que éste acepte a Monet y siga sus enseñanzas.
figura 6 Olimpia Eduardo Manet (París, Museo del Louvre)
Edgar Degas (1834-1917) es un pintor formado académicamente en Italia, pero no convencido por el arte oficial, es decir, el naturalista romántico. Abandona pronto su estilo y técnica para buscar soluciones luminosas, no exteriores, como la mayoría de los impresionistas, sino interiores. Pinta bailarinas y escuelas de «ballet» (FIG. 7), como motivo principal. A veces sale al aire libre para pintar alguna carrera del hipódromo (FIG. 8). A partir de 1886 se alejó bastante del grupo impresionista. Camille Pisarro (1830-1903) es un paisajista formado en la tradición naturalista de Courbet y Corot. Gusta del aire libre y de la iluminación intensa y reverberante (FIG. 9). En un período de su vida practica el divisionismo, adelantándose así a posteriores ensayos. Este periodo divisionista de Pisarro puede situarse entre 1886 y 1888 (FIG. 10). Más tarde vuelve al Impresionismo normal.
Figura 7 la repetición Edgar Degas (Glasgow,museo de arte)
Figura 8 En las Carreras Edgar Degas (París museo del Louvre)
Figura 9 Camino de Versalles a Louveciennes Camille Pizarro
Figura 10 Mujer en el huerto , Camile Pizarro (París, museo del Louvre)
Claude Monet (1840-1926) no tiene largos precedentes en la pintura anterior, sino que se forma directamente con preimpresionistas como Jongkind, Boudin, etc., en la escuela de Saint-Simeon. Enamorado desde muy pronto de los ambientes abiertos y la iluminación exterior, está en insuperables condiciones para conseguir una de las cumbres del estilo en la Exposición de 1874. También influye en su estilo la pintura inglesa de Turner, que tiene ocasión de conocer en 1870, en un viaje a Londres. A partir de 1890 comienza sus famosas series de la catedral de Rouen (FIG. 11), etc… En el siglo XX consigue sus mejores obras, denominadas Nynfeas, en las que la expresión lírica supera todo hallazgo visual (FIG. 12). Monet atravesó una larga carrera entre el dominio de una nueva técnica expresiva a la expresión consecuente, a través de esa misma técnica, de todo lo que encerraba su afectividad y su inteligencia. Es pintor poco variado porque su obra no presenta escotaduras y disgresiones, como la de Manet o cualquier otro. Durante toda su vida vivió dedicado al impresionismo y a perseguir a través de las impresiones fugaces del color dividido, la esencia de la pintura.
Figura 11La catedral de Rouen pleno Sol Claude Monet
Figura 12 Estanque con ninfas (París,museo del Louvre)
Figura 13 El molino de Gallete Auguste Renoir (París, museo del Louvre)
Auguste Renoir (1841-1919) está muy ligado a Bazille y a Monet desde 1862, en que se encuentra con ellos en el taller de Gleyre. Prefiere las pinturas animadas por personajes, sobre todo femeninos (FIG. 13). Abundan sus obras femeninas y entre ellas adquiere particular relieve el género del retrato. Utiliza el impresionismo o divisionismo cromático, tal como le inspiran las obras de Monet, aunque nunca consigue llevarlo a esa pureza que caracteriza las obras de este último (FIG. 14). A partir de 1881, a raíz de un viaje a Italia, tiene un período de regresión hacia la línea, con un contorno muy perfilado. Al final de su vida, sin volver al impresionismo, vuelve a dar importancia al color, que se apodera de la forma totalmente. En estos últimos años prefiere el color rojo y son muchos los cuadros cuya tonalidad dominante responde a esta gama (FIG. 15).Alfred Sisley (1839-1899) es un inglés afincado en Francia que se reúne con el grupo del taller de Gleyre A partir de 1880, su obra pierde en calidad todo lo que gana en monotonía, quizá por la enorme influencia de Monet, a quien intenta imitar desafortunadamente (FIG. 16).
Figura 14 La Grenouillere Auguste Renoir (Moscú, Museo Pushkin)
Figura 15 Muchacha con corona de flores (Auguste Renoir Galeria Belever)
Figura 16 La inundación en Port Marty A Sisley París, museo del Louvre
Paul Cézanne (1839-1906) es artista variado y profundo (FIG. 17). Parte de una fase cercana a Daumier, pero pronto entra en contacto con los impresionistas, introducido por su amigo Pisarro. A partir de 1882 se aleja definitivamente del Impresionismo y crea sus grandes obras del monte Santa Victoria, los «Jugadores de Cartas» (FIG. 18), bodegones, etc. Algunos autores afirman que llegó a ese estilo tan personal porque no pudo dominar técnicamente el Impresionismo. Lo cierto es que superó a la mayoría de los impresionistas, y con su geometrismo cromático ejerció una influencia sin par en la pintura contemporánea (FIG. 19). En los últimos años hace cuadros soberbios, como los de las «Bañistas», etc. Henri de Toulouse Lautrec (1864-1901) es un espíritu refinado y exquisito (FIG. 20), aristócrata de nacimiento y mutilado en un desgraciado accidente infantil. Sus influencias son variadas y remotas (japoneses, Degas, Monet, Lewis-Brown, etc…), pero todas ellas quedan fundidas en el crisol de su tremenda personalidad, humana y amarga como la vida misma. Dueño de un grafismo nervioso y atractivo, es el ilustrador de la vida Parísién de la época: los hombres famosos, los lugares de placer, las artistas populares, etc. (FIG. 21).
Figura 17 Autoretrato con bombin Paul Cezanne (París, collección particular)
Figura 18 Los jugadores de Cartas Paul Cezanne (París,museo de Louvre)
19 La mujer de la cafetera Paul Cezanne (París, museo del Louvre)
Figura 20 La Toilette H de Toulose-Lautrec (París,museo del Louvre)
Figura 21 Baile en el Moulin Rouge H de Toulose-Lautrec (Colección particular)
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miércoles, 15 de marzo de 2017
El impresionismo (introducción)
El Impresionismo es un movimiento artístico que se produce en el último tercio del siglo XIX, inmediatamente después del naturalismo. El Impresionismo se experimenta primeramente en las artes plásticas. De ellas recibe la terminología y las primeras directrices. Más tarde se proyecta en todos los campos del arte y la cultura europeos. En el terreno económico, Europa atraviesa la época dorada del liberalismo económico, aquella doctrina que había teorizado Adam Smith y los ingleses habían enseñado a Europa. Pero esta época de esplendor es, al mismo tiempo, una época de feroz decadencia. La decadencia, la postración, la ruina, se palpan por doquier, flotan en el aire. Es una época bifronte: por un lado, segura de sí misma, de su técnica y de su economía; por otro, triste y resignada, deprimida y melancólica.
Las técnicas se suceden demasiado rápidamente, casi con violencia. El hombre europeo pierde el reposo que le había caracterizado desde el siglo XVII. Descubre con frenesí nuevas máquinas, nuevas funciones, nuevos objetos de confort. Se inicia el desequilibrio en la producción, que habría de desembocar en la espantosa crisis de 1929. Los cambios afectan a las modas, como es natural, y éstas, al gusto estético. Surgen estilos con asombrosa velocidad. Pero desaparecen al mismo ritmo. Nadie puede estar seguro de lo que es bello o lo que no lo es. Esta velocidad se ha acelerado en nuestros días hasta límites patológicos.
La industria es la primera en sentir este frenesí o, al menos, la que lo sufrió más intensamente. Los industriales se ven obligados a lanzar al mercado nuevos artículos para suplantar los antiguos. Deben vender más para sostener su gigantesca y costosa maquinaria de producción. Este frenesí por los nuevos productos materiales conduce naturalmente a un desprestigio paralelo de los productos intelectuales, aquéllos que el intelectual podía ofrecer a la vieja Europa, cansada ya de ideas y proyectos. La técnica, y su cómplice la industria, introducen en la historia un dinamismo desconocido que altera el funcionalismo social de la época. «Este sentimiento de velocidad y cambio es el que encuentra expresión en el impresionismo», escribe Arnold Hauser en su famosa obra «Historia Social de la Literatura y el Arte».
La cultura, que antes había residido por igual en la ciudad y en lugares extraurbanos, se concentra casi exclusivamente en la urbe. En consecuencia, las ciudades europeas experimentan un crecimiento y una virulencia extraordinarios. La mayoría de las revoluciones y movimientos políticos del siglo XIX, y no son poco frecuentes, tienen su escenario en la ciudad y por actores a los pobladores urbanos. Este desmesurado crecimiento de la ciudad es lo que haría afirmar a Oswald Spengler, medio siglo más tarde, que Europa estaba en vías de decadencia. Con razón o sin ella, el caso es que una sensación de desasosiego y nerviosismo creciente se iba apoderando de la población europea, sensación que encontró su canal de desahogo en las guerras mundiales de principios del siglo XX. El Impresionismo es un arte eminentemente ciudadano, expresión pura de la excitabilidad que la gran ciudad produce sobre el sistema nervioso de los ciudadanos. Hauser dice que es un estilo propio de hombres ciudadanos y nerviosos, casi neuróticos, porque describe la versatilidad, el ritmo nervioso, las impresiones súbitas, agudas, pero siempre efímeras, de la vida ciudadana.
Por otro lado, el Impresionismo es la culminación estética de una larga aventura occidental, que comienza en el siglo XIII. El mundo de la burguesía fue removiendo incansablemente el universo estático y teológico de los medievales hasta conducirlo a una situación de movilidad suma, de extremo dinamismo, que el arte expresa en forma de súbita impresión óptica. Lo estático cae, perece, y es sustituido por lo movedizo, por la pura y desnuda fluidez. El Impresionismo no aspira a representar gestos estáticos ni situaciones perennes, sino el incansable proceso de aparición y desaparición que afecta a todos los seres concretos. En este sentido es el último paso de la pintura figurativa occidental. El Renacimiento había puesto la primera piedra de la pintura subjetiva, es decir, la pintura que intenta representar lo que ve un hombre y desde dónde lo ve. Su gran hallazgo fue la perspectiva, que expresaba cumplidamente este pensamiento. El impresionista descubre la momentaneidad de la impresión óptica, la precariedad de nuestras sensaciones y lo relativo de nuestras apreciaciones estéticas. Y lo expresa genialmente. Para ello posee la perspectiva geométrica de los renacentistas, la composición de los clásicos romanos, la perspectiva aérea de los barrocos y una nueva sensibilidad adaptada a este tipo de sensaciones.
Heráclito es quien mejor supo definir el manifiesto impresionista cuando dijo que nadie se puede bañar en el mismo río dos veces. Esto es, idénticamente, lo que proclama el impresionista. Esta es su máxima aspiración. La pintura subjetiva no lo es ya solamente porque el pintor simule un punto de vista único, sino porque se decide a pintar lo que ve en determinado instante, tal cual lo está viendo. Para decirlo de otra forma. El Renacimiento y el Barroco son un hallazgo geométrico espacial; el Impresionismo es un hallazgo temporal. Claro está que todo esto no tiene sentido por si solo, sino que es preciso relacionarlo con todo lo anterior y se desarrollará consecuentemente con lo posterior. Es decir, que los pintores románicos (siglos IX, X, XI y XII) pintaban figuras fuera de todo tiempo y de todo espacio, figuras etéreas e intemporales, personajes absolutos, divinos. Más tarde, el hombre bajomedieval y renacentista (recordemos a Giotto y Vitale de Bolonia) pinta esos mismos personajes quizá, pero situados en un espacio apropiado. O si prefieren, imagina un espacio en el que pueden vivir los escuetos y abstractos personajes medievales; un mundo real, formado de cosas reales, dentro del cual sumergen a los antiguos personajes religiosos. De ahí la terrible ingenuidad que nos evidencian todos los pintores renacientes. Descubrieron el espacio pictórico, pero no supieron en la mayoría de los casos crear unos personajes apropiados para ese nuevo espacio. Los holandeses del XVII y Velázquez dan muestras de haber conseguido algo a este respecto. Inventan nuevos personajes, que están de acuerdo con los nuevos espacios. El hombre bajo medieval y renacentista no consigue esto en un año, ni siquiera en un siglo. Tarda varias centurias. Concretamente, desde el XIII al XVII. A partir de este siglo, los europeos —Rubens, etc.— comienzan la búsqueda del tiempo. La primera forma de expresarlo es por medio de la fuerza y el movimiento. El movimiento sólo puede producirse en un lapso de tiempo, es decir, implica la noción de tiempo en su transcurso. Pero es una forma torpe e indirecta de expresar el tiempo. Es el impresionista de finales del XIX el que por vez primera en la pintura europea consigue expresar el tiempo en su paleta. No mediante un movimiento sugeridor, sino mediante una captación auténticamente temporal de la impresión óptica. La solución era evidente, fácil, incluso si se ve desde nuestra perspectiva o nivel histórico. Pero tardaron siglos en darse cuenta de ella. Fue preciso que el europeo cambiara su sensibilidad, se acostumbrara a ver las cosas en rápido tránsito de un origen a un destino, para que pudiera concebir la tremenda audacia de representar el tiempo en la pintura. De siempre se ha dicho que la pintura es un arte espacial. Si no fuera bastante con los numerosos experimentos estéticos actuales, podrían valer los anteriores argumentos para convencernos de que este punto de vista es sólo relativo. La pintura fue durante mucho tiempo un arte espacial. A finales del XIX comenzó a ser también un arte temporal, porque incorporaba una dimensión temporal a su realidad.
El principal objetivo del Impresionismo es representar la realidad, no como un ser, sino como un devenir. Dice Hauser que en este momento llega a su culminación la representación de la luz y de la atmósfera. Disentimos parcialmente con esta apreciación. La luz y la atmósfera son fenómenos espaciales y, como tales, habían sido dominados con perfección en los siglos anteriores, sobre todo en el XVII. Ya hemos dicho que los barrocos habían pretendido pintar un espacio apropiado a las figuras que aparecían en sus cuadros. Sólo habían intuido el tiempo como componente indispensable del movimiento, pero nunca como ingrediente sustancial de la obra pictórica. Creemos que el hallazgo esencial del Impresionismo es, precisamente, la inserción del tiempo, de la temporalidad como parte esencial de la obra. Observemos un cuadro de Monet (FIG. 1), por ejemplo. ¿Qué queremos decir cuando afirmamos que Monet ha incorporado el tiempo como ingrediente esencial de la obra pictórica? Sencillamente, que es imposible contemplar esta figura aislándola de su dimensión temporal. Cada una de las pinceladas, explosivas, sutiles, vibrantes, está orientada a crear en nosotros una impresión temporal. No quiere que pensemos ni por un momento que es una obra intemporal, que puede pensarse en cualquier momento de la dilatada existencia. Está incitándonos a que la coloquemos en un momento preciso, en un instante cabal, determinado y concreto, de nuestra vida. ¿Cómo lo consigue? Esto sería introducirnos en la técnica impresionista. La brevedad de esta explicación no lo permite, pero tocaremos, al menos, sus más elementales supuestos. Ante todo, prescindiendo de un tema intemporal —religioso o mitológico—, como los que elegían los pintores anteriores. A ningún impresionista se le ocurre pintar misterios religiosos, por ejemplo. Esto ha sido tomado erróneamente por muchos estudiosos y les ha llevado a afirmar, ligeramente, que el Impresionismo es un arte profano, laicista. Nada más lejos de la realidad.
La estación de San Lazar C. Monet (París,museo del Louvre)
Nosotros no pretendemos decir lo contrario, porque no se puede inferir de este tipo de pintura ni lo uno ni lo otro. Lo que sí decimos es que el impresionista no pinta temas religiosos porque éstos son intemporales y, por tanto, desbordan los supuestos temporales de este arte. ¿Qué temas elige entonces el impresionista? Pues temas como éste que ahora contemplamos, temas ordinarios, sucesos cotidianos, acontecimientos concretos y consuetudinarios que, precisamente por su concreción, nos mueven instintivamente a incluirlos en el tiempo absolutamente concreto que nos rodea, como nos rodean estos mismos acontecimientos. Este es el primer rasgo estilístico, distintivo, de la pintura impresionista. Repetimos: no es profana por motivos religiosos, sino por causas puramente estéticas.
Otra nota distintiva es su aparente inconcreción, su falta de acabado. Se ha dicho repetidas veces que los cuadros impresionistas deben ser contemplados desde lejos, para poder ser entendidos (FIG. 2). Nada más lejos de la realidad. El estilo pictórico impresionista, de pincelada rápida e inacabada, la sutil evaporación de los contornos que preside toda obra impresionista es otra artimaña técnica para conseguir el efecto deseado. Contemplemos un cuadro renacentista cualquiera. En él todo es perfecto, acabado, rotundo. Desde cualquier lugar, siempre que esté al alcance de nuestro poder visual, podemos admirarle como una cosa hecha y terminada, como una cosa «perfecta», que eso mismo significa. Pues bien, el impresionista busca una aparente «imperfección», una falta de acabado esencial, para expresar que nada permanece, que todo cambia y se mueve en el tiempo. Esa es precisamente la novedad. Los barrocos nos habían enseñado a representar un cuerpo moviéndose en el espacio. Los impresionistas nos han enseñado a representar un objeto moviéndose en el tiempo. La aportación no ha sido menuda. Y la contemplación de un cuadro impresionista no es necesario hacerla de lejos, como antes señalaba. Puede hacerse desde todos los puntos de vista y tal vez es preciso hacerla desde incontables puntos de vista diferentes para poder gozar en cada punto de una perspectiva diferente, es decir, de un cuadro diferente. Los que se alejan ocho metros para contemplar una obra impresionista es porque todavía no han comprendido el Impresionismo y pretenden ver la nueva obra tan acabada y perfecta, tan rotunda en sus límites, como las clásicas. Y eso es
precisamente lo que niega el pintor impresionista. El asunto está muy claro porque los artistas impresionistas no tenían pinceles de varios metros ni se alejaban constantemente para ver el efecto de la nueva pincelada a cierta distancia. No hacían cuadros «para verse a distancia», sino cuadros móviles, inquietantes, que producían desasosiego, porque no «se veían» bien, porque no acertamos a definir el contorno y la silueta de cada figura y ello nos hace movernos, alejarnos, desplazarnos o acercarnos. ¿Qué hacemos con ello? Multiplicar el cuadro. Verle muchas veces distintas, que es tanto como ver varios cuadros en donde materialmente hay uno sólo. En conclusión, al movernos nosotros, provocamos el movimiento del cuadro, que es, precisamente, lo que buscaba el artista de la impresión. La estética impresionista es una estética de la movilidad, no porque se mueva ella misma, sino porque obliga a moverse al espectador en un desesperado intento de conseguir para el cuadro aquel matiz terminado y perfecto que echamos de menos en él.
Figura 2 El puente sobre el Marne Cezanne (Moscú, museo Pushkin)
En pocos casos, como aquí, se comprende tan claramente un fenómeno histórico. Porque el hombre puede representar el tiempo de mil maneras distintas. Sin embargo, el impresionista eligió una determinada. Y no buscó nuevas soluciones hasta mucho después. ¿Qué solución eligió? La más sencilla, la que tenía más a mano: Negar la perfección de contornos de la pintura anterior. Es decir, que de las mil formas que tenía para expresar el tiempo, eligió aquélla que estaba en relación con el arte inmediatamente anterior, y que era, por ello, la única que podía ser sentida por la gente de aquella época. Negando lo anterior el impresionista, solo pretendía afirmar una cosa nueva: que nada tenia que ver con aquello. Prueba de ello es que en estos momentos el artista ha conseguido representar el tiempo de muchas otras formas o, simplemente, ha prescindido del tiempo y se ha lanzado por otros derroteros, al comprobar, sin duda, que el cine podía expresar mucho mejor que los colores el movimiento en el tiempo.
Claro está que este afán por captar el movimiento temporal puede explicarse desde muchos supuestos. Hauser, que relaciona todo el arte con las circunstancias sociales y económicas que lo motivan, sostiene que la causa del impresionismo es «Un mundo cuyos fenómenos cambian siempre y por medio de innumerables e imperceptibles transiciones y… produce la sensación de una continuidad en la que todo se funde y… en el que no hay diferencias… entre los distintos puntos de vista del observador».
Antes de entrar en el desarrollo de obras y autores debemos hacer una advertencia fundamental. El Impresionismo es un movimiento principalmente pictórico y escultórico, y a esto hemos reducido nuestra relación gráfica. No quiere ello decir que no existan derivaciones en otros ámbitos de la cultura, como la Arquitectura, la Música y, sobre todo, la Literatura. Así, pues, hay literatura impresionista y a ella pueden aplicarse todas las consideraciones generales que hemos apuntado previamente. Quiere el escritor impresionista incorporar el tiempo como vivencia fundamental del ser humano. Para no hacer más larga esta alusión, señalaremos la existencia del gran Proust, que deja fuera de dudas este punto. Pero no podemos tocar aquí ni la literatura, ni la música, ni siquiera la arquitectura impresionista, pues la importancia de la pintura y escultura es tan grande en este siglo que debemos reservar todos los fotogramas para ilustrar uno de los movimientos artísticos más importantes de la historia humana, la cumbre según muchos autores, de la pintura europea occidental, o, al menos, el colofón de un largo ciclo de seis siglos de ensayos plásticos. Vaya esta disculpa por delante y comencemos el estudio concreto del Impresionismo pictórico y escultórico.
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lunes, 13 de marzo de 2017
Hopper revisitado
Edward Hopper (1882-1967), Morning Sun, 1952
Un
poeta que ama a un pintor no puede remediar ver los cuadros de éste como seres
vivos, como personas incluso, o, cuando menos, como objetos con un universo
propio que el cuadro permite visualizar. Si el espectador es el mismo, el
cuadro no varía. Hace medio año asistí a una gran exposición retrospectiva de
la obra de Edward Hopper. Luego viajé a Japón y de ahí continué mi vuelta al
mundo hasta volver a parar a Ámsterdam, donde una parte de esos cuadros se
hallan actualmente expuestos en el Stedelijk Museum. Los lienzos no han perdido
vigencia. Las mismas sensaciones me embargan: angustia, silencio, una
monumental melancolía. Las obras de Hopper siguen emitiendo a la misma altura y
yo las recibo como cuando las vi por primera vez.
Entonces
escribí ciertos comentarios acerca de algunos de esos cuadros, que, me doy
cuenta ahora, soy incapaz de parafrasear. Como ya sostuve en aquella ocasión,
me parece una monstruosidad concentrar en un par de salas una carrera artística
tan extensa como la de Hopper. La exposición muestra cómo el artista descubre,
desarrolla y explota todas las posibilidades de su temática —que es su propio
yo, naturalmente—. Cuando uno observa esos lienzos parece como si no importara
que el artista fue un hombre que vivió, se alimentó, bebió: no hay sino lo que
uno tiene delante de sí, ese residuo de la visión interior de Hopper sobre el
resto del mundo, y especialmente sobre Estados Unidos. Y se trata de una visión
trágica, aunque puede que lo trágico sea una interpretación mía. Incluso en
aquellos cuadros que carecen de figuras humanas, el decorado —paisajes,
panoramas urbanos, faros, túneles— despide un aire aciago, como si las cosas quisieran
significar más de lo que son, un elemento subyacente de dolor, de melancolía y
de radical aislamiento, ausente e imperceptible en la auténtica realidad.
En
Ámsterdam faltan algunos de mis cuadros favoritos, de modo que puedo cotejar
mis razonamientos de entonces con lo que me sugieren otro par de cuadros. Room in New York, 1932. Como es habitual
en los cuadros de Hopper, el espectador mira con descaro el interior de una
habitación, con esa brutalidad consentida del voyeur invisible. La invisibilidad del voyeur torna invisibles las dos figuras que están en la habitación.
Es obvio que esos personajes no saben que los estoy mirando. El pintor me ha
convertido en su cómplice. Cuanto más miro, más angustia me provoca el cuadro.
Los rostros de ese hombre y de esa mujer no son rostros verdaderos. El pintor
los ha dejado inacabados. Es más, es como si los hubiera borrado, desdibujando
sus rasgos más esenciales, deformándolos hasta reducirlos a caretas, a
máscaras. Y no sólo eso. El hombre no lee un periódico, lee un símbolo, la
máscara de un periódico: la portada del diario está en blanco, no hay letras ni
nada que las insinúe. Y además, la partitura sobre el piano también está en
blanco, no se distinguen las imágenes de los cuadros en la pared, las teclas blancas
del piano forman una masa blanca compacta sobre la que se pasea el dedo
aburrido de la mujer. En el escenario de la habitación de color verde intenso,
la pareja está encuadrada entre grandes bloques de piedra ennegrecida,
aprisionada detrás de una ventana cuyo cristal resulta imperceptible. Los
rostros de ambos personajes están mutilados. No los reconocerían ni sus
parientes en el caso de que tuvieran que identificar sus cadáveres. El lugar en
el que el dedo de la mujer roza el piano tiene un toque azul. Es añil. Hopper
ha aplicado ese color sobre el dedo, y no mediante una pincelada, no,
sencillamente ha fijado el azul de modo estratégico a lo largo de la cadera de
la mujer internándolo en el negro del piano. Si te acercas al lienzo, verás con
detalle cómo lo ha hecho: de forma irregular, casi con torpeza, en otras
palabras, con un cuidado infinito. De haberlo hecho mejor, más bonito, con más
habilidad técnica, se habría perdido el carácter aciago de la escena.
A woman in the sun evoca otras reflexiones. ¿De dónde procede exactamente la luz? La
mujer anónima, de gran estatura, está de pie en el centro de la habitación,
desnuda. Su desnudez no es esencial en este cuadro —o no es mítica, por usar un
concepto más elevado—, puesto que ha quedado ironizada, o en todo caso reducida
a lo anecdótico, al estar ella fumando un cigarrillo. En la habitación no hay
rastro de su ropa, la cama está sin hacer, y no hay señal tampoco de la
presencia de otra persona; todo lo cual acentúa todavía más la soledad de la mujer.
Sus zapatos, grandes, están debajo de la cama, con la punta en dirección al
espectador. Pero ¿dónde está el espectador y qué hace? El espectador participa
de una intimidad absoluta que no le pertenece. Y sin embargo, yo estoy viendo a
la mujer, casi estoy a su lado, frente a la ventana por la que sin embargo no
entra la luz. Entonces ¿cómo se explica esa franja de luz que hay en la
habitación? ¿De dónde procede ese rectángulo luminoso en cuyo centro se halla
la mujer? Tanto la luz «adherida» a ella como la cortina iluminada, ligeramente
abombada, en el margen derecho del lienzo, indican con claridad que es ahí
donde hay que buscar la luz. Y sin embargo sucede algo extraño. Aunque hay luz
sobre el cuerpo de la mujer, no existe un haz de luz que penetre en la
habitación. Esa luz proyecta detrás de ella las sombras de sus piernas sobre la
zona iluminada del suelo haciéndolas largas y delgadas, confiriendo al
personaje un aire de extrema vulnerabilidad.
Mientras
contemplo ese cuadro, echo de menos otros tres: Empty Room, Morning Sun, Western Motel. Ignoro por qué faltan en la
muestra estos cuadros tan fundamentales en la obra de Hopper. Puede que el
propietario de los mismos se haya negado a cederlos. Lo cierto es que deberían
estar aquí. Ayudarían a transmitir mejor el misterio de la técnica de Hopper,
su voyeurismo y el nuestro, su forma
de expresar el aislamiento y la anonimia de sus personajes dentro de unos
marcos formales.
Con
los ojos cerrados evoco el lienzo Morning
Sun: una mujer, que lleva una combinación color salmón, está sentada encima
de una cama de la que se han retirado las mantas. La ventana está abierta, nos
encontramos en una ciudad. ¿Quiénes? ¿Nosotros? Pero ¿quiénes somos nosotros?
Nosotros no figuramos en el cuadro, en él sólo aparece esa mujer. Comoquiera
que sea, este lado del cuadro, el lado en el que se situó el pintor mientras
pintaba y en el que nosotros nos encontramos también ahora mismo —porque él
pintó a la mujer—, es un espacio abierto. Se dirá que eso es imposible,
naturalmente: ahí donde el cuadro está abierto debería alzarse una pared. La
mujer está sola: la expresión de su rostro así nos lo indica. El enigma reside
en eso precisamente. Ella está sola, mirando hacia fuera, inobservada. Y sin
embargo nosotros la estamos viendo, porque nuestra mirada penetra en el
interior de un espacio cerrado. La escena no sólo es enigmática sino que además
produce inquietud. La luz que penetra por la ventana abierta y se proyecta
sobre la «otra» pared (aunque sólo haya una pared) cae sobre la cama en un
ángulo de cinco grados. Si mantienes un buen rato la mirada sobre esa
superficie vacía y luminosa descubres que ésta es autónoma.
En
Empty Room la cosa es todavía peor:
ahí ya no hay ni tan siquiera figuras humanas para desviar tu atención de la perturbadora
autonomía de las zonas luminosas rectangulares. Podrían echar a volar en
cualquier momento para posarse sobre un dibujo de Henneman o anidarse en un
cuadro de Malsen. Ya lo han hecho alguna vez, por cierto: superficies
geométricas rellenas de materia solar.
Un
bello e impronunciable vacío de luz solar en habitaciones desnudas sin más
habitante que él mismo: el amanecer y el ocaso de su vida avanzaban en
movimiento rotatorio, un sol solitario envolviendo el plinto, en granito, sobre
el que él se alzaba
pintado
por una luz que duró un día y luego se extinguió…
Son
versos del poeta L. E. Sissman (1928-1978) extraídos de su largo poema
«American Light, A Hopper Retrospective» (Hello,
darkness, 1978). En la cuarta parte de este poema (Later), Sissman describe el cuadro Sun in an empty room:
En
donde confluyen los interiores de sus primeros años
pasaron compañías de mudanzas
con
sus camiones de atrezo
y
se llevaron los objetos del pasado —camas, alfombras, lámparas, gente,
documentos, cómodas– dejando atrás un monumento tangible de su vida y de cómo
la vivió: Un árbol verde sopla fuera
internándose en la habitación
por la ventana doble, formando rectángulos de
color crema
sobre la pared con la ventana y la pared con
el nicho y sobre
el suelo de madera desnudo,
el sol matutino
habita el vacío
con
luz americana.
Así
es. Algunos pintores inventan su propia luz, una luz inexistente en la
naturaleza. Esa luz es lo que ellos piensan acerca del mundo, es su manera de
ver el mundo. El espectador no puede sustraerse a ello. Lo que éste contempla
ya no es una casa en Maine o un barco en el Sena, no, es una casa que alguna
vez existió en la «realidad» pero que ha sido apartada de ella al ser sumergida
en la luz (= el pensamiento) de Edward Hopper. Esa luz por él inventada ciñe e
ilumina los objetos a su manera, de tal modo que esos objetos —una casa, un
bar, una estación de servicio— dejan de percibirse de la manera «normal» en que
los vería un transeúnte. Los objetos representados se impregnan de alma —ya no
son manifestaciones de sí mismos, sino del hombre que los ha pintado—, y esa
alma mantiene una relación desconcertante con la naturaleza o con aquello que
pasa por ser naturaleza. El agua en Hopper se transforma en elemento sólido. El
cielo se alza al fondo como una lámina vertical. Y hace que las casas se
alarguen. El agua del puerto está tan solidificada que parece hielo en el que
hubieran encallado los barcos. ¿Lo estoy viendo bien? ¿O acaso es mi propia
alma, tal vez de estructura idéntica a la de Hopper o influida por ésta, la que
lo ve todo más trágico de lo que es?
Edward Hopper, Office in the night, 1950
Office in the night es el título de uno de los cuadros. ¿Se
encuentra el pintor en la habitación? ¿Mira por una ventana situada más arriba,
en un edificio contiguo? ¿Está colgado de la varilla de las cortinas? ¿Está
dentro de la pared? Es de noche. La lámpara de la mesa está encendida. ¿Qué
hacemos nosotros en la intimidad de esa oficina? El enigma de la luz y el
misterio de la mirada: una mirada que se substrae a toda lógica, porque, como
he escrito antes, la realidad representada en esos cuadros demuestra que es
imposible ver a esas personas. La intimidad, o lo que quiera que ésta
signifique, no es capaz de soportar de ninguna manera a una tercera persona.
¿Qué
ve entonces el espectador que no se interesa por tales enigmas y que tampoco es
sensible al mundo interior de Hopper ni al «drama» representado en sus cuadros?
Pues no verá gran cosa, entiendo. Grandes lienzos de carácter realista
ejecutados por un hombre que no sabía pintar de una manera especialmente
«bonita». Es obvio que quien mire de esta manera ha perdido el tren.
Edward Hopper, People in the sun, 1660-1661
Muy
característico, en este sentido, es el cuadro People in the sun. El título es alegre, sí, pero el extraño grupo
de gente inmóvil aquí representada parece estar esperando a Godot mucho antes
de que Beckett le pusiera un nombre. Los personajes están tensos, como si se
llevaran mal los unos con los otros, y están sentados no precisamente frente al
sol sino frente a un conjunto de colinas azules que se alzan siniestras al
fondo de una superficie plana de color trigueño. Jeroen Henneman, que me
acompaña en mi visita a la exposición, me señala una curiosa contradicción: en
algunos de los espacios de Hopper, los objetos sí proyectan una sombra mientras
que las personas no. Es la manera que tiene el artista de excluir a la gente.
Es como si enclaustrara a las figuras humanas en su entorno sin darles relieve.
Ello contribuye a crear esa atmósfera solitaria e inhóspita tan característica
de los cuadros de Hopper. Incluso aquellas personas acompañadas de otras están
solas. Siempre reina el silencio y un ambiente de espera. El pintor se atreve a
dejar los espacios tan peligrosamente vacíos que sus figuras, criaturas de
reconcentrada soledad, quedan literalmente arrinconadas. En su mundo
aparentemente «natural» —de moteles, bares, habitaciones, galerías—, esos
personajes actúan en silencio: leen sentados en una cama o en una silla,
inmóviles, rodeados de objetos que viven una existencia tan aislada, sólida e
independiente como la que llevan ellos mismos: una maleta, una lámpara, un
sombrero, ausentes como objeto, presentes como especie. No hay nombres, hay
personas. En algunos cuadros no hay ya figura humana alguna. Ni falta que hace:
sin nuestra presencia el ambiente de amenaza persiste igual, como un algo, un
elemento autónomo, que se amenaza a sí mismo.
Nooteboom Cees el enigma de la Luz
El milagro de Piero della Francesca
En
1925 Aldous Huxley publica Along the Road,
una colección de artículos y relatos de viaje. No hace mucho, mi editor inglés
me entregó un ejemplar de una reedición de 1948. El título del primer capítulo
rezaba: Why not stay at home?
Hastiado de la frecuencia con la que se me formula esa pregunta, me salté el
capítulo, y, atraído por su título lapidario, me fui directamente a otro
artículo, The best Picture. ¿Cuál
sería en 1925 el mejor cuadro para Aldous Huxley? Cuando yo tenía la edad de
Huxley en el momento de escribir ese artículo, lo admiraba por su agudeza
intelectual y su tono irónico. Como hacía mucho tiempo que no había vuelto a
leerlo, no tuve inconveniente en cruzar con él durante siete horas los Apeninos
y la Bocca Trabaria de Urbino en un viejo autobús destartalado con destino a
Borgo San Sepolcro. Ese mismo viaje lo realicé en 2004 desde el otro extremo, a
mayor velocidad y con el mismo objetivo: Piero della Francesca. ¿De dónde le
viene a Huxley su admiración por Piero? De lo que él llama su solidity. Según Huxley, Piero tiene una
pasión por la solidez como tal, todo lo piensa en masas geométricas. Pero lo
que a Huxley le interesa sobre todo en el pintor son sus cualidades éticas.
Pese a las numerosas imágenes religiosas que contienen sus pinturas, el
escritor relaciona la obra de Piero no tanto con el cristianismo como con Las Vidas de Plutarco, libro en el que
se destacan las cualidades personales que pueden ser admiradas en el individuo.
Huxley califica a Piero de «majestuoso», lo cual constituye también, según su
canon, una cualidad ética, pues más que el tema en sí de sus cuadros y frescos
importa el fondo, más profundo y más antiguo, de dignidad humana que éstos
transmiten. Huxley admira al pintor porque es majestuoso sin ser artificial,
teatral o exagerado. Su grandeza es natural, espontánea, nada pretenciosa.
Piero es un intelectual en todo cuanto hace, afirma Huxley. Con ello no se
refiere a lo que hoy en día entendemos por intelectual, sino más bien, y sin
que lo mencione explícitamente, a la relación profunda de Piero con las
matemáticas puras, a su búsqueda de los misterios de las dimensiones y de los
números, de la estructura y de la perspectiva. La primera vez que vi su obra,
yo todavía no sabía nada de todo esto. Había viajado a Arezzo para ver los
grandes frescos de Piero della Francesca, una operación nada sencilla, ni
siquiera entonces. Era necesario concertar una cita para visitar la capilla de
los Bacci, y el tiempo que te concedían era tan limitado como el espacio en el que
contemplar, con la cabeza alzada, aquellas maravillosas imágenes. Todo cuanto
veían mis ojos era fascinante, pero las pinturas estaban demasiado altas y
preñadas de misterio. Lo último podría haberse paliado con unas lecturas
previas, algo que yo, movido por una especie de superstición, no quise hacer.
Quería sentirme sorprendido. Y así fue, desde luego. Vi en las paredes de la
capilla unas extrañas figuras con unos curiosos tocados de forma alargada; vi
la cruz en distintos sitios pero sin Cristo; vi a un hombre dormido y a una
mujer de una belleza extraordinaria inclinándose ligeramente ante un anciano
poderoso; vi una batalla en la que todo parecía paralizado y vi a un hombre
coronado, hincado de rodillas, que seguramente acabaría mal. Caballos con las
patas levantadas, estandartes, pendones, una ciudad cubista al fondo, y mucha,
mucha gente, todo un pueblo, el pueblo de Piero della Francesca, gentes
imperturbables cuyas miradas parecen dirigidas hacia su propio interior más que
hacia los demás o hacia el mundo. Incluso cuando levantan una daga para
acometer a un enemigo, el gesto parece detenido y congelado en el tiempo como
si este último hubiera dejado de existir. Todas esas escenas constituyen un
gran modo subjuntivo, la representación de lo que habría sucedido en el caso de
que las imágenes se hubieran puesto en movimiento. Caballos y personas están
adheridos a la tierra, como si la fuerza de la gravedad hubiera adquirido en
ese lugar una dimensión especial. Por esa razón los tobillos de los hombres no
parecen tobillos corrientes (los de las mujeres están ocultos bajos sus
vestimentas), sino que son más gruesos, carentes de forma, sin ese huesecillo
saliente en la parte interior y exterior cuyo nombre desconozco.
Piero della Francesca (1416-1492)
Resurrección de Cristo, 1463
Tuve
que comprarme unos libros para enterarme de lo que había visto. De noche, en el
hotel, vi todo lo que se me había escapado en la capilla. Desde entonces he
leído mucho sobre este pintor pero mi confusión no ha hecho sino aumentar. Es
un artista misterioso. Todo el mundo huye de él. Sólo sobre la Flagelación (Urbino, Galleria Nazionale)
se han escrito libros enteros con un montón de teorías acerca de quién
representa qué; y lo mismo sucede con el cuadro que Huxley considera el más
bello del mundo, la Resurrección de
Cristo, en el Museo Civico de San Sepolcro.
Aquel
primer viaje no fue muy afortunado. No hubo tiempo para concertar una nueva
cita en Arezzo, y más adelante, en Monterchi, dispuse de poco tiempo para ver a
la Madonna del parto porque el
edificio no abría más que un par de horas. En Urbino, la Madonna di Senigallia había sido prestada a un museo de la costa
adriática, y cuando fui a visitarla, después de haberme desviado más de cien
kilómetros, resultó que el museo cerraba ese día (¡en domingo!). Pero yo tenía
mis libros y en los años que siguieron a ese viaje los consulté con frecuencia
perdiéndome por sus páginas de la mano de Pope-Hennessy, Kenneth Clark, y en
particular de Marilyn Aronberg Lavin y su magnífico estudio (Phaidon). Estamos
ahora en 2007 y me he lanzado a un nuevo intento.
Piero della Francesca, Madonna del parto, 1467
Leí
que en el Museo Statale d’Arte Medievale e Moderna se celebraba una gran
exposición sobre Piero, Piero della
Francesca e le corti italiane. Se trata de las cortes humanistas italianas,
la del duque de Montefeltro en Urbino y la de Sigismondo Malatesta en Rimini,
ambos nobles poderosos, hombres de armas, coleccionistas, intelectuales y
mecenas. Tampoco esta vez me acompañó la suerte. En mi país hace ya mucho que
no se celebra el primero de mayo, pero en Italia sí, y yo había concertado mis
dos citas en Arezzo precisamente para ese día, a las 10.20 en el museo y a las
18.40 en la capilla de San Francisco. El resto del pueblo italiano estaba allí
también. Todos ellos especialistas en arte, todos movidos por idéntico
entusiasmo, todos citados a la misma hora. El sentido de esa cita, concertada
con mucho tiempo de antelación y pagada con tarjeta de crédito, se disolvió
entre los sudores de las masas y los empujones. En el museo no hice sino
vislumbrar las pinturas. Vi fragmentos de las mismas, un trozo de un paisaje,
el brazo de un duque. Para lograr eso tuve que desarrollar una técnica
especial, que consiste en estar permanentemente al acecho, empujar finamente
para colocarse delante, buscar un huequecillo entre la multitud y lanzarse a él
en el acto, colarse invisible y con astucia en dirección a la vitrina que
contiene el libro abierto de Piero en el que expone sus teorías matemáticas, y
hacer oídos sordos a las sandeces que la gente suelta a tu alrededor. Pocas
veces he contemplado tantos cogotes juntos. Cuando salí del museo estaba
borracho sin haber bebido ni una gota. Resolví dirigirme directamente a la
iglesia, a pesar de que la cita no era hasta la tarde. El único hotel que había
encontrado estaba a setenta kilómetros de Arezzo, en la campiña toscana, y no
tenía muchas ganas de pasar ocho horas tirado en el banco de un parque.
No,
dijo la señora en la iglesia atestada de gente; sí, dijo su jefe, y me permitió
unirme a un grupo alemán con guía, que por fortuna resultó un buen guía, al
igual que los alemanes, que además eran serios. Me hallaba de nuevo donde había
estado unos años atrás, y otra vez me anegó el exceso de imágenes. El punto de
descanso que yo buscaba era la muerte de Adán representada en la parte superior
de los tres grandes frescos en la pared lateral derecha de la capilla. ¿Cuáles
de esos frescos pintaría primero el artista, en su alto andamio? ¿Los dos de
arriba o el de la izquierda empezando por abajo? Este último, sostienen los
detectives. Detectives, sí, eso es lo que se necesita para esto, investigadores
del tiempo, buscadores de anacronismos, maestros en el orden histórico,
estructuralistas, especialistas en teología, moral y simbolismo. ¿Puedo
quedarme aquí un año? No, se ha acabado la hora —esa miserable y menguante
unidad temporal que en esos cuadros precisamente no existe—. Nuevos grupos de
gente se abren paso hacia las pinturas, nuevos ojos pacerán en el mismo terreno
aunque sin el conocimiento que tenía cualquier coetáneo intelectual de Piero.
¿Quién fue la reina de Saba? ¿Qué tuvo ella que ver con el árbol con cuya
madera se construiría más adelante la cruz en la que moriría Cristo? ¿Alguna
vez se ha parado usted a pensar que Adán fue el primer muerto de la historia de
la humanidad? ¿Que ninguno de los hijos que le enterraron había visto jamás un
cadáver humano? ¿Y que Eva, que está a su lado, sabe que si él no hubiera
comido de la manzana nada de todo ello habría sucedido? ¿Cuál es el significado
de esos extraños tocados, altos e hieráticos, a ambos lados de la Cruz en el
ábside? ¿Dónde los vería Piero? En Florencia, durante el Concilio, sobre la
cabeza de dignatarios bizantinos. Los vio y los guardó en su archivo visual, al
igual que el Cristo sufriente del siglo XIII sobre el altar de la iglesia,
frente al espacio que hoy se llama Capella dei Bacci, en memoria de la familia
que confió al pintor la realización de los frescos. Fueron los franciscanos los
que construyeron esta iglesia, monjes de una nueva orden que habían hecho voto
de pobreza inspirados en el «pobre Cristo crucificado». Intentas imaginarte la
capilla vacía detrás de la cruz, las paredes peladas. La familia Bacci no ha
realizado todavía el encargo, no hay sino esa cruz de 1250 de aspecto bizantino
con los iconos en los extremos y ese cuerpo sufriente en una postura como de
danza que sin embargo expresa dolor. Esa cruz también la debió de guardar Piero
en su archivo, quien con su ojo matemático calcularía el volumen del espacio
vacío. El artista representó más adelante en esas paredes la Leyenda Dorada (1265) de Jacobo de la
Vorágine, pero sin atenerse al orden cronológico de la historia. Los
especialistas discuten acerca de cómo estuvo colocado el andamio, si a lo ancho
de toda la capilla o no, y acerca de qué frescos pintó primero. La dificultad
estriba en que Piero era un pintor lento, que interrumpió durante largo tiempo
su trabajo, aunque gracias a ello algunos elementos resultan más fáciles de
fechar. En total tardó 14 años en ejecutar esos frescos, de 1455 a 1466, con
dos largas interrupciones. Tenía 37 años cuando empezó el trabajo. La historia
representada en esos muros es la leyenda de la Santa Cruz, una historia
apócrifa que circulaba desde hacía tiempo. En su lecho de muerte, Adán le pide
a su hijo Seth que se apresure a las puertas del Paraíso para buscar el aceite
del árbol de la Vida, pues si se untaba la piel con ese aceite recobraría la
salud. Pero el arcángel Miguel se niega a entregarlo: ese aceite no estará
disponible hasta 5000 años más tarde, cuando Cristo muera en la cruz. En lugar
del aceite milagroso, Seth consigue una ramita del árbol del Bien y del Mal.
Con eso le leen la cartilla a Adán, pues su enfermedad mortal le venía
precisamente por haber comido junto con Eva la manzana de ese árbol. Cuando
Seth regresa con el mensaje del ángel, su padre ya ha fallecido: Adán es el
primer muerto de la historia universal. Seth planta la ramita que le ha sido
entregada, pues le habían dicho que su padre no se pondría bien hasta que la
rama se hubiera transformado en un árbol con frutos. Así que, a pesar de haber
llegado tarde, Seth planta la rama en el lugar donde estaba enterrado su padre.
Mucho tiempo después, durante el gobierno del rey Salomón, la rama se había
convertido en un árbol exuberante. El rey ordenó talar el árbol para la
construcción del templo de Jerusalén. Pero el árbol era demasiado grande. En su
lugar, resolvieron usarlo como puente sobre el río Siloé. Ahí seguía todavía el
puente cuando la reina de Saba visitó a Salomón, y, como sucede en las
leyendas, nada más ver el puente, la reina supo que de esa madera saldría la
cruz en la que moriría Cristo. Se arrodilló delante del puente y le confesó su
presentimiento a Salomón, quien ordenó desmontar el puente porque sabía que la
cruz sería la causa de la diáspora del pueblo judío.
El
puente, el árbol, la madera fue enterrada. Llegado el calvario de Cristo, la
madera reapareció y de ella se construyó la cruz. Pasan los siglos, Jerusalén
es destruida, los judíos aparecen desperdigados por el mundo, la leyenda da un
salto, estamos en otro lugar: dos emperadores, Constantino y Majencio, luchan
por la hegemonía sobre el imperio romano a orillas del Tíber. A Constantino se
le aparece en sueños un ángel portando una cruz luminosa, y le revela que con
esa señal vencerá. La batalla decisiva es librada, el rey manda construir una
cruz, la sostiene en la mano, vence y se convierte al cristianismo. Corre el
año 313, el emperador emite el edicto de Milán, se establece la libertad de
culto y la persecución llega a su fin. En ese momento comienza la búsqueda de
la cruz «verdadera». El emperador le pide a su madre Helena que busque en
Oriente a un judío llamado Judas que es quien sabe dónde está enterrada la
cruz. Éste se niega a revelar el secreto. Lo arrojan a un pozo, lo dejan sin
comer ni beber, y, una semana después, confiesa. Cavan en el Gólgota y
encuentran tres cruces, la de Cristo y las de los dos asesinos que murieron con
él. No saben que han encontrado la vera
cruz hasta que la depositan sobre el cuerpo de un muchacho muerto y éste
resucita. Todas esas historias pueden verse representadas en las paredes de la
capilla. En la parte superior derecha muere Adán, al fondo está su hijo con el
ángel. Quien desconoce la historia ve a un anciano medio sentado en el suelo.
Un hombre que no sabía muy bien cómo hacerlo, eso de morir, pues nadie lo había
hecho antes que él. La gente a mi alrededor levanta la cabeza intentando ver la
abrumadora cantidad de imágenes en las paredes. ¿Conocerán la historia? Cuando
Piero pintó esos frescos, todo el mundo la conocía, incluso quienes no sabían
leer. Hoy en día todo el mundo sabe leer, pero la mayoría ya no la conocen. Los
visitantes ven la belleza del jardín, ven a las mujeres a la derecha en la
parte izquierda, y si les sucede como a mí, les invade una especie de
desesperación causada por el exceso. No es hasta más tarde, en casa, cuando veo
lo que he visto, y, como siempre, me atrapa el misterio de lo auténtico. Todo
lo que veo en ese instante, recortes, fragmentos, son representaciones de las
imágenes reales que he visto en la capilla desde abajo y a cierta distancia. A
veces los fragmentos son tan grandes y detallados que casi veo lo mismo que el
pintor cuando trabajaba subido al andamio. ¿Por qué es tan excitante eso?
¿Sentiría el mismo entusiasmo si tuviera el libro delante sin haber pasado por
la experiencia de lo auténtico? Sé que la sensación es diferente porque puedo
tocar con la mano esos rostros que en la capilla estaban demasiado lejos. Cinco
rostros femeninos. La reina de Saba se postra delante de la madera del puente.
¿Cuándo una reina se arrodilla delante de un puente? Cada una de esas mujeres
dirige su mirada hacia el vacío. No fijan su mirada en nada, reflexionan. Las
cabezas de las dos que están de perfil parecen desmochadas por detrás. Son
rubias, lucen prendas ligeras, un cuello grande, fuerte. Son bellas, están
vivas, frisan los seiscientos años. El árbol oscuro que hay detrás de ellas no parece
un árbol, sino que es la suma de todos los árboles. Se alza frente a las
redondas colinas toscanas. La mujer que en el fragmento está en primer plano
posa la mano sobre el hombro de la reina arrodillada. La mujer que está a su
lado dirige su mirada a la altura de mi esternón, la mire desde donde la mire,
y sin embargo no percibe mi existencia. Podría mirarla durante horas atraído
por su impresionante seriedad. ¿Conocía el pintor a mujeres así? Mujeres que no
te ven, que no se ven las unas a las otras, perdidas en un instante
inabordable, destinadas a representar una leyenda y que dos metros más allá
hacia la derecha han aterrizado en un instante posterior. Tampoco ahí nadie
mira a nadie. Salomón baja su mirada hacia el suelo, o tal vez hacia los pies de
la mujer. Ella se inclina ligeramente pero sin mirarle. Silencio entre las
columnas corintias, tal vez vuelvan a moverse algún día, los señores jueces en
torno al rey, los caballos debajo del árbol, las mujeres detrás de su señora,
mas no ahora. En los otros frescos, los altos tocados que se ensanchan en la
parte superior hacen que las cabezas se tornen muy pequeñas. ¿Dónde los he
visto antes? En la Medea de Pasolini
son expresión del poder sagrado. Aquí también. Vuelven más grandes a los
hombres que los llevan, aunque la cruz que veneran asoma muy por encima de
ellos. Exaltatio procede de ex y altus,
dice el Webster, to elevate in power,
wealth, rank, dignity, to praise highly, to magnify, y eso es justamente lo
que sucede aquí. Ése era el mensaje que había que trasladar, el mismo que se
percibe en el rostro de María en la Anunciación.
Ella sabe lo que le espera a su hijo, y el pintor también, y así lo plasma en
esta pintura. También ella es una mujer Piero, la mirada interior, la boca no
desdeñosa pero con un gesto de tenso dolor, las manos asomando apenas por el
ancho manto azul, en su mano izquierda un pequeño libro, el dedo índice allí
donde estaba cuando el ángel la sorprendió. ¿Qué estaría leyendo? Es una
pregunta retórica, naturalmente, pero es que es imposible contener la
curiosidad: el pintor te ha puesto en contacto con alguien a quien te gustaría
conocer.
Más
adelante volveré a verla, en Monterchi, la Madonna
del parto, con la misma expresión, los ojos entornados, la mirada aún más
interior, su vestido azul tan sugerentemente repartido por todo el ancho de su
prominente vientre, que parece que el niño fuera a asomar en cualquier momento.
Los ángeles colocados simétricamente a izquierda y derecha no le llegan más
arriba de los codos, lo que la convierte en un gigante. La Madonna, retraída,
en un mundo que sólo le pertenece a ella, resulta inaccesible, lejana. Lo único
que hace soportable esa impenetrabilidad es el colorido del cuadro, la
combinación caprichosa pero consciente del rojo y el verde en los dos ángeles
(sus alas, sus calzas, su ropa, todo exactamente lo contrario, como si de un
juego se tratara). Y en Urbino (la Madonna
di Senigallia), la distancia no disminuye. El niño ya ha nacido aquí, pero
la mirada retraída es la misma. La alegría, si es que la hay, no es visible. El
niño, demasiado grande, tiene la mirada de alguien que sabe demasiado. El
amuleto color rojo sangre que le cuelga del cuello, y que señala los pulmones
bajo él, se convierte así en una referencia a su futura condena a muerte. En
los cuadros de Piero nada es casual, ni la iconografía ni la composición.
Perspectiva, punto de fuga, intersecciones de líneas. A veces se percibe a
través de la imagen representada cómo un cerebro geométrico palpa el espacio y
lo penetra, creando profundidad y distancia. Además de ser un matemático muy
adelantado a su tiempo, que publicó diversos libros de cálculo y teorías, el
pintor había examinado con mucha atención la arquitectura de Alberti y con toda
seguridad había leído sus textos. En su breve estudio The Piero della Francesca Trail, John Pope-Hennessy cita un par de
preceptos de Alberti extraídos de su famosa obra Della Pintura, empezando por el más elemental: «Cuando miramos un
objeto lo vemos como algo que ocupa un lugar en el espacio». Espacio,
superficies, luz, la «recepción» de la luz, la armonía de los colores, pero
también la disposición de los grupos, con «figuras de perfil, unas con el
rostro vuelto hacia el espectador, otras apartando la mirada, y, cuando la
ocasión lo requiere, aparecen desnudas, rodeadas de otras medio vestidas y
medio desnudas». Todo ello es reconocible en la obra de Piero. Basta con
fijarse en la muerte de Adán para ver la lección representada en imágenes. Eso
y los estudios de física y matemáticas del propio pintor. Piero no retrata una
cabeza sin más. Se conservan dibujos suyos de cráneos cubiertos de cálculos
realizados con una letra minúscula: un cráneo partido, medido hasta el
milímetro, una cabeza masculina dibujada con contornos precisos, ligeramente
inclinada hacia la derecha, atravesada por una línea recta y rodeada de finas
líneas horizontales y verticales. Todo ha sido medido y calculado. Nada,
absolutamente nada ha sido dejado en manos del azar, pues en el nuevo mundo del
Renacimiento no existía algo tan incalculable como el azar. Capiteles de
columnas, fachadas de edificios, la distancia entre las personas, todo es
medido, como si el artista, como un vidente, se fijara siempre en la
composición que subyace en todo, las características geométricas de los
cuerpos, perspectivas de las superficies, cortes verticales, elementos en un
universo extremadamente ordenado, un segundo rostro siempre presente debajo de
la realidad. Ello no menoscaba en nada el milagro de su arte.
Durante
los días siguientes visito Monterchi. Viajo hacia el lugar en el que Piero
residió toda su vida, Borgo San Sepolcro, y donde, según Huxley, cuelga el
cuadro más bello del mundo. El mes anterior he leído un ensayo de esos al que
los eruditos consagran una vida entera: James R. Banker, The culture of San Sepolcro during the Youth of Piero della Francesca.
El milagro del mundo no reside en todo lo que ha desaparecido, sino en todo lo
que todavía puede encontrar aquel que busca. ¿Necesito saber todo eso? La
hermandad a la que pertenecía el pintor, el precio de las fincas que él y su
padre compraron, los contratos matrimoniales de sus hermanos, infinitos folios
escritos en latín, los encargos que le fueron confiados, sus viajes, todo ello
plasmado en la letra de araña de los notarios de 1400. No, no me hace falta
saber todo eso, pero una vez que empiezas a leer no hay manera de parar. Un big brother, seiscientos años después,
ha reencontrado una pequeña ciudad conservada en todos esos archivos: la
curtiduría de su padre, la procedencia de su madre, sus primeros encargos, su
escuela, sus profesores, sus relaciones familiares y políticas. Asomando de la
oscuridad de esas vidas extinguidas el pintor viene hacia ti. Entiendes ahora
por qué supo pintar con tanta sabiduría todo lo que tenía que ver con la
artesanía, el curtimiento de la piel, el calzado. De nuevo, tu mirada cambia.
¿Y
Huxley? Eso siempre es un milagro: los ojos de Huxley ya no existen y sin
embargo él me obliga a pensar en ellos cuando leo su descripción del cuadro que
tengo delante, la Resurrección de Cristo.
¿Me parece a mí también el cuadro más bello? No, pero eso no importa. Para ese
tipo de cosas no hay medida que valga, y además, el cuadro es verdaderamente
impresionante, un Cristo como sólo este pintor sabía representar. A su izquierda,
unos árboles pelados; a su derecha, unos árboles frondosos. La diferencia entre
la vida y la muerte. Un hombre portando un estandarte que ha vencido la muerte.
No ve a los guardianes dormidos que tendrían que haber vigilado su sepulcro. Ha
apoyado con firmeza su pie sobre el marco clásico de su sarcófago, y contempla
el mundo de los vivos con una mirada que lo ve todo excepto a quien le mira a
él. El poder, eso es lo que este cuadro expresa, el poder sobre la muerte.
Huxley retorna a su primera intuición, seguramente por su deseo de distanciarse
del cristianismo. Para él, ese muerto resucitado tiene sobre todo que ver con
los héroes clásicos de Plutarco. Se trata de la «resurrección» del «ideal
clásico», el cuerpo es el de un «atleta griego», el semblante «serio y
reflexivo; los ojos, fríos». También insiste de nuevo en su idea acerca de las
masas geométricas: la obra de Piero es esencialmente una cuestión de masa,
superficies, volumen, arquitectura.
Reina
el silencio en Borgo San Sepolcro, la pequeña ciudad del Santo Sepulcro. La
estructura de la ciudad apenas ha cambiado desde la Edad Media. Camino por las
angostas callejas que reconozco del libro de Banker, busco las iglesias
antiguas, traspaso las puertas que también debió de franquear Piero, veo la
majestuosa casa donde vivió el hombre que permaneció solo toda la vida, un
ciudadano poderoso que gozaba de gran consideración y que todavía hoy atrae a
su ciudad natal a gentes del mundo entero. A continuación cruzo en coche las
montañas en dirección a Urbino para visitar el palacio del duque que Piero
representó de tal manera que jamás será olvidado y para contemplar el cuadro
que me parece el más bello, a pesar de que contiene más misterios que todos los
demás, o quizás precisamente por ello.
Piero della Francesca, Frederico da Montelfeltro, 1465
Se
llama La flagelación de Cristo,
aunque no está claro que éste sea el tema. Es cierto que la flagelación tiene
lugar, pero está representada como una escena de fondo, como cuando, en el
cuadro de Bruegel, Ícaro cae del cielo azul sin que nadie repare en ello. El
mito como acontecimiento casual que a nadie concierne excepto a la víctima.
Este caso no es distinto, y las interpretaciones del cuadro se contradicen
entre ellas. Se trata del sueño de Jerónimo, sostiene Pope-Hennessy; Jerónimo
que sueña que es castigado por haber leído textos de autores «paganos». No,
dice Marilyn Aronberg: ahí, en primer plano, a la derecha del cuadro, dos
hombres, Octaviano Ubaldini y Ludovico Gonzaga, se consuelan mutuamente por la
muerte de sus hijos. Pero entonces ¿a qué viene esa flagelación tan
extrañamente representada al fondo y la indolencia con la que el flagelado
soporta los azotes? La víctima mira hacia otro lado como si la escena no le
concerniera. Pilatos, tan irreal como el flagelado, está sentado en un sillón
de piedra y mira al frente. Pero ¿es Pilatos? y ¿está viendo lo que sucede?
Lujo, suntuosidad renacentista. Detrás de la víctima se alza una elegante
columna coronada por una pequeña estatua de oro, sobre ella hay una techumbre
labrada, y, en primer plano, a la derecha, están los tres hombres que tampoco
parecen tener nada que ver con lo que sucede. El del extremo derecho viste un
manto de un azul desconcertante con brocado de oro, el de enfrente lleva uno de
esos poderosos tocados característicos de Piero, y entre ambos hay un hombre
rubio vestido de rojo que no les mira, como tampoco ellos se miran mutuamente
ni le miran a él. ¿Es el hombre rubio un ángel? Pues será un ángel sin aura de
santidad y sin alas. Silvia Ronchey ha escrito un libro de más de 500 páginas
sobre esto, L’Enigma di Piero. ¿Es la
flagelación que tiene lugar en el atrio del fondo un símbolo de Constantinopla?
¿Es el cuerpo de Cristo la Iglesia de Oriente? ¿Es Pilatos en realidad Juan
VIII Paleólogo y uno de los otros hombres, el sultán turco?
A
saber. Pero ¿quiénes son entonces esos tres hombres del primer plano? En una
exposición textil inspirada en Piero vuelvo a encontrarme con el manto de
brocado azul. Ha sido tejido de nuevo, como si el hombre poderoso del cuadro lo
hubiera cedido especialmente para la ocasión. Pero esto tampoco resuelve el
misterio, y lo que permanece, después de todas esas palabras escritas, es el
silencio insondable del cuadro. Ni tan siquiera el látigo hace ruido. El
flagelado no se queja. Pilatos guarda silencio. Los tres hombres callan
también. Tal vez no importe. El tema del cuadro, sea el que sea, obvio para los
contemporáneos de Piero u oscuro como lo es para nosotros, es algo que ya no
nos resulta actual, como tampoco el Guernica
de Picasso podrá significar dentro de seis siglos lo que significó para sus
coetáneos. Miramos con otros ojos, y lo que vemos es algo que está fuera del
tiempo. El tiempo queda así anulado mientras contemplamos el cuadro, y eso es
precisamente lo que le confiere esa magia trascendental. Mientras contemplas
esos ocho hombres silenciosos que llevan siglos sin mirarse los unos a los
otros, consigues elevarte por encima de tu propia existencia muy posterior y
fugaz. Es algo imposible pero sucede. En ello reside el milagro.
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