Sobre la muerte de Diógenes hay algunos párrafos en Laercio. Por ejemplo:
Hay quien dice que habiendo comido un pulpo crudo, tuvo cólico y murió de ello. Otros dicen que detuvo la respiración… Otros, que queriendo repartir un pulpo a los perros, le mordió uno el tendón de un pie, y murió de ello. Pero sus amigos… asienten más a que detuvo la respiración…
Dicen algunos que en su muerte mandó que arrojasen su cadáver sin darle sepultura, para que todos los animales participaran de él, o bien que lo metieran en una fosa cubriéndolo con un poco de tierra para ser útil a sus hermanos. Otros dicen que fue echado al río Eliso. Dicen que hubo disputa entre los amigos sobre quién lo enterraría, de manera que casi se fueron a las manos… Lo enterraron junto a la puerta que da al istmo. Erigiéndole una columna y sobre ella un perro de mármol. Después, los sinopenses lo honraron con estatuas de bronce, poniendo esta inscripción:
Aún los bronces caducan con el tiempo:
pero tu gloria, oh Diógenes,
no podrán sepultarla las edades.
Supiste demostrar a los mortales
como bastarse así mismo
y vivir simplemente.
Así, pues, hasta la muerte de Diógenes la desgarran amigos y enemigos. Yo imagino una escena de verano ardiente en las afueras de Corinto. Me estremezco imaginándola. Siento tanta piedad, tanta tristeza. Admiración también y alegría con sólo el pensamiento de un hombre así. Diógenes de Sínope nos dice adiós con una demanda tan propia de la forma de vida que eligió y procuró practicar, poniendo en ella su fuerza, resolución, talento y corazón. ¿Nos desprecia Diógenes, el de la pedagogía profunda, cuando pide que echemos su cadáver a los perros? ¿Quién podría obedecer sin sentir que haciéndolo reniega de su misma humanidad?
En mi escena tórrida, me enfrenta un túmulo escaso de piedras y tierra reseca. Al fondo, de entre los matorrales, veo salir un perro pardo, tiñoso, casi en los huesos. Se está un rato mirando, olfateando. De pronto, callan las cigarras. ¿Qué ocurre? Nada. Detrás del primer protagonista, aparece otro, negro, igual de famélico y estropeado. Animándose, toman los dos un trote hacia el montón de tierra. Se detienen, miran a todos lados. ¿No habrá una trampa? Se les une un tercero, más pequeño. Otro más que cojea. Este toma la iniciativa y se acerca. Olfatea, gime, comienza a escarbar. Ya están los cuatro trabajando, cuando aparecen otros tres. Hay urgencia, asoman los dientes, amagan los mordiscos. Asoma también un pie, la pierna entera, la cadera estrecha y polvorienta del cadáver de uno de los hombres más extraordinarios de que haya memoria
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sábado, 18 de marzo de 2017
Diógenes de Sinope Anécdotas, dichos y comentarios VIII
(40) Objetándole uno que había hecho moneda falsa, le dijo: «También me meaba encima, y ahora no».
Por mi parte reconozco que me sucede, ¡quiero decir, me sucedía! No quiero decir que en mi juventud falsificara moneda y ya no la falsifique. No sé si se entiende. Supongo que un parentesco tan íntimo como éste con Diógenes está en la base de mi estimación de este texto (se soldó en mi memoria con el recuerdo de las palizas que recibía por falsificar moneda en la cama).
Como tantos otros, el argumento es analógico. Nadie censura a nadie porque en su infancia mojara su cama. ¿Por qué pues imputarle siendo hombre el dolo de su juventud?
A otro que le objetó lo mismo, le respondió: «Hubo un tiempo en que yo era tal como eres tú ahora; pero cual yo soy ahora no lo serás nunca».
No hay que decir: o estas anécdotas son inventadas o el mismo Diógenes estaría refutando esa interpretación de la frase «falsificación de la moneda» como «revalidación de la moneda» que muchos hacen.
No hay una historia sino muchas sobre la falsificación de la moneda. Ya lo dijimos al comienzo: Unos dicen que fue el padre de Diógenes, Hicesios, el que falsificó la moneda y que fue encarcelado y murió en la cárcel. Otros dicen que fue Diógenes quien lo hizo y que fue exiliado con su padre por ello. Para otros, no hubo falsificación de la moneda, sino reacuñación, revaluación o desvalorización de la moneda, lo que habría hecho Hicesios. Hay también unos que consideran que estas son todas invenciones, que Diógenes empleaba la metáfora «cambiar la moneda» y que de esta costumbre suya se tomó pie para fraguar posteriormente las historias de la revaluación de la moneda en Sínope y, sobre todo, la historia del Oráculo de Delos (o Delfos). Esta historia del oráculo tampoco es una. Ya vemos que unos dicen Delos y otros Delfos. Pero hay más.
Unos dicen que teniendo Diógenes que acuñar, los monederos le requirieron que adulterara la aleación y que Diógenes fue y preguntó al dios qué haría. «Cambia la moneda» fue la respuesta (que ya en esa época era frase hecha, metáfora muerta, por «cambia, subvierte, reacuña los valores») y Diógenes creyó que era la letra de la frase lo que ordenaba el oráculo. Entonces, fue, falsificó y lo sorprendieron y lo exiliaron. Unos dicen que no lo exiliaron sino que huyó. Hay más historias todavía: Se dice que su padre Hicesios le confió la moneda y que él la rebajó por lo cual Hicesios fue encarcelado, muriendo en la prisión; y que Diógenes huyó, vino a Delfos y preguntó qué debía hacer para ganar reputación y que el dios le dijo eso: «Cambia la moneda». De estas historias sobre el oráculo también se dice que son invenciones y que todo este embrollo de falsedades tiene que ver con pura propaganda estoica, propaganda que busca para sus «santos» (como Diógenes y Zenón) una tradición que estuviera a la altura de su «santísimo» (Sócrates) que era hijo de una partera y se dedicó al «parto de las almas» y del que el oráculo dijo que no había hombre más sabio. Así se inventaron para Diógenes y para Zenón historias parecidas. A Zenón le dijo el oráculo que si quería alcanzar la mejor vida debía tomar el color de los muertos, lo que entendió Zenón como que debía estudiar a los antiguos. A Diógenes le dijo el dios: «Cambia la moneda», como si le dijera: «Así como a Sócrates lo guió la metáfora de partero, guíate tú por la de banquero».
Todo esto se ve muy bien, sólo que no calza con las anécdotas que hay sobre la falsificación de la moneda; y el mismo Laercio dice que Diógenes en un escrito suyo confiesa haber adulterado la moneda. Pero hay más: Se han encontrado en número significativo monedas con los sellos de Sínope del período en que Diógenes estaba allí, monedas que han sido devaluadas de verdad por ser imitaciones de las monedas buenas de la misma época —mediados del siglo IV a. C. Muchas monedas buenas llevan el nombre «Hicesios». En una palabra, hubo falsificación de moneda y hubo al parecer la intervención de un Hicesios que la puso fuera de circulación. Mucha moneda de la mala lleva un golpe de cincel sobre el sello. Y ésta sí que es devaluación y no metáfora. Así, se insinúa una historia que no tiene nada de leyenda. Así también adquiere el peso de un motivo muy obvio la carrera de Diógenes contra la sociedad y sus valores en circulación.
La cuestión de los motivos pertenece a la esfera de la psicología profunda. En las novelas policiales, suele bastar un motivo. La relación del motivo con la acción se representa como la del gatillo con el fulminante. Leyendo historia seria, muchas veces nos encontramos preguntándonos si es historia seria o novela policial. Uno piensa: La sociedad sinopense encarcela a su padre, éste muere en la cárcel, fiscalizan sus bienes, exilian al hijo. ¿No basta esto para explicar a Diógenes entero? Me parece que no en absoluto. A investigadores como Sarley, les parece algo así. «Puesto que no tenía propiedad, (Diógenes) denunció a todos los que la tenían». ¡Si fuera así de simple! Y esto también: «Puesto que no sabía nada de filosofía, ciencia o arte, condenó la filosofía, la ciencia y el arte».
41) Dicen algunos que es suyo lo siguiente: habiéndole visto Platón lavando unas hierbas, se acercó y le dijo: «Si sirvieras a Dionisio, cierto no lavaras hierbas»; mas él, acercándose también le respondió: «y tú si lavaras hierbas seguramente no sirvieras a Dionisio».
Esta es también una hermosa historia. Si prefiero la otra, la del muchacho que enrojece, es por la simpatía y la belleza que irradia. En ésta, en cambio, se cruzan agudezas como se cruzan floretes. Platón se acercó; Diógenes al replicar, se acercó también. O sea, se encararon, se olieron el aliento. Supongo que es así por la versión de Laercio. Pero, ¿es de Laercio? Me paso de la traducción española de Ortiz y Sanz a la francesa de Robert Genaille. Esta respeta más el original:
Platón que lo vio lavando ensalada se aproximó y le dijo dulcemente: «Si hubieras sido amable con Dionisio, no lavarías ensalada» a lo cual Diógenes le respondió con el mismo tono: «Y tú, si hubieras lavado tu ensalada, no hubieras sido el esclavo de Dionisio».
Como se ve aquí, cambia en un detalle la traducción y el cuadro de nuestra representación cambia de la tierra al cielo. ¿Oyen a Platón? ¡Qué dulce habla! Yo veo cómo se está burlando de Diógenes. ¿Y oyen a Diógenes? ¡Lo remeda! Dice Genaille: «le respondió en el mismo tono». Suavito también Diógenes, igual que Platón. ¡Oh, yo los estoy viendo! Disputan como dos mocosos chicos. Un paso más y se sacan la lengua.
En una u otra traducción es una hermosa historia. La exacta oposición de Diógenes y Platón. En el centro, Dionisio tirano de Siracusa. Opuestos, Diógenes y Platón. Uno, al servicio del poder, disfruta de sus ventajas: otro, rechazando el disfrute, prescinde del poder. Diógenes ha descubierto la manera de sacarse de encima los arreos y riesgos del poder; Platón le hace ver desnudos los costos de su forma de vida. Hasta las frases que se cruzan están lindamente opuestas. Parece que se dan en la cabeza con los extremos de una contraposición. Algo de contraposición tiene. Podemos modificarla así: Decir «Si Diógenes sirve a Dionisio, entonces, no lava hierbas» es como decir, «Si Diógenes lava hierbas, entonces, no sirve a Dionisio». Quitado el sujeto, quedaría así: «Si se sirve a Dionisio, entonces, no se lavan hierbas» que es lo mismo que «si se lavan hierbas, entonces, no se sirve a Dionisio». O sea que Diógenes le dice a Platón lo mismo que Platón le dice a Diógenes. Entre los dos se reparten las mitades de una tautología. Pero, el hecho es que Platón sirve a Dionisio; y el hecho es que Diógenes lava hierbas Ni el segundo sirve a Dionisio, ni el primero lava hierbas. Yo pienso que Platón no lavaría hierbas aunque no sirviera a Dionisio; y pienso que Diógenes no serviría a Dionisio aunque no lavara hierbas. Hasta se me ocurre que Platón se dejaría morir de hambre antes que lavar hierbas y que Diógenes se dejaría colgar antes que servir a Dionisio. Pero creo más: Creo que hay en el pensamiento de Platón razones que lo llevan a servir a Dionisio y que hay en el pensamiento de Diógenes razones que lo llevan a lavar hierbas. Quiero decir, que hay algo de necesario en que haga cada uno lo que hace y que cada uno no haga lo que hace el otro.
No creo que se opongan tan perfecta y primorosamente estos dos personajes en otra parte como lo hacen en esta historia de Dionisio y las hierbas. ¿Por qué, pues, no es tan popular como la que más? Parece que en popularidad primero va «el barril de Diógenes»; segundo, «la linterna de Diógenes»; tercero, «la sombra de Alejandro»; cuarto, «el movimiento se prueba andando»; y quinto, «soy ciudadano del mundo». Me gustaría escuchar una explicación de la popularidad de estas historias sobre tantas otras tan buenas o mejores.
¿Y qué hierbas serían? Ortiz y Sanz pone «hierbas»; Genaille pone «ensalada»; Hicks pone «lechugas». El texto griego dice «verduras». ¿Será por mi crianza medio vagabunda en mi rincón de provincia que yo imaginé siempre que eran romazas? ¿Cómo las comería Diógenes, hervidas o con sal y vinagre?
42) A uno que le dijo que muchos se reían de él, le respondió: «Y acaso de ellos los asnos; pero ni ellos se cuidan de los asnos ni yo de ellos».
Es una figura de adición. Hay que cuidarse de ellas, porque suelen ser arbitrarias. Aquí, nadie le pide el parecer a los asnos. Diógenes dice: «¿Se ríen de mí? Pues, vamos a traer a los asnos para que se rían de ellos. ¿Qué les importa a ellos que los asnos se rían? Pero, entonces, ¿qué puede importarme a mí que se rían ellos?» Es una forma graciosa de transformarlos en asnos. Pero, no olvidar, para ello se necesitan asnos que rían.
En este dictum asoma una explicación de los dos Diógenes: el santo de los estoicos y el pícaro de la tradición popular (ése del que aquí se ríen). Más de un comentarista lamenta que sobrepasando los cínicos a todos en coraje no recurrieran a otras armas en lugar del insulto y el desprecio y no ofrecieran más alternativa que una absurda renuncia. Un juicio a medias como éste siempre se hizo y pienso que de él resulta la mofa del cinismo, la incomprensión de sus batallas callejeras. Estos, los que juzgaban a medias, son los que alababan a Diógenes, aunque no irían con él de caza. Hasta para Zenón vale una actitud así: se cuenta que sentía vergüenza, que no podía con el descaro cínico (la anáideia) y que cuando Crates quiso probarlo haciéndolo llevar un plato de lentejas por el Cerámico, se le vino todo al suelo y salió corriendo. Así, «la delicadeza de Zenón» implicaba que muchos sólo veían la teoría cínica, dejando para los «desvergonzados» nada menos que la práctica. Con una división así no cuesta entender el desdoblamiento de Diógenes que trae tan desconcertados a los lectores ordinarios de sus hechos, y hasta a sus comentaristas competentes. La verdad es que no hay dos Diógenes: sólo uno que se ve de una manera desde las altas ventanas de la academia y de otra desde las tabernas, los mercados y el arroyo.
Como dijimos, algo así sucede también con Quevedo. El camino elegido por Diógenes para alcanzar la autarquía —el camino más corto, como se le llamó— acarreaba este costo: El desprecio admirado de los que están arriba y la burla agresiva de los que están abajo. De este «camino más corto» de Diógenes, decía el emperador Juliano que era en realidad el más largo. De este camino, el de la práctica cotidiana de sus ideas, decía Diógenes que lo seguiría aunque fuera contra las espadas y el fuego.
43) A uno que le afeaba el que entrase en lugares inmundos, le respondió: «También el sol entra en los albañales y no se ensucia».
¿Qué lugares serían, lupanares, tabernas, garitos, basurales? ¿Pasaba Diógenes por ellos o los frecuentaba? Genaille traduce así: «frecuentaba».
El sol entra en los albañales y no se ensucia. Diógenes quiere decir que no deja de ser Diógenes porque se mezcle con gente vil. ¿Es así? Al fin de cuentas, el sol no entra en los albañales, sólo los ilumina. Por una higuera en la que buscaba frutos alguien le dijo que se había colgado uno de ella. «Yo la dejaré pura», fue la respuesta. Y a continuación de la historia del sol y los albañales viene ésta. Que…
… estando cenando en un templo vio sobre lo mesa pan sucio, lo cogió y arrojó diciendo que en el templo no debía entrar cosa inmunda.
¿En qué quedamos? ¿No sigue el templo siendo templo aunque pidan amparo allí los delincuentes? Dictum y contradictum.
Se trata de temas opuestos que recurren y recurren no sólo en el mundo del retórico. Cuando la política recomienda la alianza, lo inmundo no contagia, uno «pacta con el diablo si es necesario»; cuando la política recomienda la separación, ¿cómo va uno a mezclarse con lo inmundo? A cada rato nos encontramos con demagogos de ademanes grandiosos que están por encima de las pequeñeces y los prejuicios; a cada rato, también, con demagogos con todo el horror en el rostro ante la sola idea de rebajarse. Así es el poder: tan puro, que nada lo contagia; tan puro, que está expuesto al contagio.
¿Y qué son los albañales? Cloacas, resumideros, dice el diccionario.
(44) Entraba en el teatro contra la gente que salía, y preguntado por qué, respondió: «Esto tengo resuelto hacer toda mi vida».
Es decir, negar lo establecido, trastocar el orden, subvertir los valores, cambiar la moneda, etc. Se presta para una secuencia fílmica. Diógenes viene por la calle conversando con dos periodistas de la época que tratan de sacarle algún ladrido para venderlo en Creta o en Mileto. Y he aquí que están a un paso, digamos, del «Teatro Caupolicán» de Atenas, justo cuando la función termina y sale el público a la calle. Diógenes no tiene que pensar dos veces, ni una siquiera. Se recoge el palio (sucio y raído, como se entiende) y echa a correr que es un susto. La muchedumbre desborda todo lo desbordable. Casi revientan las puertas de entrada, quiero decir de salida. Diógenes ataca con el báculo tratando de abrir brecha. ¡Oh, que delicia, que delicia! ¡Esto es un baño de los cielos! Diógenes bracea que es una fiesta subiendo las escaleras contra la cascada vocinglera y presurosa. «¡Déjenme, déjenme entrar!» En torno suyo estalla la furia, la burla. «¿Pero dónde vas a entrar? ¿No ves que todos salen?» «¿Cómo que todos salen? ¿y quién soy yo?» «¡Échate a un lado, burro porfiado!», «¡Ja, ja, ja! ¡Diógenes burro» «Quiero entrar, quiero entrar!» «¿Entrar? pero, pero, ¿cómo vas a entrar, infeliz, no ves que todos salen?» «Quítate de en medio, perro mugriento!» «¡Sáquenlo a puntapiés!» «¡Pásenle por encima! ¡Que no le quede hueso por quebrar!» Diógenes atropella sin miramientos. «Déjenme pasar, mocosos de porquería». Pero, ¡si ésta es la panacea de las panaceas! ¡Contra la corriente, contra Atenas, contra Grecia toda! En medio de un río de esclavos, de mozalbetes, de buenos para nada, corriente arriba navega Diógenes. Los periodistas corren a cablegrafiar.
Esta anécdota sí que no ocurrió jamás. No es más que una invención para ilustrar la vocación de Diógenes: la abolición de la cultura toda por vía de subversión, exhibición y denuncia, nadando en contra, toda la vida en contra.
Como se ha dicho, siempre vale la pena tener presente lo probable y lo improbable al examinar las anécdotas y dichos de Diógenes. Hay encuentros que seguramente nunca se produjeron y en los que de tal manera se cargan las tintas que más parecen simplificaciones, reducciones populares. Lo que puede relacionarse con el «Mito-Diógenes» o «Leyenda de Diógenes» o el «Preparado Diógenes», sea en blanco, sea en negro. Un personaje se forma, o más bien se ahoga, bajo los atavíos de toda las ocurrencias que medio mundo le cuelga. Por ejemplo (y ahora, no en el siglo III antes o después de Cristo), Heinrich viste a Diógenes con la toga heideggeriana, Sayre le cuelga el manto de monje brahman, Seltman la ideología del resentido social. Yo supongo que eso que llamo aquí (siguiendo la costumbre y no muy seguro de nombrar algo) «tradición popular» trata de ajustar las cosas de modo que calcen con sus intuiciones: Diógenes versus Alejandro, versus Demóstenes, versus Friné, versus Platón.
Vimos como «falsificar la moneda» se acomoda según quien lea: «reacuñar la moneda», «cambiar la moneda», «poner la moneda fuera de circulación». Dudley dice que si Diógenes tuviera que ver con monedas, éstas serían o de la especie que llevan el sello «physis» o de la que lleva el sello «nomos», y que éstas serían puestas fuera de circulación y las primeras aceptadas. Una imagen más para el mosaico Diógenes.
(45) Objetándole algunos que él pedía, pero Platón no, dijo: «También él pide, pero… la cabeza acercando para que los demás no se den cuenta».
Bueno, si pide Platón, y la filosofía occidental, como dice Whitehead, se reduce a unas cuantas notas al pie de sus escritos… Bueno, otra vez, si pide Platón y Occidente, como dice Heidegger, es platónico de pies a cabeza… ¿Verdad que se forman ideas grotescas cuando nos dejamos encantar por la retórica? Todo esto, en el entendido de que sea como dice Diógenes. ¿Pide Platón sólo que «la cabeza acercando», para que no lo oigan los demás? No hay más que sacarse un premio de la lotería para sospecharlo. No hace mucho, una persona acertó la lotería y ganó una cantidad enorme de dinero. Para su desgracia, lo hizo público. Ahora se queja: no lo dejan dormir golpeando la puerta. O pregúntesele a los que están a cargo del tesoro público, de cuántos vienen «la cabeza acercando». O, finalmente, haga cada uno sus cuentas y averigüe si alguna vez acercó la cabeza, no sea que le ocurra como a ese señor que había estado toda su vida hablando en prosa sin saberlo.
Diógenes de Sinope Anécdotas, dichos y comentarios VII
Estatua de Diogenes en Turquía
(34) Habiendo visto a un joven muy hermoso que dormía sin que nadie lo cuidase, lo despertó diciéndole: «Levántate, no sea que durmiendo por detrás con su dardo alguien te hiera».Recuerdo haber escuchado no hace mucho (en éste mi segundo viaje a Chile desde que se suspendió mi exilio) una historia de un campesino que se quedó dormido, borracho, en un potrero. Fue en los campos vecinos de Santa Cruz, en Colchagua. Al pobre joven le ocurrió en efecto lo que aquí Diógenes trata de prevenir. La escuché, esta historia de Colchagua, una tarde calurosa de Diciembre en el corredor en sombras de una casona de fundo. ¡Qué repugnancia sentí! ¿Cómo puede ocurrir algo así? ¿Tan primitivos, tan brutales somos?
Después, en ese mismo lugar, yendo a mi Laercio de bolsillo, me encontré con esta anécdota y me sentí impresionado y molesto por mi descuido al leer. ¿Cuántas veces habría pasado sin reparar por encima de esta obviedad? ¿De dónde me venían tantos respingos con esos campesinos de Colchagua? En la Grecia antigua, la de los mil ideales, igual eran posibles cosas así. ¡Qué digo, posibles! Reales, y hasta comunes. No se podía dormir bajo un árbol sin riesgo de que lo atacaran por detrás con un enorme dardo. Ninguna diferencia entre un potrero de Colchagua y otro en Ática o Lacedemonia.
Había que volver paso con paso a mi Laercio y con la historia de aquel campesino de Colchagua muy a la vista. Había que repasar cuidadosamente las composiciones de lugar. Y debo reconocer que con esta historia de Colchagua se hicieron aún más sensibles y detalladas cosas como los golpes que recibía Diógenes, las ratas que subían a su mesa, las mujeres colgando de ese olivo, los huesos que le echaban como a un perro, el báculo amenazante de Antístenes, el despliegue pomposo de Alejandro, «aquel gran rey». Hasta pienso que mis composiciones de lugar, hasta entonces, más que loyolescas eran «loyolescas», más cuadros de museo que artefactos de pedagogía. Fue en esos días que me vino la idea de ensayar por escrito mis comentarios de Diógenes, sus anécdotas y sus dichos.
En cuanto a mis primeras lecturas de esta anécdota, esta consideración hacía: como buen escolar, Diógenes conoce su Homero verso a verso. Tanto lo conoce que puede jugar con el texto en situaciones chuscas. Así me aparecía el Diógenes de esas primeras lecturas, sin quitar que no lo sufría. Pero, no era justo con él. Las violaciones sexuales —que las había y feas y repugnantes también en la Grecia ideal— estamos acostumbrados a conocerlas transfiguradas en mitos, en historias hasta graciosas y poéticas. ¡Cómo envolvemos en colores rosa toda esta suciedad y brutalidad! Diógenes no va a dejarse encantar con colores rosa. Incluso los ridiculiza tomando de los versos de la Ilíada para decir ¡cuidado! a un muchacho que duerme sin quien guarde su sueño. No se puede dormir así. Aunque sea en la Grecia de Sócrates no se puede dormir así.
A este respecto, pienso en ese cuadro de Rafael, «La Escuela de Atenas» que hay en el Vaticano. En ese cuadro, Diógenes aparece al margen. Aunque está bien en el centro no hay nada más evidente en esa representación de la Escuela de Atenas que Diógenes no pertenece a ella. No tiene sentido ni que quieran expulsarlo ni que quieran incorporarlo. No lo hace mal Rafael con el método de las representaciones. En su «Escuela de Atenas», Diógenes es un detalle sucio, un desorden, una mancha tolerada sepa quién por qué en los aledaños del docto conjunto. Con estas representaciones también míticas, cargadas de retórica, desaparecen los ambientes de Diógenes. Uno no puede menos que preguntar viendo al famoso can echado fea, vergonzosamente en las gradas: «Y esto, ¿qué hace aquí?» Justo, por su lado, a la derecha sube uno (¿quién será, Cármides, Teetetos, Menón?) y casi le oímos preguntar señalando a Diógenes a otro que está más arriba, exactamente lo mismo: «Y éste, ¿qué hace aquí?» Claro está: ¿qué hace el can donde no están sus ambientes, los reversos miserables de Atenas? En cuadros como éste, vemos a Diógenes desde las perspectivas de Platón y Aristóteles. Lo vemos – ¡Dios nos libre y nos favorezca! —como algo vil y despreciable. Tal como quiere Platón que lo veamos. De partida, no puede haber en este cuadro de Rafael un comentario favorable de Diógenes. No hay ni ambientes, ni paisajes, ni hombres de Diógenes. Este cuadro es una ilustración a todo color de lo que el mismo can dice: lo alaban mucho, pero nadie se atreve a ir con él de caza.
(35) Disputando Platón sobre las ideas y empleando los términos «meseidad» y «vaseidad», dijo: «Yo, oh Platón, veo la mesa y el vaso, pero no sus ideas». A esto, Platón respondió: «Dices bien, pues tienes ojos con que se ven el vaso y la mesa, pero no tienes mente con que se entienden la vaseidad y la meseidad».
Robert Genaille traduce lo último así: «para ver la mesa y el vaso tienes ojos, pero para ver las ideas que les corresponden necesitarías más espíritu que el que tienes».
De todos modos, siquiera se sugiere aquí el empleo de una analogía popular entre los ojos y la mente. Yo no sé si es popular por vulgarización del platonismo o si nace por su cuenta a partir de la imaginación colectiva. Tendría que ser esto último, porque lo primero que se nos ocurre decir al recordar o imaginar con viveza es que estamos viendo lo que recordamos o imaginamos cuando la verdad es que no lo vemos. «Estoy viéndolo» decimos al recordar a un ser querido, muerto hace tiempo. También, el intento que hacemos ordinariamente para comprender una noción o idea —como la de triángulo, de hombre, de mesa— se reduce a imaginar una cosa.
Pienso, después de mucho, mucho ensayar entender entidades como esas ideas de que habla Platón, que la pedagogía usual en defensa de su status más pierde que gana cuando se recurre a metáforas como «los ojos de la mente» o «la mirada de la mente». Como alega Berkeley, uno nunca logra concebir un triángulo que sea sólo triángulo —es decir, que ni sea equilátero, ni isósceles, ni escaleno. Difícil va a ser lograr algo así mientras la operación de concebir se figure como «un ver con los ojos de la mente». La fuerza del argumento de Berkeley contra las ideas abstractas tiene pues gran soporte en la analogía según la cual tenemos ojos para ver la triangularidad, ojos en la mente, así como en la cara tenemos ojos para ver los triángulos dibujados en el pizarrón.
Cuando era estudiante, mi profesor de lógica exponía a Husserl y sus ideas: según este escritor no sólo hay ojos en el espíritu para ver las ideas así como los hay en el cuerpo para ver las cosas, sino que hay también ceguera de los ojos del espíritu, ceguera eidética. O sea, a Diógenes también le hubiera dicho Husserl que era un ciego de la mente o algo así.
El caso de las ideas se defiende mejor evitando audaces metáforas. Pienso que en lugar de declarar ciego a Diógenes nada más por desprecio o fastidio (como lo hace el Platón de la anécdota, quien mejor que nadie tiene que saber que esa ceguera no puede tenerla Diógenes sin perder la facultad de razonar), pudo proponérsele esta experiencia mental (a él, tan duro de parresia): «Piensa en algo muy doloroso, por ejemplo, piensa en la violación de tu madre. ¿Verdad que no la puedes imaginar? ¡Tanto duele! Pero, puedes pensar sin dificultad la violación de tu madre. Una rotunda idea, por más que no la veas. Yo tampoco la veo».
Otrosí: Comprobamos que las cosas terminan por desvanecerse con el énfasis de Platón en las ideas. Creo que igual se desvanecen con el énfasis de Diógenes en la sensación.
Otro otrosí: ¿Qué hace Diógenes mezclado en estas disputas puesto que él mismo decía que las lecciones de Platón «eran una pérdida de tiempo»?
Preguntado por uno quién le parecía que había sido Sócrates, respondió: «Un loco».
¿Desconcertante? Bueno, normalmente llevamos a juicio a los Sócrates que nos aparecen aquí o allá. No sólo los juzgamos, hasta llegamos a eliminarlos. Ya estamos al tanto de nuestros metabolismos sociales. Sólo después, cuando la locura de los Sócrates, ya bajo tierra, ha sido finalmente adobada y asimilada por sus mismos victimarios, a éstos por encima de todo les resulta desconcertante que alguien se atreva a decir: «Sócrates era un loco».
¿Qué quiere decir aquí «un loco»? Todos sabemos lo que ocurrió con Sócrates. Desde muchachos nos informan, nos dan a leer la famosa Apología de Platón. Sócrates es juzgado y eliminado por introducir nuevos dioses en Atenas y por corrupción de la juventud. Con Sócrates surge la interrogación, la crítica, la conducción racional del discurso. Los jóvenes que lo escuchan se vuelven contra los padres, contra los dioses, contra la tradición. Así, parece que una definición corriente de locura (pérdida del juicio, pérdida del sentido de la realidad) bastaría para estar de acuerdo con la afirmación de Diógenes: quien contraviene los hábitos, valores, creencias y tradiciones de los suyos se sitúa fuera de su cultura, su mundo. Es un demente, un insensato. El juicio de Diógenes sobre Sócrates parecerá a muchos exagerado. Pero, considérese. Diógenes es un discípulo de Sócrates que al término de su discipulado se encuentra con que vienen a decirle que es un Sócrates que se ha vuelto loco. ¿De dónde le vino la locura?
Lo que nos lleva a otra versión. R. D. Hicks traduce así:
Preguntado quién le parecía Diógenes, respondió: «un Sócrates loco».
O sea, todo cambió; no es Diógenes quien dice «Sócrates es un loco», sino Platón quien dice: «Diógenes es un Sócrates loco». Muy diferente un texto del otro, como se ve. Quizás en qué estado se encontrará el original. Pero, ¿en qué difiere Diógenes de Sócrates? En que aquél sigue «el camino corto» y se pone a practicar lo que Sócrates no termina nunca de silogizar. Hay esta afirmación de Stobaeus: «Diógenes decía que la pobreza impuesta es una ayuda para la filosofía, porque lo que ésta procura alcanzar por el razonamiento, la pobreza lo impone sin más». O sea: Diógenes era un Sócrates práctico; y Sócrates un Diógenes teórico. O un loco teórico. También hay algo de esto cuando Diógenes decía que procedía como los directores de coro «que dan la nota alta para que los demás den la justa».
37) Viendo a un joven a quien le salían los colores al rostro le dijo: «Ten ánimo, que ese es el color de lo virtud».
Es ésta para mí la más hermosa de las historias que se cuentan de Diógenes. Detenerse en la vergüenza con ocasión del rubor es como contentarse con tantear la llaga. No es apenas pedagogía señalar el defecto. Sí, por el contrario, lo es cuando va de la vergüenza al conflicto que la origina y que resulta del choque entre lo que se hace y lo que se debiera hacer. Aquí, el rubor es referido a su causa profunda: la virtud defraudada. Decir a este joven que su rubor es el color de la virtud (además de conmoverlo con frase tan hermosa) es dar perspectiva a su vergüenza y ponerlo en ruta de superación. Siempre consideré este texto como una muestra del excelente pedagogo que con seguridad fue Diógenes.
Pero, desconcierta también, ¿Qué tiene que ver Diógenes con la vergüenza? Puesto a zurcir, podemos admitir la vergüenza como si se tratara de los pañales de la virtud.
(38) Notándole una vez que comía en el foro, dijo: «En el foro me cogió el hambre».
Se puede generalizar en doble entrada así: En el foro me cogió el hambre; en el foro me cogió la sed: en el foro me cogió el sueño, las ganas de rascarme, etc. Y también: En el foro me cogió el hambre; en el teatro me cogió el hambre, en la asamblea me cogió el hambre, etc. O sea, dondequiera que el deseo que sea me sorprenda, allí lo satisfago, si es que tengo con qué. ¿Se dirá que esto es subvertir el orden de la polis, o más bien abolirlo?
Diógenes rompe el hábito del lugar. En la medida en que aparece como la ruptura sistemática y ambulante del hábito del lugar, lo trae a evidencia. En cuanto a nosotros, los criados en el hábito, no tenemos conciencia de nuestro ser habitual. O a ratos la tenemos para olvidarla en seguida.
Mirando a Diógenes vagar por Atenas percibimos la ciudad habitual en un contraluz; percibimos Atenas como un tramado de hábitos. Así, es dada también en perspectiva la vocación de Diógenes. ¿Qué se masturba en público? ¿Por qué el ruido, porque se masturba o porque lo hace en público? Que lo haga, pero que lo haga en su tonel como cualquier «Diógenes sensato». ¡Ahí si que estaría listo Diógenes, encerrado en su tonel!
Vale también la pena atender a la oposición de los dicta: dictum et contradictum. Por ejemplo, en oposición al que comentamos aquí, se lee:
Motejado de que bebía en la taberna respondió: «Y en la peluquería me corto el pelo».
39) A los que lo instaban a que buscara a su esclavo (Manes) que había huido, respondió: «Cosa ridícula sería que pudiendo Manes vivir sin Diógenes no pudiera Diógenes vivir sin Manes.»
¿Un esclavo de Diógenes? ¿No será pura invención para adjudicarle el dicho? Todo ajusta tan bien que no se sabe si el hecho se inventó para el dicho o el dicho para el hecho. Si mi esclavo puede vivir sin mí, ¿cómo no voy a poder vivir yo sin mi esclavo? Parece un razonamiento imbatible; y contra la esclavitud.
Pero, veamos, ¿no parece también un argumento en el aire? Porque no tiene el amo sus esclavos en un florero. Vive de su explotación. ¿Cómo, pues, va a poder vivir sin ellos?
El texto sabe a panfleto antiesclavista, pero demasiado académico. Para probar si es firme en la realidad, propongámoslo a los amos. Estos van a gritar, no lo que dice Diógenes, sino lo contrario: que sin sus esclavos no pueden vivir. No sólo eso; van a decir que sin los amos tampoco pueden vivir los esclavos. Preguntemos, pues, a los esclavos. Acaso éstos griten también en coro que sí, que sin sus amos pueden vivir. Por lo menos, eso claman en todas formas los panfletos al uso en nuestros días. Pero, si es así, ¿cómo demonios es que no reaccionan los amos como lo hace Diógenes?
Divierte encontrar que un argumento aparentemente impecable no es más que una melodía de palabras. Situación común, por otra parte; y sorprende que siendo común no deja de ser común
Diógenes de Sinope Anécdotas, dichos y comentarios VI
28) Preguntándole un boticario llamado Lisias si creía que había dioses, respondió: «¿Cómo no he de creer si te tengo por enemigo de ellos?»
¿No es como para que le den a uno de patadas? Aquí está de cuerpo entero la parresia (la franqueza atrevida) que todo el mundo recomienda, pero ¡ay del que la practique! ¿No se dijo «la verdad, aunque severa, es amiga verdadera»? Sí, se dijo. Y justamente por eso, porque es severa (acarrea no sólo puntapiés, sino cárcel y muerte) se la deja a los excéntricos, masoquistas y locos.
A propósito de la franqueza atrevida (la parresia). No hay comentarista que la pase por alto. Claro, es tan conspicua. Por ejemplo, decirle en su cara a Filipo de Macedonia: «¡Ambicioso insaciable!» es cosa extraordinaria, increíble. En tren de enormidades, muchos van a exclamar con sólo oír a Diógenes: «Pero, ¿cómo es posible?… ¡Decirle eso a Filipo!… ¿Quién se cree éste? ¿De dónde salió?».
Pero lo que quiero decir es esto: que así como no hay comentarista que pase por alto la parresia, así también no hay uno que se detenga en su implicación más obvia: los golpes que por su causa recibe Diógenes. ¿Por qué se habla de la parresia siempre y de los golpes nunca?
Cuando Diógenes escupe su «¡Insaciable!» en la cara de Filipo ¿de qué se admiran los circunstantes? ¡Vaya, pero si es evidente! De la parresia, la franqueza atrevida de Diógenes, de eso se admiran. ¿Será de eso? ¿No habrá que ir un poquito más allá para explicar esta admiración? ¿No será que se admiran de que Diógenes enfrente sin miedo la casi segura pateadura que sigue? ¿Y por qué se indignan tanto, más que si fueran el mismo Filipo? Para adular a Filipo, desde luego; pero, ¿no habrá más? Porque si no se adelantan a marcar su oposición a Diógenes muy bien podrían verse molidos a patadas, ellos también.
Cuando le preguntan a Diógenes por lo mejor en los hombres responde sin vacilar: la parresia, la franqueza descarnada. ¿No es para quedarse pensando? Hay un verso de Rubén Darío: «Ser sincero es ser potente». ¿Se puede ser sincero sin parresia? Parece que no. La sinceridad pide parresia; la parresia pide le devuelvan a uno con golpes, palos, cuchilladas y cárceles. ¿Y la filosofía? ¿Qué cosa será una filosofía sin parresia? Los soldados romanos mostraban sus cicatrices en el cuerpo. Los filósofos debieran mostrar el trasero.
Viniendo a la ruda respuesta que recibe Lisias, el boticario, ruda y todo tiene su rango de argumento condicional. Su forma sería más o menos:
Yo no puedo tener a alguien por enemigo de los dioses si no creo en los dioses;
Yo tengo a Lisias boticario por enemigo de los dioses;
luego: Yo creo en los dioses.
Todo parece en regla; sólo que los dioses, siendo los dioses, ¿cómo podrían tener enemigos? De allí un argumento muy diferente:
No hay dioses si hay enemigos suyos;
Lisias boticario es enemigo de los dioses;
Luego: No hay dioses.
Hay también una dificultad con este Lisias. O más bien, con Diógenes ante este Lisias. ¿Cómo podría preguntar nadie por la existencia de los dioses si es él mismo una prueba viva de que existen? ¡Pobrecito Lisias, cabeza de chincol! Ni en sus enemigos cree. ¿Cómo le iría en la botica?
Otra dificultad con los dioses resulta de combinar dos dicta de Diógenes. No sé si se puede hacer algo así y si no soy yo ahora el cabeza de chincol. En fin, Diógenes dice que «los hombres buenos son las imágenes de los dioses»; pero tiene que andar en pleno día con un farol buscando un hombre sin encontrarlo. Por lo primero, uno tiene a la mano la prueba de los dioses: basta un hombre bueno. Por lo segundo, ni en Atenas buscando en pleno día y con linterna se encontraba un hombre. ¿Dónde pues encontrar un hombre bueno?
(29) En una ocasión, habiendo visto a los diputados llamados hieromnémones que llevaban preso a uno que había robado una copa del erario, dijo: «Los ladrones grandes llevan al ladrón chico».
Este es dictum magnum también para mí: el dictum de los ladrones grandes. La sociedad entera se encuentra aquí como agarrada por el cuello entre las mandíbulas del terrible can. Viene sin falta a la mente la sentencia famosa de Proudhon: la propiedad es un robo.
Recuerdo sólo esto de mi primera lectura de esta historia de Diógenes: un relámpago, no muy grande, pero relámpago, sobre la cuestión de los nombres y el nombrar. Supongo que el efecto se logra porque los nombres aquí son todo lo opuesto que se desee: el que custodia el tesoro y el que lo roba. Desde luego, aquí hay retórica (¿vendrá de Gorgias, ese maestro de los discursos, vía Antístenes, el discípulo de Gorgias y maestro de Diógenes?), pero de la buena, no de la mala que encontramos en la identificación que se hace entre la pompa de Platón y la miseria de Diógenes.
¡Este Diógenes! ¿Cuándo leí esta anécdota por primera vez? No podría decirlo; pero era un tiempo en que no me iba a pasar por la cabeza considerar que los que defendían el erario contra los ladrones, eran ladrones ellos también; ladrones grandes defendiendo su robo de los ladrones chicos. Yo pensaba el orden y la justicia como parapetados contra el caos y la iniquidad. ¿De dónde me iba a venir que los que mantenían el orden contra los delincuentes eran delincuentes organizados defendiéndose de delincuentes, impidiéndoles que se organizaran y comenzaran a robar tranquilamente? Esta fue una clase de filosofía social; pero también una clase, y grande, de lógica. Una clase sobre los nombres y el nombrar, sobre cómo los nombres ora identifican verbalmente cosas realmente opuestas, ora diferencian verbalmente cosas realmente idénticas.
Oigan a Diógenes ladrándole a los guardas del erario nacional: «¡Ladrones, ladrones!»
El ladrón chico de esta anécdota hasta pudo ser un discípulo querido de Diógenes, porque éste decía que no había nada de impropio en robar cosas de los templos. ¿O dijo esto como un comentario, justo cuando vio que los ladrones grandes llevaban preso al chico?
(30) Haciendo una vez en el foro acciones indecentes con las manos, decía: «Ojalá que frotándome el vientre no tuviera hambre».
Aquí está en pleno la anáideia, la conducta sin prejuicios, por lo cual se dice que le vino el mote de «perro» a Diógenes. Pongo «conducta sin prejuicio», porque «desvergüenza» es nombre dislógico, no neutro. Puede decirse también «conducta sin vergüenza» o «conducta franca», aunque esta última expresión es más de empleo eulógico que neutro. Hay empleo eulógico, neutro y dislógico del lenguaje, como lo sabe cualquier retórico o agente de propaganda. Por ejemplo, en esta anécdota el traductor prefirió a «masturbación» que es neutro, «hacer acciones indecentes con las manos» que es dislógico. Si hubiera dicho «ofender a Afrodita entre sus dedos», o alguna tontera así, el nombre sería un tantín eulógico. El lenguaje en que viene recogida la tradición de Diógenes es comúnmente dislógico. Por lo demás, en estas materias uno está expuesto casi únicamente a la retórica de los defensores o los detractores. Casi puede decirse a priori que no hay habla neutra tratándose de doctrinas. (En esto de habla eulógica, neutra y dislógica mi autoridad es Bentham).
Lo que me interesa en este texto (quitada la anáideia de Diógenes que alcanza aquí su apogeo) es la analogía que, por decirlo así, lo traba y lo sostiene entero. Llena toda la anécdota para mí y, claro está, suscita de inmediato la pregunta por su adecuación. Comemos, con vistas a mantenernos, fornicamos, con vistas a procrear. Pero un hedonista podría disentir diciendo: Comemos, con vistas a deleitarnos; fornicamos, con vistas a deleitarnos. ¿Hubiera Diógenes satisfecho el «hambre sexual» con un mancebo? Supongo que la analogía de Diógenes, de tener curso, requiere que pongamos por meta del apetito el deleite, o la satisfacción del apetito. Si fuera así, el argumento analógico de Diógenes tendría curso fácil; porque, ¿quién, sin qué comer, no satisfaría entonces el hambre frotándose el estómago?
La dificultad es que la conservación del individuo y de la especie son cosas que no es fácil subordinar al deleite. Es por la obvia flojedad y hasta frivolidad del argumento que lo comento así, dejando de lado el griterío de los que no hacen estas cosas en público y que se suma al clamor grande por todo lo cual hay que adelantarse a reconocer que sí, sí, quiero decir, no, no, desde luego que no, porque, ¿sabe usted? lo que ocurre es que hay dos Diógenes, uno asceta, anacoreta, recoleta; otro «anáideioso», licencioso y libidinoso, y es este último el que propiamente no es Diógenes, aunque es Diógenes o mejor dicho pretende ser el único Diógenes que hay, el muy cínico, uf, ¡qué enredo!
1) Estando en una cena, hubo algunos que le echaron los huesos, y él acercándose, los meó encima, como hacen los perros.
No hay que decirlo, parece, Diógenes no es un perro. Basta verlo. Sus ladridos y mordiscos sólo son metáforas de ladridos y mordiscos. Resulta ofensivo decirlo, de obvio que es. Pero, considérese: las bofetadas, puntapiés y palos que recibe Diógenes no son metafóricos: le caen encima como si efectivamente se tratara de un perro. Nunca estuve presente, pero estoy seguro que de estarlo no sabría distinguir entre las patadas que le daban a Diógenes y las que dan a los perros.
Platón lo llamó «perro» y, como ya dijimos, le respondió: «Dices bien, porque me volví a los que me vendieron». Aquí no estamos seguros sobre cómo interpretar. Una interpretación es: «Perro yo y perro tú»; otra: «No, yo no perro; tú perro». Prefiero la primera lectura. Mordisco va y mordisco viene. Distintas layas de perros, pero perros los dos.
La anécdota que comento aquí revela otro detalle: la estrechez y unilateralidad que suelen imponer las perspectivas con metáforas. Si tiro a uno de los huesos de la comida como si fuera un perro, ¿resulta impropio que éste venga, levante un pie y me eche en los pantalones su pipí? Ese es un detalle de las metáforas que importa cuando se trata de la pugna social: que las toma uno a la letra sólo en lo que le conviene; y como si no bastara, no acepta que el adversario las tome a la letra en lo que le conviene a él. «Tú, perro, aguántate los huesos; pero el pipí me lo echas en verso». Peor era todavía con los perseguidos en los años de Pinochet: el tirano trataba a sus adversarios como si fueran perros sarnosos reales; pero éstos ni en décimas satíricas podían ladrarle.
Dudley dice que el nombre «perro» fue aplicado por primera vez a Diógenes por la anáideia, o sea, su costumbre de hacer todas las cosas en público. Dice también que Diógenes retuvo el nombre por sus posibilidades alegóricas. De las anécdotas con el mote de «perro», todas dan razón al comentario de este autor. Sobre la alegoría del perro en el despliegue del cinismo, no conozco comentarios que satisfagan plenamente. Acaso sea pedir demasiado. No sé quien pueda decir nada de la vida de los perros en la Atenas de Diógenes. ¿Sería como otra cualquiera? En días pasados estuve allí y había perros en las calles de las caletas vecinas. Parecían estar en unanimidad contra los vehículos motorizados. Andaban en grupos, eran de cierto porte, vagos todos, nada de mal parecidos y cada uno, único individuo de su especie.
El cuadro de la vida de perros creo que no tiene marco si se prescinde de la ciudad, sus mercados, sus arroyos, baldíos y extramuros. Claro que hay mucho entre el cinismo, los perros y la ciudad. Los perros le brotan a la ciudad tal como el cinismo. Hay un esbozo incompleto pero importante sobre el cinismo y la alegoría de los perros que se encuentra en un escolio sobre Aristóteles. Aquí lo tomo de Dudley, que no sé más:
Hay cuatro razones para que se los nombre «cínicos».
Primero, por la «indiferencia» en su modo de vida, porque hacen un culto de ella y, como los perros, comen y copulan en público, van descalzos, duermen en barriles o en portales… La segunda es la desvergüenza de los perros, y ellos (los cínicos) tienen en alto la desvergüenza, no como inferior al recato sino superior… La tercera razón es que los perros son buenos guardianes, y ellos guardan los principios de su filosofía… La cuarta es que el perro discrimina amigos de enemigos… De modo igual reconocen ellos como amigos a los aptos para la filosofía y los reciben con amabilidad, mientras que a los que no lo son los corren, como hacen los perros, ladrándoles.
Con la alegoría de los perros, Luciano no está de acuerdo; dice de los cínicos de su época:
Seguidores de los perros, poco se cuidan de las virtudes caninas; ni son guardianes de confiar ni fieles y afectuosos servidores.
Y dice más, yendo a una alegoría zoológica furibunda que es para dudar de todo lo que dice:
Se les hace agua la boca a la vista del dinero; por temperamento, perros; por cobardía, conejos: por imitación, monas; por lascivia, asnos; por celos, gallos…
¿Qué diría el pobre Diógenes al ver esta «imitación de la naturaleza»? La verdad, parecería que sus partidarios sólo «participan» de sus ideas.
32) Diciéndole uno muy supersticioso: «De un golpe te romperé la cabeza», le respondió: «Si yo estornudo por tu lado izquierdo te haré temblar».
No sé qué ominosa consecuencia tendría estornudar por el lado izquierdo para nuestro temible supersticioso, pero debió ser cosa muy seria, como para salir arrancando. Este es un texto en que intervienen el poder y la superstición. El fuerte destruye al débil (quizás qué especie de parresia profirió Diógenes, pero debió ser intolerable para este hombre firme en sus supersticiones). El fuerte destruye al débil quebrándole la cabeza de un mazazo; el débil paraliza al fuerte estornudándole por el lado izquierdo. La tribu de Judá y la tribu de Levi. O, si se prefiere, la tribu de los leones y la de los ratones. La Iglesia y el Estado Militar. Una confrontación así hemos observado por años en Polonia entre la Iglesia Católica y el Estado Militar. El Estado Militar tiene miedo de la Iglesia más que de un bombardero; el clérigo tiene miedo de un bombardero más que de una ideología. Yo veo en esta anécdota una confrontación y un empate de la fuerza encarnada en dos formas de poder. Lo que sigue al encuentro y confrontación de estas dos formas de poder es un:
¿Qué haremos, pues? ¿No se sigue como solución del conflicto la unión como sea de la Iglesia y el Ejército? El sacerdote bendice los tanques; no va a estornudar nunca más por la izquierda. El militar se cuadra. ¡Ay del que le toque a un cura! La cabeza le rompe.
33) Habiendo visto una vez unas mujeres ahorcadas en un olivo, dijo: «¡Ojalá todos los árboles trajeran este fruto!»
Pongo este texto aquí porque me quedo mirándolo sin entender cada vez que lo leo. No sé comentarlo. ¡Vaya! ¿Cómo voy a poder comentarlo si no lo entiendo? Un amigo de las paradojas me aconsejaría: «Ponga eso, diga que ése es su comentario, que no sabe comentarlo. Sea retórico, no sea tonto».
¿Quiere Diógenes que ahorquen a las mujeres por el solo hecho de ser mujeres? ¿Quiere eso, el exterminio de la raza humana? Porque el más tardo de los imbéciles vería que una cosa no va sin la otra. ¿Difunde Diógenes una doctrina así, desalentando a medio mundo de casarse, masturbándose en público? En una de las cartas que se le atribuyen, aunque no fueron escritas sino dos siglos después de su muerte, se lee: «Si la raza humana desapareciera, no habría más razón de lamentarse que si desaparecieran las moscas».
Pero, igual choca esta historia de las mujeres ahorcadas. Parece nada más que otro añadido obsceno y cruel a los que, indudablemente, forman parte de las anécdotas de Diógenes. Está ahí, en el libro VI de las Vidas de los Filósofos Célebres. No hay una frase de comentario. Nunca encontré nada que me orientara a propósito de esta historia. ¿Quiénes son esas mujeres, cuántas son, por qué fueron ahorcadas? Muchas veces he estado pensando y pensando en esta historia. Como un recién llegado al mundo y tonto por añadidura, me pregunto: ¿Qué sabemos del pasado, de la vida que millones y millones de semejantes gozaron y padecieron?
Pero, vean qué hacer con la técnica de la composición de lugar. Veo a Diógenes ascender cansado, apoyarse en su báculo y mirar en torno. ¿Qué es eso? De un árbol penden desnudos tres o cuatro cuerpos. Son mujeres. Vean a Diógenes contemplando los cuerpos y traten de escuchar… Yo sólo oigo suspiros.
¡Cómo habrá odiado a Diógenes el que inventó esta historia! Historiadores como éstos le cuelgan a Diógenes otras dos mujeres: nada menos que Lais, de Corinto, y Friné, de Atenas. ¡Vaya!
¿No es como para que le den a uno de patadas? Aquí está de cuerpo entero la parresia (la franqueza atrevida) que todo el mundo recomienda, pero ¡ay del que la practique! ¿No se dijo «la verdad, aunque severa, es amiga verdadera»? Sí, se dijo. Y justamente por eso, porque es severa (acarrea no sólo puntapiés, sino cárcel y muerte) se la deja a los excéntricos, masoquistas y locos.
A propósito de la franqueza atrevida (la parresia). No hay comentarista que la pase por alto. Claro, es tan conspicua. Por ejemplo, decirle en su cara a Filipo de Macedonia: «¡Ambicioso insaciable!» es cosa extraordinaria, increíble. En tren de enormidades, muchos van a exclamar con sólo oír a Diógenes: «Pero, ¿cómo es posible?… ¡Decirle eso a Filipo!… ¿Quién se cree éste? ¿De dónde salió?».
Pero lo que quiero decir es esto: que así como no hay comentarista que pase por alto la parresia, así también no hay uno que se detenga en su implicación más obvia: los golpes que por su causa recibe Diógenes. ¿Por qué se habla de la parresia siempre y de los golpes nunca?
Cuando Diógenes escupe su «¡Insaciable!» en la cara de Filipo ¿de qué se admiran los circunstantes? ¡Vaya, pero si es evidente! De la parresia, la franqueza atrevida de Diógenes, de eso se admiran. ¿Será de eso? ¿No habrá que ir un poquito más allá para explicar esta admiración? ¿No será que se admiran de que Diógenes enfrente sin miedo la casi segura pateadura que sigue? ¿Y por qué se indignan tanto, más que si fueran el mismo Filipo? Para adular a Filipo, desde luego; pero, ¿no habrá más? Porque si no se adelantan a marcar su oposición a Diógenes muy bien podrían verse molidos a patadas, ellos también.
Cuando le preguntan a Diógenes por lo mejor en los hombres responde sin vacilar: la parresia, la franqueza descarnada. ¿No es para quedarse pensando? Hay un verso de Rubén Darío: «Ser sincero es ser potente». ¿Se puede ser sincero sin parresia? Parece que no. La sinceridad pide parresia; la parresia pide le devuelvan a uno con golpes, palos, cuchilladas y cárceles. ¿Y la filosofía? ¿Qué cosa será una filosofía sin parresia? Los soldados romanos mostraban sus cicatrices en el cuerpo. Los filósofos debieran mostrar el trasero.
Viniendo a la ruda respuesta que recibe Lisias, el boticario, ruda y todo tiene su rango de argumento condicional. Su forma sería más o menos:
Yo no puedo tener a alguien por enemigo de los dioses si no creo en los dioses;
Yo tengo a Lisias boticario por enemigo de los dioses;
luego: Yo creo en los dioses.
Todo parece en regla; sólo que los dioses, siendo los dioses, ¿cómo podrían tener enemigos? De allí un argumento muy diferente:
No hay dioses si hay enemigos suyos;
Lisias boticario es enemigo de los dioses;
Luego: No hay dioses.
Hay también una dificultad con este Lisias. O más bien, con Diógenes ante este Lisias. ¿Cómo podría preguntar nadie por la existencia de los dioses si es él mismo una prueba viva de que existen? ¡Pobrecito Lisias, cabeza de chincol! Ni en sus enemigos cree. ¿Cómo le iría en la botica?
Otra dificultad con los dioses resulta de combinar dos dicta de Diógenes. No sé si se puede hacer algo así y si no soy yo ahora el cabeza de chincol. En fin, Diógenes dice que «los hombres buenos son las imágenes de los dioses»; pero tiene que andar en pleno día con un farol buscando un hombre sin encontrarlo. Por lo primero, uno tiene a la mano la prueba de los dioses: basta un hombre bueno. Por lo segundo, ni en Atenas buscando en pleno día y con linterna se encontraba un hombre. ¿Dónde pues encontrar un hombre bueno?
(29) En una ocasión, habiendo visto a los diputados llamados hieromnémones que llevaban preso a uno que había robado una copa del erario, dijo: «Los ladrones grandes llevan al ladrón chico».
Este es dictum magnum también para mí: el dictum de los ladrones grandes. La sociedad entera se encuentra aquí como agarrada por el cuello entre las mandíbulas del terrible can. Viene sin falta a la mente la sentencia famosa de Proudhon: la propiedad es un robo.
Recuerdo sólo esto de mi primera lectura de esta historia de Diógenes: un relámpago, no muy grande, pero relámpago, sobre la cuestión de los nombres y el nombrar. Supongo que el efecto se logra porque los nombres aquí son todo lo opuesto que se desee: el que custodia el tesoro y el que lo roba. Desde luego, aquí hay retórica (¿vendrá de Gorgias, ese maestro de los discursos, vía Antístenes, el discípulo de Gorgias y maestro de Diógenes?), pero de la buena, no de la mala que encontramos en la identificación que se hace entre la pompa de Platón y la miseria de Diógenes.
¡Este Diógenes! ¿Cuándo leí esta anécdota por primera vez? No podría decirlo; pero era un tiempo en que no me iba a pasar por la cabeza considerar que los que defendían el erario contra los ladrones, eran ladrones ellos también; ladrones grandes defendiendo su robo de los ladrones chicos. Yo pensaba el orden y la justicia como parapetados contra el caos y la iniquidad. ¿De dónde me iba a venir que los que mantenían el orden contra los delincuentes eran delincuentes organizados defendiéndose de delincuentes, impidiéndoles que se organizaran y comenzaran a robar tranquilamente? Esta fue una clase de filosofía social; pero también una clase, y grande, de lógica. Una clase sobre los nombres y el nombrar, sobre cómo los nombres ora identifican verbalmente cosas realmente opuestas, ora diferencian verbalmente cosas realmente idénticas.
Oigan a Diógenes ladrándole a los guardas del erario nacional: «¡Ladrones, ladrones!»
El ladrón chico de esta anécdota hasta pudo ser un discípulo querido de Diógenes, porque éste decía que no había nada de impropio en robar cosas de los templos. ¿O dijo esto como un comentario, justo cuando vio que los ladrones grandes llevaban preso al chico?
(30) Haciendo una vez en el foro acciones indecentes con las manos, decía: «Ojalá que frotándome el vientre no tuviera hambre».
Aquí está en pleno la anáideia, la conducta sin prejuicios, por lo cual se dice que le vino el mote de «perro» a Diógenes. Pongo «conducta sin prejuicio», porque «desvergüenza» es nombre dislógico, no neutro. Puede decirse también «conducta sin vergüenza» o «conducta franca», aunque esta última expresión es más de empleo eulógico que neutro. Hay empleo eulógico, neutro y dislógico del lenguaje, como lo sabe cualquier retórico o agente de propaganda. Por ejemplo, en esta anécdota el traductor prefirió a «masturbación» que es neutro, «hacer acciones indecentes con las manos» que es dislógico. Si hubiera dicho «ofender a Afrodita entre sus dedos», o alguna tontera así, el nombre sería un tantín eulógico. El lenguaje en que viene recogida la tradición de Diógenes es comúnmente dislógico. Por lo demás, en estas materias uno está expuesto casi únicamente a la retórica de los defensores o los detractores. Casi puede decirse a priori que no hay habla neutra tratándose de doctrinas. (En esto de habla eulógica, neutra y dislógica mi autoridad es Bentham).
Lo que me interesa en este texto (quitada la anáideia de Diógenes que alcanza aquí su apogeo) es la analogía que, por decirlo así, lo traba y lo sostiene entero. Llena toda la anécdota para mí y, claro está, suscita de inmediato la pregunta por su adecuación. Comemos, con vistas a mantenernos, fornicamos, con vistas a procrear. Pero un hedonista podría disentir diciendo: Comemos, con vistas a deleitarnos; fornicamos, con vistas a deleitarnos. ¿Hubiera Diógenes satisfecho el «hambre sexual» con un mancebo? Supongo que la analogía de Diógenes, de tener curso, requiere que pongamos por meta del apetito el deleite, o la satisfacción del apetito. Si fuera así, el argumento analógico de Diógenes tendría curso fácil; porque, ¿quién, sin qué comer, no satisfaría entonces el hambre frotándose el estómago?
La dificultad es que la conservación del individuo y de la especie son cosas que no es fácil subordinar al deleite. Es por la obvia flojedad y hasta frivolidad del argumento que lo comento así, dejando de lado el griterío de los que no hacen estas cosas en público y que se suma al clamor grande por todo lo cual hay que adelantarse a reconocer que sí, sí, quiero decir, no, no, desde luego que no, porque, ¿sabe usted? lo que ocurre es que hay dos Diógenes, uno asceta, anacoreta, recoleta; otro «anáideioso», licencioso y libidinoso, y es este último el que propiamente no es Diógenes, aunque es Diógenes o mejor dicho pretende ser el único Diógenes que hay, el muy cínico, uf, ¡qué enredo!
1) Estando en una cena, hubo algunos que le echaron los huesos, y él acercándose, los meó encima, como hacen los perros.
No hay que decirlo, parece, Diógenes no es un perro. Basta verlo. Sus ladridos y mordiscos sólo son metáforas de ladridos y mordiscos. Resulta ofensivo decirlo, de obvio que es. Pero, considérese: las bofetadas, puntapiés y palos que recibe Diógenes no son metafóricos: le caen encima como si efectivamente se tratara de un perro. Nunca estuve presente, pero estoy seguro que de estarlo no sabría distinguir entre las patadas que le daban a Diógenes y las que dan a los perros.
Platón lo llamó «perro» y, como ya dijimos, le respondió: «Dices bien, porque me volví a los que me vendieron». Aquí no estamos seguros sobre cómo interpretar. Una interpretación es: «Perro yo y perro tú»; otra: «No, yo no perro; tú perro». Prefiero la primera lectura. Mordisco va y mordisco viene. Distintas layas de perros, pero perros los dos.
La anécdota que comento aquí revela otro detalle: la estrechez y unilateralidad que suelen imponer las perspectivas con metáforas. Si tiro a uno de los huesos de la comida como si fuera un perro, ¿resulta impropio que éste venga, levante un pie y me eche en los pantalones su pipí? Ese es un detalle de las metáforas que importa cuando se trata de la pugna social: que las toma uno a la letra sólo en lo que le conviene; y como si no bastara, no acepta que el adversario las tome a la letra en lo que le conviene a él. «Tú, perro, aguántate los huesos; pero el pipí me lo echas en verso». Peor era todavía con los perseguidos en los años de Pinochet: el tirano trataba a sus adversarios como si fueran perros sarnosos reales; pero éstos ni en décimas satíricas podían ladrarle.
Dudley dice que el nombre «perro» fue aplicado por primera vez a Diógenes por la anáideia, o sea, su costumbre de hacer todas las cosas en público. Dice también que Diógenes retuvo el nombre por sus posibilidades alegóricas. De las anécdotas con el mote de «perro», todas dan razón al comentario de este autor. Sobre la alegoría del perro en el despliegue del cinismo, no conozco comentarios que satisfagan plenamente. Acaso sea pedir demasiado. No sé quien pueda decir nada de la vida de los perros en la Atenas de Diógenes. ¿Sería como otra cualquiera? En días pasados estuve allí y había perros en las calles de las caletas vecinas. Parecían estar en unanimidad contra los vehículos motorizados. Andaban en grupos, eran de cierto porte, vagos todos, nada de mal parecidos y cada uno, único individuo de su especie.
El cuadro de la vida de perros creo que no tiene marco si se prescinde de la ciudad, sus mercados, sus arroyos, baldíos y extramuros. Claro que hay mucho entre el cinismo, los perros y la ciudad. Los perros le brotan a la ciudad tal como el cinismo. Hay un esbozo incompleto pero importante sobre el cinismo y la alegoría de los perros que se encuentra en un escolio sobre Aristóteles. Aquí lo tomo de Dudley, que no sé más:
Hay cuatro razones para que se los nombre «cínicos».
Primero, por la «indiferencia» en su modo de vida, porque hacen un culto de ella y, como los perros, comen y copulan en público, van descalzos, duermen en barriles o en portales… La segunda es la desvergüenza de los perros, y ellos (los cínicos) tienen en alto la desvergüenza, no como inferior al recato sino superior… La tercera razón es que los perros son buenos guardianes, y ellos guardan los principios de su filosofía… La cuarta es que el perro discrimina amigos de enemigos… De modo igual reconocen ellos como amigos a los aptos para la filosofía y los reciben con amabilidad, mientras que a los que no lo son los corren, como hacen los perros, ladrándoles.
Con la alegoría de los perros, Luciano no está de acuerdo; dice de los cínicos de su época:
Seguidores de los perros, poco se cuidan de las virtudes caninas; ni son guardianes de confiar ni fieles y afectuosos servidores.
Y dice más, yendo a una alegoría zoológica furibunda que es para dudar de todo lo que dice:
Se les hace agua la boca a la vista del dinero; por temperamento, perros; por cobardía, conejos: por imitación, monas; por lascivia, asnos; por celos, gallos…
¿Qué diría el pobre Diógenes al ver esta «imitación de la naturaleza»? La verdad, parecería que sus partidarios sólo «participan» de sus ideas.
32) Diciéndole uno muy supersticioso: «De un golpe te romperé la cabeza», le respondió: «Si yo estornudo por tu lado izquierdo te haré temblar».
No sé qué ominosa consecuencia tendría estornudar por el lado izquierdo para nuestro temible supersticioso, pero debió ser cosa muy seria, como para salir arrancando. Este es un texto en que intervienen el poder y la superstición. El fuerte destruye al débil (quizás qué especie de parresia profirió Diógenes, pero debió ser intolerable para este hombre firme en sus supersticiones). El fuerte destruye al débil quebrándole la cabeza de un mazazo; el débil paraliza al fuerte estornudándole por el lado izquierdo. La tribu de Judá y la tribu de Levi. O, si se prefiere, la tribu de los leones y la de los ratones. La Iglesia y el Estado Militar. Una confrontación así hemos observado por años en Polonia entre la Iglesia Católica y el Estado Militar. El Estado Militar tiene miedo de la Iglesia más que de un bombardero; el clérigo tiene miedo de un bombardero más que de una ideología. Yo veo en esta anécdota una confrontación y un empate de la fuerza encarnada en dos formas de poder. Lo que sigue al encuentro y confrontación de estas dos formas de poder es un:
¿Qué haremos, pues? ¿No se sigue como solución del conflicto la unión como sea de la Iglesia y el Ejército? El sacerdote bendice los tanques; no va a estornudar nunca más por la izquierda. El militar se cuadra. ¡Ay del que le toque a un cura! La cabeza le rompe.
33) Habiendo visto una vez unas mujeres ahorcadas en un olivo, dijo: «¡Ojalá todos los árboles trajeran este fruto!»
Pongo este texto aquí porque me quedo mirándolo sin entender cada vez que lo leo. No sé comentarlo. ¡Vaya! ¿Cómo voy a poder comentarlo si no lo entiendo? Un amigo de las paradojas me aconsejaría: «Ponga eso, diga que ése es su comentario, que no sabe comentarlo. Sea retórico, no sea tonto».
¿Quiere Diógenes que ahorquen a las mujeres por el solo hecho de ser mujeres? ¿Quiere eso, el exterminio de la raza humana? Porque el más tardo de los imbéciles vería que una cosa no va sin la otra. ¿Difunde Diógenes una doctrina así, desalentando a medio mundo de casarse, masturbándose en público? En una de las cartas que se le atribuyen, aunque no fueron escritas sino dos siglos después de su muerte, se lee: «Si la raza humana desapareciera, no habría más razón de lamentarse que si desaparecieran las moscas».
Pero, igual choca esta historia de las mujeres ahorcadas. Parece nada más que otro añadido obsceno y cruel a los que, indudablemente, forman parte de las anécdotas de Diógenes. Está ahí, en el libro VI de las Vidas de los Filósofos Célebres. No hay una frase de comentario. Nunca encontré nada que me orientara a propósito de esta historia. ¿Quiénes son esas mujeres, cuántas son, por qué fueron ahorcadas? Muchas veces he estado pensando y pensando en esta historia. Como un recién llegado al mundo y tonto por añadidura, me pregunto: ¿Qué sabemos del pasado, de la vida que millones y millones de semejantes gozaron y padecieron?
Pero, vean qué hacer con la técnica de la composición de lugar. Veo a Diógenes ascender cansado, apoyarse en su báculo y mirar en torno. ¿Qué es eso? De un árbol penden desnudos tres o cuatro cuerpos. Son mujeres. Vean a Diógenes contemplando los cuerpos y traten de escuchar… Yo sólo oigo suspiros.
¡Cómo habrá odiado a Diógenes el que inventó esta historia! Historiadores como éstos le cuelgan a Diógenes otras dos mujeres: nada menos que Lais, de Corinto, y Friné, de Atenas. ¡Vaya!
Diógenes de Sinope Anécdotas, dichos y comentarios V
(22) Ungíase los pies con ungüento y decía: «que el ungüento puesto en la cabeza se iba por el aíre; pero el que se ponía en los pies subía al olfato».
Esto, primero que nada, se lee como dictum de vanidad. Que se produzca en la proporción en que se consume pide el Eclesiastés. Pero, ¿consume uno el perfume que se ha echado en la cabeza? El ungüento en la cabeza sería un adorno de locos: uno hace de su cabeza un escanciador de la calle. El sabio echa el ungüento en los pies. ¿No lo expresaría así el Predicador?
Por otro lado, escanciarse los pies con lo que otros se escancian la cabeza, ¿puede haber mejor afiche de propaganda para la inversión cínica? Sirve también el Diógenes de esta anécdota para una figura de contraste, relatividad y hasta estulticia universal. Quiero decir, enfréntense un ateniense perfumando sus rizos con Diógenes inclinado, perfumándose los pies (¡iba a escribir las patas!). Por ejemplo, un alfarero del siglo IV pudo diseñar una ánfora de tamaño pequeño con estas dos figuras. Estoy viendo esta ánfora: Platón escanciando perfume sobre sus rizos divinos y Diógenes perfumándose sus pies polvorientos. ¿Tendría demanda un artefacto así? No para embotellar perfume, por cierto (aunque vaya uno a saber). Acaso para tenerlo en la mesita de la sala de espera, para que el visitante mate su tiempo girándolo en sus manos.
El perfume ordinario, lo escanciaba Diógenes en sus pies: pero otros más delicados los rechazaba con característica humildad: Vinieron los atenienses a decirle que se iniciara para tener rango en el otro mundo. Respondió: «Cosa ridícula es que Agesilao y Epaminondas hayan de residir en el lodo, y que los que son viles, sólo por estar iniciados hayan de poseer las islas de los bienaventurados»
(23) Como Platón lo llamara «perro», le dijo: «Dices bien, pues me volví otra vez a los que me vendieron». Habiendo definido Platón al hombre como «animal bípedo, sin plumas», tomó Diógenes un gallo, quitóle las plumas y lo echó en la escuela de Platón diciendo: «Este es el hombre de Platón».
¡Pobre gallo! ¡Venir a caer en medio de las disputaciones de los filósofos! Se le puede considerar como uno de los primeros mártires de la ciencia. Me cuesta imaginar las caras de los académicos ante ese bípedo pilucho, cacareando desconcertado, tratando de batir alas sin conseguirlo puesto que faltan a sus alas esa parte de su definición que son las plumas. Podemos esbozar aquí un pedazo de diatriba, ese género literario que los cínicos crearon y difundieron. El personaje que conduce el argumento es este mismo gallo desplumado.
GALLO: «¿Que un hombre es un bípedo sin plumas?»
ACADÉMICOS: «Así pensamos nosotros.»
GALLO: «¡De donde resulta que soy yo un hombre!»
ACADÉMICOS: «…»
GALLO: «¡Esa sí que sería buena! Un gallo sin plumas es un hombre… Un gallo sin plumas, mis señores, simplemente, ¡no es nada! ¡Nada de nada! Pregúntele a la primera gallina que encuentren».
Reúno estos dos dicta —el de la definición de Diógenes el perro, como perro; y el de la definición de Platón, el hombre como bípedo sin plumas— porque se refieren ambas a las dificultades de Platón con su lógica. También con su retórica. Sobre esto último, llamar a Diógenes «perro» es nombrarlo con un nombre de otro animal. En esto consiste el nombrar metafórico. Cuando se nombra con metáforas, éstas deben ser adecuadas, es decir, llamando perro a Diógenes esperamos cierta congruencia o semejanza entre las características del perro y las de Diógenes. Por ejemplo, Diógenes «ladra» a sus semejantes en falta, los «muerde» con frecuencia (porque no es perro faldero precisamente); los que son así tratados «corren a palos» a Diógenes. Cuando cambian los actores de malos a buenos, Diógenes «mueve la cola» y los hombres «le echan los huesos que sobran». Pero, he aquí que a una relevante característica del perro —volver con el amo aunque éste lo venda a otro— no hay nada que corresponda en Diógenes. Y para peor, sí corresponde en Platón. ¿No es, pues, como si Platón, llamando «perro» a Diógenes, estuviera ladrándole? Hay que andarse con mucho cuidado con las metáforas. Platón trata de perro a Diógenes, pero fue él, no Diógenes, quien volvió a Sicilia, donde este tirano, Dionisio, que antes quiso matarlo y que terminó por venderlo como esclavo. Moviendo la cola volvió Platón donde su dueño por más patadas que éste le diera. Cosa insegura, resbaladiza, peligrosa el habla metafórica. Cuando el jefe del Gabinete advierte que peligra el barco del estado, no cuesta mucho decirle que entonces hay que cambiar el piloto. Pienso que cuando Napoleón en Egipto frente a las pirámides dijo a sus soldados la frase famosa – «Desde lo alto de estas pirámides cuarenta siglos os contemplan» —más de uno se volvió a mirar, no las pirámides, sino los cuarenta siglos encaramados en ellas.
Con las definiciones también hay problemas. Aquí, los gallos desplumados pasan por hombres. Supongo que el defecto de la definición —Laercio dice que en la Academia se subsanó agregando «con uñas anchas»— no lo veía Diógenes como lo vemos nosotros. La intuición de Diógenes, como también se muestra en la anécdota de los higos, se refiere al lapso insalvable entre nuestras ideas y los hechos. Este es un problema de la filosofía del conocimiento, de larga historia, de asaltos formidables, pero todos frustrados hasta aquí. Con las ideas como principios de realidad y verdad, las cosas del mundo sensible, el mundo de la experiencia ordinaria, quedan marginadas: los gallos pueden pasar por hombres; a los higos, ni el olor de los higos les queda. Fue Diógenes el que echó a andar entre los académicos que no sabían probar el movimiento. «Estoy probando el movimiento», dijo Diógenes mientras caminaba.
Como decimos, la disputa entre la orientación concreta de Diógenes y la orientación abstracta de los académicos sigue hasta nuestros días. Por ejemplo, Klaus Heinrich en su disertación sobre los cínicos antiguos y el cinismo contemporáneo, habla del «centro existencial de la filosofía de Diógenes» y describe su anti-intelectualismo como anti-esencialismo.
(24) A uno que le preguntó a qué hora conviene comer le respondió: «Si se es rico, cuando se quiere; si se es pobre, cuando se puede».
Diógenes viene de Antístenes. Sea que lo trató, sea que no, de él viene. Antístenes viene de Sócrates; pero también de Gorgias que era brillante en la disputa y los discursos.
Cuando a una pregunta se responde intercalando una distinción, ello puede ser porque la pregunta así lo requiere; pero puede ser también que el que responde lo quiere así. Hay preguntas que requieren inmediatamente una distinción. No podemos tolerarlas como preguntas simples. «Le gustan a usted las mujeres?» «Bueno, depende: si…» No estamos dispuestos a responder de un modo simple: pero tampoco lo estamos a dejar de responder. Damos una respuesta más débil; pero también más articulada.
Se puede considerar también la pedagogía de la respuesta: es decir, cuando la pregunta está por encima, como sobrevolando la distinción que se requiere para tomar contacto con la cosa sobre la que se pregunta. Una vez, en un cuestionario venido de la Habana, me preguntaron cómo definía a un intelectual de izquierda; y respondí de acuerdo a la figura lógica del texto anotado arriba (figura que, acaso, Diógenes aprendió de Antístenes y éste, acaso, aprendió de Gorgias). Respondí: «Si intelectual del mundo pobre, es una mezcla de lucidez e impotencia; si del mundo rico, es una mezcla de lucidez y mala fe». No tengo que decir que es una respuesta pobre y seguramente por ello no tuve más noticias de La Habana.
Dije que intercalar una distinción antes de responder se hace, sea porque lo requiere la pregunta, sea porque lo quiere el que responde. En el caso que comentamos, un dietista no haría distinción y respondería indicando las horas. Pero Diógenes sí distingue. Es una respuesta típica la suya. Como cuando se define la circunferencia de modo tan perfecto que no la encontramos en ninguna parte, así ocurre con las prescripciones del dietista: resultan ridículas en el sucucho del pobre e impertinentes en la mesa del rico. Uno tendría que ir a un banquete de Platón dentro de un libro de Platón para hacer algo con las prescripciones del dietista. La sociedad, la única sociedad que hay, está formada por ricos y pobres; y parece que lo prudente es tener algo así siempre a la vista.
Es lo que nos enseña Diógenes: ¡Cuidado con las respuestas simples a las cuestiones sociales!
«Decidme hijos, ¿hay Dios?»
«Sí, padre, Dios hay».
«¿Cuántos dioses hay?»
«Dos, padre, uno para los pobres y otro para los ricos».
He aquí otro dictum de Diógenes con igual estructura lógica: le preguntaron qué animal muerde más dañosamente, y respondió: «De los salvajes, el calumniador; de los domados, el adulador». Aquí se combinan una figura lógica y dos figuras retóricas. Porque hay sinécdoque al hablar de los hombres como si fueran todos los animales; y hay también ironía sobrepuesta a la sinécdoque. En la respuesta «El viejo pobre» que da Diógenes cuando le preguntan por el hombre de la condición más miserable, hay una respuesta con distinciones que está implícita. Si la explicitamos aparecería así: ¿Cuál es la condición peor del hombre? En cuanto al físico, la vejez; en cuanto a la economía, la pobreza; sin relación, la vejez junto con la pobreza. Explicitándola así, se ve que la respuesta no es satisfactoria, porque se puede seguir con el «en cuanto»: «en cuanto al cuerpo, la enfermedad; en cuanto al saber, la ignorancia; en cuanto al comportamiento, la maldad…». Supongo que la lista de las miserias humanas se puede prolongar mucho más. También hay una figura así en lo que dijo Diógenes al jovencito que se adornaba: «Si lo haces por los hombres es inútil; si por las mujeres, malo». Y la misma cuando le preguntaron cuándo debían casarse los hombres: «Los jóvenes todavía no: los viejos, nunca».
25) Una vez la lluvia lo mojó entero, y como muchos se compadecieran, Platón, que también estaba presente, dijo: «Si queréis compadeceros, idos»; con lo cual quiso significar su gran deseo de fama.
Por lo que sabemos es improbable que Platón y Diógenes se hayan encontrado. Así, que la leyenda los haga encontrarse con frecuencia es cosa que instruye mucho. Sobre todo, estando ya más habituados a considerar las oposiciones con perspectiva dialéctica. Además, ¡oponer la pompa de Platón a la humildad de Diógenes! Todo un panfleto. La psicología moderna, sin decir nada de nuestro mismo Platón, nos corregirá: «Son dos pompas las que se oponen». Los teólogos agregarán «¡Cuidado, cuidado, esa pompa de Diógenes es de lo peor que hay!»
Lo que me interesa más sobre el Platón de esta anécdota es el juego con la palabra «compasión». Ya estamos de acuerdo, no hablo de Platón. Hablo tan sólo del texto que está anotado arriba y como está anotado. Aquí es la palabra «compasión»; más atrás fue la palabra «vanidad». Este es un Platón que juega con las palabras, que ha descubierto una regla para jugar con las palabras. Esta regla retórica diría algo como lo siguiente: las cosas (hechos, fenómenos, cualidades, comportamientos) opuestas se designan con palabras opuestas; ensaya nombrarlas con la misma palabra y observa el efecto que esta operación produce en tu audiencia. Por ejemplo, pompa y humildad nómbralos por igual «pompa»; vanidad y simplicidad nómbralos simplicidad nómbralos por igual «vanidad»; valentía y temor nómbralos por igual «temor»; compasión y desprecio nómbralos por igual «compasión».
Ésta es sólo una de las muchas trampas que debemos sortear con los nombres. ¿Cómo se sortean? Supongo que la regla básica consiste en no perder jamás de vista la cosa nombrada. Por ejemplo, el proverbio «Las cadenas de oro son cadenas» ¿por qué se acuñó? Nada más simple: porque es común que el oro no nos deje ver la cadena. En el caso de esta historia de compasión, podemos decir que es el ingenio retórico el que no nos deja ver la compasión. Porque ¿qué es lo que en efecto ocurre? Que a Diógenes le cae agua encima, eso es lo que ocurre. No hay indicación alguna que permita hacerse una imagen. Supongo que el can se albergó en un sucucho, que un mal día se puso a llover, que el agua de algún techo se escurría por una canaleta y que daba al caer justo encima del mísero techo de Diógenes. Algo así. Viendo los que pasan tal estado de cosas, se compadecen de Diógenes. Lo concreto, lo efectivo es que cae agua sobre Diógenes y no hay cobija que resista. Reaccionar por este daño, sentir el impulso de impedirlo, a eso se llama compasión. Eso es nombrar con propiedad. Si, en vena de interpretación, considera alguien que Diógenes montó esta escena justo para suscitar la compasión de los que pasan, ya no se está en el plano de los hechos y tiene uno que andarse con mucho cuidado para nombrar. En todo caso, si ésa es su interpretación, ya se ha quitado con ella la base del empleo de la palabra «compasión». Al desprecio, la censura, la indiferencia (todos ellos implicaciones posibles de la interpretación ya dicha, que Diógenes ha montado ese espectáculo) Platón da el nombre de «'compasión».
Si alguien condena a otro por sus hechos, se le puede tomar a envidia, indignación, maledicencia, venganza. Pero éstas son nada más que interpretaciones. ¿No es maravilloso? De «condena» pasamos a «envidia», a «maledicencia». Más maravilloso todavía: decir de alguien que no se maquilla que esa es su forma de maquillarse, de quien se arroja sobre su enemigo, que ésa es su forma de huirlo, de quien se avergüenza que es ésa su forma de exhibirse.
26) Habiendo uno dádole un bofetón, dijo: «Por Heracles, que yo ignoraba una bella cosa, y es que debo llevar casquete».
Las anécdotas en que Diógenes es golpeado o amenazado de golpes no son escasas. Hay que considerar que vivía expuesto, que mendigaba, comía y dormía bajo el cielo. Hay una diferencia entre los golpes que le daban y los que daba él: él daba golpes a voces: a él le daban golpes con los puños. Diógenes es hombre que se expone al máximo desde que se arroga el derecho de exponer a sus congéneres. La exposición de éstos produce una reacción de golpes y puntapiés. En esto, las cosas entre nosotros siguen como antes. «La verdad es que debo llevar casquete». Reconoce así Diógenes, alegremente, las implicaciones de su profesión: «¡Vaya, qué torpe soy, no darme cuenta de lo que primero acarrea este oficio mío!» Los disidentes de toda especie se harán reflexiones así cuando los encierran: «Debí llevar casquete».
¿Diré que es extraño o diré que no? Me refiero a que no encontré jamás un escritor que tomara en sus manos este tema: los golpes que Diógenes recibe. Se habla de este hombre, pero en la esfera de lo eterno, las categorías, las grandes proposiciones. La autarquía, la ascesis, la anáideia, la parresia, la afirmación de la naturaleza, la denuncia de las convenciones, la libertad, la vida mínima. Parece que los temas de Diógenes hubieran caído para siempre en manos académicas. Se asimila a Diógenes, se lo comprende, se lo clasifica y absorbe en una estantería de «alternativas», de «formas de vida», de «respuestas». Hasta se habla, como dijimos del «existencialismo» de Diógenes. Pero, mientras ocurre así, no vuela una mosca. Diógenes, en la academia, es un huevo que va de clase en clase, de conferencia en conferencia como por entre manos malabaristas. Desde luego, se habla hasta la exhausión de lo que el huevo tiene dentro, del desarrollo del huevo, de todo lo que ocurre en ese desarrollo, haciéndose del huevo, pollo y del pollo, gallo. Pero el huevo sigue igual. Ni un pío le sale.
¿Cómo decirlo sin caer en habla manoseada? Parece que no se puede. Cuando se practica lo que se piensa, los pensamientos entran en existencia. Quedan a la vista de todos y de uno mismo. No hay criterio más firme de verdad para los pensamientos que su práctica. Diógenes practica lo que piensa.
Al caer la noche busca un rincón donde echarse a dormir porque piensa que el techo del sueño es el cielo y su lecho la tierra. Así de sencillo: Diógenes practica lo que piensa. Come, defeca, se rasca y se masturba a la vista de todos porque piensa que todo debe hacerse en público. Otra vez: practica lo que piensa. Le dice a Alejandro que se mande a mudar, porque desprecia la tiranía. Su desprecio de la tiranía no es el tema de un discurso desarrollado en lugar seguro, con el sello de la autoridad universitaria, ante un público curioso y sin prejuicios. ¡Bah, los tiranos van con sus esposas a esos eventos! Diógenes, el «suelto de lengua» enfrenta al tirano no a la sobremesa sino en el campo abierto de su tiranía, donde en un santiamén pueden despacharlo.
Digo que el criterio firme de verdad de los pensamientos es su práctica. Se dirá: «Vea usted lo que acarrea a Diógenes la práctica de sus pensamientos, la vida sin vergüenza, el habla franca, la denuncia de las convenciones: puñetes y puntapiés, risa y desprecio». De acuerdo. Por ahora, de acuerdo. Quedémonos en los puñetes y los puntapiés. Vuelvo a mi método de representar las cosas. ¡Si pudiera hacerlo como esos escritores que suelen aparecer! Mejor, como esos pintores que tenemos. Un cuadro de Diógenes tratado con puños, pies y palos quisiera tener. Entonces, me avendría a tratar del asunto en clases y conferencias. Con un puntero, señalaría los detalles del evento: la nariz sangrante, el diente quebrado, el ojo magullado, las manos que tiran de los cabellos, las risotadas, los apuros para no quedar al margen de la paliza. En un cuadro así («La Paliza de Diógenes») se detalla la práctica de las ideas. Por ejemplo, la idea de que si a uno le viene una urgencia y puede satisfacerla, lo hace allí donde le viene.
¿Que la paliza prueba que la idea no es practicable? Depende. Vean a Diógenes exclamar: «Por Hércules, que yo ignoraba una bella cosa y es que debo llevar casquete». Vale para pensarlo largo: «El casquete de Diógenes».
Y a propósito de Heracles, oímos siempre que Heracles era el modelo de los cínicos elegido por Antístenes y Diógenes; pero oímos también que Diógenes fue después el modelo. ¿Por qué este cambio? Las historias y dichos de Diógenes pueden examinarse también tomando los modelos Heracles y Diógenes como polos de una tensión. Heracles desquijarra al león de Nemea; Diógenes se está mirando a un ratón que subsiste en el arroyo. Heracles, el fuerte, se apropia sin más razón que su fuerza de las cosas que quiere; Diógenes se conforma que le den las sobras. Después de contar la anécdota del ratón, Laercio nos dice que Diógenes se revolcaba en la arena ardiente en verano y se abrazaba a las estatuas cubiertas de nieve en invierno para resistir. Las anécdotas y dicta en que Diógenes llama a fortalecerse, en que se jacta de ser el amo, de vencer a los hombres, en que pretende estar entre los niños y no haber un hombre a la redonda, todas están como inspiradas por la figura de Heracles el Fuerte; pero abundan también los dichos e historias en que vemos al débil, al parásito, al ratón que se escurre entre los basurales. La autarquía de Heracles es la autarquía del fuerte, la autarquía del león al que nadie disputa el lugar que le place, la presa que le place. Por el contrario, la autarquía de Diógenes es la autarquía del débil, del ratón que forma sus hábitos en el mínimo, por debajo de todo nivel de subsistencia. Entre estos extremos se configuran realmente situaciones humanas a granel. Así también puede trazarse un hilo de sentido en el anecdotario de Diógenes. Un hilo tenso en todos sus puntos. Acaso haya aquí una explicación para la popularidad del encuentro de esos dos, Diógenes y Alejandro. No es que los extremos se toquen, se enfrentan. O se tocan y se hace sensible la contradicción. Se dice: Preferible cabeza de ratón a cola de león. ¿Por qué?
27) Viendo una vez a uno todo mojado de una aspersión, le dijo: ¡Oh, infeliz! ¿No sabes que así como tus aspersiones no te lavan de tus faltas en gramática, tampoco lavarán los crímenes de tu vida?
El razonamiento (y el de las aspersiones, comiéndose la toalla de rabia, tiene que conceder sus premisas) es así:
Si las aspersiones curan las faltas del alma, entonces, con más fuerza curan las de la gramática;
Pero las aspersiones no curan las faltas de la gramática;
Luego, las aspersiones no curan las faltas del alma.
¿Será de trámite tan fácil? Creo que fue en la Iglesia de Lourdes que vi una placa donde decía: «Gracias, Virgencita, por examen de latín»
Esto, primero que nada, se lee como dictum de vanidad. Que se produzca en la proporción en que se consume pide el Eclesiastés. Pero, ¿consume uno el perfume que se ha echado en la cabeza? El ungüento en la cabeza sería un adorno de locos: uno hace de su cabeza un escanciador de la calle. El sabio echa el ungüento en los pies. ¿No lo expresaría así el Predicador?
Por otro lado, escanciarse los pies con lo que otros se escancian la cabeza, ¿puede haber mejor afiche de propaganda para la inversión cínica? Sirve también el Diógenes de esta anécdota para una figura de contraste, relatividad y hasta estulticia universal. Quiero decir, enfréntense un ateniense perfumando sus rizos con Diógenes inclinado, perfumándose los pies (¡iba a escribir las patas!). Por ejemplo, un alfarero del siglo IV pudo diseñar una ánfora de tamaño pequeño con estas dos figuras. Estoy viendo esta ánfora: Platón escanciando perfume sobre sus rizos divinos y Diógenes perfumándose sus pies polvorientos. ¿Tendría demanda un artefacto así? No para embotellar perfume, por cierto (aunque vaya uno a saber). Acaso para tenerlo en la mesita de la sala de espera, para que el visitante mate su tiempo girándolo en sus manos.
El perfume ordinario, lo escanciaba Diógenes en sus pies: pero otros más delicados los rechazaba con característica humildad: Vinieron los atenienses a decirle que se iniciara para tener rango en el otro mundo. Respondió: «Cosa ridícula es que Agesilao y Epaminondas hayan de residir en el lodo, y que los que son viles, sólo por estar iniciados hayan de poseer las islas de los bienaventurados»
(23) Como Platón lo llamara «perro», le dijo: «Dices bien, pues me volví otra vez a los que me vendieron». Habiendo definido Platón al hombre como «animal bípedo, sin plumas», tomó Diógenes un gallo, quitóle las plumas y lo echó en la escuela de Platón diciendo: «Este es el hombre de Platón».
¡Pobre gallo! ¡Venir a caer en medio de las disputaciones de los filósofos! Se le puede considerar como uno de los primeros mártires de la ciencia. Me cuesta imaginar las caras de los académicos ante ese bípedo pilucho, cacareando desconcertado, tratando de batir alas sin conseguirlo puesto que faltan a sus alas esa parte de su definición que son las plumas. Podemos esbozar aquí un pedazo de diatriba, ese género literario que los cínicos crearon y difundieron. El personaje que conduce el argumento es este mismo gallo desplumado.
GALLO: «¿Que un hombre es un bípedo sin plumas?»
ACADÉMICOS: «Así pensamos nosotros.»
GALLO: «¡De donde resulta que soy yo un hombre!»
ACADÉMICOS: «…»
GALLO: «¡Esa sí que sería buena! Un gallo sin plumas es un hombre… Un gallo sin plumas, mis señores, simplemente, ¡no es nada! ¡Nada de nada! Pregúntele a la primera gallina que encuentren».
Reúno estos dos dicta —el de la definición de Diógenes el perro, como perro; y el de la definición de Platón, el hombre como bípedo sin plumas— porque se refieren ambas a las dificultades de Platón con su lógica. También con su retórica. Sobre esto último, llamar a Diógenes «perro» es nombrarlo con un nombre de otro animal. En esto consiste el nombrar metafórico. Cuando se nombra con metáforas, éstas deben ser adecuadas, es decir, llamando perro a Diógenes esperamos cierta congruencia o semejanza entre las características del perro y las de Diógenes. Por ejemplo, Diógenes «ladra» a sus semejantes en falta, los «muerde» con frecuencia (porque no es perro faldero precisamente); los que son así tratados «corren a palos» a Diógenes. Cuando cambian los actores de malos a buenos, Diógenes «mueve la cola» y los hombres «le echan los huesos que sobran». Pero, he aquí que a una relevante característica del perro —volver con el amo aunque éste lo venda a otro— no hay nada que corresponda en Diógenes. Y para peor, sí corresponde en Platón. ¿No es, pues, como si Platón, llamando «perro» a Diógenes, estuviera ladrándole? Hay que andarse con mucho cuidado con las metáforas. Platón trata de perro a Diógenes, pero fue él, no Diógenes, quien volvió a Sicilia, donde este tirano, Dionisio, que antes quiso matarlo y que terminó por venderlo como esclavo. Moviendo la cola volvió Platón donde su dueño por más patadas que éste le diera. Cosa insegura, resbaladiza, peligrosa el habla metafórica. Cuando el jefe del Gabinete advierte que peligra el barco del estado, no cuesta mucho decirle que entonces hay que cambiar el piloto. Pienso que cuando Napoleón en Egipto frente a las pirámides dijo a sus soldados la frase famosa – «Desde lo alto de estas pirámides cuarenta siglos os contemplan» —más de uno se volvió a mirar, no las pirámides, sino los cuarenta siglos encaramados en ellas.
Con las definiciones también hay problemas. Aquí, los gallos desplumados pasan por hombres. Supongo que el defecto de la definición —Laercio dice que en la Academia se subsanó agregando «con uñas anchas»— no lo veía Diógenes como lo vemos nosotros. La intuición de Diógenes, como también se muestra en la anécdota de los higos, se refiere al lapso insalvable entre nuestras ideas y los hechos. Este es un problema de la filosofía del conocimiento, de larga historia, de asaltos formidables, pero todos frustrados hasta aquí. Con las ideas como principios de realidad y verdad, las cosas del mundo sensible, el mundo de la experiencia ordinaria, quedan marginadas: los gallos pueden pasar por hombres; a los higos, ni el olor de los higos les queda. Fue Diógenes el que echó a andar entre los académicos que no sabían probar el movimiento. «Estoy probando el movimiento», dijo Diógenes mientras caminaba.
Como decimos, la disputa entre la orientación concreta de Diógenes y la orientación abstracta de los académicos sigue hasta nuestros días. Por ejemplo, Klaus Heinrich en su disertación sobre los cínicos antiguos y el cinismo contemporáneo, habla del «centro existencial de la filosofía de Diógenes» y describe su anti-intelectualismo como anti-esencialismo.
(24) A uno que le preguntó a qué hora conviene comer le respondió: «Si se es rico, cuando se quiere; si se es pobre, cuando se puede».
Diógenes viene de Antístenes. Sea que lo trató, sea que no, de él viene. Antístenes viene de Sócrates; pero también de Gorgias que era brillante en la disputa y los discursos.
Cuando a una pregunta se responde intercalando una distinción, ello puede ser porque la pregunta así lo requiere; pero puede ser también que el que responde lo quiere así. Hay preguntas que requieren inmediatamente una distinción. No podemos tolerarlas como preguntas simples. «Le gustan a usted las mujeres?» «Bueno, depende: si…» No estamos dispuestos a responder de un modo simple: pero tampoco lo estamos a dejar de responder. Damos una respuesta más débil; pero también más articulada.
Se puede considerar también la pedagogía de la respuesta: es decir, cuando la pregunta está por encima, como sobrevolando la distinción que se requiere para tomar contacto con la cosa sobre la que se pregunta. Una vez, en un cuestionario venido de la Habana, me preguntaron cómo definía a un intelectual de izquierda; y respondí de acuerdo a la figura lógica del texto anotado arriba (figura que, acaso, Diógenes aprendió de Antístenes y éste, acaso, aprendió de Gorgias). Respondí: «Si intelectual del mundo pobre, es una mezcla de lucidez e impotencia; si del mundo rico, es una mezcla de lucidez y mala fe». No tengo que decir que es una respuesta pobre y seguramente por ello no tuve más noticias de La Habana.
Dije que intercalar una distinción antes de responder se hace, sea porque lo requiere la pregunta, sea porque lo quiere el que responde. En el caso que comentamos, un dietista no haría distinción y respondería indicando las horas. Pero Diógenes sí distingue. Es una respuesta típica la suya. Como cuando se define la circunferencia de modo tan perfecto que no la encontramos en ninguna parte, así ocurre con las prescripciones del dietista: resultan ridículas en el sucucho del pobre e impertinentes en la mesa del rico. Uno tendría que ir a un banquete de Platón dentro de un libro de Platón para hacer algo con las prescripciones del dietista. La sociedad, la única sociedad que hay, está formada por ricos y pobres; y parece que lo prudente es tener algo así siempre a la vista.
Es lo que nos enseña Diógenes: ¡Cuidado con las respuestas simples a las cuestiones sociales!
«Decidme hijos, ¿hay Dios?»
«Sí, padre, Dios hay».
«¿Cuántos dioses hay?»
«Dos, padre, uno para los pobres y otro para los ricos».
He aquí otro dictum de Diógenes con igual estructura lógica: le preguntaron qué animal muerde más dañosamente, y respondió: «De los salvajes, el calumniador; de los domados, el adulador». Aquí se combinan una figura lógica y dos figuras retóricas. Porque hay sinécdoque al hablar de los hombres como si fueran todos los animales; y hay también ironía sobrepuesta a la sinécdoque. En la respuesta «El viejo pobre» que da Diógenes cuando le preguntan por el hombre de la condición más miserable, hay una respuesta con distinciones que está implícita. Si la explicitamos aparecería así: ¿Cuál es la condición peor del hombre? En cuanto al físico, la vejez; en cuanto a la economía, la pobreza; sin relación, la vejez junto con la pobreza. Explicitándola así, se ve que la respuesta no es satisfactoria, porque se puede seguir con el «en cuanto»: «en cuanto al cuerpo, la enfermedad; en cuanto al saber, la ignorancia; en cuanto al comportamiento, la maldad…». Supongo que la lista de las miserias humanas se puede prolongar mucho más. También hay una figura así en lo que dijo Diógenes al jovencito que se adornaba: «Si lo haces por los hombres es inútil; si por las mujeres, malo». Y la misma cuando le preguntaron cuándo debían casarse los hombres: «Los jóvenes todavía no: los viejos, nunca».
25) Una vez la lluvia lo mojó entero, y como muchos se compadecieran, Platón, que también estaba presente, dijo: «Si queréis compadeceros, idos»; con lo cual quiso significar su gran deseo de fama.
Por lo que sabemos es improbable que Platón y Diógenes se hayan encontrado. Así, que la leyenda los haga encontrarse con frecuencia es cosa que instruye mucho. Sobre todo, estando ya más habituados a considerar las oposiciones con perspectiva dialéctica. Además, ¡oponer la pompa de Platón a la humildad de Diógenes! Todo un panfleto. La psicología moderna, sin decir nada de nuestro mismo Platón, nos corregirá: «Son dos pompas las que se oponen». Los teólogos agregarán «¡Cuidado, cuidado, esa pompa de Diógenes es de lo peor que hay!»
Lo que me interesa más sobre el Platón de esta anécdota es el juego con la palabra «compasión». Ya estamos de acuerdo, no hablo de Platón. Hablo tan sólo del texto que está anotado arriba y como está anotado. Aquí es la palabra «compasión»; más atrás fue la palabra «vanidad». Este es un Platón que juega con las palabras, que ha descubierto una regla para jugar con las palabras. Esta regla retórica diría algo como lo siguiente: las cosas (hechos, fenómenos, cualidades, comportamientos) opuestas se designan con palabras opuestas; ensaya nombrarlas con la misma palabra y observa el efecto que esta operación produce en tu audiencia. Por ejemplo, pompa y humildad nómbralos por igual «pompa»; vanidad y simplicidad nómbralos simplicidad nómbralos por igual «vanidad»; valentía y temor nómbralos por igual «temor»; compasión y desprecio nómbralos por igual «compasión».
Ésta es sólo una de las muchas trampas que debemos sortear con los nombres. ¿Cómo se sortean? Supongo que la regla básica consiste en no perder jamás de vista la cosa nombrada. Por ejemplo, el proverbio «Las cadenas de oro son cadenas» ¿por qué se acuñó? Nada más simple: porque es común que el oro no nos deje ver la cadena. En el caso de esta historia de compasión, podemos decir que es el ingenio retórico el que no nos deja ver la compasión. Porque ¿qué es lo que en efecto ocurre? Que a Diógenes le cae agua encima, eso es lo que ocurre. No hay indicación alguna que permita hacerse una imagen. Supongo que el can se albergó en un sucucho, que un mal día se puso a llover, que el agua de algún techo se escurría por una canaleta y que daba al caer justo encima del mísero techo de Diógenes. Algo así. Viendo los que pasan tal estado de cosas, se compadecen de Diógenes. Lo concreto, lo efectivo es que cae agua sobre Diógenes y no hay cobija que resista. Reaccionar por este daño, sentir el impulso de impedirlo, a eso se llama compasión. Eso es nombrar con propiedad. Si, en vena de interpretación, considera alguien que Diógenes montó esta escena justo para suscitar la compasión de los que pasan, ya no se está en el plano de los hechos y tiene uno que andarse con mucho cuidado para nombrar. En todo caso, si ésa es su interpretación, ya se ha quitado con ella la base del empleo de la palabra «compasión». Al desprecio, la censura, la indiferencia (todos ellos implicaciones posibles de la interpretación ya dicha, que Diógenes ha montado ese espectáculo) Platón da el nombre de «'compasión».
Si alguien condena a otro por sus hechos, se le puede tomar a envidia, indignación, maledicencia, venganza. Pero éstas son nada más que interpretaciones. ¿No es maravilloso? De «condena» pasamos a «envidia», a «maledicencia». Más maravilloso todavía: decir de alguien que no se maquilla que esa es su forma de maquillarse, de quien se arroja sobre su enemigo, que ésa es su forma de huirlo, de quien se avergüenza que es ésa su forma de exhibirse.
26) Habiendo uno dádole un bofetón, dijo: «Por Heracles, que yo ignoraba una bella cosa, y es que debo llevar casquete».
Las anécdotas en que Diógenes es golpeado o amenazado de golpes no son escasas. Hay que considerar que vivía expuesto, que mendigaba, comía y dormía bajo el cielo. Hay una diferencia entre los golpes que le daban y los que daba él: él daba golpes a voces: a él le daban golpes con los puños. Diógenes es hombre que se expone al máximo desde que se arroga el derecho de exponer a sus congéneres. La exposición de éstos produce una reacción de golpes y puntapiés. En esto, las cosas entre nosotros siguen como antes. «La verdad es que debo llevar casquete». Reconoce así Diógenes, alegremente, las implicaciones de su profesión: «¡Vaya, qué torpe soy, no darme cuenta de lo que primero acarrea este oficio mío!» Los disidentes de toda especie se harán reflexiones así cuando los encierran: «Debí llevar casquete».
¿Diré que es extraño o diré que no? Me refiero a que no encontré jamás un escritor que tomara en sus manos este tema: los golpes que Diógenes recibe. Se habla de este hombre, pero en la esfera de lo eterno, las categorías, las grandes proposiciones. La autarquía, la ascesis, la anáideia, la parresia, la afirmación de la naturaleza, la denuncia de las convenciones, la libertad, la vida mínima. Parece que los temas de Diógenes hubieran caído para siempre en manos académicas. Se asimila a Diógenes, se lo comprende, se lo clasifica y absorbe en una estantería de «alternativas», de «formas de vida», de «respuestas». Hasta se habla, como dijimos del «existencialismo» de Diógenes. Pero, mientras ocurre así, no vuela una mosca. Diógenes, en la academia, es un huevo que va de clase en clase, de conferencia en conferencia como por entre manos malabaristas. Desde luego, se habla hasta la exhausión de lo que el huevo tiene dentro, del desarrollo del huevo, de todo lo que ocurre en ese desarrollo, haciéndose del huevo, pollo y del pollo, gallo. Pero el huevo sigue igual. Ni un pío le sale.
¿Cómo decirlo sin caer en habla manoseada? Parece que no se puede. Cuando se practica lo que se piensa, los pensamientos entran en existencia. Quedan a la vista de todos y de uno mismo. No hay criterio más firme de verdad para los pensamientos que su práctica. Diógenes practica lo que piensa.
Al caer la noche busca un rincón donde echarse a dormir porque piensa que el techo del sueño es el cielo y su lecho la tierra. Así de sencillo: Diógenes practica lo que piensa. Come, defeca, se rasca y se masturba a la vista de todos porque piensa que todo debe hacerse en público. Otra vez: practica lo que piensa. Le dice a Alejandro que se mande a mudar, porque desprecia la tiranía. Su desprecio de la tiranía no es el tema de un discurso desarrollado en lugar seguro, con el sello de la autoridad universitaria, ante un público curioso y sin prejuicios. ¡Bah, los tiranos van con sus esposas a esos eventos! Diógenes, el «suelto de lengua» enfrenta al tirano no a la sobremesa sino en el campo abierto de su tiranía, donde en un santiamén pueden despacharlo.
Digo que el criterio firme de verdad de los pensamientos es su práctica. Se dirá: «Vea usted lo que acarrea a Diógenes la práctica de sus pensamientos, la vida sin vergüenza, el habla franca, la denuncia de las convenciones: puñetes y puntapiés, risa y desprecio». De acuerdo. Por ahora, de acuerdo. Quedémonos en los puñetes y los puntapiés. Vuelvo a mi método de representar las cosas. ¡Si pudiera hacerlo como esos escritores que suelen aparecer! Mejor, como esos pintores que tenemos. Un cuadro de Diógenes tratado con puños, pies y palos quisiera tener. Entonces, me avendría a tratar del asunto en clases y conferencias. Con un puntero, señalaría los detalles del evento: la nariz sangrante, el diente quebrado, el ojo magullado, las manos que tiran de los cabellos, las risotadas, los apuros para no quedar al margen de la paliza. En un cuadro así («La Paliza de Diógenes») se detalla la práctica de las ideas. Por ejemplo, la idea de que si a uno le viene una urgencia y puede satisfacerla, lo hace allí donde le viene.
¿Que la paliza prueba que la idea no es practicable? Depende. Vean a Diógenes exclamar: «Por Hércules, que yo ignoraba una bella cosa y es que debo llevar casquete». Vale para pensarlo largo: «El casquete de Diógenes».
Y a propósito de Heracles, oímos siempre que Heracles era el modelo de los cínicos elegido por Antístenes y Diógenes; pero oímos también que Diógenes fue después el modelo. ¿Por qué este cambio? Las historias y dichos de Diógenes pueden examinarse también tomando los modelos Heracles y Diógenes como polos de una tensión. Heracles desquijarra al león de Nemea; Diógenes se está mirando a un ratón que subsiste en el arroyo. Heracles, el fuerte, se apropia sin más razón que su fuerza de las cosas que quiere; Diógenes se conforma que le den las sobras. Después de contar la anécdota del ratón, Laercio nos dice que Diógenes se revolcaba en la arena ardiente en verano y se abrazaba a las estatuas cubiertas de nieve en invierno para resistir. Las anécdotas y dicta en que Diógenes llama a fortalecerse, en que se jacta de ser el amo, de vencer a los hombres, en que pretende estar entre los niños y no haber un hombre a la redonda, todas están como inspiradas por la figura de Heracles el Fuerte; pero abundan también los dichos e historias en que vemos al débil, al parásito, al ratón que se escurre entre los basurales. La autarquía de Heracles es la autarquía del fuerte, la autarquía del león al que nadie disputa el lugar que le place, la presa que le place. Por el contrario, la autarquía de Diógenes es la autarquía del débil, del ratón que forma sus hábitos en el mínimo, por debajo de todo nivel de subsistencia. Entre estos extremos se configuran realmente situaciones humanas a granel. Así también puede trazarse un hilo de sentido en el anecdotario de Diógenes. Un hilo tenso en todos sus puntos. Acaso haya aquí una explicación para la popularidad del encuentro de esos dos, Diógenes y Alejandro. No es que los extremos se toquen, se enfrentan. O se tocan y se hace sensible la contradicción. Se dice: Preferible cabeza de ratón a cola de león. ¿Por qué?
27) Viendo una vez a uno todo mojado de una aspersión, le dijo: ¡Oh, infeliz! ¿No sabes que así como tus aspersiones no te lavan de tus faltas en gramática, tampoco lavarán los crímenes de tu vida?
El razonamiento (y el de las aspersiones, comiéndose la toalla de rabia, tiene que conceder sus premisas) es así:
Si las aspersiones curan las faltas del alma, entonces, con más fuerza curan las de la gramática;
Pero las aspersiones no curan las faltas de la gramática;
Luego, las aspersiones no curan las faltas del alma.
¿Será de trámite tan fácil? Creo que fue en la Iglesia de Lourdes que vi una placa donde decía: «Gracias, Virgencita, por examen de latín»
Diógenes de Sinope Anécdotas, dichos y comentarios IV
Diogenes y Alejandro
16) A uno que quería ser su discípulo en filosofía le dio un pececillo que llaman saperda, para que lo siguiese con él; más como el tal, por vergüenza, lo arrojase y se fuese, habiéndolo después encontrado, le dijo: «Una saperda deshizo tu amistad y la mía».
Ahí están, para verlas sin complicaciones: la vergüenza y la desvergüenza del contexto cínico. Dictum magnum, éste, como el que más. ¿Y qué es una saperda? En lugar de la saperda, que no conozco ni por grabados, pongo un pejerrey, una sardina. ¡No, mejor una anchoa! Fea de ver será. Podrida, asquerosa, mal oliente; así finjo la anchoa de Diógenes.
«La anchoa de Diógenes», ¿no es lo mismo que «los palos de Antístenes»? ¿No se parece un poco también al «dedo del medio»? Tan poco asunto entre la modestia y el descaro, tan nimia cosa para inhibir la amistad. También hay una anchoa entre la sensatez y la locura: basta que alguien sujete una entre el pulgar y el índice y se eche a caminar por Alameda para que lo verifique.
La anchoa de Diógenes opera como una medida, o como ese mínimo común denominador que nos mordemos las uñas buscando cuando niños. Lo menos que debe hacer uno que quiere mi amistad es seguirme con una anchoa podrida colgando entre el pulgar y el índice. ¿No parece una prueba de budismo zen? Pero, he aquí que mi mínimo resulta para el que busca mi amistad el colmo: «Pero, éste, ¿qué se ha creído?».
Establecer la amistad sin «la anchoa de Diógenes» (es común entre nosotros salir de banquetes, fiestas, espectáculos, llenos de nuevos amigos) tiene el grave inconveniente de que no valga más que una anchoa podrida. Hablando de las adversidades del golpe militar de 1973 y aplicando a lo que resultó en el plano de las relaciones personales «la anchoa de Diógenes», la verdad es que se desvanecieron casi todas sólo al olor.
«La anchoa de Diógenes» sirve para practicar el consejo de Antístenes: que «para la vida se deben prevenir aquellas cosas que en un naufragio salgan nadando con el dueño». Aquellos amigos que no valen una anchoa podrida, ¿tendrán reparo en dejar que nos ahoguemos?
«La saperda de Diógenes» se presta al examen de lo que algunos detallan como paralelo alegórico entre el perro y el cínico: como a éste, al perro le es indiferente donde ir, donde echarse: no tiene vergüenza de fornicar, rascarse, defecar en público; es guardián celoso de su lugar; y distingue certero amigos de enemigos. Por esta anécdota, vemos que en lo último tan certero no se es. Acaso el perro lleve, por decirlo así, una anchoa en la nariz. Pero no el cínico. O mejor así: ¿Los miró alguna vez un perro habiendo en su mirada mucha duda sobre si ladrarles o no? Así podemos representarnos a Diógenes en esta anécdota, preguntándose de qué materia estará conformado este joven que pide ser admitido a su filosofía, igual que ese perro que no sabe si mover la cola o desnudar los colmillos. Sobre el terreno sale Diógenes del embarazo: Toma el primer desperdicio, la primera inmundicia que encuentra a mano y se la alcanza. «¡Aguántate ésa!»
17) Habiendo visto una vez que un muchacho bebía en las manos, sacó su colodra del zurrón y la arrojó diciendo: «Un muchacho me gana en simplicidad y economía». Arrojó también el plato, habiendo igualmente visto que otro muchacho, cuyo plato se había quebrado, puso las lentejas que comía en una poza de pan.
Llama la atención que sean muchachos los maestros de economía y simplicidad (Hicks traduce «plainness of living») de Diógenes. Pero no tendría que sorprender demasiado, si consideramos que de un ratón aprendió a vivir en despoblado, a nivelarse en el mínimo natural.
Elegante y completa como es la lección del roedor famoso, no basta en sí misma para salir de asceta por el mundo. Una cosa es decir: «Hay que sustentarse con el mínimo natural» y otra sustentarse así en efecto. Creo recordar que fue el filósofo Bertrand Russell quien dijo una vez: «Soy empirista; eso creo, por lo menos». Ocurre así con medio mundo, por no decir mundo y medio: cristianos, mahometanos, marxistas y en general las gentes que dicen profesar alguna doctrina, sustentar una forma de vida, un modelo de sociedad, un sistema político, filosófico, económico. Dicen que sustentan algo así, pero que lo hagan en efecto y en todo el detalle ya es otro cantar.
En el caso de Diógenes contemplando a su ratón raquítico en el yermo —su resistencia y autarquía en el medio natural— podemos comprender que concluya: «He aquí mi maestro; debo hacer como él». Lo que me recuerda la pregunta que hay en Agustín: «A la montaña quiero ascender, pero, ¿por dónde?» Lo que me recuerda también las definiciones esenciales en oposición a las operacionales. En mis años de escuela elemental, mi profesor definía la circunferencia como «una línea plana, curva y cerrada cuyos puntos equidistan de otro llamado centro». Con esta definición yo estaba viendo la circunferencia, tal como Diógenes veía a ese ratón autárquico en el yermo inhóspito. Después, en humanidades, mi nuevo profesor de matemáticas definía la circunferencia como «el límite al que tiende el perímetro de un polígono regular cuando el número de sus lados aumenta indefinidamente». O sea, mi primer profesor de matemáticas era helénico; mi segundo, helenístico. Con la definición de mi segundo profesor ya no veía yo la circunferencia; pero también es cierto que con ella podía medirla, mientras que no podía medirla con la primera por más redonda que estuviera ante mis ojos. Algo parecido hay en la anécdota del ratón en el yermo en contraste con ésta de dos niños bebiendo uno en sus manos y comiendo el otro lentejas en su pan: contemplando a ese ratón que se basta a sí mismo en despoblado, vemos la vida autárquica en su sencilla perfección; viendo a los pequeños, en cambio, dejamos de ver la vida autárquica en pleno, pero tenemos el método para alcanzarla. El ratón famélico y autárquico que Diógenes observa admirado en el yermo es el límite, la perfección; los pequeños bebiendo y comiendo en sus meras manos son el camino para alcanzarla. ¿No dice el Evangelio que hay que hacerse como ellos?
Así, pues, el mismo Diógenes, denunciante del derroche y la superfluidad, vivía también en lo superfluo. Unos pequeños vienen a mostrárselo. ¿No es como para sentir un arrebato de furia, aunque sea breve, pero suficiente para quebrar el plato y la colodra? ¿No es también como para quedarse pensando sobre quiénes merecen la tierra? Porque si no es fácil llegar a la altura de mi modelo de vida fácil, un ratón, ¿por qué mejor no dejar la tierra a los ratones?
¿Qué es una colodra? Es como una escudilla. ¡Vaya! ¿Y qué es una escudilla? Una especie de vasija cóncava. ¿Y qué es vasija cóncava? Se parte una naranja en mitades, se come una à la Diogène y la cáscara queda como una colodra. ¡Listo!
Cuando, pues, buscamos poner en práctica una doctrina (vivir, por ejemplo, de acuerdo a la naturaleza), podemos acaso atinar en general con las orientaciones pero nunca en todo el detalle. Pero, ¿no podrá afectar el detalle a la orientación? ¿Quién nos dice que con la vista puesta, digamos, en la liberación del hombre no tengamos que comenzar por encarcelarlo, enjuagarle el cerebro, deportarlo, aniquilarlo? Cosa seria las grandes ideas. Son casi siempre como esa camisa de once varas. Radiantes camisas de once varas que nos echamos encima con todo entusiasmo y que nos traen al suelo al primer paso. Le ocurre al valiente y esforzado Diógenes también. Él (y ésta es otra de esas grandes ideas) se presenta como un enemigo irreconciliable de las ideas, las definiciones abstractas, los sistemas omnincluyentes; y hételo aquí poniéndole su rúbrica a una doctrina más: que para la buena vida debemos eliminar lo superfluo. ¿Y qué ocurre? Que unos niños bebiendo el agua en sus manos y comiendo sus lentejas en una lonja de pan le muestran que está en defecto respecto de su doctrina, que en su mismo zurrón hay tres cosas inadvertidas: dos superfluas, un plato y una escudilla, y una tercera que no es visible, pero que se deja sentir con esas dos cosas superfluas; y es la idea grande de vivir al margen de lo superfluo. Pero, ¿es así? ¿Cuántas cosas más habrá que eluden su cuidado? Es, pues como si esos dos muchachos le dijeran: «Sencillamente quieres vivir, oh Diógenes, ¿qué hacen pues en tu zurrón ese plato y esa escudilla?» Un pelo más de ironía y van a preguntarle
furia se hace ver una idea tan abstracta y problemática como las de Platón: vivir al margen de lo superfluo.
Pero hay más. La colodra de Diógenes es oráculo difícil de manejar. He aquí una cuestión planteada por Séneca (la trae Sayre en su libro The Greek Cynics): «¿Cómo, pregunto yo, puedes admirar consistentemente a ambos, Diógenes y Dédalo? ¿Cuál es el sabio, el que ideó la sierra o el que viendo a un niño beber agua en sus manos tomó su vaso y lo quebró…?». O sea: Introducción de técnicas o desalojo de técnicas. Seguir la naturaleza, en rigor, es rechazar las artes, técnicas y ciencias. Ni escribir se podrá de estas cosas, puesto que la escritura es una técnica. Prometeo trajo la escritura. ¿Escribir contra Prometeo? Dion Crisóstomo cita a Diógenes afirmando que Prometeo trajo males a los hombres. Prometeo encadenado, bien encadenado está. Trajo el fuego, para comer cocido. Diógenes intentaba comer cruda la carne. Se dice que murió intentándolo. ¿No es un símbolo? Pero, no parece tan tajante la oposición de Diógenes y Dédalo como la percibe Séneca. Si uno se va con Diógenes destruye la civilización. Cierto. Pero si uno se va con Dédalo destruye la naturaleza.
(18) Habiendo visto una vez que cierta mujer se postraba ante los dioses indecentemente, queriéndola corregir, le dijo: «¿No te avergüenzas, oh mujer, de estar tan indecente, teniendo detrás a Dios que lo llena todo?»
No se entiende muy bien, ¿verdad? Es la ya antigua versión española de José Ortiz y Sanz la que empleo a porfía porque es la que primero conocí y a la que casi exclusivamente he recurrido. El mismo Ortiz y Sanz católico de misal, reconoce que alguna limitación impuso a su versión de Laercio porque «antes quiero se me note de poco ajustado al original que de inducir algún daño en las buenas costumbres». Aquí, por poco ajustado, nuestro traductor no nos permite entender qué ocurre con esta mujer. Barruntamos (me permitiré decir refiriéndome a este hombre que escribe tan castizo) que, al inclinarse ante el altar o una efigie, esta mujer deja ver por atrás sus partes íntimas; pero no entendemos que Diógenes le diga: «teniendo detrás a Dios que lo llena todo». Muy improbable que una mujer piadosa inclinada ante el altar considere que «tiene detrás a Dios». Seguramente, podría estar de acuerdo esta mujer en que «Dios lo llena todo»; pero si es así, ¿qué le está diciendo Diógenes que ella no le pueda devolver igual y hasta multiplicado? ¿O no entiende Diógenes lo que es «llenarlo todo»?
El texto de Robert Genaille que tengo también a mano dice así (traduzco del francés):
Viendo un día a una mujer prosternada ante los dioses y que mostraba así su trasero, quiso liberarla de su superstición. Se aproximó y le dijo: «No temes mujer que Dios no esté por azar detrás de ti (porque todo está lleno de su presencia) y le des un espectáculo tan indecente».
Ver cómo todo suele cambiar yendo de una traducción a otra de un texto no deja de ser una experiencia. Con este texto (igual al de Hicks, sólo que éste pone «un dios» en lugar de «dios») no tenemos problemas en representarnos la historia. Ahí está una mujer inclinada ante el altar. Desde el altar no se ve nada indecente. Son los que están detrás de la mujer quienes ven las partes más Íntimas de su cuerpo. Diógenes acierta a pasar por allí, observa el espectáculo y se dirige a la mujer. ¿Qué se propone Diógenes? Ortiz y Sanz dice «queriéndola corregir» y por lo que Diógenes le dice cualquiera pensaría que corregirla es hacer que cuide sus vestidos, que los mantenga a una altura decente. Pero Robert Genaille dice otra cosa: Diógenes propone «liberar a esta mujer de su superstición». ¿De cuál superstición? ¿De arrodillarse ante un ídolo? Pero si fuera así, la razón sería que al inclinarse quedan a la vista del ídolo sus partes íntimas. Lo que no es así. Además, no hay que dejar la superstición para remover la objeción; se remueve, por ejemplo, empleando un vestido más largo, inclinándose con más cuidado, inclinando sólo la cabeza, arrodillándose. Así, Diógenes no está convenciendo a nadie.
No hay que decir que el Diógenes de esta anécdota es el Diógenes de los escándalos. El Quevedo de Atenas. El de la parresia y la anáideia, es a saber, la procacidad y la desvergüenza.
Pero, ¿no hay aquí, en lugar de una burla obscena, en lugar de una sucia y cobarde humorada, no hay más bien una crítica llevada al detalle más nimio, una crítica como esa que ya encontramos donde con unos higos se estanca de una vez la pretensión platónica de hacer higos con la idea de higo? De modo semejante leo yo esta anécdota (aunque debo reconocer que por años de años me chocó —como la del joven hermoso durmiendo del que ya hablaremos, el escupitajo en la cara y tantas otras— como pura vulgaridad y obscenidad). O sea, pienso que aquí se hace irrisión, no de una pobre mujer, sino del dictum de Heráclito según el cual los dioses están en todas partes.
Esta anécdota la asocio yo también a ese pasaje del Parménides de Platón, donde se considera que no puede haber ideas de todas las cosas (vale decir, que Dios no puede estar en todas partes, pienso yo), porque si las hubiera tendríamos arquetipos en el cielo de cosas viles y despreciables. Del fango, el estiércol, el ano, por ejemplo (¿o es que no hay ni siquiera palabras para nombrar esas cosas?). Diógenes estaría haciendo aquí con el dictum de Heráclito («el mundo está lleno de dioses») lo mismo que estaría haciendo Parménides con la doctrina de las ideas en ese escrito —es decir, llenándolo de ridículo por el simple expediente de tomarlo en serio, es decir, llevándolo a todos los lugares donde tendría que ser válido. ¿No ha de estar, pues, dios que lo llena todo mirando y hasta más que mirando el trasero de esta mujer? Supongo que no hay niño que, en el excusado, no se pregunte cómo se las arregla Dios para estar allí, puesto que está en todas partes y allí hay tanta suciedad.
Esta anécdota puede contrastarse con un texto a modo de diatriba que encuentro entre las máximas de Epicteto (núm. 170) donde se recurre a la ficción de uno que requiere y requiere, para elaborar el tema «Dios omnividente». Las dificultades que Epicteto trata de sortear son las clásicas pero no las con que en este texto Diógenes ridiculiza la omnipresencia.
En mi lectura, pues, no veo a Diógenes burlándose de una mujer o reconviniéndola. La anécdota toda no me parece más que una construcción muy concreta y directa para ridiculizar a los teólogos
(19) Habiendo cierto eunuco, hombre perverso, escrito sobre el ingreso de su casa: «No entre aquí ningún malo», dijo: «Pues, ¿cómo ha de entrar el dueño?»
Supóngase (no hay nada de arbitrario, puesto que hay traductores que lo hacen así y el texto original se presta a ello) que en este texto sustituimos «malo» por «perverso». Entonces, tendríamos lo siguiente: un hombre perverso cuelga a la entrada de su casa un letrero que prohíbe la entrada a todo hombre perverso. Claro está, puede ocurrir que él no se considere perverso, lo que no es nada de especial. Pero si los demás lo consideran así, mejor se anda con cuidado y no cuelga estupideces a la entrada de su casa. Será por todo esto que yo conté siempre a mis auditores esta historia así: Que Diógenes, viniendo por una calle vio que en lo alto de una puerta decía: «No entre aquí quien no sea honesto». Ante lo cual púsose el can a dar vueltas en torno a la casa. Como alguien le preguntara qué hacia respondió: «Busco por dónde entra el dueño».
Así es más que pura tautología. Es decir, no se trata de que el dueño perverso de una casa no puede entrar en ella si escribe en su puerta que no la puede cruzar ningún hombre perverso. Eso es obvio. Pero no lo es que el sólo hecho de ser el propietario de una casa lo ponga a uno en la clase de los hombres perversos. Hay que sostener la doctrina de Diógenes (de Proudhon, de Marx) para que algo así sea plausible.
No hay mucho de pura ocurrencia en suponer que esa sea la historia y no la que cuenta Laercio. No hay nada incluso de imposible en suponer que el mismo Laercio —digamos, porque tenía casa propia y no se consideraba perverso por ello— al consignar esta anécdota consideró que algo le faltaba, que el dueño de la casa debía ser un hombre perverso, no meramente dueño de la casa. Y cándidamente suplió lo que en su opinión faltaba.
Antes vimos la anécdota de la casa alhajada. Esta podríamos llamarla de la casa honrada. Hay otra de una casa descompuesta. Había puesto el dueño de ésta «se vende» en la entrada y Diógenes que al pasar vio el anuncio se plantó ante ella y le dijo: «Ya sabía yo que por su ebriedad desmoderada habías de vomitar pronto a tu dueño». Este es un buen ejemplo de retórica de hipérbole y personalización. Uno ve a Diógenes; no hay que representárselo; basta recordar uno de esos cuadros monstruosos de Bosch. Está el can frente a una casa que abre sus puertas como un hocico monstruoso y vomita a su dueño con cuanta porquería ha metido éste en el estómago de la pobre.
Y si es por aciertos retóricos, he aquí una muestra graciosa de personalización e hipérbole con ironía:
Habiendo ido a Mindo, como viese las puertas grandes siendo la ciudad pequeña, dijo: «Oh, varones mindos, cerrad las puertas, no sea que la ciudad se salga por ellas».
Del oro, esta muestra de personalización y metáfora que anticipa la granizada famosa de Quevedo: «Decía que andaba amarillo por los muchos ladrones que lo perseguían». De la rudeza de entendimiento de los atletas: «Decía que les venía porque comían carne de cerdo y de buey». Dicen que era pronto en responder con gracia. Cuando le objetaron que los sinopenses lo condenaron al destierro, respondió: «Y yo, a que sigan donde están». A unos que retrocedieron simulando miedo de que los mordiera les dijo: «No teman, el perro no come acelgas». En un baño de aguas poco limpias preguntó: «Los que se bañan aquí, ¿dónde se lavan?» A uno que dijo que el vivir es malo le ajustó la exageración con una tautología: «El vivir mal es malo». Cuando le preguntaron por qué los hombres socorren a los mendigos y no a los filósofos, dijo: «Porque ciegos y cojos esperan ser, pero no filósofos». A uno que difería ayudarlo, le dijo: «Hombre, te pido para mi almuerzo, no para mi funeral». Y por los oradores decía que eran tres veces hombres porque eran tres veces miserables. También los motejó de «lacayos de la plebe».
20) Habiendo subido dos ratones a su mesa, dijo: «He aquí que Diógenes también mantiene sus parásitos».
¿Cómo han de estar las cosas en materia de hábitos e higiene para que a nuestra mesa suban los ratones? Y todavía, ¿cómo han de estar como para que se hagan chistes como éste? Supongo que en historias así encontramos límites serios para lo que nos pide Ignacio de Loyola. Ratones sobre la mesa a la hora del almuerzo. ¿Cuánto podrá concebir de Diógenes una sociedad de consumo y confort? O ensáyese una representación de una de las muertes de Diógenes. Dicen algunos que murió de cólico que le vino por comer un pulpo crudo. Por mi parte, reconozco que soy incapaz de hacerme una representación de algo así.
Pero, éste es también dictum magnum para mí: «He aquí que Diógenes también mantiene sus parásitos». Bueno, hay que reconocer que el can hasta ternura sentía entre tales comensales. ¡Cuánto le debía a uno de estos roedores! Pero ¿es Diógenes un parásito? Por lo que se cuenta, acaso, fue banquero, soldado, prisionero, esclavo. Pero, por las anécdotas que conocemos, más que nada fue un filósofo cimarrón; vagabundo de arroyos y extramuros, caballero de las afueras de Atenas. Vivía en un tonel, defendía la naturaleza contra las convenciones sociales. Pero, ¿cómo se financiaba? Ahí está Diógenes: recoge lo que le echan, le echan lo que sobra. No encuentro que nadie se saque el pan de la boca para darle. ¿Lo aceptaría?
Pienso que esta anécdota debiera interpretarse no en el sentido «Diógenes, que no es nada, tiene así y todo sus parásitos», sino así: «Diógenes, el último de los parásitos, tiene también los suyos». Como ese sabio mísero, de que habla Calderón, que encontró que otro sabio iba cogiendo lo que él botaba.
Hay que traer al comentario de esta anécdota, la otra del ratón-maestro de Diógenes. ¿Ha terminado el can por igualarse con su ratón-maestro, ha llegado por fin a identificarse con la naturaleza (o mejor quizás con la vida en el arroyo)?
Otrosí: Diciendo: «También tiene Diógenes sus parásitos» ¿implica: «Diógenes, el parásito, tiene también parásitos»? Así, primero, él sería un parásito; y, segundo, sólo sería un miembro de una cadena interminable de parásitos de parásitos de parásitos…
En el fracaso del proyecto cínico, el recurso deliberado al parasitismo tiene importancia grande. Sobre el proyecto de Diógenes hay esta teoría: que las ideas que defendía y practicaba en Atenas (ascesis, libertad, individualismo, cosmopolitismo, rechazo de la polis, vuelta a la naturaleza, indiferencia, parresia, anáideia) las recibió aunque imperfectamente ya en Sinope y venidas listas para su consumo de India; y que el propósito de Diógenes sería formar en Grecia una especie de casta a la manera de los brahmanes, casta superior a la que le era debida toda consideración y que el resto de los hombres debía alimentar. (Hay una anécdota en que Diógenes, pidiendo dinero, arguye que no es limosna lo que pide sino lo que se le debe). Así, el fracaso del cinismo obedecería a muchas causas: el imperfecto conocimiento que los cínicos tuvieron de sus propias fuentes, las condiciones sociales y políticas incompatibles con este proyecto que imperaban en Grecia, inadecuado a la vida desnuda a la intemperie, la naturaleza pobre en recursos, la cultura griega contraria al parasitismo brahmánico. Como es el caso de tanta teoría, tenemos aquí una elaboración valiosa por los hechos que recolecta para sustentarse, pero errática en sus ambiciosas generalizaciones. Hay mucho sentido en la identificación del cinismo con numerosas postulaciones de la filosofía hindú; pero es claro que esta identificación no es todo el cinismo. Diógenes no es un brahmán; tampoco un remedo incompleto de brahmán. Basta tomarlo a la primera para saber que es otra cosa. Que los individuos existan en sociedades que buscan imponer a todos los mismos valores implica para siempre una tensión. Siempre está para ellos en la orden del día el impulso de cambiar los valores vigentes, lo que no es más que una componente de la tensión. Siempre y en todos los individuos, hay un Diógenes en potencia; y este Diógenes salta al acto al primer asomo de crisis social. Hasta sin crisis puede pasar al acto; sólo que en este acto no es más que una muestra existente de lo que en todos alienta. Así se entiende nuestro sentimiento ambiguo ante Diógenes: le damos de puntapiés, pero le damos también de comer.
En fin, lo que parece más importante de esta anécdota es la dependencia en que Diógenes está (y el mismo parece aquí reconocer) respecto de la sociedad que combate y denuncia. ¿Es posible la autarquía (la auto-suficiencia)? Ya en la antigüedad se objetó ad nauseam la autarquía cínica, por ejemplo arguyendo que aún reduciéndose el vagabundo Diógenes al zurrón, el palio y el báculo, así y todo dependía todavía de los hombres que hacen esas cosas, como el curtidor, el tejedor y el carpintero.
Se cuenta también que cuando un muchacho rompió el barril en que vivía Diógenes (nadie hasta adonde sé se ha preocupado de investigar las posibles motivaciones de este curioso destructor) los atenienses lo castigaron y dieron al can otro barril. Esta anécdota es también digna de ir entre las grandes. Atenas no sentía escrúpulos en mantener un parásito que día a día minaba sus fundamentos, que vivía para vilipendiarla y exponerla. ¿Qué pensar? ¿Sería que los atenienses después de lo ocurrido con Sócrates se contenían como para tolerar ahora no sólo a Sócrates sino a Sócrates vuelto loco (como definía Platón a Diógenes)?
¿O había una relación más profunda, más necesaria o, como se dice, estructural —quiero decir una especie de simbiosis moral entre la Atenas de Diógenes y el Diógenes de Atenas?
(21) Estando tomando el sol en el Cranión (Craneion) se le acercó Alejandro y le dijo: «Pídeme lo que quieras». A lo que respondió: «Pues, no me hagas sombra».
En su Vida de Alejandro, Plutarco dice (uno se hace un cuadro tan vivo que tiene que echarse a un lado para que pase este hombre grande rodeado de sus capitanes) que fue entonces, retirándose, que Alejandro comentó: «Si no fuera Alejandro querría ser Diógenes». Me hago la idea de que Alejandro percibió una sucesión o serie del poder entre él (poder absoluto) y Diógenes (poder cero). Y encontró que los términos entre ellos estaban formados por seres anfibios: esclavos de sus superiores, amos de sus inferiores. Así, sólo en los extremos de esta serie desaparece la ambigüedad del status político. Alejandro no se va a engañar con ésa de «primero en la aldea antes que segundo en Roma». Su comentario, pues, significa: «Cero en las afueras antes que lugarteniente de César».
No faltan los que entienden este texto jugando con las palabras. Por ejemplo, cuando a uno «le hacen sombra». O cuando los militares entran en la Universidad y se produce un apagón cultural y, como si fuera poco, un general va donde un decano y le dice «pídeme lo que quieras». Se hacen en cadenas también los juegos de palabra. Por ejemplo, que Diógenes significa que Alejandro lo eclipsa; que eclipsándolo, lo ensombrece; que ensombreciéndolo, lo humedece; que humedeciéndolo lo hace estornudar. ¡Salud!
Otra lectura (la que hacemos, pienso, a la primera y siendo niños y la sola popular, acaso por el consuelo o satisfacción fácil que aporta) es que Alejandro, con todo su poder, no tiene nada que Diógenes quiera. «¡Vete!» quiere decirle Diógenes. Lo hace con elegancia: «Déjame el sol». Porque ¿cómo puede Alejandro irse y seguir quitándole el sol y cómo puede dejar de quitarle el sol sin irse? Pura lógica.
También se deja leer esta historia en fila con las otras de la alfombra, el plato y la colodra. ¿Qué puede ofrecer Alejandro que no sea vanidad? ¡Bah, pero si no es más que un saqueador de alfombras, platos y colodras! ¡Un despensero de doña Vanidad y un filibustero de los vanidosos! «Déjame el sol. Es de lo poco que no es superfluo y me lo quitas. ¿Vas a saquear eso también?»
Interpretaciones divertidas pueden hacerse para venderlas a la salida de la matinée. Como ésta: Alejandro, el sol del mundo helénico que se encumbra al revés del sol real —quiere decir, hacia Oriente desde Occidente— se presenta radiante ante Diógenes. Se interpone así entre éste y el sol real. Pero, ¿qué puede proyectar este nuevo sol como no sea la sombra del sol verdadero?
Echando mi cuarto a espadas, se me ocurre pensar en esa colina, el Cranión. Dicen que había allí un jardín de cipreses muy hermoso. Allí estaba Diógenes cuando lo encontró Alejandro (de paso: sugieren algunos que Alejandro anticipando sus conquistas fue a ver a este Diógenes para hacerse una idea del tipo de sabios que iba a encontrar en India; porque Alejandro sabía más, sabía que Diógenes imitaba a estos sabios). ¿Por qué no puede ser el jardín del Cranión toda la explicación de esta historia? ¿A quién no le ocurrió, en primavera, despatarrarse sentado en el Parque Forestal, y en un baño de olores, colores y luz sentirse tan feliz, tan feliz, que si alguien hubiera venido a ofrecerle la Presidencia de la República o la Rectoría de la Universidad lo hubiera despachado al cuerno con vientos frescos?
Quería haber agregado aquí algo sobre las satisfacciones alucinatorias de los psicólogos. Quiero decir, que uno bajo su capa hace con Alejandro una alpargata y tan fresco. Esta es, más o menos, la consolación de la filosofía: o la filosofía de la consolación que, como se sabe, es lo mismo.
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