sábado, 18 de marzo de 2017

Albert Camus .-La mujer adúltera.

Hacía un rato que una mosca flaca revoloteaba en el interior del ómnibus que sin embargo tenía los vidrios levantados. Insólita, iba de aquí para allá sin ruido, con vuelo extenuado. Janine la perdió de vista, luego la vio posarse sobre la mano inmóvil de su marido. Hacía frío. La mosca se estremecía a cada ráfaga de viento arenoso que rechinaba contra los vidrios. A la débil luz de la mañana de invierno, con gran estrépito de hierros y ejes, el coche rodaba, cabeceaba, apenas avanzaba. Janine miró al marido. Mechones de pelo grisáceo en una frente estrecha, la nariz ancha, la boca irregular, Marcel tenía el aspecto de un fauno mohino. A cada desnivel del camino Janine sentía que se echaba contra ella. Luego Marcel dejaba caer el pesado vientre entre las piernas separadas, con la mirada fija, de nuevo inerte y ausente. Sólo sus grandes manos sin vello, que parecían aun más cortas a causa de la franela gris que le sobrepasaba las mangas de la camisa y le cubría las muñecas, tenían el aire de estar en acción. Apretaban tan fuertemente una valijita de tela que él llevaba entre las rodillas que no parecían sentir el ir y venir vacilante de la mosca.
De pronto se oyó distintamente el alarido del viento y la bruma mineral que rodeaba el coche se hizo aun más espesa. Como si manos invisibles la arrojaran, la arena granizaba ahora a puñados sobre los vidrios. La mosca sacudió un ala friolenta, encogió las patas y se echó a volar. El ómnibus acortó la marcha y estuvo a punto de detenerse. Después el viento pareció calmarse, la niebla se aclaró un poco y el coche volvió a tomar velocidad. En el paisaje ahogado en el polvo, se abrían agujeros de luz. Dos o tres palmeras escuálidas y blanquecinas, que parecían recortadas en metal, surgieron a través de la ventanilla para desaparecer un instante después.
—¡Qué país! —dijo Marcel.
El ómnibus estaba lleno de árabes que simulaban dormir, envueltos en sus albornoces. Algunos habían recogido los pies sobre el asiento y oscilaban más que los otros con el movimiento del coche. Su silencio, su impasibilidad, terminaron por fastidiar a Janine; tenía la impresión de que hacía días que viajaba con aquellos mudos acompañantes. Sin embargo, el coche había salido al amanecer de la estación terminal del ferrocarril y desde hacía dos horas avanzaba en la fría mañana por una meseta pedregosa, desolada, que por lo menos al partir extendía sus líneas rectas hasta horizontes rojizos. Pero se había levantado un viento que, poco a poco, se había tragado la inmensa extensión. A partir de entonces los pasajeros ya no habían visto nada; uno tras otro se habían callado y habían navegado silenciosos en medio de una especie de noche en vela, enjugándose de vez en cuando los labios y los ojos irritados por la arena que se infiltraba en el coche.
—¡Janine!
El llamamiento de su marido la sobresaltó. Y una vez más pensó qué ridículo era ese nombre para una mujer corpulenta y robusta como ella. Marcel quería saber dónde estaba la valija de las muestras. Con el pie Janine exploró el espacio vacío de debajo del asiento y topó con un objeto que, según ella decidió, era la valija. En verdad, no podía agacharse sin sofocarse un poco. Sin embargo, en el colegio era la primera en gimnasia; la respiración nunca le fallaba. ¿Tanto tiempo había pasado desde entonces? Veinticinco años. Veinticinco años no eran nada, puesto que le parecía que era ayer cuando vacilaba entre la vida libre y el matrimonio, ayer aun cuando pensaba con angustia en los días en que acaso envejecería sola. Pero no estaba sola, aquel estudiante de derecho que nunca quería separarse de ella se encontraba ahora a su lado. Había terminado por aceptarlo, aunque era un poquito bajo y a ella no le gustaba mucho aquella risa ávida y breve. ni los ojos negros, demasiado salientes. Pero le gustaba su valentía frente a la vida, condición que compartía con los franceses de este país. También le gustaba su aire desconcertado cuando los hechos o los hombres defraudaban su expectación. Sobre todo le gustaba sentirse amada y él la había colmado de asiduidades. Al hacerle sentir con tanta frecuencia que para él ella existía, la hacía existir realmente. No, no estaba sola…
El ómnibus, haciendo sonar estridentemente la bocina, se abría paso a través de obstáculos invisibles. Sin embargo, en el interior del coche nadie se movía. Janine sintió de pronto que la miraban y volvió la cabeza hacia el asiento que prolongaba el suyo del otro lado del corredor. Aquél no era un árabe y Janine se asombró de no haber reparado en él al salir. Llevaba el uniforme de las unidades francesas del Sahara Y un quepis de lienzo sobre la cara curtida de chacal, larga y puntiaguda. La examinaba fijamente, con sus ojos claros y con una especie de insolencia. Janine enrojeció súbitamente y se volvió hacia el marido, que continuaba mirando hacia adelante la bruma y el viento. Se arrebujó en el abrigo, pero continuaba viendo aún al soldado francés, alto y delgado, tan delgado, con su chaquetilla ajustada, que parecía hecho de una sustancia seca y friable, una mezcla de arena y huesos. En ese momento vio las manos flacas y la cara quemada de los árabes que estaban delante de ella y advirtió que, a pesar de sus amplias vestimentas, parecían holgados en los asientos donde su marido y ella apenas cabían. Ajustó contra sí los pliegues de] abrigo. Con todo, no era tan gruesa, sino más bien alta y opulenta, carnal y todavía deseable —bien lo advertía por la mirada de los hombres—, con su rostro un tanto infantil y los ojos frescos y claros que contrastaban con aquel cuerpo robusto que era —bien lo sabía ella— tibio y sedante.
No, nada ocurría como lo había imaginado. Cuando Marcel habla querido llevarla consigo para ese viaje, ella había protestado. Marcel lo proyectaba desde hacía mucho tiempo, exactamente desde el fin de la guerra, en el momento en que los negocios volvieron a normalizarse. Antes de la guerra, el pequeño comercio de tejidos que había heredado de los padres, cuando renunció a sus estudios de derecho, les permitía vivir con bastante holgura. En la costa los años do juventud pueden ser felices. Pero a él no le gustaban mucho los esfuerzos físicos, de manera que muy pronto había dejado de llevarla a las playas. El pequeño automóvil ya no salía de la ciudad sino para el paseo de los domingos. Marcel prefería pasar el resto del tiempo en su tienda de telas multicolores, a la sombra de las arcadas de ese barrio a medias indígena, a medias europeo. Vivían en tres habitaciones sobre la tienda, adornadas con colgaduras árabes y muebles berberiscos. No habían tenido hijos. Los años habían pasado en la penumbra que ellos conservaban con las celosías semicorridas. El verano, las playas, los paseos y hasta el cielo estaban lejos. Nada parecía interesar a Marcel salvo sus negocios. Janine había creído descubrir su verdadera pasión, el dinero; y a ella no le gustaba eso, sin saber demasiado por qué. Después de todo, aprovechaba ese dinero. Él no era avaro; por el contrario, generoso, sobre todo con ella. «Si me ocurriera algo», decía, «estarías a salvo». Y en efecto, hay que ponerse a salvo de la necesidad. Pero de lo demás, de lo que no es 1a necesidad más elemental, ¿cómo ponerse a salvo? Y era eso lo que, de tarde en tarde, Janine sentía confusamente. Mientras tanto, ayudaba a Marcel a llevar sus libros comerciales y a veces hasta lo reemplazaba en la tienda. Lo más duro era el verano, cuando el calor mataba hasta la dulce sensación del tedio.
Precisamente en pleno verano había estallado de pronto la guerra; Marcel fue movilizado, luego licenciado, se produjo la depresión de los negocios y las calles se tornaron desiertas y calurosas. Si pasaba algo, ella. ya no estaría a salvo. Por eso desde que las telas volvieron al mercado, Marcel tenía el proyecto de recorrer las aldeas de las mesetas altas y del sur, para prescindir de intermediarios y vender directamente a los comerciantes árabes. Había querido llevarla con él. Janine sabía que los medios de transporte eran precarios; además, se sofocaba; hubiera preferido esperarlo en casa. Pero Marcel se había obstinado y ella aceptó, porque le habría hecho falta demasiada energía para contrariarle. Allí estaban ahora y, en verdad. nada se parecía a lo que había imaginado. Había temido el calor, los enjambres de moscas, los hoteles sucios colmados de olores anisados. No había pensado en el frío, en el viento cortante, en aquellas mesetas casi polares, donde se acumulaban las morenas. También había soñado con palmeras y suave arena. Ahora veía que el desierto no era eso, sino tan sólo piedras, piedras por todas partes, tanto en el cielo, donde reinaba aún, chirriante y frío, únicamente el polvo de piedra, como en la tierra, donde sólo crecían, entre las piedras, gramíneas secas.
El ómnibus se detuvo bruscamente. El chofer dijo como para sí algunas palabras en aquella lengua que ella había oído toda la vida sin comprender.
—¿Qué pasa? —preguntó Marcel. El chofer, hablando esta vez en francés, dijo que la arena debía de haber tapado el carburador y Marcel volvió a maldecir una vez más aquel país. El chofer rió mostrando todos los dientes y aseguró que no era nada, que iba a limpiar el carburador y que en seguida continuarían el viaje. Abrió la portezuela, el viento frio penetró en el coche e inmediatamente les acribilló la cara con mil granos de arena, los árabes hundieron la nariz en sus albornoces y se recogieron sobre sí mismos.
—¡Cierra la puerta! —aulló Marcel. El chofer, riendo, volvía hacia la portezuela. Con calma sacó algunas herramientas de debajo del tablero; luego, minúsculo en medio de la bruma, tornó a desaparecer hacia adelante, sin cerrar la puerta. Marcel lanzó un suspiro.
—Puedes tener la seguridad de que en su vida vio un motor.
—No te irrites —dijo Janine. De pronto se sobresaltó. En el terraplén, muy cerca del ómnibus, habían surgido formas envueltas en largos ropajes, que permanecían inmóviles. Bajo la capucha de los albornoces y detrás de un cerco de velos, no se les veía más que los ojos. Mudos, llegados no se sabía de dónde, contemplaban a los viajeros.
—Pastores —dijo Marcel.
En el interior del coche el silencio era completo. Todos los pasajeros, con la cabeza gacha, parecían escuchar la voz de] viento, desencadenado con toda libertad sobre aquellas mesetas interminables. A Janine le llamó de pronto la atención la ausencia casi total de equipaje. En la estación del ferrocarril, el chofer había subido al techo del vehículo la maleta de ellos y algunos bultos. En el interior del coche, en la red para las valijas, sólo se veían bastones nudosos y canastos chatos. Por lo visto todas aquellas gentes del sur viajaban con las manos vacías.
Pero ya volvía el chofer, siempre entusiasta. Únicamente lo ojos reían por encima de los velos con que también él se había cubierto el rostro. Anunció que partían. Cerró la puerta, calló el viento y entonces se oyó mejor la lluvia de arena sobre los vidrios. El motor tosió y luego se detuvo. Largamente solicitado por el arranque, comenzó por fin a girar y el chofer lo hizo rugir bombeando con el acelerador. Con un violento hipo, el ómnibus volvió a andar. De la masa andrajosa de pastores, siempre inmóviles, se levantó una mano que luego se desvaneció en medio de la bruma, al quedar atrás. Casi inmediatamente el coche comenzó a saltar en el camino, que había empeorado. Sacudidos, los árabes oscilaban sin cesar. Sin embargo, Janine se sentía invadida por el sueño cuando de pronto surgió delante de ella una cajita amarilla llena de pastillas. El soldado chacal le sonreía. Janine vaciló, se sirvió y agradeció. El chacal se metió la cajita en el bolsillo y se tragó de golpe la sonrisa. Ahora miraba fijamente al camino, hacia adelante. Janine se volvió hacia Marcel y sólo le vio la sólida nuca. A través de los vidrios estaba contemplando la bruma más densa, que subía desde los terraplenes friables.
Hacía horas que viajaban y el cansancio había ahogado toda vida en el coche, cuando afuera resonaron gritos. Niños de albornoz, que giraban sobre sí mismos como trompos, Saltaban, se golpeaban las manos y corrían alrededor del ómnibus. Éste avanzaba ahora por una calle larga, bordeada de casas bajas: entraban en el oasis. El viento continuaba soplando, pero las paredes detenían las partículas de arena que ya no oscurecían la luz. Así y todo, el cielo permanecía cubierto. En medio de los gritos y un gran estrépito de frenos, el ómnibus se detuvo frente a las arcadas de un hotel de vidrios sucios. Janine bajó y ya en la calle sintió que se tambaleaba. Por encima de las casas divisó un minarete amarillo y grácil. A la izquierda se recortaban ya las primeras palmeras del oasis y Janine hubiera querido llegarse hasta ellas. Pero aunque era ya cerca de mediodía hacía un frío intenso; el viento la hizo estremecerse. Se volvió hacia Marcel, pero vio primero al soldado que avanzaba a su encuentro. Esperó su sonrisa o su saludo; pero él paso sin mirarla y desapareció. Marcel se ocupaba en hacer bajar del techo del ómnibus la maleta de las telas, una especie de baúl negro. La empresa no sería fácil. El chofer era el único encargado del equipaje y ya había interrumpido su tarea, erguido en el techo, para perorar ante el círculo de albornoces reunidos alrededor del vehículo. Janine, rodeada de rostros que parecían tallados en hueso y cuero, sitiada por gritos guturales, sintió súbitamente todo su cansancio.
—Subo —le dijo a Marcel, que interpelaba con impaciencia al chofer.
Entró en el hotel. El dueño, un francés flaco y taciturno, le salió al encuentro. La llevó al primer piso, la acompañó por una galería que dominaba la calle y la hizo entrar en un cuarto en el que no parecía haber más que una cama de hierro, una silla pintada de blanco, una serie de colgaderos sin cortina, y, detrás de un biombo de cañas, un tocador cuyo lavabo se veía cubierto de una fina capa de polvo de arena. Cuando el hombre hubo cerrado la puerta, Janine sintió el frío que le llegaba desde las paredes peladas y blanqueadas con cal. No sabía dónde dejar su bolso ni dónde ponerse ella misma. Había que acostarse o quedarse de pie, y tiritar en cualquiera de los dos casos. Permaneció de pie, con el bolso en la mano, mirando atentamente una especie de tronera abierta al cielo, cerca del techo. Esperaba, pero no sabía qué. Sólo sentía su soledad y el frío que la penetraba y un peso más grande en la parte del corazón. En verdad estaba sumida en un ensueño, casi sorda a los ruidos que subían de la calle mezclados con estallidos de la voz de Marcel, teniendo en cambio más conciencia de ese rumor de río que le llegaba a través de la tronera y que el viento hacía nacer en las palmeras, tan próximas ahora, según le parecía. Luego el viento redobló su fuerza, el suave murmullo de agua se convirtió en silbido de olas. Detrás de las paredes, Janine soñaba con un mar de palmeras rectas y flexibles rizándose en medio de la tormenta. Nada se parecía a lo que ella había esperado, sólo que esas olas invisibles le refrescaban los ojos fatigados. Se mantenía de pie, abatida, con los brazos caídos, un poco agobiada, mientras e1 frío le subía a lo largo de las piernas pesadas. Soñaba con las palmeras rectas y flexibles y con la muchacha que había sido.
Después de asearse, bajaron al comedor. En las paredes desnudas habían pintado camellos y palmeras, ahogados en un almíbar rosado y violeta. Las ventanas de arco dejaban entrar una luz parca. Marcel pedía informes al dueño del hotel sobre los comerciantes. Luego un viejo árabe, que mostraba una condecoración militar en la chaqueta, los sirvió. Marcel estaba preocupado y desmigajaba el pan. Impidió que su mujer bebiera agua.
—No esta hervida. Toma vino.
A ella no le gustaba, el vino la aturdía. Además, en el menu había cerdo.
—El Corán lo prohíbe. Pero el Corán no sabía que el cerdo bien cocido no produce enfermedades. Nosotros sí que entendemos de cocina. ¿En qué piensas?
Janine no pensaba en nada. O tal vez, en esa victoria de los cocineros sobre los profetas. Pero tenían que darse prisa. Volverían a emprender viaje a la mañana siguiente, irían más al sur todavía: aquella tarde era necesario ver a todos los comerciantes importantes. Marcel urgió al viejo árabe para que les sirviera el café. Él asintió con un movimiento de cabeza, sin sonreír, y salió con pasos menudos.
—Lentamente por la mañana; no demasiado rápido por la tarde —dijo Marcel riendo. Con todo, el café terminó por llegar. Lo bebieron precipitadamente y salieron a la calle polvorienta y fría. Marcel llamó a un joven árabe para que le ayudara a llevar la maleta, y por principio discutió el precio. Su opinión, que comunicó una vez más a Janine, se fundaba en el oscuro principio de que ellos pedían siempre el doble para que se les diera un cuarto. Janine seguía de mala gana a los dos portadores. Bajo el grueso abrigo se había puesto un vestido de lana. Habría querido ocupar menos lugar. El cerdo, aunque bien cocido, y el poco vino que había tomado, le daban también una sensación de pesadez.
Bordeaban un pequeño jardín público con árboles polvorosos. Los árabes con que se cruzaban se hacían a un lado llevándose hacia adelante los pliegues de los albornoces y no parecían verlos. Aun cuando estaban cubiertos de harapos, Janine advertía en ellos un aire altivo, que no tenían los árabes de su ciudad. Janine iba siguiendo la maleta que le abría camino a través de la multitud. Pasaron por la puerta de una muralla de tierra ocre y llegaron a una placita en la que había plantados los mismos árboles minerales y a cuyo fondo, sobre el costado más amplio, se veían arcadas y negocios; pero se detuvieron en la plaza misma, frente a una pequeña construcción de forma de granada, pintada de azul con cal. En el interior, en el único cuarto, que recibía luz sólo por la puerta de entrada, un viejo árabe, de bigotes blancos, estaba detrás de una tabla de madera lustrada. Se disponía a servir té y lo hizo levantando y bajando la tetera sobre tres vasitos multicolores. Antes de que pudieran distinguir otra cosa en la penumbra de la tienda, el olor fresco del té con menta recibió a Marcel y a Janine en el umbral. Apenas franquearon la entrada, y las guirnaldas molestas de teteras de estaño, tazas y bandejas, mezcladas con molinetes de tarjetas postales, Marcel se encontró frente al mostrador. Janine se quedó en la entrada. Se apartó un poco para no interceptar la luz. En ese momento divisó detrás del viejo comerciante y en la penumbra a dos árabes que los contemplaban sonriendo, sentados sobre las hinchadas bolsas que llenaban por entero el fondo del local. Alfombras rojas y negras, tapices, pañuelos de seda bordados, colgaban de las paredes, mientras el suelo estaba cubierto de bolsas y cajitas llenas de granos aromáticos. Sobre el mostrador, alrededor de una balanza de platillos relucientes y un viejo metro con las señales borradas, se alineaban panes de azúcar, uno de los cuales, despojado de la envoltura de grueso papel azul, estaba ya cortado en la parte superior. Cuando el viejo comerciante dejó la tetera sobre el mostrador y saludó, percibieron detrás del perfume del té, el olor de lana y de especias que flotaba en el cuarto.
Marcel hablaba precipitadamente, con esa voz baja que empleaba para hablar de negocios. Luego abrió la maleta, mostró las telas, las sedas, e hizo a un lado la balanza y el metro, para exhibir su mercadería ante el viejo comerciante. Se ponía nervioso, levantaba la voz, reía de manera desordenada, parecía una mujer que quiere gustar y que no está segura de sí misma. Después, con las manos ampliamente abiertas, se puso a remedar mímicamente la venta y la compra. El viejo meneó la cabeza. Pasó la bandeja con el té a los dos árabes que estaban detrás y se limitó a decir algunas palabras que parecieron desalentar a Marcel. Éste recogió las telas, las guardó en la maleta y se enjugó de la frente un sudor improbable. Llamó al chico que le ayudaba a llevar la maleta y volvieron hacia las arcadas. En la primera tienda, por más que el comerciante afectó al principio el mismo aire olímpico, tuvieron un poco más de suerte.
—Éstos se creen que son el mismo Dios —dijo Marcel—; pero también deben vender. La vida es dura para todos.
Janine lo seguía sin responder. El viento casi había cesado. El cielo iba abriéndose. Una luz fría, brillante, bajaba de los pozos azules cavados en el espesor de las nubes. Ahora ya habían dejado atrás la plaza. Andaban por callejuelas, bordeaban muros de tierra por encima de los cuales pendían rosas podridas de diciembre o, de cuando en cuando, una granada seca y agusanada. En aquel barrio flotaba un perfume de polvo y de café, el humo de fuegos hechos de cortezas, el olor de la piedra y del carnero. Las pequeñas tiendas excavadas en los muros estaban lejos unas de otras. Janine sentía que las piernas le pesaban, pero el marido se iba serenando poco a poco, empezaba a vender, y hasta se hacía más conciliador; llamaba a Janine «pequeña». El viaje no sería inútil.
—Desde luego —decía Janine—. Es mejor entenderse directamente con ellos.
Volvieron al centro por otra calle. Era una hora avanzada de la tarde y el cielo ahora casi se había descubierto. Se detuvieron en la plaza. Marcel se frotaba las manos mientras contemplaba con expresión tierna la maleta que estaba delante de ellos.
—Mira —dijo Janine. Desde la otra extremidad de la plaza se acercaba un árabe alto, delgado, vigoroso. Cubierto con un albornoz azul cielo, calzado con livianas botas amarillas, las manos enguantadas, y que llevaba levantado su rostro aquilino y moreno. Únicamente el chèche, que usaba a manera de turbante, permitía distinguirlo de aquellos oficiales franceses de Cuestiones Indígenas, que Janine había admirado alguna vez. Avanzaba con paso regular, en dirección a ellos, pero parecía mirar más allá del grupo, mientras se quitaba con lentitud el guante de una de las manos.
—Vaya ——dijo Marcel encogiéndose de hombros—. Éste por lo menos se cree general.
Sí, allí todos tenían aquel aire altivo, pero éste realmente exageraba. Aun cuando los rodeaba el espacio vacío de la plaza, el hombre avanzaba rectamente hacia la maleta, sin verla, sin verlos. La distancia que los separaba disminuyó rápidamente y el árabe ya llegaba hasta ellos, cuando Marcel aferró de pronto la maleta y la hizo atrás. El otro pasó, aparentemente sin darse cuenta de nada, y al mismo paso se dirigió hacia las murallas. Janine miró a su marido. Marcel mostraba ese aire suyo de desconcierto.
—Ahora se creen que todo les está permitido —dijo. Janine no respondió. Detestaba la estúpida arrogancia de aquel árabe y se sentía súbitamente desdichada. Quería irse, pensaba en su pequeño departamento. La idea de volver al hotel, a aquella habitación fría, la desalentaba. De pronto pensó que el dueño del hotel le había aconsejado que subiera a la terraza del fuerte, desde donde se dominaba el desierto. Propuso a su marido que dejaran la maleta en el hotel. Pero él estaba cansado. Quería dormir un poco antes de comer.
—Te lo ruego —dijo Janine. Marcel la miró, súbitamente atento.
—Desde luego, querida.
Ella lo estaba esperando en la calle, frente al hotel. La multitud, vestida de blanco, se hacía cada vez más numerosa. No había allí ni una sola mujer y a Janine le parecía que nunca había visto tantos hombres juntos. Sin embargo, nadie 1a miraba. Algunos, aparentemente sin verla, volvían con lentitud hacia ella una cara flaca y curtida que, a sus ojos, les hacía a todos semejantes: el rostro del soldado francés del ómnibus, el del árabe de los guantes, rostros a la vez ladinos y orgullosos. Volvían ese rostro hacia la extranjera, no la veían y luego, ligeros y silenciosos, pasaban alrededor de ella cuyos tobillos se iban hinchando. Y su malestar, su necesidad de marcharse aumentaban. «¿Por qué he venido?». Pero Marcel ya bajaba.
Cuando subieron por la escalera del fuerte eran las cinco de la tarde. E1 viento había cesado del todo. El cielo, completamente limpio, tenía ahora un color azul de vincapervinca. El frío se había hecho más seco, les hacía arder las mejillas. En la mitad de la escalera, un viejo árabe extendido contra la pared, les preguntó si querían que los guiara, pero sin moverse, como si de antemano hubiera estado seguro de que ellos lo rechazarían. La escalera era larga y empinada, a pesar de los muchos rellanos de tierra apisonada. A medida que subían, el espacio se ampliaba, e iban elevándose en medio de una luz cada vez más vasta, fría y seca, en la que cada ruido del oasis les llegaba distinto y puro. El aire iluminado parecía vibrar alrededor de ellos con una vibración cada vez más prolongada a medida que subían, como si su paso hiciera nacer en el cristal de la luz una onda sonora que iba ampliándose. Y en el momento en que llegaron a la terraza, la mirada se les perdió de pronto, más allá del palmeral, en el horizonte inmenso; a Janine le pareció que el cielo entero resonaba en una nota fragorosa y breve, cuyos ecos colmaron poco a poco el espacio que se extendía por encima de ella y luego callaron súbitamente para dejarlo silencioso frente a la extensión sin límites.
En efecto, de este a oeste, la mirada de Janine podía desplazarse lentamente sin encontrar un solo obstáculo a lo largo de toda una curva perfecta. Abajo, las terrazas azules y blancas de la ciudad árabe se encimaban, ensangrentadas por las manchas rojas de los pimientos que se secaban a1 sol. No se veía a nadie, pero de los patios interiores subían, con el humo oloroso del café que se tostaba, voces risueñas o ruidos dc pasos inexplicables. Poco más lejos, el palmeral, dividido en cuadros desiguales por paredes de arcilla, zumbaba en su parte superior por el efecto de un viento que ya no se sentía en la terraza. Más lejos todavía, y hasta el horizonte, comenzaba, ocre y gris, el reino de las piedras, donde no se manifestaba vida alguna, A poca distancia del oasis, cerca del río que, a occidente, bordeaba el palmeral, se divisaban amplias tiendas negras. Alrededor, una manada de dromedarios inmóviles, minúsculos a aquella distancia, formaban en el suelo gris los signos oscuros de una extraña escritura, cuyo sentido había que descifrar. Por encima del desierto. El silencio era vasto como el espacio.
Janine, apoyada con todo el cuerpo en el parapeto, permanecía sin hablar, incapaz de arrancarse al vacío que se abría frente a ella. A su lado, Marcel se movía inquieto. Tenía frío, quería bajar. ¿Qué había que ver allí? Pero ella no podía separar la mirada del horizonte. Allá, más al sur todavía, en aquel punto en que el cielo y la tierra se juntaban en una línea pura, allá, le parecía de pronto que algo la esperara, algo que ella había ignorado hasta ese día y que sin embargo no había dejado de faltarle. En la tarde que caía, la luz se aflojaba suavemente; de cristalina, se hacía líquida. Al mismo tiempo, en el corazón de una mujer que sólo había ido allí por azar, un nudo que los años, la costumbre y el tedio habían apretado, se aflojaba lentamente. Janine contemplaba el campamento de los nómadas. Ni siquiera había visto a los hombres que vivían allí. Nada se movía entre las tiendas negras. Y sin embargo, Janine no podía pensar sino en ellos, en aquéllos de cuya existencia ella apenas estaba enterada hasta ese día. Sin casas, separados del mundo, formaban un puñado de hombres que erraban por el vasto territorio que Janine descubría con la mirada, y que sin embargo no era más que una parte irrisoria de un espacio aún más vasto, cuya fuga vertiginosa no se detenía sino a millares de kilómetros más al sur, en aquellas tierras en que por fin el primer río comienza a fecundar la selva. Desde siempre, sobre la tierra seca, raspada hasta el fondo, de ese país desmesurado, algunos hombres caminaban sin tregua, hombres que no poseían nada, pero que no servían a nadie; señores miserables y libres de un extraño reino. Janine no sabía por qué esta idea la colmaba de una tristeza tan dulce y tan profunda, que le hacía cerrar los ojos. Sabía tan sólo que ese reino le había sido prometido desde siempre y que sin embargo nunca sería el suyo, nunca, sino en este fugitivo instante, quizá, en que ella volvió a abrir los ojos al cielo súbitamente inmóvil y a sus olas de luz coagulada, mientras las voces que subían desde la ciudad árabe callaban bruscamente. Le pareció que el movimiento del mundo acababa de detenerse y que nadie. a partir de ese instante, envejecería ni moriría. En todas partes la vida había quedado en suspenso, salvo en su corazón, donde, en ese mismo instante, algo lloraba de pena y deslumbrada admiración.
Pero la luz se puso en movimiento. El sol, nítido y sin calor; se inclinó hacia el oeste, que enrojeció un poco, mientras al este se formaba una ola gris, pronta a estallar lentamente sobre la inmensa extensión. Un primer perro ladró y su lejano grito subió por el aire, que se había hecho aun más frío. Janine se dio cuenta entonces de que estaba dando diente con diente.
—Vamos a reventar —dijo Marcel—. Eres una tonta. Volvamos.
Pero luego la cogió desmañadamente de la mano. Dócil ahora, ella se apartó del parapeto y lo siguió. El viejo árabe de la escalera, inmóvil, los miró bajar hacia la ciudad. Janine andaba sin ver a nadie, abatida por un inmenso y brusco cansancio, arrastrando el cuerpo, cuyo peso le parecía ahora insoportable. Había salido de su exaltación de poco antes. Se sentía demasiado alta, demasiado corpulenta, también demasiado blanca para aquel mundo al que había entrado. Un niño, una muchacha, el hombre seco, el chacal furtivo, eran las únicas criaturas que podían hollar silenciosamente esa tierra. ¿Qué haría ella ahora, sino arrastrarse hasta el sueño, hasta la muerte?
Y, en efecto, se arrastró hasta el restaurante, frente a un marido de pronto taciturno o que le hablaba de su cansancio, mientras ella misma luchaba débilmente contra un resfrío cuya fiebre sentía subir de punto. Se arrastró aún hasta la cama, en la que Marcel fue a reunírsele, después de apagar en seguida la luz, sin preguntarle nada. El cuarto estaba helado. Janine sentía cómo el frío le invadía el cuerpo a medida que le subía la fiebre. Respiraba con dificultad, la sangre le corría sin calentarla. Una especie de miedo fue creciendo en ella. Se revolvía. La vieja cama de hierro crujía bajo su peso. No, no quería estar enferma. Marcel ya dormía y ella también debía dormir. Era necesario. Los ruidos ahogados de la ciudad le llegaban a través de la tronera. Los viejos fonógrafos de los cafés moros enviaban aires gangosos que ella reconocía vagamente y que le llegaban junto con el rumor de una muchedumbre que se movía con lentitud. Tenía que dormir. Pero se puso a contar tiendas negras; por detrás de los párpados pastaban camellos inmóviles; inmensas soledades se arremolinaban en ella. Si, ¿por qué había venido? Se adormeció preguntándoselo.
Se despertó poco después. Alrededor el silencio era completo. Pero en los límites de la ciudad, perros enronquecidos aullaban en medio de la noche muda. Janine se estremeció. Se volvió otra vez más sobre sí misma, sintió contra el suyo el hombro duro del marido y, de pronto, a medias adormecida, se acurrucó contra Marcel. Iba a la deriva junto al sueño sin hundirse en él; se pegaba a ese hombro con una avidez inconsciente, como a su puerto más seguro. Hablaba, pero apenas si se oía ella misma. Sólo sentía el calor de Marcel. Desde hacía más de veinte años, todas las noches era así, en su calor, ellos dos siempre, aun enfermos, aun viajando, como ahora… ¿Qué habría hecho, por lo demás, quedándose sola en la casa? ¡No tenía hijos! ¿No era eso lo que le faltaba? No lo sabía. Ella seguía a Marcel. Eso era todo. Contenta de sentir que alguien tenía necesidad de ella. Marcel no le daba otra alegría que la de saberse necesaria. Evidentemente no la amaba. El amor, aun el amor rencoroso, no tiene esa cara enfadada. Pero, ¿cuál es su cara? Ellos se amaban durante la noche, sin verse, a tientas. ¿Es que hay otro amor, que no sea ese de las tinieblas, un amor que grite a la plena luz del día? No lo sabía, pero sabía que Marcel tenía necesidad de ella y que ella tenía necesidad de esa necesidad, que vivía de ella noche y día, sobre todo por la noche, todas las noches en él no quería estar solo, ni envejecer, ni morir, con ese aire obstinado que asumía y que ella reconocía a veces en otros rostros de hombres, el único aire común de esos locos que se disfrazan con el aspecto de la razón, hasta que les sobrecoge el delirio que los arroja desesperadamente hacia un cuerpo de mujer para sepultar en él, sin deseo, lo que la soledad y la noche les muestran de espantoso.
Marcel se movió un poco como para alejarse de ella. No, no la amaba. Sencillamente tenía miedo de lo que no era ella, y ella y él, desde hacía mucho tiempo, deberían haberse separado y dormir solos hasta el fin. Pero, ¿quién puede dormir siempre solo? Algunos hombres lo hacen, quizá porque la vocación o la desdicha los ha separado de los otros y entonces se acuestan todas las noches en el mismo lecho que la muerte. Marcel no podría hacerlo nunca. Sobre todo él, nifio débil e inerme, a quien el dolor siempre asustaba, su hijo, precisamente; su hijo, que tenía necesidad de ella y que en ese mismo momento dejó escapar una especie de gemido. Janine se apretó un poco más contra él, le puso la mano sobre el pecho. Y en su interior lo llamó con aquel nombre de amor que antes le daba y que, de cuando en cuando, todavía empleaban entre ellos, pero sin pensar ya en lo que decían.
Janine lo llamó de todo corazón. Ella también, después de todo, tenía necesidad de él, de su fuerza, de sus pequeñas manías. Ella también tenía miedo de morir. «Si superara este miedo, sería feliz…». En seguida la invadió una angustia inexpresable. Se separó de Marcel. No, ella no superaba nada, no era feliz, iba a morir en verdad sin haberse librado de ese miedo. Le dolía el corazón, se sofocaba bajo un peso inmenso que, según descubrió de pronto, arrastraba desde hacía veinte años, y bajo el cual se debatía ahora con todas sus fuerzas. Quería librarse de ese miedo, aun cuando Marcel, aun cuando los otros nunca se libraran de él. Del todo despierta, se incorporó en el lecho y aguzó el oído a un llamado que le parecía provenir de muy cerca. Pero de las extremidades de la noche sólo le llegaron las voces extenuadas e infatigables de los perros del oasis. Se había levantado un viento débil, a través del cual oía Janine correr las aguas ligeras del palmeral. Venía del sur, de allá donde el desierto Y la noche se mezclaban ahora bajo el cielo de nuevo fijo. Allá donde la vida se detenía, donde ya nadie envejecía ni moría. Luego las aguas del viento callaron y Janine ni siquiera tuvo la seguridad de haber oído algo, salvo un llamado mudo que, después de todo, ella podía, a voluntad, hacer callar u oír, pero cuyo sentido no conocería nunca, si no respondía a él inmediatamente. ¡Inmediatamente, sí, por lo menos eso era seguro!
Se levantó con precaución y permaneció inmóvil junto al lecho, atenta a la respiración del marido. Marcel dormía. Un instante después la abandonaba el calor de la cama y era presa del frío. Se vistió lentamente, buscando a tientas las ropas, a la débil luz que, a través de las persianas del frente, enviaban las lámparas de la calle. Con los zapatos en la mano, se llegó hasta la puerta. Esperó aún un rato en la oscuridad; luego abrió suavemente. Rechinó el picaporte y ella se quedó inmóvil. El corazón le latía furiosamente. Aguzó el oído y, tranquilizada por el silencio, hizo girar un poco más la mano. La rotación del pestillo le pareció interminable. Por fin abrió, se deslizó afuera y volvió a cerrar la puerta con las mismas precauciones. Después, con la mejilla pegada a la madera, esperó. Al cabo de un instante, oyó, lejana, la respiración de Marcel. Se volvió, recibió en la cara el aire helado de la noche y corrió por la galería. La puerta del hotel estaba cerrada. Mientras trataba de mover el cerrojo, el sereno del hotel apareció en lo alto de la escalera, con cara desconcertada, y le dijo algo en árabe.
—Ya vuelvo —dijo Janine. Y se lanzó a la noche.
Guirnaldas de estrellas descendían del cielo negro, por encima de las palmeras y las casas. Janine corría a lo largo de la breve avenida, ahora desierta, que conducía al fuerte. El frío, que ya no tenía que luchar contra el sol, había invadido la noche; el aire helado le quemaba los pulmones. Pero ella seguía corriendo, medio ciega, en la oscuridad. En la parte más alta de la avenida, sin embargo, aparecieron luces que luego bajaron hacia ella zigzagueando. Janine se detuvo, oyó un ruido de élitros y, detrás de las luces que crecían, vio por fin enormes albornoces, bajo los cuales centelleaban frágiles ruedas de bicicletas. Los albornoces la rozaron; tres luces rojas surgieron en la oscuridad, detrás de ella, para desaparecer en seguida. Janine continuó su carrera hacia el fuerte. En la mitad de la escalera, la quemadura del aire en los pulmones se hizo tan cortante que Janine quiso detenerse. Un último impulso la empujó a pesar de ella hasta la terraza, contra el parapeto, que ahora le apretaba el vientre. Jadeaba y todo se confundía ante sus ojos. La carrera no la había hecho entrar en calor. Aún temblaba con todo el cuerpo. Pero el aire frío, que Janine tragaba a sacudones, pronto comenzó a correr regularmente por ella y un calor tímido, a nacer en medio de los estremecimientos. Por fin los ojos se le abrieron a los espacios de la noche.
Ningún soplo, ningún ruido, como no fuera de vez en cuando la crepitación ahogada de las piedras que el frío reducía a arena, turbaba 1a soledad y el silencio que rodeaban a Janine. Sin embargo, al cabo de un instante, le pareció que una especie de movimiento pesado de rotación arrastraba el cielo por encima de ella. En lo espeso de la noche seca y fría, millares de estrellas se formaban sin tregua, y sus témpanos resplandecientes, en seguida separados, comenzaban a deslizarse insensiblemente hacia el horizonte. Janine no podía arrancarse de la contemplación de esos fuegos que iban a la deriva. Giraba con ellos, y la misma marcha inmóvil la reunía poco a poco con su ser más profundo, donde ahora combatían el frío y el deseo. Frente a ella las estrellas caían una a una; luego se extinguían entre las piedras del desierto, y cada vez Janine se abría un poco más a la noche. Respiraba, había olvidado e1 frío, el peso de los seres, la vida demente o helada, la prolongada angustia de vivir y de morir. Después de tantos años en que, huyendo del miedo, había corrido locamente, sin objeto, por fin se detenía. Al mismo tiempo le parecía reencontrar sus raíces; la savia volvía a subirle por el cuerpo, que ya no temblaba. Apretada con todo el vientre contra el parapeto, tensa hacia el cielo en movimiento, Janine sólo esperaba a que su corazón, aún agitado, se calmara y a que el silencio se hiciera en ella. Las últimas estrellas de las constelaciones dejaron caer sus racimos un poco más bajo sobre el horizonte del desierto y se inmovilizaron. Entonces, con una dulzura insoportable, el agua de la noche comenzó a llenar a Janine, cubrió el frío, subió poco a poco desde el centro oscuro de su ser y desbordó en olas ininterrumpidas, hasta su boca llena de gemidos. Un instante después, el cielo entero se extendía sobre ella, echada de espaldas en la tierra fría.
Cuando Janine volvió al hotel, con las mismas precauciones, Marcel no se había aún despertado. Pero gruñó al acostarse ella y pocos segundos después se incorporó bruscamente. Habló y Janine no comprendió lo que decía. Marcel se levantó, encendió la luz, que la abofeteó en pleno rostro, se dirigió tambaleando hacia el lavabo y bebió largamente de la botella de agua mineral que allí había. Iba a deslizarse bajo las sábanas, cuando, con una rodilla apoyada en la cama, se quedó mirándola, sin comprender. Janine lloraba abiertamente, sin poder contener las lágrimas.
—No es nada, querido —decía—. No es nada.


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