sábado, 18 de marzo de 2017

Diógenes de Sinope Anécdotas, dichos y comentarios VII

Estatua de Diogenes en Turquía
(34) Habiendo visto a un joven muy hermoso que dormía sin que nadie lo cuidase, lo despertó diciéndole: «Levántate, no sea que durmiendo por detrás con su dardo alguien te hiera».

  Recuerdo haber escuchado no hace mucho (en éste mi segundo viaje a Chile desde que se suspendió mi exilio) una historia de un campesino que se quedó dormido, borracho, en un potrero. Fue en los campos vecinos de Santa Cruz, en Colchagua. Al pobre joven le ocurrió en efecto lo que aquí Diógenes trata de prevenir. La escuché, esta historia de Colchagua, una tarde calurosa de Diciembre en el corredor en sombras de una casona de fundo. ¡Qué repugnancia sentí! ¿Cómo puede ocurrir algo así? ¿Tan primitivos, tan brutales somos?

  Después, en ese mismo lugar, yendo a mi Laercio de bolsillo, me encontré con esta anécdota y me sentí impresionado y molesto por mi descuido al leer. ¿Cuántas veces habría pasado sin reparar por encima de esta obviedad? ¿De dónde me venían tantos respingos con esos campesinos de Colchagua? En la Grecia antigua, la de los mil ideales, igual eran posibles cosas así. ¡Qué digo, posibles! Reales, y hasta comunes. No se podía dormir bajo un árbol sin riesgo de que lo atacaran por detrás con un enorme dardo. Ninguna diferencia entre un potrero de Colchagua y otro en Ática o Lacedemonia.

  Había que volver paso con paso a mi Laercio y con la historia de aquel campesino de Colchagua muy a la vista. Había que repasar cuidadosamente las composiciones de lugar. Y debo reconocer que con esta historia de Colchagua se hicieron aún más sensibles y detalladas cosas como los golpes que recibía Diógenes, las ratas que subían a su mesa, las mujeres colgando de ese olivo, los huesos que le echaban como a un perro, el báculo amenazante de Antístenes, el despliegue pomposo de Alejandro, «aquel gran rey». Hasta pienso que mis composiciones de lugar, hasta entonces, más que loyolescas eran «loyolescas», más cuadros de museo que artefactos de pedagogía. Fue en esos días que me vino la idea de ensayar por escrito mis comentarios de Diógenes, sus anécdotas y sus dichos.

  En cuanto a mis primeras lecturas de esta anécdota, esta consideración hacía: como buen escolar, Diógenes conoce su Homero verso a verso. Tanto lo conoce que puede jugar con el texto en situaciones chuscas. Así me aparecía el Diógenes de esas primeras lecturas, sin quitar que no lo sufría. Pero, no era justo con él. Las violaciones sexuales —que las había y feas y repugnantes también en la Grecia ideal— estamos acostumbrados a conocerlas transfiguradas en mitos, en historias hasta graciosas y poéticas. ¡Cómo envolvemos en colores rosa toda esta suciedad y brutalidad! Diógenes no va a dejarse encantar con colores rosa. Incluso los ridiculiza tomando de los versos de la Ilíada para decir ¡cuidado! a un muchacho que duerme sin quien guarde su sueño. No se puede dormir así. Aunque sea en la Grecia de Sócrates no se puede dormir así.

  A este respecto, pienso en ese cuadro de Rafael, «La Escuela de Atenas» que hay en el Vaticano. En ese cuadro, Diógenes aparece al margen. Aunque está bien en el centro no hay nada más evidente en esa representación de la Escuela de Atenas que Diógenes no pertenece a ella. No tiene sentido ni que quieran expulsarlo ni que quieran incorporarlo. No lo hace mal Rafael con el método de las representaciones. En su «Escuela de Atenas», Diógenes es un detalle sucio, un desorden, una mancha tolerada sepa quién por qué en los aledaños del docto conjunto. Con estas representaciones también míticas, cargadas de retórica, desaparecen los ambientes de Diógenes. Uno no puede menos que preguntar viendo al famoso can echado fea, vergonzosamente en las gradas: «Y esto, ¿qué hace aquí?» Justo, por su lado, a la derecha sube uno (¿quién será, Cármides, Teetetos, Menón?) y casi le oímos preguntar señalando a Diógenes a otro que está más arriba, exactamente lo mismo: «Y éste, ¿qué hace aquí?» Claro está: ¿qué hace el can donde no están sus ambientes, los reversos miserables de Atenas? En cuadros como éste, vemos a Diógenes desde las perspectivas de Platón y Aristóteles. Lo vemos – ¡Dios nos libre y nos favorezca! —como algo vil y despreciable. Tal como quiere Platón que lo veamos. De partida, no puede haber en este cuadro de Rafael un comentario favorable de Diógenes. No hay ni ambientes, ni paisajes, ni hombres de Diógenes. Este cuadro es una ilustración a todo color de lo que el mismo can dice: lo alaban mucho, pero nadie se atreve a ir con él de caza.

(35) Disputando Platón sobre las ideas y empleando los términos «meseidad» y «vaseidad», dijo: «Yo, oh Platón, veo la mesa y el vaso, pero no sus ideas». A esto, Platón respondió: «Dices bien, pues tienes ojos con que se ven el vaso y la mesa, pero no tienes mente con que se entienden la vaseidad y la meseidad».

  Robert Genaille traduce lo último así: «para ver la mesa y el vaso tienes ojos, pero para ver las ideas que les corresponden necesitarías más espíritu que el que tienes».

  De todos modos, siquiera se sugiere aquí el empleo de una analogía popular entre los ojos y la mente. Yo no sé si es popular por vulgarización del platonismo o si nace por su cuenta a partir de la imaginación colectiva. Tendría que ser esto último, porque lo primero que se nos ocurre decir al recordar o imaginar con viveza es que estamos viendo lo que recordamos o imaginamos cuando la verdad es que no lo vemos. «Estoy viéndolo» decimos al recordar a un ser querido, muerto hace tiempo. También, el intento que hacemos ordinariamente para comprender una noción o idea —como la de triángulo, de hombre, de mesa— se reduce a imaginar una cosa.

  Pienso, después de mucho, mucho ensayar entender entidades como esas ideas de que habla Platón, que la pedagogía usual en defensa de su status más pierde que gana cuando se recurre a metáforas como «los ojos de la mente» o «la mirada de la mente». Como alega Berkeley, uno nunca logra concebir un triángulo que sea sólo triángulo —es decir, que ni sea equilátero, ni isósceles, ni escaleno. Difícil va a ser lograr algo así mientras la operación de concebir se figure como «un ver con los ojos de la mente». La fuerza del argumento de Berkeley contra las ideas abstractas tiene pues gran soporte en la analogía según la cual tenemos ojos para ver la triangularidad, ojos en la mente, así como en la cara tenemos ojos para ver los triángulos dibujados en el pizarrón.

  Cuando era estudiante, mi profesor de lógica exponía a Husserl y sus ideas: según este escritor no sólo hay ojos en el espíritu para ver las ideas así como los hay en el cuerpo para ver las cosas, sino que hay también ceguera de los ojos del espíritu, ceguera eidética. O sea, a Diógenes también le hubiera dicho Husserl que era un ciego de la mente o algo así.

  El caso de las ideas se defiende mejor evitando audaces metáforas. Pienso que en lugar de declarar ciego a Diógenes nada más por desprecio o fastidio (como lo hace el Platón de la anécdota, quien mejor que nadie tiene que saber que esa ceguera no puede tenerla Diógenes sin perder la facultad de razonar), pudo proponérsele esta experiencia mental (a él, tan duro de parresia): «Piensa en algo muy doloroso, por ejemplo, piensa en la violación de tu madre. ¿Verdad que no la puedes imaginar? ¡Tanto duele! Pero, puedes pensar sin dificultad la violación de tu madre. Una rotunda idea, por más que no la veas. Yo tampoco la veo».

  Otrosí: Comprobamos que las cosas terminan por desvanecerse con el énfasis de Platón en las ideas. Creo que igual se desvanecen con el énfasis de Diógenes en la sensación.

  Otro otrosí: ¿Qué hace Diógenes mezclado en estas disputas puesto que él mismo decía que las lecciones de Platón «eran una pérdida de tiempo»?
 Preguntado por uno quién le parecía que había sido Sócrates, respondió: «Un loco».

  ¿Desconcertante? Bueno, normalmente llevamos a juicio a los Sócrates que nos aparecen aquí o allá. No sólo los juzgamos, hasta llegamos a eliminarlos. Ya estamos al tanto de nuestros metabolismos sociales. Sólo después, cuando la locura de los Sócrates, ya bajo tierra, ha sido finalmente adobada y asimilada por sus mismos victimarios, a éstos por encima de todo les resulta desconcertante que alguien se atreva a decir: «Sócrates era un loco».

  ¿Qué quiere decir aquí «un loco»? Todos sabemos lo que ocurrió con Sócrates. Desde muchachos nos informan, nos dan a leer la famosa Apología de Platón. Sócrates es juzgado y eliminado por introducir nuevos dioses en Atenas y por corrupción de la juventud. Con Sócrates surge la interrogación, la crítica, la conducción racional del discurso. Los jóvenes que lo escuchan se vuelven contra los padres, contra los dioses, contra la tradición. Así, parece que una definición corriente de locura (pérdida del juicio, pérdida del sentido de la realidad) bastaría para estar de acuerdo con la afirmación de Diógenes: quien contraviene los hábitos, valores, creencias y tradiciones de los suyos se sitúa fuera de su cultura, su mundo. Es un demente, un insensato. El juicio de Diógenes sobre Sócrates parecerá a muchos exagerado. Pero, considérese. Diógenes es un discípulo de Sócrates que al término de su discipulado se encuentra con que vienen a decirle que es un Sócrates que se ha vuelto loco. ¿De dónde le vino la locura?

  Lo que nos lleva a otra versión. R. D. Hicks traduce así:

  Preguntado quién le parecía Diógenes, respondió: «un Sócrates loco».

  O sea, todo cambió; no es Diógenes quien dice «Sócrates es un loco», sino Platón quien dice: «Diógenes es un Sócrates loco». Muy diferente un texto del otro, como se ve. Quizás en qué estado se encontrará el original. Pero, ¿en qué difiere Diógenes de Sócrates? En que aquél sigue «el camino corto» y se pone a practicar lo que Sócrates no termina nunca de silogizar. Hay esta afirmación de Stobaeus: «Diógenes decía que la pobreza impuesta es una ayuda para la filosofía, porque lo que ésta procura alcanzar por el razonamiento, la pobreza lo impone sin más». O sea: Diógenes era un Sócrates práctico; y Sócrates un Diógenes teórico. O un loco teórico. También hay algo de esto cuando Diógenes decía que procedía como los directores de coro «que dan la nota alta para que los demás den la justa».
37) Viendo a un joven a quien le salían los colores al rostro le dijo: «Ten ánimo, que ese es el color de lo virtud».

  Es ésta para mí la más hermosa de las historias que se cuentan de Diógenes. Detenerse en la vergüenza con ocasión del rubor es como contentarse con tantear la llaga. No es apenas pedagogía señalar el defecto. Sí, por el contrario, lo es cuando va de la vergüenza al conflicto que la origina y que resulta del choque entre lo que se hace y lo que se debiera hacer. Aquí, el rubor es referido a su causa profunda: la virtud defraudada. Decir a este joven que su rubor es el color de la virtud (además de conmoverlo con frase tan hermosa) es dar perspectiva a su vergüenza y ponerlo en ruta de superación. Siempre consideré este texto como una muestra del excelente pedagogo que con seguridad fue Diógenes.

  Pero, desconcierta también, ¿Qué tiene que ver Diógenes con la vergüenza? Puesto a zurcir, podemos admitir la vergüenza como si se tratara de los pañales de la virtud.

(38) Notándole una vez que comía en el foro, dijo: «En el foro me cogió el hambre».

  Se puede generalizar en doble entrada así: En el foro me cogió el hambre; en el foro me cogió la sed: en el foro me cogió el sueño, las ganas de rascarme, etc. Y también: En el foro me cogió el hambre; en el teatro me cogió el hambre, en la asamblea me cogió el hambre, etc. O sea, dondequiera que el deseo que sea me sorprenda, allí lo satisfago, si es que tengo con qué. ¿Se dirá que esto es subvertir el orden de la polis, o más bien abolirlo?

  Diógenes rompe el hábito del lugar. En la medida en que aparece como la ruptura sistemática y ambulante del hábito del lugar, lo trae a evidencia. En cuanto a nosotros, los criados en el hábito, no tenemos conciencia de nuestro ser habitual. O a ratos la tenemos para olvidarla en seguida.

  Mirando a Diógenes vagar por Atenas percibimos la ciudad habitual en un contraluz; percibimos Atenas como un tramado de hábitos. Así, es dada también en perspectiva la vocación de Diógenes. ¿Qué se masturba en público? ¿Por qué el ruido, porque se masturba o porque lo hace en público? Que lo haga, pero que lo haga en su tonel como cualquier «Diógenes sensato». ¡Ahí si que estaría listo Diógenes, encerrado en su tonel!

  Vale también la pena atender a la oposición de los dicta: dictum et contradictum. Por ejemplo, en oposición al que comentamos aquí, se lee:

  Motejado de que bebía en la taberna respondió: «Y en la peluquería me corto el pelo».

39) A los que lo instaban a que buscara a su esclavo (Manes) que había huido, respondió: «Cosa ridícula sería que pudiendo Manes vivir sin Diógenes no pudiera Diógenes vivir sin Manes.»

  ¿Un esclavo de Diógenes? ¿No será pura invención para adjudicarle el dicho? Todo ajusta tan bien que no se sabe si el hecho se inventó para el dicho o el dicho para el hecho. Si mi esclavo puede vivir sin mí, ¿cómo no voy a poder vivir yo sin mi esclavo? Parece un razonamiento imbatible; y contra la esclavitud.

  Pero, veamos, ¿no parece también un argumento en el aire? Porque no tiene el amo sus esclavos en un florero. Vive de su explotación. ¿Cómo, pues, va a poder vivir sin ellos?

  El texto sabe a panfleto antiesclavista, pero demasiado académico. Para probar si es firme en la realidad, propongámoslo a los amos. Estos van a gritar, no lo que dice Diógenes, sino lo contrario: que sin sus esclavos no pueden vivir. No sólo eso; van a decir que sin los amos tampoco pueden vivir los esclavos. Preguntemos, pues, a los esclavos. Acaso éstos griten también en coro que sí, que sin sus amos pueden vivir. Por lo menos, eso claman en todas formas los panfletos al uso en nuestros días. Pero, si es así, ¿cómo demonios es que no reaccionan los amos como lo hace Diógenes?

  Divierte encontrar que un argumento aparentemente impecable no es más que una melodía de palabras. Situación común, por otra parte; y sorprende que siendo común no deja de ser común

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