domingo, 19 de marzo de 2017

¿Puede un hombre enseñar a otro?

El que enseña causa ciencia en el que aprende haciéndole pasar de la potencia al acto, como se dice en el libro VIII de la Física [de Aristóteles]. […] Ahora bien, el hombre adquiere la ciencia a veces por un principio interno, como es el caso de quien investiga por sí mismo; y, a veces, por un principio externo, como es el caso del que es enseñado. Pues a cada hombre le va anejo un principio de ciencia, la luz del entendimiento agente, por el que, ya desde el comienzo y por naturaleza, se conocen ciertos principios universales comunes a todas las ciencias. Cuando uno aplica estos principios universales a casos particulares cuyo recuerdo o experiencia le suministran los sentidos, por investigación propia adquiere la ciencia de cosas que ignoraba, pasando de lo conocido a lo desconocido. De ahí que también todo el que enseña procura conducir al que aprende de las cosas que este ya conoce al conocimiento de las que ignora, siguiendo aquello que se dice en el libro I de los Segundos Analíticos: «Toda enseñanza, dada o adquirida, procede de algún conocimiento previo».

    El maestro puede contribuir de dos maneras al conocimiento del discípulo. La primera, suministrándole algunos medios o ayudas de los cuales pueda usar su entendimiento para adquirir la ciencia, tales como ciertas proposiciones menos universales, que el discípulo puede fácilmente juzgar mediante sus previos conocimientos, o dándole ejemplos palpables, o cosas semejantes, o cosas opuestas a partir de las que el entendimiento del que aprende es llevado al conocimiento de algo desconocido. La segunda, fortaleciendo el entendimiento del que aprende, no mediante alguna virtud activa como si el entendimiento del que enseña fuese de una naturaleza superior, tal como dijimos que iluminan los ángeles, puesto que todos los entendimientos humanos son de un mismo grado en el orden natural, sino en cuanto que se hace ver al discípulo la conexión de los principios con las conclusiones, en el caso de que no tenga suficiente poder comparativo para deducir por sí mismo tales conclusiones de tales principios. Se dice en el libro I de los Segundos Analíticos: «La demostración es un silogismo que causa ciencia». De este modo, aquel que enseña por demostración hace que el oyente adquiera ciencia[32].
 
  [32] Santo Tomás de Aquino, Suma de teología, primera parte, cuestión 117, art. 1, trad. de José Martorell Capó. <<

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