domingo, 19 de marzo de 2017

Emil Cioran -Silogismos de la amargura :Vértigo de la historia

En la época en que la humanidad, apenas desarrollada, se ejercitaba ya en la desgracia, nadie la hubiera creído capaz de poder producirla en serie un día.

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  Si Noé hubiera poseído el don de adivinar el futuro, habría sin duda naufragado.

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  La trepidación de la historia compete a la psiquiatría, lo mismo que todos los móviles de la acción: moverse es carecer de juicio, exponerse a la camisa de fuerza.

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  Los acontecimientos, tumores del Tiempo…

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  EVOLUCIÓN: Prometeo sería hoy diputado de oposición.

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  La hora del crimen no suena para todos los pueblos al mismo tiempo. Así se explica la duración de la historia.

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  La ambición de cada uno de nosotros es sondear lo Peor, ser un profeta perfecto. Desgraciadamente hay tantas calamidades en las que no hemos pensado…

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  Contrariamente a los demás siglos, que practicaron la tortura con negligencia, éste, más exigente, le aporta un deseo de purismo que honra a nuestra crueldad.

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  Toda indignación, desde la simple queja hasta la revuelta luciferina, revela una interrupción en la evolución mental.

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  La libertad es el bien supremo solamente para aquellos a quienes anima la voluntad de ser herejes.

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  Decir: «prefiero tal régimen a tal otro» es flotar en lo vago; sería más exacto afirmar «prefiero tal policía a tal otra». Pues la historia, en efecto, se reduce a una clasificación de policías; porque, ¿de qué trata el historiador sino de la concepción del gendarme que se ha hecho el hombre a través de los tiempos?

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  Que no nos hablen más de pueblos sometidos, ni de su gusto por la libertad; los tiranos son siempre asesinados demasiado tarde: ésa es su gran excusa.

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  En las épocas apacibles, cuando odiamos por el placer de odiar, debemos buscarnos enemigos que nos acepten —deliciosa preocupación que nos ahorran las épocas agitadas.

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  El hombre segrega desastre.

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  Admiro a esos pueblos de astrónomos —caldeos, asirios, precolombinos— que a causa de su gusto por el cielo fracasaron en la historia.

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  Algunas generaciones más y la risa, reservada a los iniciados, será tan impracticable como el éxtasis.

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  Pueblo auténticamente elegido, los gitanos no son responsables de ningún acontecimiento, de ninguna institución. Han triunfado sobre el mundo por su voluntad de no fundar nada en él.

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  Una nación se extingue cuando deja de reaccionar ante las charangas: la Decadencia es la muerte de la trompeta.

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  El escepticismo es el excitante de las civilizaciones jóvenes y el pudor de las viejas.

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  Las terapéuticas mentales pululan en los pueblos opulentos: la ausencia de angustias inmediatas provoca en ellos un clima mórbido. Para conservar su bienestar nervioso, una nación necesita una desgracia sustancial, un objeto de inquietud, un terror efectivo que justifique sus «complejos». Las sociedades se consolidan en el peligro y se atrofian en la neutralidad. Donde reinan la paz, la higiene y el confort, las psicosis se multiplican.

  … Yo procedo de un país que, no habiendo conocido jamás la dicha, sólo ha producido un psicoanalista.

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  Los tiranos, una vez saciada su ferocidad, se vuelven bonachones; todo volvería a la normalidad si los esclavos, celosos, no pretendieran también saciar la suya. La aspiración del cordero a hacerse lobo origina la mayoría de los acontecimientos. Quien no tiene colmillos sueña con ellos; desea devorar a su vez y lo logra por la brutalidad del número.

  La historia, ese dinamismo de las víctimas.

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  Por haber incluido a la inteligencia entre las virtudes y a la necedad entre los vicios, Francia amplió el ámbito de la moral. De ahí su ventaja sobre las demás naciones, su vaporosa supremacía.

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  Se podría medir el grado de refinamiento de una civilización por el número de hepáticos, impotentes o neuróticos con que cuenta. —Pero ¿por qué limitarse a esos deficientes, cuando hay tantos otros que podrían testimoniar, por la carencia de sus vísceras o de sus glándulas, de la fatal prosperidad del Espíritu?

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  No encontrándole ninguna satisfacción a la vida, los biológicamente débiles se dedican a modificarla atacando sus principios.

  ¿Por qué no se aisló a los grandes reformadores tras los primeros síntomas de fe? ¿Y qué se esperó para encerrarlos en el manicomio o la prisión? A los doce años, el Galileo debió ser ya internado. La sociedad está mal organizada: no toma las medidas necesarias contra los delirantes que no mueren jóvenes.

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  El escepticismo imparte demasiado tarde sus bendiciones sobre nosotros, sobre nuestros rostros deteriorados por las convicciones, sobre nuestros rostros de hienas idealistas.

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  La ansiedad —o el fanatismo de lo peor.

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  Un libro sobre la guerra —el de Clausewitz— fue el libro de cabecera de Lenin y de Hitler. —¡Y nos preguntamos todavía por qué este siglo está condenado!

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  Para pasar de las cavernas a los salones, hemos necesitado un tiempo considerable; ¿necesitaremos otro tanto para recorrer el camino inverso o quemaremos las etapas? —Pregunta inútil para quienes no presienten la prehistoria…

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  Todas las calamidades —revoluciones, guerras, persecuciones— provienen de un equívoco inscrito sobre una bandera.

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  Sólo los pueblos fracasados se aproximan al ideal «humano»; los otros, los que triunfan, llevan los estigmas de su gloria, de su atrocidad dorada.

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  En el espanto, somos víctimas de una agresión del Futuro.

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  Temo a los hombres políticos que no dan muestras de chochez.

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  Al poseer la iniciativa de sus miserias, las grandes naciones pueden variarlas a su antojo; las pequeñas están obligadas a soportar las que les imponen.

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  Cuando la plebe adopta un mito, contemos con una masacre o, peor aún, con una nueva religión.

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  Las acciones brillantes son propias de los pueblos que, ajenos a los placeres de la sobremesa, ignoran la poesía de los postres y las melancolías de la digestión.

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  Sin la asistencia del ridículo, ¿hubiera durado más de una generación la especie humana?

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  Hay más honestidad y rigor en las ciencias ocultas que en las filosofías que dan un «sentido» a la historia.

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  Este siglo me remite al comienzo de los tiempos, a los últimos días del Caos. Oigo gimotear a la materia; los gritos de lo inanimado atraviesan el espacio; mis huesos se hunden en las prehistorias mientras mi sangre fluye por las venas de los primeros reptiles…

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  Una mínima ojeada al itinerario de la civilización me da una presunción de Casandra.

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  ¿La «liberación» del hombre? —Llegará el día en que, desembarazado de su manía finalista, haya comprendido el accidente de su aparición y la gratuidad de sus infortunios, el día en que todos nos agitemos como atormentados saltarines y doctos, y en que, incluso para el populacho, la «vida» se reduzca a una hipótesis de trabajo.

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  Quien no haya visto un burdel a las cinco de la mañana no puede imaginar hacia qué hastíos se encamina nuestro planeta.

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  La historia es indefendible. Reaccionemos ante ella con la inflexible abulia del cínico; o si no, pensemos como todo el mundo, caminemos con la turba de los rebeldes, de los asesinos y de los creyentes.

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  ¿La «experiencia hombre» ha fracasado? Había fracasado ya con Adán. Sin embargo, es legítimo preguntar: ¿tendremos la suficiente inventiva para parecer aún innovadores, para agravar semejante descalabro?

  Esperándolo, perseveremos en el error de ser hombres, comportémonos como farsantes de la Caída, seamos terriblemente frívolos.

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  Nada podría consolarme de no haber conocido el momento en que la tierra rompió con el sol, a no ser la perspectiva de conocer el instante en que el hombre romperá con la tierra.

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  Antes se pasaba con gravedad de una contradicción a otra; ahora sufrimos tantas a la vez que no sabemos ya por cuál interesarnos ni cuál resolver.

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  Racionalistas impenitentes, incapaces de acostumbrarnos al Destino o de comprender su sentido, nos consideramos el centro de nuestros actos y creemos naufragar voluntariamente. Si una experiencia capital se produce en nuestra vida, el destino, de impreciso y abstracto que era, adquiere para nosotros el prestigio de una sensación. Así, cada uno de nosotros penetra a su manera en lo Irracional.

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  Una civilización, al final de su camino, de la anomalía feliz que era pasa a marchitarse en regla, se alinea con naciones mediocres, se revuelca en el fracaso y hace de su destino su único problema. España es el modelo perfecto de esta forma de obsesión. Tras haber conocido en la época de los conquistadores una superhumanidad bestial, se dedicó a rumiar su pasado, se volcó sobre sus lagunas, dejó que se enmohecieran sus cualidades y su genio; en compensación, enamorada de su ocaso, lo adoptó como una nueva supremacía. Ese masoquismo histórico, ¿cómo no advertir que deja de ser una singularidad española para convertirse en el clima y la receta de la decadencia de todo un continente?

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  Hoy en día, en el tema de la caducidad de las civilizaciones un analfabeto podría rivalizar en estremecimientos con Gibbon, Nietzsche o Spengler.

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  ¿El final de la historia, el fin del hombre? ¿Es serio pensar en ello? Son sucesos lejanos que la Ansiedad —ávida de desastres inminentes— desea a toda costa precipitar.

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