sábado, 18 de marzo de 2017

Emil Cioran .-De lágrimas y de santos parte I

No es el conocimiento lo que nos acerca a los santos, sino el despertar de las lágrimas que duermen en lo más profundo de nosotros mismos. Entonces únicamente, a través de ellas, tenemos acceso al conocimiento y comprendemos cómo se puede llegar a ser santo después de haber sido hombre.

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  El mundo se engendra en el delirio, fuera del cual todo es quimera.

  … ¿Cómo no sentirse cercano a Santa Teresa, quien, tras habérsele aparecido Jesús un día, salió de su celda corriendo y se puso a bailar en medio del convento, en un arrebato frenético, batiendo el tambor para llamar a sus hermanas a fin de que compartieran su alegría?

  A los seis años leía, las vidas de los mártires gritando: «¡Eternidad! ¡Eternidad!». Decidió entonces ir a convertir a los moros, deseo que no pudo realizar, a pesar de lo cual su ardor siguió creciendo hasta el punto de que el fuego de su alma no se ha apagado jamás, puesto que nosotros nos calentamos en él todavía.

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  Por el beso culpable de una santa, aceptaría yo la peste como una bendición.

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  ¿Seré un día lo suficientemente puro para reflejarme en las lágrimas de los santos?

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  Resulta extraño pensar que varios santos hayan podido vivir en la misma época. Intento imaginarlos juntos, pero carezco de fervor y de imaginación. ¡Teresa de Ávila, a los cincuenta y dos años, célebre y admirada, encontrando en Medina del Campo a un San Juan de la Cruz de veinticinco años, desconocido y apasionado…! La mística española es un momento divino de la historia humana.

  ¿Quién podría escribir el diálogo de los santos? Un Shakespeare aquejado de inocencia o un Dostoievski exiliado en una Siberia celeste. Toda mi vida merodearé en las inmediaciones de los santos…

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  Hubo una época en que los hombres podían dirigirse en cualquier momento a un Dios acogedor que enterraba en su Nada los suspiros humanos. Hoy nos hallamos desconsolados por no tener a quién confesar nuestros tormentos. ¿Cómo dudar de que antaño este mundo haya estado en Dios? La Historia se divide en un antaño en el que los hombres se sentían atraídos por el vacío vibrante de la Divinidad y un hoy en el que la nimiedad del mundo carece de aliento divino.

  La música me ha dado demasiada audacia frente a Dios. Eso es lo que me aleja de los místicos orientales…

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  En el Juicio Final sólo se pesarán las lágrimas.

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  Los ojos no ven nada. Catherine Emmerich tiene razón cuando dice que ve con el corazón. Puesto que el corazón es la vista de los santos, ¿cómo no verían más que nosotros? El ojo tiene un campo reducido, ve siempre desde el exterior. Pero, siendo el mundo interior al corazón, la introspección es el único método que existe para alcanzar el conocimiento. ¿El campo visual del corazón? El Mundo, más Dios, más la nada. Es decir, todo.

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  Frecuentar a los santos es como hacerlo con la música o las bibliotecas. Desexualizados, ponemos nuestros instintos al servicio de otro mundo. En la medida en que resistimos a la santidad, demostramos que nuestros instintos están sanos.

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  El reino de los cielos invade poco a poco los vacíos de nuestra vitalidad. El objetivo del imperialismo celeste es el cero vital.

  Cuando la vida pierde su dirección natural, busca otra. Así se explica que el azul del cielo haya sido durante tanto tiempo el lugar del supremo vagabundeo…

  Añadamos que el hombre no puede vivir sin apoyo en el espacio; ese género de apoyo la música nos lo niega totalmente. Arte del consuelo por excelencia, ella abre en nosotros sin embargo más heridas que todas las demás.

  La música es una tumba de deleites, una beatitud que nos amortaja…

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  «No puedo diferenciar las lágrimas de la música» (Nietzsche). Quien no comprende esto instantáneamente, no ha vivido nunca en la intimidad de la música. Toda verdadera música procede del llanto, puesto que ha nacido de la nostalgia del paraíso.

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  Hasta el comienzo del siglo XVIII abundaban los «tratados de perfección». Quienes se habían detenido en el camino de la santidad se consolaban escribiéndolos, hasta el punto de que durante siglos la perfección fue la obsesión de los santos fracasados. Los otros, los santos que lograron serlo, no se preocupaban ya de ella, puesto que la poseían.

  Más recientemente, la perfección ha sido considerada con gran desconfianza y con un evidente matiz de desprecio. Optando por la tragedia, el hombre moderno tenía necesariamente que superar la nostalgia del paraíso y dispensarse del deseo de perfección.

  Otras épocas, sometidas al terror y a las delicias cristianas, produjeron santos de los que se estaba orgulloso. Hoy, de lo más que somos capaces es de apreciarlos. Cada vez que creemos amarlos, no se trata más que de una debilidad nuestra que durante cierto tiempo nos los vuelve más cercanos.

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  Cuando el comienzo de una vida ha estado dominado por el sentimiento de la muerte, el paso del tiempo acaba pareciéndose a un retroceso hacia el nacimiento, a una reconquista de las etapas de la existencia. Morir, vivir, sufrir y nacer serían los momentos de esa involución. ¿O es otra vida lo que nace de las ruinas de la muerte? Una necesidad de amar, de sufrir y de resucitar sucede así al óbito. Para que exista otra vida, se necesita morir antes. Se comprende por qué las transfiguraciones son tan raras.

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  Después de todo, podríamos habernos dispensado de la obsesión de la santidad. Cada uno de nosotros se hubiera dedicado a sus ocupaciones, soportando alegremente sus imperfecciones. La frecuentación de los santos engendra un tormento estéril, su compañía es un veneno cuya virulencia crece a medida que aumenta nuestra soledad. ¿No nos han corrompido acaso mostrándonos mediante el ejemplo que los infortunios tenían una finalidad? Nosotros estábamos acostumbrados a sufrir sin objetivo, fascinados por la inutilidad de nuestros dolores, felices de contemplarnos en nuestras propias heridas.

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  La muerte sólo tiene sentido para quienes han amado apasionadamente la vida. ¡Morir sin dejar aquí nada…! El desapego es una negación tanto de la vida como de la muerte. Quien ha superado el miedo de morir, ha triunfado también sobre la vida, la cual no es más que el otro nombre de ese miedo.

  No expirando en la cama, los mendigos no mueren, por así decirlo. Sólo se muere horizontalmente, durante esa preparación en la que el vivo supura la muerte. Cuando nada nos une a un lugar, ¿qué nostalgias podríamos tener en los últimos instantes? ¿Habrán escogido los mendigos su destino para no tener nostalgias que les torturen en la agonía? Errantes en la vida, continúan siendo vagabundos en la muerte.

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  Durante el tiempo en que trabajó en el Mesías, Haendel se sintió transportado al cielo. Según sus propias palabras, sólo descendió a tierra al terminar su obra. Sin embargo, comparado con Bach, Haendel es de aquí abajo. Lo que en el primero es divino es heroico en el segundo. La amplitud terrestre es la nota dominante haendeliana: una transfiguración desde fuera.

  Bach une la visión de un Grünewald a la interioridad de un Holbein; Haendel, la solidez y los contornos de Durero a la audacia visionaria de Baldung-Grien.

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  Imposible hacerse una idea precisa sobre los santos. Representan un absoluto al cual es preferible no apegarse, pero que tampoco conviene rechazar. Cualquier actitud nos condena. Tomando partido por los santos, estamos perdidos, sublevándonos contra ellos nos enemistamos con lo absoluto. Si no hubieran existido, ¡cuánto más libres habríamos sido! ¡Cuántas dudas menos hubiésemos tenido! ¿Qué ha podido ponerlos en medio de nuestro camino? Sería inútil querer olvidar el Sufrimiento.

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  El órgano expresa el estremecimiento interior de Dios. Comulgando con sus vibraciones nos autodivinizamos, nos desvanecemos en El.

Job, lamentaciones cósmicas y sauces llorones… Llagas abiertas de la naturaleza y del alma… Y el corazón humano — llaga abierta de Dios.

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  Toda forma de éxtasis suplanta a la sexualidad, la cual no tendría ningún sentido sin la mediocridad de las criaturas. Pero como éstas apenas poseen otro medio de evadirse de ellas mismas, la sexualidad las salva provisionalmente. Dicho acto excede a su significación elemental — es un triunfo sobre la animalidad, dado que la sexualidad, fisiológicamente hablando, es la única puerta que se abre sobre el cielo.

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  ¡Levantar bajo la amenaza del látigo bloques de piedra, pero verlos entrar en la eternidad y sentir nacer el vacío alrededor de las pirámides mediante la deserción del tiempo…! El último esclavo estaba más cerca de la eternidad que cualquier filósofo occidental. Los egipcios vivían en el éxtasis del sol y de la muerte. Para nosotros, el cielo se ha convertido en una lápida fúnebre. El mundo moderno ha sucumbido a la seducción de las cosas acabadas.

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  ¿Lograré un día no citar más que a Dios? Ni los hombres, ni siquiera los santos, tienen nombre. Sólo Dios lo posee. Pero, ¿qué sabemos nosotros de El, sino que es una desesperación que comienza donde acaban todas las demás?

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  Únicamente el paraíso o el mar podrían dispensarme del recurso a la música.

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  Las tristezas producen en el alma una sombra de claustro. Comenzamos entonces a comprender a los santos… Por mucho que ellos quieran acompañarnos hasta el límite de nuestra pesadumbre, no lo logran, y nos abandonan en pleno camino, justo en medio de las amarguras y los arrepentimientos.

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  Las enfermedades han acercado el cielo y la tierra. Sin ellas se hubieran ignorado mutuamente. La necesidad de consuelo ha superado a la enfermedad, y en la intersección del cielo con la tierra ha dado origen a la santidad.

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  Hay hombres que han logrado imprimir una especie de elegancia a su muerte. Para ellos morir fue una cuestión de estilo. Pero la muerte es materia y terror. No se puede morir con distinción sin soslayarla.

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  Cada vez que pienso en el miedo enorme que tenía Tolstói a la muerte, comienzo a comprender el presentimiento del final en los elefantes.
El límite de cada dolor es un dolor aún mayor.

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  Los hombres sólo se reconciliaron con la muerte para evitar el miedo que ella les inspira; sin embargo, sin ese miedo morir no tiene el mínimo interés. Pues la muerte existe únicamente en él y a través de él. La sabiduría nacida del acuerdo con la muerte es, frente a las postrimerías, la actitud más superficial que existe. El propio Montaigne fue infectado por ella, sin lo cual sería incomprensible que haya podido vanagloriarse de aceptar lo inevitable.

  Quien ha superado el miedo puede creerse inmortal; quien no lo conoce, lo es. Es probable que en el paraíso las criaturas desaparezcan también, pero no conociendo el miedo de morir, no morirían, en suma, nunca. El miedo es una muerte de cada instante.

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  La muerte objetiva, exterior, para un Rilke, no significaba nada. Para Novalis tampoco. Pero después de todo, ¿existe algún poeta que haya muerto una sola vez?

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  Soy como un Anteo de la desesperación. La mía aumenta tras cada contacto con la tierra. ¡Ah, si pudiera dormirme en Dios a fin de morir para mí mismo!

  El único olvido verdadero es el sueño en la Divinidad.

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  Señor, ¿no eres tú más que un error del corazón, como el mundo es un error del espíritu?

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  Sólo creemos en Dios para evitar el torturador monólogo de la soledad. ¿A quién, si no, dirigirse? Al parecer, El acepta de buena gana el diálogo y no nos guarda rencor por haberle escogido como pretexto teatral de nuestros abatimientos.

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  Me apegué a las apariencias cuando comprendí que sólo había algo absoluto en la renuncia.

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  Habiendo agotado el contenido de la eternidad, la Edad Media nos da derecho a amar las cosas pasajeras.

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  El cristianismo entero no es más que una crisis de lágrimas, de la que sólo nos queda un regusto amargo
Hacia el final de la Edad Media abundaban los escritos anónimos titulados «El arte de morir», cuyo éxito era extraordinario. Semejante tema, ¿puede aún conmover a alguien hoy?

  Nadie prepara ya su muerte, nadie la cultiva, de ahí que se escabulla en el mismo momento en que nos arrebata.

  Los antiguos sabían morir. Elevarse por encima de la muerte fue el ideal constante de su sabiduría. Para nosotros, la muerte es una sorpresa horrible.

  La Edad Media conoció el sentimiento de la muerte con una intensidad única. Pero supo, con un arte especial, incorporarlo al tejido íntimo del ser. Nadie intentaba hacer trampas con ella. Lo que nosotros, por nuestra parte, quisiéramos, es morir sin el rodeo de la muerte.

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  La conciencia apareció gracias a los instantes de libertad y de pereza. Cuando estás acostado con los ojos fijos en el cielo o en un punto cualquiera, entre el mundo y tú se origina un vacío sin el cual la conciencia no existiría. La inmovilidad horizontal es la condición indispensable de la meditación. Cierto es que en esa postura apenas se conciben pensamientos alegres. Pero la meditación es la expresión de una no-participación y como tal de una no-tolerancia, de un rechazo del ser.

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  Dios ha explotado todos nuestros complejos de inferioridad, empezando por el que nos impide creernos dioses.

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  Cuando hemos aniquilado el mundo y nos quedamos solos, orgullosos de nuestra hazaña, Dios, rival de la Nada, aparece como una última tentación.

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  Que la especie humana haya resistido sin corromperse a las profundidades del cristianismo me parece ser la única prueba de su vocación metafísica. Pero hoy el hombre no soporta ya el terror de las postrimerías. El cristianismo ha legalizado sus angustias y lo ha mantenido en tensión. Sólo un descanso de algunos milenios podría remozar a ese ser devastado por tantos cielos.

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  Con el Renacimiento comienza el eclipse de la resignación. De ahí la aureola trágica del hombre moderno. Los antiguos aceptaban su destino. Ningún moderno se ha rebajado a esa concesión. El desprecio del destino nos es igualmente ajeno, dado que carecemos demasiado de sabiduría para no amarlo con una pasión dolorosa.

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  La caída de Adán es el único acontecimiento histórico del paraíso.

Preocuparse por la santidad: combatir la enfermedad con la enfermedad.

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  ¿Poseeré la suficiente música dentro de mí como para no desaparecer jamás? Hay adagios tras los que no puede uno ya pudrirse.

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  Únicamente los éxtasis sonoros me producen una sensación de inmortalidad. Hay días intemporales en los que somos víctimas de reminiscencias de no se sabe qué más allá… Afligirse a causa del tiempo es entonces inconcebible.

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  El vino ha hecho más por acercar los hombres a Dios que la teología. Hace tiempo que los borrachos tristes —¿y los hay que no lo sean?— han superado a los eremitas.

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  Llega un momento en que relacionamos todo con Dios. Pero sucede también que nos asustamos ante la idea de que deje un día de ser actual. Esa provisionalidad del principio último —idea absurda en sí, pero presente en la conciencia —nos llena de una inquietud extraña. ¿Dios sería únicamente una pasión fugitiva, una moda del espíritu?

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  Hay quien se pregunta aún si la vida tiene o no un sentido. Lo cual equivale a preguntarse si es o no soportable. Ahí acaban los problemas y comienzan las resoluciones.

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  La ventaja de pensar en Dios es poder decir sobre El cualquier cosa. Cuanto menos unimos unas ideas con otras, más posibilidades tenemos de acercarnos a la verdad. Dios se aprovecha, en suma, de las periferias de la lógica.

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  Shakespeare y Dostoievski hacen que persista en nosotros la nostalgia de no ser santos o criminales. Esas dos maneras de autodestruirse…

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  ¿Por qué los santos escriben tan bien? ¿Es únicamente porque están inspirados? Lo cierto es que poseen un estilo particular cada vez que describen a Dios. Les resulta fácil escribir estando como están a la escucha de los susurros divinos. Sus obras poseen una sencillez sobrehumana, pero como en ellas no tratan del mundo, no pueden considerarse escritores. No les reconocemos como tales pues no nos hallamos en ellos
Poseemos en nosotros mismos toda la música: yace en las capas profundas del recuerdo. Todo lo que es musical es una cuestión de reminiscencia. En la época en que no teníamos nombre debimos haberlo oído todo.

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  La aridez del corazón es una expresión que repiten sin cesar los santos cuando evocan sus crisis. Es entonces cuando imploran la gracia como una liberación y la invocación del amor se convierte en obsesión. ¿Pero su corazón está árido únicamente por falta de amor? Se confunden cuando atribuyen a esa carencia su desierto interior. Si supieran que pagan con esa aridez los instantes vibrantes del éxtasis, ¡qué cobardes serían entonces ante Dios, cómo evitarían encontrarlo! No veo más que ruinas alrededor del éxtasis, pues mientras nos hallamos en El, nos hallamos fuera de nosotros mismos, y nuestro ser no es más que la ruina de un recuerdo inmemorial.

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  Todo ha existido ya. La vida me parece una ondulación sin sustancia. Las cosas no se repiten nunca, pero se diría que vivimos en los reflejos de un mundo pasado, cuyos ecos tardíos prolongamos nosotros. La memoria no sólo es un argumento contra el tiempo, la memoria actúa contra este mundo, revelándonos confusamente los mundos probables del pasado y el paraíso, su culminación.

  Retroceder en la memoria nos convierte en metafísicos; volver a nuestros orígenes, en santos.

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  El gran mérito de Nietzsche fue haber sabido defenderse a tiempo contra la santidad. ¿Qué habría sido de él si hubiera dado rienda suelta a sus inclinaciones naturales? — Un Pascal con todas las locuras de los santos.

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  Creer en la filosofía es un signo de buena salud. Lo que no lo es, es ponerse a pensar.

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  Nuestra ausencia de orgullo compromete a la muerte. Ha sido probablemente el cristianismo lo que nos ha enseñado a cerrar los ojos —a bajar la mirada— para que la muerte nos halle sosegados y sumisos. Dos mil años de educación nos han acostumbrado a una muerte sensata y comedida. ¡Morimos postrados, atraídos hacia abajo, nos extinguimos escondidos por nuestros párpados, en lugar de morir con los músculos tensos como un corredor que espera la señal dispuesto a desafiar al espacio y a vencer a la muerte en pleno orgullo e ilusión de su fuerza! Sueño con frecuencia con una muerte indiscreta, cómplice de las vastedades…

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  Durante las noches que pasamos en vela, remontando el curso del tiempo, revivimos terrores y alegrías ancestrales, acontecimientos anteriores a nuestra historia y a nuestros recuerdos. Los insomnios operan un retorno a los orígenes y nos transportan al comienzo de los seres, nos expulsan fuera de lo temporal y nos obligan a escuchar nuestros últimos recuerdos, que son también los primeros. En esta disolución musical gastamos nuestros antecedentes, agotamos nuestro pasado. ¿No experimentamos entonces el sentimiento de que hemos muerto llevándonos al tiempo con nosotros?
Cuanto más totalmente desaparece el tiempo de nuestra memoria, más cercanos nos hallamos de la mística.

  La memoria se adhiere tanto mejor a las apariencias, a lo inmediato, cuanto más fresca y sana se halla. Su arqueología nos descubre documentos sobre otro mundo a costa de éste.

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  Cuando pienso en mis noches, en tantas soledades y tantos suplicios en esas soledades, sueño con partir, abandonando los caminos trillados. Pero, ¿adónde ir? Hay fuera de nosotros abismos comparables a los del alma.

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  Yo he debido vivir otras vidas. ¿Cómo si no explicar tanto espanto? Las existencias anteriores son la única justificación del terror. Sólo los orientales han comprendido algo sobre el alma. Ellos nos han precedido y nos sobrevivirán. ¿Por qué nosotros, modernos, hemos suprimido nuestras peregrinaciones? Expiamos en una sola vida el devenir infinito.

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  Comparado con Aristóteles, un santo es un analfabeto. ¿Por qué, entonces, nos parece que podríamos aprender más de este último? La filosofía carece de respuestas. Frente a ella, la santidad es una ciencia exacta, dado que aporta respuestas positivas y precisas a las interrogaciones a las cuales los filósofos no han tenido el coraje de elevarse. La santidad tiene un método: el dolor, y un fin: Dios. Como no es ni práctica ni cómoda, los hombres la han relegado al ámbito de lo fantástico y la adoran a distancia. Conservan a su lado a la filosofía para poder despreciarla, con lo cual los mortales demuestran que son inteligentes. Pues todo lo que de vivo tiene la filosofía se reduce a préstamos de la religión.

  Los filósofos tienen la sangre fría. Sólo existe calor en las inmediaciones de Dios. A causa de todo lo que posee de siberiana, nuestra naturaleza exige santos.

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  Nada más fácil que desembarazarse de la herencia filosófica, pues las raíces de la filosofía se detienen en nuestras incertidumbres, mientras que las de la santidad superan en profundidad al sufrimiento mismo. El coraje supremo de la filosofía es el escepticismo. Más allá de él, no reconoce más que el caos.

  Un filósofo sólo puede evitar la mediocridad mediante el escepticismo o la mística, esas dos formas de la desesperación frente al conocimiento. La mística es una evasión fuera del conocimiento, el escepticismo un conocimiento sin esperanza. Dos maneras de decir que el mundo no es una solución.

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  En adelante, nuestro sufrimiento no podrá ser más que vano o satánico. Un poema de Baudelaire nos resulta más cercano que los excesos sublimes de los santos. Abandonándonos a la ebriedad de la desolación, ¿cómo podríamos interesarnos por la escala de las perfecciones a la que se llega mediante el ascetismo? El hombre moderno se halla en los antípodas de los santos, pero no a causa de su frivolidad, sino de su desvergüenza trágica y de su sed de decepciones eternamente renovadas. Ser incapaz de resistirse a sí mismo: a eso conduce la ausencia de educación en la elección de nuestras tristezas. Si Dios puede revelarse a nosotros a través de sensaciones, tanto mejor: evitaremos así la disciplina inhumana de la revelación. Los santos son irremediablemente inactuales y, si alguien se interesa aún por ellos, es únicamente por desprecio del devenir.

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  De los filósofos, sólo nos intrigan aquellos que, exasperados por los sistemas, se pusieron a buscar la felicidad. Así nacen las filosofías crepusculares, más consoladoras que las religiones, pues nos liberan de todas las prohibiciones. Una dulce lasitud emana de ellas; parecen un edén de incertidumbres, más que necesarias tras la frecuentación insalubre de los santos.

  El escepticismo es la estupefacción ante el vacío de los problemas y de las cosas. Sólo los antiguos han sido verdaderos escépticos. Sus dudas, impregnadas de una indulgencia otoñal y de una felicidad desengañada, tenían estilo, como todas las cosas delicadas en su ocaso.

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  El único mérito de los filósofos es haberse ruborizado, de vez en cuando, de ser hombres. Platón y Nietzsche son una excepción: su vergüenza no cesó jamás. El primero intentó arrancarnos del mundo, el segundo hacernos salir de nosotros mismos. Ambos podrían dar una lección a los santos. El honor de la filosofía queda así salvado.

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  Si Dios creó el mundo, fue por temor de la soledad; ésa es la única explicación de la Creación. Nuestra razón de ser, la de sus criaturas, consiste únicamente en distraer al Creador. Pobres bufones, olvidamos que vivimos dramas para divertir a un espectador cuyos aplausos todavía nadie ha oído sobre la tierra… Y si Dios ha inventado a los santos —como pretexto de diálogo— ha sido para aliviar aún más el peso de su aislamiento.

  Por lo que a mí respecta, mi dignidad exige que Le oponga otras soledades, sin las cuales yo sólo sería un payaso más.

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  Hay seres de los que El no puede ocuparse sin perder su inocencia.

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  Nuestra dicha estriba en haber descubierto el infierno en nosotros mismos. ¿Adónde nos hubiera llevado su representación exterior? Dos mil años de terror nos hubieran conducido al callejón sin salida o al suicidio. Cuando se lee la descripción del Juicio Final que hace Santa Hildegaard, se aborrecen todos los paraísos y todos los infiernos y se congratula uno de su transposición subjetiva. Lo que nos salva es la psicología, esa prueba de nuestra frivolidad. Para nosotros el mundo no es sino un accidente, un error, un desliz del yo.

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  La mejor prueba de que la música no es de esencia humana es que nunca sugiere la representación del infierno. Ni siquiera las marchas fúnebres lo logran. El infierno es presente, actualidad; lo cual significa que conservamos solamente la memoria del paraíso. Si hubiéramos conocido el infierno en nuestro pasado inmemorial, ¿no estaríamos suspirando a causa del recuerdo del infierno perdido?

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  Comenzamos a saber lo que es la soledad cuando oímos el silencio de las cosas. Comprendemos entonces el secreto sepultado en la piedra y despertado en la planta, el ritmo oculto o visible de la madas. Cada objeto posee su lenguaje propio que desciframos gracias a silencios inigualables.

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  Cada vez que el tiempo es abolido y que la conciencia se agota en la percepción del espacio, somos víctimas de una disposición eleática. Entonces, en esa petrificación universal, los recuerdos se anulan en un instante infinito. Hasta tal punto el espacio nos posee, que miramos el mundo y todo para nosotros no es más que espera inútil y sin fin. Aspiramos entonces a otras petrificaciones, pues las tentaciones del espacio despiertan trémulos deseos de torpor.

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  Dios se instala en los vacíos del alma. Se le van los ojos tras los desiertos interiores, pues al igual que la enfermedad, se arrellana en los puntos de menor resistencia.

  Una criatura armoniosa no puede creer en El. Fueron los enfermos y los pobres quienes le dieron a conocer, para uso de atormentados y desesperados.

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  Hay momentos en que, sintiendo bullir en mí un odio asesino por todos los «agentes» del otro mundo, les infligiría suplicios inauditos. ¿Qué convicción es esta que me dice que si viviera entre los santos me armaría de un puñal? ¿Por qué no confesar que una masacre de ángeles me colmaría? A todos esos fanáticos de la deserción les colgaría de la lengua y les dejaría caer sobre un lecho de lis. ¿Es posible que no tengamos la prudencia elemental de cortar inmediatamente de raíz toda vocación sobrenatural?

  ¿Cómo no detestar a toda esa ralea del paraíso que provoca y alimenta esta sed mórbida de sombras y de luces procedentes de otro lugar, de consolaciones y tentaciones transcendentales?

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  Las lágrimas son el criterio de la verdad en el mundo de los sentimientos. Las lágrimas y no los llantos. Existe una disposición para las lágrimas que se expresa mediante una avalancha interior. Hay iniciados en materia de lágrimas que nunca han llorado realmente.

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  Quien no ha frecuentado nunca a los poetas ignora lo que es la irresponsabilidad y el desorden del espíritu. Cuando se les trata, se experimenta el sentimiento de que todo está permitido. No teniendo que dar cuentas de nada a nadie (salvo a sí mismos), no van —ni desean ir— a ninguna parte. Comprenderlos es una gran maldición, pues nos enseñan a no tener ya nada que perder.

  Los santos, dirigiéndose a alguien, en su caso a Dios, limitan fatalmente su genio poético. Lo indefinido de la poesía son precisamente los estremecimientos sagrados sin Dios. Si los santos hubieran sabido lo que su lirismo perdía con la intrusión de la Divinidad, habrían renunciado a la santidad y se habrían convertido en poetas. La santidad no conoce más que la libertad en Dios. Pero los mortales sólo se dejan poseer por el desenfreno poético.

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  Si la verdad no fuera tan aburrida, la ciencia habría eliminado rápidamente a Dios. Pero al igual que los santos, Dios es una ocasión de escapar a la abrumadora trivialidad de lo verdadero.

Lo que me interesa en la santidad, quizá sea el delirio de grandeza que esconde detrás de sus delicadezas, los apetitos inmensos disfrazados de humildad, la insatisfacción que oculta su caridad. Pues los santos han sabido explotar sus debilidades con una ciencia propiamente sobrenatural. Sin embargo, su megalomanía es indefinible, extraña, turbadora. ¿De dónde proviene, a pesar de todo, nuestra compasión inconfesable por ellos? Creer en ellos apenas es ya posible. Admiramos sus ilusiones, simplemente. De ahí esa compasión…

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  ¿No habría aún suficiente sufrimiento en este mundo? Se diría que no, a juzgar por la complacencia de los santos, expertos en el arte de la auto-flagelación. No existe santidad sin voluptuosidad del sufrimiento y sin un refinamiento sospechoso. La santidad es una perversión inigualable, un vicio del cielo.

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  Esta plenitud de lo efímero… Es imperdonable que los santos no hayan derramado una sola lágrima en señal de reconocimiento hacia las cosas perecederas.

  Cuando me domina una intensa pasión por la tierra, por todo lo que nace y muere, cuando lo frágil me fascina, me disimulo a mí mismo mi odio a Dios, y si soy indulgente con El es a causa de un inmemorial reflejo de cobardía.

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  Sin ese presentimiento de la noche que es Dios, la vida sería un crepúsculo cautivador.

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  Cada vez que pienso en esas ásperas soledades en las que se perfilan monasterios sobre un fondo gris, intento comprender los momentos sombríos de la piedad, el aburrimiento a la sombra del velo. La pasión de la soledad que engendra «el absoluto monacal», esa sed devoradora de Dios, crece con la desolación del ambiente. Veo miradas romperse a lo largo de las paredes, corazones a los que nada tienta, tristezas privadas de música. La desesperación nacida entre un desierto y un cielo igualmente implacables ha conducido a la exacerbación de la santidad. La «aridez de la conciencia» de la que se quejan los santos es el equivalente psíquico del desierto exterior. Todo es nada: ésa es la revelación inicial de los conventos. Así comienza la mística. Entre la nada y Dios no hay ni siquiera un paso, pues Dios es la expresión positiva de la nada.

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  Quien no haya presentido lo que significa el enrarecimiento del aire en un convento y la evacuación del tiempo en una celda, intentará en vano comprender la llamada de la soledad, el gusto por la desesperación. Pienso especialmente en los conventos españoles, en los que tantos reyes y santos alojaron su melancolía y su locura. El mérito de España ha consistido no sólo en haber cultivado lo excesivo y lo insensato, sino también en haber demostrado que el vértigo es el clima normal del hombre. ¿Hay algo más natural que la presencia de los místicos en ese pueblo que ha suprimido la distancia entre el cielo y la tierra?

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  Debemos pensar en Dios noche y día para desgastarlo, para «trivializarlo». Sólo lo lograremos provocándole sin cesar, hasta que nos hartemos de El y llegue a sernos indiferente. La insistencia con la que se instala en nuestro espacio interior acaba resultándole fatal.
La novedad del cristianismo: lo siniestro ha vencido a lo sublime en esta religión de crepúsculos incendiarios.

  Otras religiones han concebido la felicidad de una lenta extinción; el cristianismo ha hecho de la muerte una semilla. ¿Qué remedio imaginar contra esa muerte germinativa, contra la vida de esa muerte?

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  La perfección sin fallos de un San Francisco de Asís lo convierte en un extranjero para mí. No le encuentro ningún punto débil que me permita acercarme a él y comprenderlo. Su perfección es difícilmente perdonable. Creo sin embargo haberle encontrado una excusa. Cuando al final de su vida se quedó casi ciego, los médicos imputaron su mal a una sola causa: el exceso de lágrimas.

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  La santidad es la superación del estado de criatura. El deseo de ser en Dios no concuerda con la existencia al lado o debajo de El que define nuestra caída.

  …Y si yo no puedo vivir, al menos quisiera morir en Dios. O si no, combinar las dos cosas: enterrarme vivo en El.

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  Cuando se agota en nosotros un motivo musical, el vacío que se instaura en su lugar es ilimitado. Nada más propio para revelarnos la divinidad en las fronteras de la expansión sonora que la multiplicación interior —mediante el recuerdo— de una fuga de Bach. Cuando evocamos un motivo y su fiebre ascensional, acabamos precipitándonos directamente en lo divino. La música es la emanación final del universo, como Dios es la emanación última de la música.

  *

  Soy como un mar que retira sus aguas para hacer sitio a Dios. El imperialismo divino supone el reflujo del hombre.

  Abrumado por la soledad de la materia, El ha llorado los océanos y los mares. De ahí la llamada misteriosa de las inmensidades marinas y la tentación de una inmersión definitiva, como rodeo hacia El…

  Aquel cuya emoción en las inmediaciones de los cielos y de los mares no haya rozado las lágrimas, no ha frecuentado los turbios parajes de la divinidad, en los que la soledad es tal que atrae a otras mayores aún.

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  Sin Dios todo es noche y con El hasta la luz se vuelve inútil.

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  Desprecio al cristiano porque es capaz de amar a sus semejantes de cerca. Para volver a descubrir al hombre yo necesitaría el Sahara





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