sábado, 18 de marzo de 2017

Diógenes de Sinope Anécdotas, dichos y comentarios III



(11) Clamando en una ocasión diciendo: «¡Hombres, hombres!» Como concurrieran varios, los ahuyentaba con el báculo diciendo: «¡Hombres he llamado, no heces!»

  He aquí otra historia en que la parresia (la rudeza verbal) y la anáideia (la rudeza práctica) van juntas. Ni indirectas ni eufemismos: ¡Heces!, en su cara, ¡heces!; y por si no bastara, ¡palos con ellos!

  Platón dirá, seguramente, que éste es el Diógenes típico, buscando hacerse notar con paradojas. Pero también nos produce la impresión de un sabio en un extremo de desesperación. Por vez milésima verifica que el mundo decae, que ya no hay hombres.

  Y otra vez las cosas al revés. Diógenes habita en las afueras, en despoblado, escarbando en basurales. No hay un hombre en toda Atenas aunque se busque en pleno día y con un farol. Diógenes, el perro, al que dan de golpes y puntapiés, llama heces a los hombres. ¿No es como diría Jeníades «correr los ríos hacia arriba»? Por esta interpretación (y por tantas otras en que se manifiesta la «inversión cínica») prefiero leer ese otro pasaje —cuando preguntándole Jeníades cómo lo enterraría, le respondió «Boca abajo»— no como lo comenta Laercio, sino como si Diógenes significara: «Como el mundo está patas arriba, entiérrame al revés para verlo patas abajo desde mi tumba».

  Mientras repaso estos comentarios, viajo a Grecia. Hago un poco de turista, de curioso y pobre diablo. No encuentro un griego que me impresione. Me roban los choferes en el cobro, los vendedores me pesan por menos, los cambistas me miran con sospecha. Pregunto a un taxista por la tarifa y la triplica a vista de ojos. Ni en el menor de los detalles asoma algún dejo de consideración, de simpatía. Me pongo a recordar mis viajes a Grecia buscando algún contacto en que destaque lo espiritual. Parece que he tenido mala suerte. Pero, ¿qué sé yo de griegos? Salvo los «griegos paradigmas», los nombres reverenciados en las letras, las artes, la ciencia, la política, ¿qué sé yo de estos griegos de hoy? Me resultan tan vulgares, tan mezquinos y hasta dudo a veces que desciendan de esa raza tan extraordinaria. Si no fuera por las estatuas que veo en los museos y los rostros con que las comparo en las calles dudaría mucho de un parentesco tan encumbrado. De paso, estas líneas las escribo en Delfos. Siento acidez en el estómago debido a la porquería de almuerzo rancio que me sirvieron por un dineral. He pagado caro también por que me dejen ver tanta gloria. A los griegos no les cobran por entrar, a mi sí. ¡Heces!

  Como se ve, me viene la parresia a mí también. ¡Bah, qué tanto! Se dice que los atenienses amaban la parresia, la libertad en el decir, como se traduce también, y se enorgullecían de practicarla. Diógenes decía que era el don más precioso que nos puede tocar. ¡Qué cierto y qué pena de cultura la mía que no da lugar a la parresia como no sea en los estadios o en los prostíbulos y bares!

  La anécdota que comento aquí es todo un ejemplo de la parresia de Diógenes: pero ninguna es para mí tan ejemplar como ésta: que uno a quien le pidió, le dijo: «Bien, podría ser, pero primero persuádeme». A lo que el can respondió: «Si yo pudiera persuadirte de algo, te persuadiría de que te ahogaras». (Otros traducen «ahorcaras»; pero, ¿qué importa si igual se ahoga?) ¿Se imaginan? ¿Se hacen una representación? A nadie le faltarán anécdotas en su vida. Yo recuerdo algunos compañeros de escuela de familias pudientes. Tenían para dar, pero no daban sin hacer exigencias, sin humillar incluso. Sus madres habían puesto un delicioso cocaví en el bolsón. Sándwiches, frutas confitadas, huevos duros. Sobraba para ellos pero comían sin mirar, casi huraños. ¡No iban a convidarle a cualquiera! A veces lo hacían pero cobrando en ridículo y humillación, en halago y cosquilleo. «Canta, primero»; «Cuéntame un chiste, primero»; «Date una vuelta en el aire, primero». He visto monos que pagan así por el maní en el jardín zoológico. Cuántas incontables veces pagamos nosotros así! ¡Cuánta sonrisa, cuánto gesto de simpatía falsa que vamos viendo al caminar por la acera no es más que un cobro de esta especie! Con referencias así de varias y abundantes, ¿no es más que fácil entender esta historia? Estoy viendo cómo brillan agudos los ojos de Diógenes que no dejan entretelas sin penetrar. «¿A ti, persuadirte a ti? ¡Si fuera posible! Si lo fuera, tú y todos los de tu ralea colgarían de horcas». Esta anécdota sirve como un espejo (el espejo de Diógenes): no cuesta vernos en nuestra vida de adulación y humillación con ella. ¡Cómo no va a venirnos bien la parresia de Diógenes si barre con todo el maquillaje de nuestras caras!


(12) También cuentan haber dicho Alejandro que «si no fuera Alejandro querría ser Diógenes».

  Suena como un gran elogio viniendo de un hombre tan grande. De paso, medio mundo hace empleo de un supuesto así: que todas las cosas que provienen de los hombres grandes son grandes. Si un hombre grande suelta un gas, bienaventurados los que no se encuentran en los alrededores. Pero, en fin, no es dicho de Diógenes. Lo consigno en mis comentarios por dos razones. O por tres.

  Primero, como seña de que a las muchedumbres siempre interesó esta oposición: Alejandro versus Diógenes. Por lo demás, dicen algunos que es por satisfacer una inclinación así que se inventaron las anécdotas que oponen a Diógenes con Alejandro, Filipo, Demóstenes, Platón.

  En la escala del poder, decir «Diógenes y Alejandro» es como decir «El cero y el infinito». Pero, el elogio de Alejandro alienta una idea atrevida: Sobre si no se apunta también aquí hacia una inversión formidable de modo que decir «Diógenes y Alejandro» no sea como decir «El cero y el infinito» sino «El infinito y el cero». ¡Cómo desprecia Diógenes a Alejandro! («¡Déjame el sol!» le dice) ¡Cómo ensalza Alejandro a Diógenes! («Me gustaría ser Diógenes», dice. Claro, siempre que no fuera Alejandro). Esta oposición entre el poder entero y la exposición absoluta no es más que una variación de la «inversión cínica» que igual está en la reversión de los hombres y las heces, Atenas y sus afueras, la vanidad de Platón y la humildad de Diógenes.

  También con esta clave cínica, este hábito de invertir que Diógenes me inspira, trato de concebir un dictum de Diógenes que no tenemos y que tendría que producirse en el mismo lugar y hora de éste de Alejandro y en que Diógenes diría: «Si no fuera Diógenes, quisiera ser…»

  ¿Quién, a ver, quién?
13) Llamábase a sí mismo «perro»; pero decía que era «de los famosos y alabados no obstante que ninguno de los que lo alababan saldría con él de caza».

  Supongo que esto vale por todas partes respecto de los hombres que ladran y muerden como Diógenes. Las alabanzas que reciben, eso sí, suelen presentarse en la forma de una «secreta envidia» («Hombre, aquí en mi interior, no sabes cuánto y cómo envidio tu franqueza»). Se la confiesa, esta envidia, al envidiado, sotto voce y mirando a todos lados, no sea que se den cuenta los demás. Pero, hay que andar alerta mientras nos desahogamos de la «secreta envidia» confesándola, no sea que Diógenes nos escupa en la cara arguyendo que no había otro escupitorio a la vista.

  Este dictum se me ocurre primero que nada aplicarlo a las alabanzas de Alejandro («Si no fuera Alejandro querría ser Diógenes»), porque hasta del tirano absoluto vale decir que no iría de caza con Diógenes. ¿Y cómo iba a ir siendo que él sería la presa mayor?

  La «secreta envidia de Diógenes» puede indagarse en detalle y extensión recurriendo a la «parresia secreta». No sé si la nombro bien: me refiero al trato duro que damos en nuestro fuero interno a quienes bien lo merecen, sólo que no nos atrevemos a hacerlo de verdad. En vena de encontrar modos de la «parresia secreta», supongo que hay «parresia subconsciente», «parresia sublimada», «parresia onírica». También, «parresia bravucona» («¡Yo le voy a cantar sus cuatro claras!»), «parresia fantástica» («Le dije que es un embustero y un canalla»). Lo propio de la «parresia secreta» es que no es más que ficción de parresia. He aquí, pues, un ejército de alabadores potenciales de Diógenes: los adictos a la «parresia secreta».

  Este dictum de Diógenes, el can alabado por muchos pero seguido por pocos, se extiende muy bien a su posteridad y celebridad. Hasta se siente como una profecía: «Alabaréis mis hechos y mis dichos, ¡vaya que sí! Serán toda una sección de vuestro arsenal de artimañas verbales; como si fuerais de caza conmigo cuando es tan evidente que ni lo queréis ni lo podéis hacer».

  Diógenes es perro mostrenco. Va de caza solo, siempre solo.

) A unos que le dijeron: «Viejo eres, aminora el trabajo» les respondió: «¡Vamos! Pues si yo corriera un largo espacio y estuviera cerca de la meta, ¿no debería acelerar el paso en vez de remitirlo?»

  Carezco de autoridad para entrar en la cuestión de la autenticidad o inautenticidad de las anécdotas y dicta de Diógenes. Si me diera ánimo para una empresa así, parece, por lo que leo, que no sería capaz de establecer la autenticidad o inautenticidad de una sílaba. Hay notable coherencia en muchas anécdotas, lo que no deja de valer como criterio para evaluarlas siquiera en el cielo de la posibilidad. Entretiene también investigar cuántos Diógenes resultan de tantas historias como se cuentan, en cuántas fuentes podemos encontrar los orígenes del cinismo (en Homero, en Pitágoras, Hesíodo, Buda). Hay quienes dan fechas al cinismo muy posteriores a Diógenes; otros las dan muy anteriores. Se habla de la «Leyenda de Diógenes». Hay quienes reducen todo lo que se atribuye a Diógenes a pura transposición desde la India a Grecia. Nuestro hombre no sería más que un griego excéntrico al que sus sucesores han transformado en un gimnosofista, un brahmán, un hedonista, un estoico, un epicúreo. Hasta con los cristianos primitivos lo asocian, con los anarquistas modernos. No faltan quienes hablan del cinismo como la filosofía del proletario del mundo antiguo. Más de uno considera a los cínicos como los hippies de los siglos helenísticos con su rechazo de la autoridad, la propiedad, el mundo industrial, la guerra, la explotación, el dinero y su búsqueda de la simplicidad, la naturaleza, la fraternidad, el amor libre, la comunidad primitiva. También son considerados descendientes del cinismo los juliganes melenudos, furibundos, sucios y disidentes que le nacen a manos llenas a los estados policíaco-socialistas de la Europa Oriental. Sin decir nada de la secuela que ha dejado la historia en eremitas, anacoretas, albigenses, franciscanos, anabaptistas, ludditas, tolstoyanos, trotskistas. En fin, que de Diógenes y el cinismo crece y seguirá creciendo un mosaico de comentarios nada desmerecedor del mosaico de su anecdotario. Sólo echo de menos que alguien demuestre la no existencia de Diógenes. Acaso está probada ya, sólo que no ha llegado a mi conocimiento. La no existencia del cinismo más de una vez se argumentó, pero muy mal porque para lograr una cosa tan extraordinaria, la no existencia del cinismo, hay que terminar reconociendo que el cinismo existió siempre. Sobre la persona de Diógenes no he oído todavía que alguien la traiga de India con túnica, cayado y zurrón a punto. Pero falta poco para que lo hagan. Por otro lado, hay quienes sugieren que Diógenes no fue más que «un pobre diablo anónimo» al que le cayó en suerte estar echado al sol muerto de frío en un parque de Corinto en los momentos en que pasó por allí nada menos que Alejandro con su comitiva, quien, viendo la oportunidad de hacer un show de humildad y humanidad con un miserable tan caído del cielo, se acercó solícito a preguntarle si quería algo —«pídeme lo que quieras»— a lo cual el vagabundo medio dormido todavía, pestañando, tiritando le dijo que se hiciera a un lado, que le quitaba el sol, ocurrencia que pasó allí mismo de obviedad a chiste, pero un poco más allá de chiste a sentencia, de sentencia a ingeniosa y profunda denuncia, ejemplar autoafirmación, encumbrada moral, todo esto mientras iba de bocas a oídos por toda Corinto, por toda Atenas, por toda Grecia. Y eso fue todo. Si no se agrega que por aquel entonces había en Atenas un Diógenes escritor y otros dos Diógenes que eran personajes de la literatura de Menipo y Eubulo, de manera que estos tres o cuatro Diógenes no demoraron en fundirse en uno, sin contar todos los Diógenes que se fueron fundiendo después en la más colosal de las fundiciones.

  Hay sentencias que Laercio pone en labios de Diógenes que uno (sin más referencia) se resiste a aceptar como genuinas: no calzan con la imagen que surge a poco de empezar la lectura. Por ejemplo, aquéllas en que se comienza con la frase «¿No tienes vergüenza?» siendo que justamente la vergüenza es lo primero que Diógenes desprecia. O esa en que se queja de su miseria siendo que de su miseria hizo profesión. O aquella en que demuestra que todas las cosas pertenecen a los sabios siendo que considera que el sabio no posee nada. A veces, parece Diógenes un Jesús en el Templo limpiándolo de inmundicias; otras, un sátiro exponiendo las supersticiones de la beatería.

  Digo lo anterior porque esta anécdota no responde a la imagen que me hago de Diógenes quien, según dice el mismo Laercio, «tenía maravillosas dotes de persuasión» y «fácilmente vencía a quien quisiera argumentando». En el texto hay una analogía entre la vida y una carrera. ¿Se aplica bien la metáfora de la carrera? Dice Quevedo: «Miré los muros de la patria mía, si un tiempo fuertes ya desmoronados, de la carrera de la edad cansados». ¡Así está bien! Jorge Manrique habla del fin de la vida también con metáforas: «Todo se torna graveza cuando llega el arrabal de senectud». Decimos «el ocaso de la vida», «el invierno de la vida». Bión, que está entre los discípulos de Diógenes, llama a la vejez «puerto de todos los males». ¡Así está bien, y cuánto! También compara este maestro del símil, la vida con la escena, con la fiesta, con la navegación; y dice de la vejez que es una casa en ruinas. Para Diógenes, por el contrario, la vida es una carrera muy peculiar, muy de hipódromo. He aquí pues otra analogía inapropiada. ¿No sabe hacerlas Diógenes tan bien como Sócrates o no es él quien las hace?

  Lo que me lleva a otro argumento que se le atribuye: «Si desayunar no es absurdo, entonces, no lo es desayunar en el mercado; pero, desayunar no es absurdo; luego no es absurdo desayunar en el mercado». Dudley para quien, según se dijo, las anécdotas de Diógenes son «más bien una antología del humor griego que una discusión de la filosofía» se detiene mucho en esta anécdota para mostrar que, siendo «una muestra típica de razonamiento erístico», tal es la manera de Diógenes que «empleaba estos sofismas si le acomodaban». Porque sofisma es: y se muestra sin más complicaciones imitando a Diógenes y diciendo: «Si desayunar no es absurdo, entonces no es absurdo desayunar sin abrir la boca»; lo que enojaría mucho a Diógenes. Y de lo cual, en vez de poner a Diógenes en ridículo, prefiero sacar la conclusión de que un hombre como él no pudo decir algo así.

  Todavía sobre analogías (abundan en los dichos de Diógenes) este texto: «(admirábase) de los músicos que, acordando las cuerdas de su lira, tienen desacordadas las del ánimo». Sabe a atropello de las palabras (con frecuencia se abusa de las palabras haciendo analogías). Acordar las cuerdas es arte del músico; pero «acordar las cuerdas del ánimo» es frase metafórica. ¿Por qué una metáfora así tendría que ser adecuada al músico? Supongo que para Diógenes hay una identidad profunda entre estas dos expresiones («las cuerdas de la lira» y «las cuerdas del ánimo») y que aunque una sea metáfora a partir de la otra, lo es con suficiente propiedad. El músico tendría que tener también un carácter «musical», su sentido de la armonía acústica tendría que extenderse a un sentido de la armonía del alma. ¿Cómo, pues, no es así?

  Hay una teoría de la educación en Diógenes que se presenta como esas cajas de los prestidigitadores para sacar alegremente y a granel variadas analogías,

  Decía que la ejercitación es mental o corporal; que la segunda es la que, mediante ejercitación constante, permite formar percepciones que aseguran la libertad de movimiento y las acciones virtuosas; una parte del entrenamiento es incompleta sin la otra; la salud y la fuerza están igualmente incluidas en el cuerpo y en el alma. Y aducía evidencia indisputable para mostrar con cuanta facilidad se va del ejercicio gimnástico a la virtud. Pues en las artes manuales y otras se puede ver que el artesano desarrolla extraordinaria habilidad gracias a la práctica. O tómese el caso de los flautistas o atletas; cómo sobresalen en destreza por la dedicación incesante; y cuán efectiva sería su labor si transfirieran sus esfuerzos al ejercicio de la mente.

  El alma pues es una metáfora del cuerpo; pero una metáfora tan adecuada como para hacer confiadamente analogías; tan confiadamente que Diógenes se asombra de que muchas (demasiadas) veces no funcionen. No se admira del supuesto que hace sobre el alma y el cuerpo, sino de que las cosas no respeten debidamente ese supuesto: admirábase de los gramáticos que «escudriñan los trabajos de Ulises e ignoran los propios». También de los músicos que «acordando las cuerdas de la lira tienen desacordadas las del ánimo». De los matemáticos «porque mirando el sol y la luna no ven las cosas a sus pies».

  Otrosí: «Aminora el trabajo». ¿En qué quedamos? ¿Trabaja, pues, Diógenes? Cierto, el Diógenes discípulo de Antístenes tendría que trabajar: «el trabajo es bueno», dice Antístenes. ¿Hay pues también en esto dos Diógenes, uno que vive de lo que le dan y otro que tiene a Hércules como modelo?
15) Decía que «muchos sólo distan un dedo de enloquecer, pues quien lleva el dedo del medio extendido parece loco; pero no, si es el índice».

  En la Grecia de Diógenes, expresaba una grosería extender el dedo largo. Quien lo llevara así yendo entre el público sería como uno que fuera mascullando obscenidades por el Paseo Ahumada. Un desequilibrado. ¿Hay aquí nada más que una broma chusca, un «juego de dedos»? El que adelanta el índice —digamos Demóstenes en una de sus invectivas famosas contra Filipo de Macedonia— está a un dedo de enloquecer: basta que se equivoque y extienda el dedo que sigue.

  En perspectiva más amplia el «índice de Diógenes» apunta a una crítica del lenguaje de los gestos, los símbolos, las convenciones. Es todo, aquí, tan ostensiblemente arbitrario. El índice va en tal dirección; basta que gire un grado y ya es otra persona la indicada. El militar extiende rígidos y juntos los dedos de la diestra y los lleva a la visera para saludar. En vez, ¿no podría meterse la punta del índice por el orificio derecho de la nariz? El obispo, dibuja con los dos dedos largos extendidos una cruz en el aire para bendecir a las multitudes. En vez, ¿no podría hacer como que tiene una berenjena en la diestra con ademanes de ofrecerla a su público? Los políticos suelen levantar los brazos ante las muchedumbres para responder a su entusiasmo. En vez, ¿no podrían bajarlos y cruzar las palmas sobre sus partes pudendas? ¿Qué hay de intrínsecamente imposible en algo así? Pero, ¡cómo nos parece el absurdo mismo! (sin contar la cólera que la sola idea suscita). En estos casos (y en cientos que no cuesta imaginar una vez que «el índice de Diógenes» nos ha indicado la ruta) se dirá que hay escasa distancia entre la sensatez y la locura. Lo que vale igual para las ceremonias, los ritos, las vestimentas, los adornos, las comidas y, en general, las convenciones y costumbres todas dentro de cada cultura. Mucho más instructivo que decir inocuas y pretenciosas generalidades como «los cínicos despreciaban las convenciones» o «los cínicos afirmaban la physis y repudiaban el nomos» resulta girar tantas veces como se pueda «el índice de Diógenes». Cuánta estupidez ataviada de gravedad se revela sin más habilidad que la del índice. «La nariz de Cleopatra, si hubiera sido más corta, la faz del mundo no sería la misma». En su famosa reflexión, Pascal está implicando el mismo principio: dentro de una cultura, la distancia entre la belleza y la fealdad se reduce a unos milímetros de nariz.

  El crítico social se puede caracterizar como uno que tiene su vocación «entre los dedos», que va y vuelve del uno al otro como Pedro por su casa. También los cómicos y caricaturistas saben llevar esta «regla del índice» a todos los rincones. Es su vocación ver, infaliblemente y en mil detalles, «el otro dedo», el que transforma la gravedad en ridiculez.

  También, «el índice de Diógenes» apunta hacia la anáideia (la conducta descarada). Es común tomar la anáideia de Diógenes como desvergüenza (comía y se masturbaba en público, trataba de comer restos de carne cruda, defecaba a la vista de todos y mil desvergüenzas más). Pero, si «el índice de Diógenes» denuncia la arbitrariedad de las convenciones, ¿cómo no tornar activa esa denuncia? Pero, quien se comporta trastrocando las convenciones es la persona misma de la desvergüenza.

  ¡Cómo reiría Diógenes para sus adentros del escándalo que hace la gente con una simple tautología!


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