domingo, 19 de marzo de 2017

Bertrans Russell Religión y ciencia Capitulo VI El determinismo

Con el progreso del conocimiento, la historia sagrada que relata la Biblia y la complicada teología de la Iglesia antigua y medieval, han perdido la importancia que antes tenían en las mentes de los hombres y mujeres aun más religiosos. La crítica de la Biblia, junto con la ciencia, ha hecho difícil creer que cada palabra de ella verá verdadera; todos saben, por ejemplo, que el Génesis contiene dos relaciones de la creación, diferentes y contradictorias, expuestas por distintos autores. Se dice ahora que tales hechos no tienen importancia. Pero hay tres doctrinas centrales: Dios, la inmortalidad y la libertad, que se ha querido que constituyan la parte más Importante del cristianismo, tanto más cuanto que no tienen relación con los hechos históricos. Estas doctrinas pertenecen a lo que se llama, religión «natural»; en la opinión de Tomás de Aquino y muchos filósofos modernos, puede probarse que son verdaderas, sin ayuda de la revelación, Únicamente por razones humanas. Por esto es Importante averiguar lo que la ciencia tiene que decir respecto a estas tres doctrinas. Mi propia creencia es que ella no puede probarlas ni rechazarlas actualmente, y que fuera de la ciencia no hay aún otro método para probar ni rechazar nada. Pienso, sin embargo, que hay argumentos científicos que descansan en su probabilidad. Esto es especialmente verdadero considerando la libertad y su opuesto, el determinismo, que trataremos en el presente capítulo.

  Algo se ha dicho ya sobre la historia del determinismo y de la voluntad libre. Hemos visto que el determinismo encuentra su aliado más poderoso en la física, la que parece haber descubierto leyes reguladoras de todos los movimientos de la materia haciéndolos teóricamente predecibles. Es bastante curioso el hecho de que actualmente el argumento más poderoso en contra del determinismo se deriva también de la física. Pero antes de considerarlo, tratemos de definir el término lo más claramente que podamos.

  El determinismo tiene un doble carácter: por una parte es una máxima práctica para guía de los investigadores científicos; y por otra, es una doctrina general respecto a la naturaleza del universo. La máxima práctica puede adoptarse aunque la doctrina general sea errada o incierta. Empecemos con la máxima y procedamos después a la doctrina.

  La máxima aconseja a los hombres a buscar leyes causales, es decir, reglas que relacionen los acontecimientos de un momento con los de otro. En la vida cotidiana guiamos nuestra conducta por reglas de esta clase, pero ellas adquieren simplicidad a expensas de la precisión. Si presiono un interruptor, tendré luz a menos que esté quemado; si enciendo un fósforo dará llama, siempre que no se le quiebre la cabeza; si pido un número de teléfono, lo obtendré, si no me lo dan equivocado. Tales regias no sirven para la ciencia, que exige algo invariable. Su ideal fue fijado por la astronomía de Newton, donde, por medio de las leyes de gravitación, las posiciones futuras y pasadas de los planetas podían calcularse a través de periodos de vastedad indefinidas. La búsqueda de leyes que gobiernen fenómenos ha sido más difícil en cualquier terreno que en relación con las órbitas de los planetas, porque en cualquier terreno hay mayor complejidad de causas de diferentes clases y menor regularidad en la recurrencia periódica. No obstante, se han descubierto leyes causales en química, electromagnetismo, biología y aún en ciencias económicas. El descubrimiento de leyes causales es la esencia de la ciencia. Pero la máxima de que los hombres de ciencia busquen leyes causales es tan evidente como que los cosechadores de callampas deben buscar callampas.

  Las leyes causales en sí mismas, no envuelven necesariamente una determinación completa del futuro por el pasado. Es una ley causal que los hijos de blancos son también blancos, pero si fuera la única ley de herencia conocida, no estaríamos capacitados para predecir mucho sobre los hijos de blancos. El determinismo como doctrina general afirma que la determinación completa del futuro por el pasado es siempre posible, teóricamente, si sabemos bastante del pasado y de las leyes causales. El Investigador, observando algunos fenómenos, podría, de acuerdo con este principio, ser capaz encontrar circunstancias previas y leyes causales que, unidas, hacen el fenómeno inevitable. Y habiendo descubierto las leyes, deberla poder, cuando observara circunstancias similares, inferir que un fenómeno similar iba a ocurrir.

  Es difícil, si no imposible, exponer esta doctrina con precisión. Cuando tratamos de hacerlo, nos encontramos afirmando que esto o lo otro es teóricamente posible y nadie sabe lo que teóricamente significa. De nada sirve aseverar que «hay» leyes causales que determinan el futuro, a menos que agreguemos que podemos esperar encontrarías. Evidentemente que el futuro será lo que será, y en este sentido ya está determinado: un Dios omnipotente, tal como aquél en quien las ortodoxos creen, debe saber ahora el curso completo del futuro; hay, por esto, si existe un Dios omnipotente, un hecho manifiesto —llamado su presciencia— mediante el cual puede inferirse el futuro. Esto, sin embargo, descansa fuera de lo que puede ser científicamente probado. Si la doctrina del determinismo es demostrar por la evidencia cualquier cosa que puede ser probable o improbable, debe manifestarse en relación con nuestros poderes humanos. De otra manera correríamos el riesgo de compartir el destino de los demonios en el Paraíso Perdido quienes: «donde la razón se elevaría a la Presciencia, Voluntad y Destino, Destino fijo, Voluntad libre y Presciencia absoluta, y no encontraron fin vagando en ilusiones perdidas»[16].

  Si hemos de tener una doctrina que pueda ser probada, no es suficiente decir que el curso total de la naturaleza debe ser determinado por leyes causales. Puede que esto sea verdad y, sin embargo, inalcanzable, por ejemplo, si lo que está más distante tiene más efecto que lo que está más cerca, necesitaríamos entonces un conocimiento detallado de las estrellas más lejanas antes de poder predecir lo que va a suceder en la tierra: Si somos capaces de probar nuestra doctrina, debemos ser capaces también de establecerla en relación con una parte finita del universo, y las leyes deben ser lo suficientemente simples para que podamos calcularlas por su intermedio. No podemos conocer el universo entero y no podemos probar leyes que son tan complicadas como para requerir mayor penetración de la que esperamos poseer para la deducción de sus consecuencias. Los poderes de cálculo inherentes exceden a lo que es posible en el momento, pero no a lo que puede probablemente adquirirse antes de mucho. Este punto es relativamente evidente, pero hay más dificultad en establecer nuestros principios de manera que sean aplicables cuando nuestros datos están confinados a una parte finita del universo. Cosas externas pueden siempre interponerse y tener efectos Inesperados. A veces aparece una nueva estrella en el cielo, y esta aparición no puede ser predicha por los datos referentes al sistema solar. Y como nada viaja más rápidamente que la luz, no habría manera de que recibiéramos un mensaje rápido diciéndonos que iba a aparecer una nueva estrella.

  Podemos tratar de escapar de estas dificultades de la manera siguiente. Supongamos que sabemos todo lo que está sucediendo a principios de 1936 dentro de cierta esfera cuyo centro ocupamos. Presumiremos, por definición, que la esfera es tan grande que la luz toma precisamente un año en viajar de la circunferencia al centro. Luego, puesto que nada corre más ligero que la luz, cualquier cosa que suceda en el centro de la estera durante el año 1936, debe, si el determinismo es cierto, depender solamente de lo que estaba dentro de la esfera a principios del año, puesto que cosas más distantes tardarían más de un año en producir cualquier efecto en el centro. No podremos ser realmente capaces de tener todos nuestros datos supuestos hasta que el año termine, porque tomará el espacio de tiempo de la luz para llegamos desde la circunferencia; pero cuando el año termine, podremos investigar, retrospectivamente, por los datos que tenemos ahora junto con las leyes causales, todo lo sucedido en la tierra durante el año.

  Podemos, por tanto, establecer ahora la hipótesis del determinismo, aunque temo que el relato sea bastante complicado. La hipótesis es como sigue:

  Hay leyes causales descubribles, tales que, dados suficientes (pero no sobrehumanos) poderes de cálculo, un hombre que sabe todo lo que está sucediendo dentro de cierta esfera en cierto tiempo, puede predecir todo lo que sucederá en el centro de la esfera durante el tiempo que tarda la luz en viajar de la circunferencia al centro.

  Quiero que se entienda bien claro que yo no estoy asegurando que este principio sea verdadero; estoy, tan sólo, afirmando lo que significaría el determinismo si ha de haber alguna evidencia en su favor o en su contra. No sé si el principio es verdadero, y nadie tampoco lo sabe. Puede considerarse como un ideal que la ciencia se plantea, pero no, a menos que sea en un terreno a priori, como evidentemente cierto ni como evidentemente falso.
Tal vez, cuando lleguemos a examinar los argumentos que se han usado en favor y en contra del determinismo, encontraremos que lo que la gente ha imaginado era algo casi menos definido que el principio al cual hemos llegado.

  Por primera vez en la historia, el determinismo está empezando a ser combatido por los hombres de ciencia en terrenos científicos. La discusión ha venido a través del estudio del átomo por los nuevos métodos de la mecánica del quantum. El jefe del ataque ha sido Sir Arthur Eddington, y aunque algunos de los mejores físicos (Einstein, por ejemplo) no están de acuerdo con sus apreciaciones sobre la materia, su argumento es poderoso y debemos examinarlo hasta donde nos sea posible sin tecnicismos.

  De acuerdo con la mecánica del quantum, no puede saberse lo que un átomo hará en determinadas circunstancias; hay una serle definida de alternativas ante él, y elige a veces una y a veces otra. Sabemos en qué proporción de casos será hecha una primera elección, en qué proporción una segunda, o una tercera, etc. Pero no sabemos de ninguna ley que la determine en un caso individual. Estamos en la misma situación que el boletero de Paddington, que puede descubrir, si lo desea, qué proporción de los viajeros van a Birmingham y qué proporción a Exeter, etc., pero que no sabe nada de las razones individuales que los llevan a una elección en un caso, y a otra, en otro. La situación no es, sin embargo, completamente análoga, porque el boletero tiene momentos fuera de su profesión durante los cuales puede saber cosas respecto a los seres humanos que no se mencionan cuando están tomando boletos. El físico no tiene esa ventaja, porque en sus momentos fuera de la profesión no tiene oportunidad de observar átomos; cuando no está en su laboratorio, puede observar solamente lo que hacen grandes masas formadas por millones de átomos. Y en su laboratorio, los átomos son apenas más comunicativos que la gente que toma boletos de prisa casi en el momento en que va a partir el tren. Por tanto, su conocimiento sería Igual al del boletero si éste durmiera durante todas las horas en que no está trabajando.

  Hasta ahora parece que el argumento en contra del determinismo derivado de la actuación de los átomos se basa enteramente en nuestra ignorancia actual, y puede ser refutado mañana por el descubrimiento de una nueva ley. Esto es verdadero hasta cierto punto. Nuestro conocimiento detallado de los átomos es muy reciente, y hay muchas razones para suponer que aumentará. Nadie negará que pueden descubrirse leyes que muestren por qué un átomo elige una posibilidad en una ocasión y otra en otra. Actualmente, no sabemos de ninguna diferencia notable en los antecedentes de las dos elecciones distintas, pero puede que se encuentre algún día. SI no tuviésemos ninguna razón poderosa para creer en el determinismo, este argumento sería de gran peso.

  Desgraciadamente para los deterministas, hay un paso ulterior en la doctrina moderna del capricho atómico. Tenemos —o así lo creemos—, numerosas evidencias de la física ordinaria, tendientes a probar que los cuerpos se mueven siempre de acuerdo con leyes que determinan completamente lo que harán. Se diría ahora que todas estas leyes son simplemente estadísticas. El átomo elige entre las posibilidades de acuerdo con ciertas proporciones, y, ellas son tan numerosas que el resultado, cuando se trata de cuerpos lo suficientemente grandes como para que se les pueda observar por métodos antiguos, tiene una apariencia de completa regularidad. Supóngase que es Ud. un gigante que no puede ver a hombres individuales, y no puede advertir un grupo de menos de un millón de ellos. Sería capaz de anotar que Londres contiene más materia en el día que en la noche, pero no podría advertir el hecho de que, en un día dado, el señor Dixon estaba enfermo en cama y no tomó el tren de costumbre. Por esto, creer que el movimiento hacia dentro de Londres en la mañana y hacia fuera en la tarde, es más regular que éste, No dudaría en atribuirlo a cierta fuerza peculiar del sol, hipótesis que se confirmarla por la observación de que el movimiento se retarda en días de neblina. Si más tarde era capaz de observar hombres individuales, encontrarla que hay menos regularidad que la que Ud. había supuesto. Un día está enfermo el señor Dixon, y otro, el señor Simpson; el promedio estadístico no se afecta, y para la observación en gran escala no hay diferencia. Encontraría que toda la regularidad que había observado previamente, podía ser calculada por leyes estadísticas de grandes números, sin suponer que los señores Dixon y Simpson tuvieran otra razón que su capricho para no ir a Londres, ocasionalmente en la mañana. Ésta es exactamente la situación a que han llegado los físicos con respecto a los átomos. No se sabe de ninguna ley que determine completamente su conducta, y las leyes estadísticas descubiertas bastan para la observación regulada del movimiento de grandes masas; y como en este caso el determinismo, se ha quedado en ellas, parece haber fracasado.

  A este argumento el determinista puede tratar de responder en dos maneras diferentes. Pues de argüir que, en el pasado, los sucesos que al principio no parecen ser tema de ley, han mostrado, posteriormente, seguir algunas reglas, y que, donde esto no ha sucedido aún, les porque la materia de ley es demasiado complicada. Si, como muchos filósofos han pensado, había razones a priori para creer en el reino de la ley, seria éste un buen argumento. Pero si no hubiera tales razones, el argumento se expone a diatribas poderosas. La regularidad de los sucesos de gran escala resulta de las leyes de probabilidad, sin necesidad de presumirla en los hechos de átomos individuales. Lo que la teoría del quantum afirma considerando los átomos individuales es una ley de probabilidad: entre elecciones posibles para el átomo hay una probabilidad conocida de una de ellas y otra de otra, etc. De esta ley de probabilidad se puede inferir que las grandes masas se conducen casi seguramente como lo espera la mecánica tradicional. Por esto, la regularidad observada de las grandes masas es solamente probable y aproximada, y no suministra fundamentos inductivos para esperar una regularidad perfecta en los movimientos de los átomos individuales.

  Una segunda respuesta que los deterministas podían ensayar es más difícil, y todavía es apenas posible estimar su valor. Puede decir: Ud. admite que, si observa las elecciones de un gran número de átomos similares en circunstancias aparentemente iguales, hay regularidad en la frecuencia en que ellos hacen las varias transiciones posibles. El caso es similar al del nacimiento de hombre y mujer; no sabemos, en un caso dado, el sexo del que va a nacer, pero sabemos que en Gran Bretaña nacen alrededor de 21 varones por cada 20 mujeres. Luego hay regularidad en la proporción de los sexos en la población, aunque no necesariamente en una familia en particular. Ahora en el caso del nacimiento de hombres y mujeres, todos creen que hay causas que determinan el sexo en cada caso por separado, pensamos que las leyes estadísticas que dan la proporción de 21 a 21 deben ser la consecuencia de las leyes que se aplican a los casos individuales. Del mismo modo puede argumentarse que si hay regularidad en la estadística que se refieren a un crecido número de átomos, es porque hay leyes que determinan lo que cada uno separadamente debe hacer. Si no hubiese tales leyes el determinista puede argüir que tampoco las hay estadísticas.

  La dificultad que tal argumento origina no tiene relación especial con los átomos, y, considerándola, debemos rechazar de nuestras mentes todas las complicaciones de la mecánica del quantum. Tomemos la operación familiar de lanzar una moneda. Creemos de verdad que el girar de la moneda es regulado por las leyes de la mecánica y que, en sentido estricto, no es la «suerte» la que decide que la moneda caiga en cara o en sello Pero el cálculo es demasiado complicado para nosotros, por eso no saberlo que sucederá, en ningún caso dado. Se dice (aunque nunca he visto una evidencia experimental buena) que si se lanza una moneda una gran cantidad de veces, caerá en cara tan a mes nudo como en sello a Se dice, además, que esto no es seguro, sino en extremo probable. Puede que se tire diez veces una moneda y que las diez veces caiga en cara. No habría nada de sorprendente si esto ocurriera una vez en 1,024 repeticiones de diez tiradas. Pero cuando se llega a números mayores, la excepcionalidad de una serie continuada se hace también mucho mayor. Si se tira una moneda 1 000 000 000 de trillones de veces seria suerte obtener una serle de 100 caras. Esto es en teoría al menos, pero la vida es demasiado corta para probarlo empíricamente.

  Mucho antes de que se inventara la mecánica del quantum, ya las leyes estadísticas jugaban un papel Importante en la física. Por ejemplo, un gas consiste en un gran número de moléculas que se mueven dispersas en todas direcciones con velocidades diferentes. Cuando el promedio es rápido, el gas es caliente, cuando lento el gas es frío. Cuando todas las moléculas están inmóviles, la temperatura es cero absoluto. Debido al hecho de que las moléculas se están chocando constantemente unas con otras, aquellas que se están moviendo con más rapidez que el término medio descienden, y las más lentas ascienden. Es por esto que si dos gases de diferentes temperaturas se ponen en contacto, el más frío se calienta y el más caliente se enfría hasta que alcanzan ambos la misma temperatura. Pero todo eso es sólo probable. Puede suceder que en una pieza con una temperatura originalmente pareja, todas las partículas rápidas vayan a un lado y las lentas al otro; en tal caso, sin ninguna causa externa, uno de los lados de la pieza se enfriaría, calentándose el otro. Podría también suceder que todo el aire se fuese a un lado quedando el otro en el vacío. Esto es mucho más improbable que el que cayera la moneda 100 veces en cara, puesto que el número de moléculas es muy grande; pero no es, estrictamente hablando, imposible.

  Lo nuevo en la mecánica del quantum, no es la realización de leyes estadísticas, sino la sugerencia de que son últimas, en lugar de derivarse de leyes que gobiernan sucesos individuales. Ésta es una concepción muy difícil, más difícil creo, que lo que sus sostenedores imaginan. Se ha observado, que entre las diferentes cosas que un átomo puede hacer, las hace con cierta proporción en cada caso. Pero si un único átomo no se rige por ley, ¿por qué habría de haber regularidad en un gran número? Debe haber algo, supone uno, que hace que las transiciones raras dependan de una serie inacostumbrada de circunstancias. Tomaremos una analogía que es bastante aproximada. En una piscina se encuentran grados de profundidad que permiten al nadador sumergirse hasta la profundidad que desee. Si esta profundidad desciende a gran altura, será elegida sólo por excelentes nadadores. SI se compara una temporada de natación con otra, habrá un grado aproximado de regularidad en la proporción de los nadadores que escogen las diferentes alturas; y si hubiera un billón de nadadores, supondríamos que la regularidad seria mayor. Pero es difícil comprender por qué existe esta regularidad si los nadadores por separado no tienen motivos para su elección. Parecería como que algunos hombres deben elegir la profundidad para conservar la justa proporción pero éste ya no podría ser solamente mero capricho.

  La teoría de la probabilidad está en un estado muy insatisfactorio, tanto lógica como matemáticamente; y no creo que haya una alquimia por la cual se produzca regularidad en los grandes números formados de puro capricho en el caso individual. Si la moneda realmente eligiera por, capricho si ha de caer en cara o en sello, ¿tenemos razón para decir que elegiría una tan a menudo como el otro? ¿No podría el capricho conducirnos igualmente a idéntica elección? Ésta no es más que una sugerencia, puesto que el tema es demasiado obscuro para hacer afirmaciones dogmáticas. Pero si tiene algún valor, no podemos aceptar la apreciación de que, las verdades últimas en el mundo tienen que hacer con un gran número de casos, y no tendremos que suponer que las leyes estadísticas del comportamiento atómico son derivadas de leyes hasta aquí no descubiertas del comportamiento individual.

  Con el fin de llegar a conclusiones emocionalmente gratas de la libertad del átomo —presumiendo que sea éste un hecho— Eddington se obliga a hacer una suposición que, admite, no es actualmente nada más que una simple hipótesis. Desea salvaguardar la libre voluntad humana, la que, de tener alguna importancia, debe ser capaz de causar movimientos corporales de gran escala. Ahora las leyes de gran escala mecánicas, como hemos visto, no varían con nuevas teorías como la del átomo; la única diferencia es que establecen ahora probabilidades abrumadoras en lugar de seguridades. Es posible imaginar que estas probabilidades se frustren por alguna clase peculiar de inestabilidad, debido a la cual una fuerza muy pequeña puede producir un efecto muy grande. Eddington imagina que esta clase de inestabilidad puede existir en la materia viviente, y más particularmente en el cerebro. Un acto de volición puede conducir un átomo a esta elección más bien que a esta otra: lo que puede trastornar un equilibrio muy delicado y producir así un resultado de gran escala, como decir una cosa mejor que, otra. No puede negarse que esto es abstractamente posible, pero es lo más que se puede conceder. Hay también una posibilidad, y para mi mente la más probable: que se descubrirán nuevas leyes que abolirán la supuesta libertad del átomo. Y aun concediendo esta libertad, no hay evidencia empírica de que los movimientos de gran escala del cuerpo humano están exentos del proceso de tomar un término medio que hace aplicable la mecánica tradicional a los movimientos de otros cuerpos de tamaño apreciable. Por esto el ensayo de Eddington de reconciliar la libertad humana con la física, aunque interesante y no estrictamente refutable (en la actualidad) no me parece lo suficientemente plausible como para exigir un cambio en las teorías del tema adoptado antes de la aparición de la mecánica del quantum.

  La psicología y la fisiología en lo que se refieren al tema de la voluntad libre, tiende a hacerla improbable. Los trabajos sobre secreciones internas, un mayor conocimiento de las funciones de las diferentes partes del cerebro, la investigación de Pavlov sobre los reflejos condicionados, y el estudio psicoanalítico de los efectos de la memoria y deseos reprimidos, han contribuido al descubrimiento de leyes causales que gobiernan los fenómenos mentales. Ninguno de ellos, por cierto, ha eliminado la posibilidad de la voluntad libre, pero han hecho muy probable que, si ocurren voliciones incausadas, son muy raras.

  La importancia emocional que se supone pertenecer a la voluntad libre, me parece que se basa principalmente sobre ciertas confusiones del pensamiento. La gente imagina que, si la voluntad tiene causas, están obligadas a hacer cosas que no desean. Esto, naturalmente, es un error; el deseo es la causa de la acción, aun si el deseo en sí mismo tiene causas. No podemos hacer lo que quisiéramos, pero no parece razonable lamentarse por estas limitaciones. Es desagradable cuando contraria nuestros deseos, pero esto no es más probable que suceda cuando son causados que cuando son incausados. El determinismo no justifica la afirmación de que somos impotentes. El poder consiste en ser capaz de tener efectos intencionados y esto ni aumenta ni disminuye con el descubrimiento de causas para nuestras Intenciones.

  Los sostenedores de la voluntad libre, dentro de otra división mental, siempre creen simultáneamente que las voliciones tienen causas. Piensan, por ejemplo, que la virtud puede inculcarse por la buena educación, y que la educación religiosa es muy útil a la moral. Creen que los sermones hacen bien y que las exhortaciones morales pueden ser beneficiosas. Ahora es evidente que, si las voliciones virtuosas son incausadas, no podemos, por tanto, fomentarlas. En el grado en que  un hombre cree que está en su poder o en el poder de cualquier hombre fomentar una conducta encomiable en los otros, en ese grado cree en la causal psicológica y no en la voluntad libre. En, la práctica, el total de nuestro trato con los demás se basa sobre la afirmación de que las acciones de los hombres resultan de circunstancias antecedentes. La propaganda política, la ley criminal, la escritura de libros que exigen tal o cual línea de acción, perdería toda su razón de ser si no tuvieran efecto sobre lo que la gente hace.

  Las deducciones de la doctrina libre no han sido comprendidas por los que las sostienen. Decimos: ¿Por qué lo hizo?, y esperamos que en la respuesta se enuncien las creencias y deseos que causaron la acción. Cuando un hombre no sabe por qué actuó como lo hizo, podemos investigar su inconsciente para una causa, pero nunca se nos ocurre que pueda que no la haya. Se ha dicho que la Introspección nos hace percatarnos inmediatamente de la voluntad libre. Hasta donde se considere esto en un sentido que impida acusaciones, es simplemente error. Lo que sabemos cuando hemos hecho una elección, es que podíamos haberla hecho en otra forma, si lo hubiéramos deseado. Pero no podemos saber por mera Introspección cuándo hay, o no, causas de nuestros deseos para hacer lo que hicimos. En el caso de acciones somos muy racionales, podemos saber sus causas. Cuando seguimos un consejo, ya sea legal, médico o financiero, y actuamos de acuerdo con él, sabemos que el consejo es la causa de la acción. Pero, en general, las causas de los actos no son descubribles por la introspección; lo serán, como las de otros hechos, observando sus antecedentes y descubriendo alguna ley de sucesión.

  Se diría, además, que la noción de «voluntad» es muy obscura, y que probablemente podría desaparecer de la psicología científica. La mayor parte de nuestras acciones no son precedidas por nada que se parezca a un acto de voluntad; es una forma de enfermedad mental que nos Incapacita para hacer cosas sencillas sin una decisión previa. Podemos, por ejemplo: decidirnos a caminar a cierto sitio, y luego, si sabemos el camino, el hecho de poner un pie delante del otro hasta que lleguemos, procede por sí mismo. Es solamente la decisión inicial la que parece envolver «voluntad». Cuando nos decidimos, después de liberarlo, ha habido dos o más, posibilidades en nuestras mentes, cada una más o menos atrayente, y, tal vez, más o menos repulsiva; finalmente, uno ha adoptado la más atrayente, y ha desechado las otras. Cuando se trata de descubrir volición por introspección, se encuentra una especie de tensión muscular y a veces una sentencia enfática «Haré esto». Pero yo, en mi caso, no encuentro fenómeno mental específico que pueda llamar «voluntad».

  Sería, por cierto, absurdo negar la distinción entre los actos «voluntarios» y los «involuntarios». El latido del corazón es enteramente involuntario; respirar, bostezar, estornudar, etc., son involuntarios, pero pueden ser controlados (dentro de límites) por acciones voluntarias; movimientos tales como caminar y hablar son completamente voluntarios. Los músculos que se relacionan con acciones voluntarias son de clase diferente de las que controlan actos tales como el latido del corazón. Las acciones voluntarias pueden ser causadas por antecedentes «mentales». Pero no hay razón —así me parece al menos— para considerar estos antecedentes «mentales» como una clase peculiar de sucesos tales como se suponen ser las «voliciones».

  La doctrina del libre albedrío se ha creído importante en lo que, se relaciona con la moral, ambas para la definición de «pecado» y para la justificación del castigo, especialmente del divino. Este aspecto de la cuestión será discutido en un capítulo posterior, cuando tengamos que tratar del efecto de la ciencia en la ética.

  Parecerá, sin embargo, que en el presente capítulo me hago culpable de inconsistencia al argüir primero en contra del determinismo y luego en contra del libre albedrío. Pero en él hecho, ambas son doctrinas absolutamente metafísicas, que marchan tras lo que es científicamente aceptable. La búsqueda de leyes causales, como vimos, es la esencia de la ciencia, y por esto, en un sentido puramente práctico, el sabio debe adoptar siempre el determinismo como hipótesis de trabajo. Pero no está obligado a afirmar que hay leyes causales excepto cuando las ha encontrado; procederá, ciertamente con poco tino si lo hace. Pero será aún más torpe si asevera positivamente que sabe de una región dónde las leyes causales no actúan. Esta aseveración sería errada tanto teórica como prácticamente: teóricamente, porque nuestro conocimiento no podrá ser nunca suficiente como para autorizar tales afirmaciones; y prácticamente, porque la creencia de que no hay leyes causales en cierta región, desanima la Investigación y puede evitar que se descubran leyes. Esta doble falta me parece que pertenece tanto a aquellos que aseguran que los cambios en los átomos no están completamente determinados como para los que afirman, dogmáticamente, el libre albedrío. Frente a dogmatismos tan opuestos, la ciencia debería permanecer puramente empírica, no arrastrando ni afirmación ni rechazo tras el punto testimoniado por la evidencia actual.
Las controversias perpetuas, tales como aquéllas entre el determinismo y el libre albedrío, provienen del conflicto de dos pasiones fuertes, pero lógicamente irreconciliables. El determinismo tiene la ventaja de que el poder llega por medio del descubrimiento de leyes causales; la ciencia, a pesar de su conflicto con el prejuicio teológico, ha sido aceptada porque dio poder. Creer que el curso de la naturaleza es regular, da también una sensación de seguridad; nos capacita, hasta cierto punto, para prever el futuro y para impedir sucesos desagradables. Cuando las enfermedades y las tormentas se atribulan a los agentes del capricho diabólico, eran mucho más aterradoras que hoy día. Todos estos motivos llevan al hombre a gustar del determinismo. Pero, mientras quieren tener poder, sobre la naturaleza no quieren que la naturaleza tenga poder sobre ellos. Si se les obliga a creer que antes de que la raza humana existiese, actuaban leyes que, por ciega necesidad, producían no sólo hombres y mujeres en general, sino a uno mismo con todas sus idiosincrasias, hechos y dichos de este momento, sea lo que fuere lo que uno esté diciendo y haciendo, se sientan desprovistos de personalidad, fútiles, sin importancia, esclavos de las circunstancias, incapaces de variar en el grado más insignificante el papel que les fue asignado por la naturaleza al comienzo mismo. Los hombres tratan de escapar de este dilema afirmando la libertad en los seres humanos y el determinismo en cualquier otra cosa, otros por ingeniosa sofística tratan de hacer una reconciliación lógica de la libertad con el determinismo. En realidad que no tenemos razón para adoptar, ninguna de las alternativas, pero tampoco la tenemos para suponer que la verdad, cualquiera que sea, es tal que combine los aspectos agradables de ambas, o que sea determinable en relación a nuestros deseos.

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