sábado, 18 de marzo de 2017

Emil Cioran De lágrimas y de santos (parteII)

Dado que no existe solución a ningún problema ni salida a ninguna situación, no tenemos más remedio que resignarnos a no poder avanzar. Los pensamientos, alimentados con sufrimiento, se vuelven aporías, ese claroscuro del espíritu. La suma de lo insoluble proyecta una trémula sombra sobre las cosas. La incurable gravedad del crepúsculo…

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  Todas las decadencias existen para sostenerme.

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  La mística oscila entre la pasión del éxtasis y el horror del vacío. No se puede conocer la primera sin haber conocido el segundo. Ambos suponen una ardua voluntad de «tabla rasa», un esfuerzo hacia una vaciedad psíquica… El alma, una vez madura para una vacuidad duradera y fecunda, se eleva hasta la desaparición total. La conciencia se dilata más allá de los límites cósmicos. La condición indispensable del estado de éxtasis y de la existencia del vacío es una conciencia privada de todas las imágenes. No se ve ya nada fuera de la nada, y esa nada es todo. El éxtasis es una presencia total sin objeto, un vacío lleno. Un estremecimiento atraviesa la nada, una invasión de ser en la ausencia absoluta. El vacío es la condición del éxtasis, como el éxtasis es la condición del vacío.

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  Hay en la obsesión de lo absoluto un gusto por la autodestrucción. De ahí la fascinación que ejercen el convento y el burdel. «Celdas» y «mujeres» por todas partes. El asco de vivir crece tanto a la sombra de las santas como de las putas.

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  El «apetito de Dios» del que habla San Juan de la Cruz es en primer lugar negación y en último solamente afirmación de la existencia. Para quien, decepcionado, se resigne a soportar el mundo y sus tinieblas, la presencia de ese apetito y su grado de intensidad prueban hasta qué punto ya no nos apegamos al mundo. Cada vez que pensamos en Dios instintivamente, confesamos una deficiencia y un desconcierto. La nada vital es el punto de apoyo ideal de la Divinidad.

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  La mística es una irrupción de lo absoluto en la historia. Al igual que la música, ella es el nimbo de toda cultura, su justificación última.

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  Todos los nihilistas tuvieron problemas con Dios. Una prueba más de la vecindad con la nada de la divinidad. Habiéndolo profanado todo, no nos queda ya más que destruir esa última reserva de la nada.

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  Los mortales hablan de Dios para disimular su locura. Nuestros extravíos tendrán excusa mientras nos ocupemos de El. ¿Dios? Una demencia admitida, oficial.

Cada vez que nuestro cansancio del mundo adopta una forma religiosa, Dios es un mar en el que nos abandonamos para olvidarnos a nosotros mismos. La inmersión en el abismo divino nos salva de la tentación de ser lo que somos.

  Otras veces le descubrimos como una zona luminosa en el extremo de un retroceso interior, lo cual nos consuela bastante menos, pues encontrándole en nosotros disponemos de El en cierto modo. Tenemos un derecho sobre El, puesto que el asentimiento que le damos no excede de las dimensiones de una ilusión.

  Dios como un mar y Dios como una zona luminosa alternan en nuestra experiencia de lo divino. En ambos casos el único objetivo es el olvido, el irremediable olvido.

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  Cuando escuchamos a Bach, vemos germinar a Dios. Su obra es generadora de divinidad.

  Tras un oratorio, una cantata o una «Pasión», El tiene que existir. De lo contrario toda la obra del Cantor sería una ilusión desgarradora.

  …Pensar que tantos teólogos y filósofos han perdido días y noches buscando pruebas de la existencia de Dios, olvidando la única…

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  La idea de Dios es la más práctica y la más peligrosa que se ha concebido jamás. A causa de ella la humanidad se salva o se pierde.

  Lo «absoluto» es una presencia corruptora en la sangre.

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  Es inútil querer acabar de una vez para siempre con los santos, pues ellos nos legan a Dios como la abeja su aguijón.

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  ¿Por qué se piensa tan raramente en los cínicos? ¿Porque lo supieron todo y sacaron las consecuencias de esa suprema indiscreción?

  Sin duda es más cómodo olvidarlos. Pues su falta de consideración por la ilusión les convierte en espíritus ávidos de lo insoluble.

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  No comprendo cómo un Plotino o un Meister Eckhart pueden rechazar el tiempo hasta ese punto, y sobre todo que no experimenten por él ninguna nostalgia. Lo que les tortura no es la ruptura de los últimos vínculos temporales, sino el hecho de no lograr romperlos todos y para siempre.

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  …La imposibilidad de no descubrir una vibración fúnebre en la eternidad.

  La vida de Dios equivale a la muerte de la criatura, no a una soledad con El sino en El. Es la «soledad en Dios» de San Juan de la Cruz. En él la unión entre la soledad humana y el desierto infinito de Dios se vuelve delicia inexpresable, anunciadora de su identificación completa. ¿Qué le sucede al místico en su aventura divina, qué hace en Dios? Lo ignoramos, puesto que es incapaz de decírnoslo.

Si existiese un acceso directo al júbilo en Dios —sin los tormentos que preceden al éxtasis— la vía sobrenatural se encontraría al alcance de todo el mundo. Pero a falta de semejante acceso, estamos condenados a ascender una escala sin alcanzar nunca el último grado.

  Al lado de la soledad en Dios propiamente dicha, existe otra que no es, en el fondo, más que un aislamiento en él: la sensación de hallarse solo y abandonado en medio de un paisaje desolado, la certeza de no estar en nuestra casa dentro de la Divinidad.

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  La llegada del hombre equivale a una conmoción cuyos ecos alimentan la pesadilla divina. Pues el hombre añade una paradoja a la naturaleza situándose a medio camino entre ella y la Divinidad. Desde la irrupción de la conciencia, las relaciones entre el cielo y la tierra han cambiado. Y Dios ha aparecido como lo que realmente es: un cero más.

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  Salvo en los momentos en que la necesidad de consuelo se deja sentir, los poetas se preocupan de los santos únicamente en la medida en que éstos son interesantes.

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  La memoria se vuelve activa en cuanto el tiempo deja de ser su dimensión… La experiencia de la eternidad es actualidad; se desarrolla ahora o en cualquier momento, sin referencia a nuestra vida pasada. Doy un salto fuera del tiempo, eso es todo; inútil recordar cualquier cosa. Pero cuando se trata de nuestro pasado esencial, de la eternidad que precede al tiempo, sólo los recuerdos pretemporales hacen accesible ese pasado. Existe otra memoria, soñolienta y profunda, que despertamos raramente, se remonta a los primeros latidos del tiempo, retrocede hacia los orígenes, es decir, hacia el límite superior de los recuerdos. Es la memoria inteligible.

  Todo recuerdo es un síntoma mórbido. La vida como estado puro, como fenómeno no alterado, es actualidad absoluta. La memoria es negación del instinto y su hipertrofia una enfermedad incurable.

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  La humanidad prescinde de Dios desde que le despojó de sus atributos como persona. Queriendo ampliar el ámbito de influencia del Todopoderoso, le ha sustraído, a pesar de sí misma, de nuestra visión inmediata. ¿Hacia quién volvemos si ha dejado de ser una persona que pueda comprendernos y respondernos? Habiendo aumentado de extensión, Dios está en todas partes y en ninguna. Hoy es, como máximo, un Ausente universal.

  Atribuyéndole mayores dimensiones, lo hemos alejado de nosotros en la misma proporción. ¿Por qué, en lugar de dejarlo tal como estaba en su modestia primordial, lo hemos desfigurado? Incitados por un orgullo sin límites, le hemos atribuido demasiadas cualidades. Sin embargo, nunca ha sido menos actual que hoy. ¡Somos castigados por haberle exaltado demasiado! Quien le haya perdido no volverá a encontrarle jamás, aunque le buscase en otras formas de ilusión…

  Acudiendo en su ayuda, no hemos logrado más que entregarlo a la envidia humana. Así, por haber querido reparar un error enorme, hemos destruido el único error de valor.

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  El destino histórico del hombre consiste en llevar la idea de Dios hasta su final. Habiendo agotado todas las posibilidades de la experiencia divina, ensayado a Dios en todas sus formas, llegaremos fatalmente a la saciedad y al asco, tras lo cual respiraremos libremente. Hay sin embargo en el combate contra un Dios que ha encontrado su último refugio en ciertos repliegues de nuestra alma, un malestar indefinible, malestar originado por nuestro temor a perderle. ¿Cómo alimentarse con sus últimos restos, cómo poder gozar con toda tranquilidad de la libertad consecutiva a su liquidación?

La religión es una sonrisa que planea sobre un sinsentido general, como un perfume final sobre una onda de nada. De ahí que, sin argumentos ya, la religión se vuelva hacia las lágrimas. Sólo ellas quedan para asegurar, aunque sea escasamente, el equilibrio del universo y la existencia de Dios. Una vez agotadas las lágrimas, el deseo de Dios desaparecerá también.

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  Hay instantes en los que quisiéramos deponer las armas y excavar nuestra tumba al lado de la de Dios. O si no, revivir petrificados la desesperación del asceta que descubre al final de su vida la inutilidad del renunciamiento.

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  Es extraño hasta qué punto la idea de Dios puede cansar. Equivale a una extenuación de la conciencia, a una fiebre secreta y agotadora, a un principio destructor. Resulta sorprendente que, con semejante obsesión, tantos santos hayan alcanzado una edad avanzada. ¡Llegar hasta suprimir el sueño para pensar mejor en El!

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  En el fondo, no hay más que El y yo. Pero su silencio nos anula a los dos. Es posible que nada haya existido nunca.

  Puedo morir con la conciencia tranquila, pues no espero ya nada de El. Nuestro encuentro nos ha aislado aún más. Toda existencia es una prueba suplementaria de la nada divina.

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  ¿Cuántos saben lo que significa caer desde el abismo celestial a un abismo más profundo aún? Ninguna música ha entonado aún la ruptura con Dios…

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  A veces lamentamos no saber ya lo que significa el temor religioso. ¡Si al menos pudiéramos hacer renacer en nosotros el estremecimiento ancestral ante lo desconocido, el pánico ante lo indescifrable!

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  Rebajarse a la sabiduría supone llegar a un acuerdo con el ritmo universal, con las fuerzas cósmicas, es saberlo todo y adaptarse al mundo, nada más. Todos los sabios juntos no valen una imprecación del rey Lear o una divagación de Ivan Karamazov. El estoicismo como justificación práctica y teórica de la sabiduría es lo más anodino y cómodo que pueda imaginarse. ¿Existe un vicio del espíritu mayor que la resignación?

  El desacuerdo con las cosas es un signo evidente de vitalidad espiritual, y ello es aún más cierto tratándose del desacuerdo con Dios. Reconciliarse con El significaría dejar de vivir uno mismo para ser vivido por El. Asimilándonos a Dios, desaparecemos; rechazándole, perdemos toda razón de existir.

  Si yo estuviese cansado de vivir, El sería mi único recurso; pero mientras consiga atormentarme, no podré dejarle en paz.

  Su destino es acabar incomprendido (como, por otra parte, el de las criaturas). Y sin embargo hay quien le comprende. Si no, ¿a qué atribuir la certeza lancinante que nos sorprende a veces de no poder ya progresar en El? Y esos desfallecimientos, esas largas vigilias, cuando nos parece que le hemos agotado a fuerza de reflexión y remordimientos… ¡Pensar que todos le descubrimos tan tarde y que su ausencia deja semejante vacío en el espíritu…! Únicamente pensando en El sin piedad, hasta el final, asaltando sus desiertos, salimos enriquecidos de nuestro conflicto con El. Si nos contentamos con quedarnos a medio camino, El sólo será para nosotros un fracaso más.

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  Cuanto más nos preocupa Dios, más perdemos nuestra inocencia. En el paraíso nadie se preocupaba de El. Fue la caída, y únicamente ella, lo que originó esa extraña curiosidad. Sin la falta, imposible la conciencia de la existencia divina. De ahí que raramente encontremos a Dios en las conciencias que ignoran los tormentos del pecado.

  Si el contacto con Dios anula nuestra inocencia, es también porque ocupándonos de El, nos inmiscuimos en sus asuntos. «Quien vea a Dios morirá.» Las vastedades infernales de la Divinidad, turbadoras como un vicio.

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  La teología es la negación de Dios. ¡Qué idea descabellada ponerse a buscar argumentos para probar su existencia! Todos sus tratados valen menos que una exclamación de Santa Teresa. Desde que la teología existe, ninguna conciencia ha conseguido ganar con ella una sola certeza, pues la teología no es más que la versión atea de la fe. El mínimo balbuceo místico está más cerca de Dios que la Summa teológica. Todo lo que es institución y teoría deja de estar vivo. La Iglesia y la teología han asegurado a Dios una agonía duradera. Sólo la mística le ha reanimado de vez en cuando.

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  A veces experimento una especie de estupor ante la idea de que hayan podido existir «locos de Dios», que sacrificaron todo por El, comenzando por la razón. Con frecuencia creo vislumbrar cómo puede uno destruirse por El en un arrebato mórbido, en una disgregación del alma y del cuerpo. De ahí la aspiración inmaterial a la muerte. ¡Algo podrido hay en la idea de Dios!

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  La obsesión divina es incompatible con el amor terrestre. No se puede amar apasionadamente a la vez a una mujer y a Dios. La mezcla de dos eróticas irreductibles crea una oscilación interminable. Una mujer puede salvarnos de Dios, igual que Dios puede librarnos de todas las mujeres.

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  Toda revuelta está dirigida contra la Creación. El mínimo gesto de insumisión compromete el orden universal aceptado por los esclavos del Creador. No se puede estar con Dios y contra su obra; pero se puede por amor hacia El olvidar la creación o incluso despreciarla.

  Apenas es posible rebelarse en nombre de Dios, aunque fuese contra el pecado. Pues para el Reaccionario supremo, el único pecado que existe es la anarquía, esa protesta contra el orden inicial.

  Toda rebelión es atea. La inadhesión a una fracción infinitesimal de la Creación equivale a una desintegración de la infinitud divina. La anarquía no está prevista en los planes de la Creación. Sabemos que en el Paraíso los animales descansaban tranquilamente hasta que un día uno de ellos, no aceptando ya su condición y renunciando a la felicidad, se hizo hombre. La historia entera se ha erigido sobre esa desobediencia inicial.

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  Si intento pensar en lo que podría aún acercarme a Dios, siento una oleada de piedad que asciende hacia sus alturas abandonadas. Quisiera uno hacer algo por ese gran Solitario.

  Tener piedad de El: la última soledad de la criatura.

Un día el mundo, esta vieja chabola, acabará por derrumbarse de una vez. Nadie puede saber de qué manera, pero ello no tiene la menor importancia, pues desde el momento en que todo carece de substancia y la vida no es más que una pirueta en el vacío, ni el comienzo ni el final prueban nada.

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  Es posible que pensar en Dios sea la única razón de ser del hombre. Si consiguiera ignorarlo o amarlo, estaría salvado. Cuando uno ha comenzado a profundizarlo, está perdido. Pero el hombre parece hecho justamente para profundizarlo, para hostigarlo. Nada tiene de extraño que en poco tiempo no haya quedado nada de El. Dios resiste bien, pero ante el razonamiento pierde su substancia. Pensar que algunos filósofos le han atribuido un pensamiento infinito… Todo lo que queda de la Divinidad son viejos andrajos, harapos que nos ponemos a falta de algo mejor.

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  En el fondo, la historia humana es un drama divino. Pues no sólo Dios se inmiscuye en ella, sino que padece, paralelamente y con una intensidad infinitamente incrementada, el proceso de creación y de devastación que define la vida. Una desgracia compartida que, habida cuenta de su posición, le consumirá quizás antes que a nosotros. Nuestra solidaridad en la maldición explica por qué toda ironía dirigida contra El se vuelve contra nosotros y se reduce a una auto-ironía. ¿Quién, más que nosotros, mortales, ha sufrido por no ser El lo que debería haber sido?

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  Dios es a veces tan fácil de descifrar que nos basta para ello examinar con una mínima atención la menor de nuestras reacciones interiores. ¿Cómo explicar la impresión de familiaridad y la ausencia de misterio que se instaura en esos raros momentos en que lo divino se vuelve accesible fuera de toda experiencia extática?

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  Toda versión de Dios es autobiográfica. No solamente procede de nosotros, sino que es asimismo nuestra propia interpretación. Se trata de una doble visión introspectiva, que nos descubre la vida del alma como un yo y como Dios. Nos reflejamos en El y El se refleja en nosotros.

  ¿Podrá soportar Dios todas mis carencias? ¿No sucumbirá ante semejante carga?

  Yo no me concibo más que a través de la imagen que me hago de El. Sólo así el conocimiento de uno mismo puede tener un sentido y un objetivo. Quien no piensa en Dios continuará siendo un extranjero para sí mismo, pues la única vía del conocimiento de sí pasa por Dios, y la Historia universal no es más que una descripción de las formas que El ha adoptado.

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  La meditación musical debería ser el prototipo del pensamiento en general. ¿Qué filósofo ha seguido alguna vez un motivo hasta su agotamiento, hasta su límite extremo? Sólo en música hay pensamiento exhaustivo. Incluso tras haber leído a los filósofos más profundos, se experimenta la necesidad de volver a comenzar. Sólo la música nos da respuestas definitivas.
Parece como si el pensamiento no pudiera conducir un motivo hasta el final y que sólo el tema de Dios se prestase a variaciones infinitas. El pensamiento y la poesía le han intimidado, pero no han penetrado ninguno de los misterios que le rodean. Lo hemos así enterrado con su lote de secretos. La aventura es alucinante, la suya en primer lugar, la nuestra luego.

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  De entre todos los hombres, el héroe es quien menos piensa en la muerte. Sin embargo, ninguno aspira a ella, aunque de una manera inconsciente, es cierto, tanto como él. Esa paradoja define su condición: voluptuosidad de morir, sin el sentimiento de la muerte.

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  El espíritu es en sí una renuncia. ¿Qué sentido podría tener una segunda renuncia mediante el heroísmo? ¿No es significativo que encontremos una gran profusión de héroes en la aurora de las civilizaciones? Ignorando la tortura del espíritu, ¿cómo hubiesen satisfecho los hombres su gusto por la renuncia sin su derivación heroica?

  Nada une lo divino y lo heroico. Pues Dios no posee ninguno de los atributos del héroe. La cobardía sobrenatural de Jesús…

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  ¿Qué haría yo sin el paisaje holandés, sin Salomon y Jakob Ruysdael o Art van der Neer? Cada uno de sus lienzos despierta en nosotros sueños asociados a las nubes, a tonos crepusculares y brisas marinas, a vastedades movedizas creadas para acompañar al solitario. Cuadros que son comentarios sobre la melancolía.

  Los árboles, aislados o apretados unos contra otros bajo un cielo demasiado grande; los animales que no pacen la hierba sino lo infinito; los hombres que no van a ningún sitio, que esperan inmóviles en los repliegues de la sombra, — todos participan en un mundo donde hasta la luz aumenta el misterio. Lo que Vermeer van Delft, el maestro de la intimidad, de los silencios confidenciales, nos revela en sus retratos y en sus interiores, lo que en él hace palpable el silencio sin el recurso a un claroscuro de grandes proporciones, mediante pinceladas delicadas, Jakob Ruysdael, más poeta que pintor, lo proyecta en el espacio sin límites, en un claroscuro monumental. Se oye el silencio de los crepúsculos — es el encanto desolado del paisaje holandés, al que hay que añadir cierta vibración sin la cual le faltaría a la melancolía el toque poético.

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  Rusia y España: dos naciones embarazadas de Dios. Otros países se conforman con conocerlo, sin llevarlo en su seno.

  Un pueblo tiene la misión de revelar al menos uno de los atributos de Dios, de hacernos descubrir una de sus caras. Lo cual sólo puede hacerse si el futuro realiza una parte de las cualidades secretas de la Divinidad.

  Algunos milenios de Historia han producido una crisis seria del poder y de la autoridad de Dios. Los pueblos se han superado para darlo a conocer, sin sospechar el mal que le causaban. Si todos los países se hubieran parecido a Rusia y España, hace tiempo ya que lo habrían agotado. El ateísmo ruso y español está inspirado por el Altísimo. Mediante el ateísmo, El se defiende contra la fe que le consume. Dios acoge con los brazos abiertos a los ateos, sus hijos…

¿Alguien se ha acercado a El más que el Greco mediante las líneas y los colores? ¿Ha sido Dios alguna vez asediado por figuras humanas con una insistencia más agresiva? Lejos de ser el producto de una deficiencia óptica, el óvalo en el Greco es la forma que adopta el rostro humano alargándose hacia las alturas. Para nosotros, España es una llama, para Dios un incendio. El fuego ha acercado los desiertos de la tierra y del firmamento. Rusia con Siberia entera arde al mismo tiempo que España y que el propio cielo.

  Al ruso o al español más escéptico le apasiona Dios más que a cualquier metafísico alemán. Todo el claroscuro de la pintura holandesa no iguala en intensidad dramática la sombra ardiente de un Greco o de un Zurbarán.

  El claroscuro holandés, con todo su misterio, es ajeno a la trascendencia. Es posible que la melancolía sea refractaria a lo absoluto.

  Entre España y Holanda existe la distancia inconmensurable que separa la desesperación de la melancolía. El propio Rembrandt nos invita a reposarnos en la sombra y todo su claroscuro no es más que espera de la vejez; difícilmente se encontraría artista más reflexivo y sosegado que él.

  Rembrandt es el único pintor holandés que comprendió a Dios. (¿Es ésa la razón de que haya pintado relativamente pocos paisajes?) Pero, lejos de ser una presencia que deforma las cosas hasta desfigurarlas (como en el Greco), el Dios de Rembrandt emana del misterio de las sombras.

  ¿Existe en el arte otro criterio fuera del acercamiento al cielo? Pues el ardor y la tensión exigidos no pueden determinarse más que en relación con una pasión absoluta. Sin embargo, ese criterio nos deja desconsolados, dado que Rusia y España nos muestran que nunca nos hallamos lo suficientemente cerca de Dios para tener el derecho de ser ateos…

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  El tiempo es un consuelo. Pero la conciencia vence al tiempo. Y resulta difícil encontrar una terapéutica eficaz contra la conciencia. Todo lo que niega al tiempo es enfermedad. Y lo que de más sano y puro hay en la vida, no es sino una apoteosis de lo efímero. La eternidad es una inagotable podredumbre y Dios un cadáver sobre el que el hombre sestea plácidamente.

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  El órgano es una cosmogonía. De ahí sus resonancias metafísicas, ausentes de la flauta y del violoncelo, salvo en la expresión lírica y las vibraciones infinitamente sutiles. En el órgano, lo absoluto se interpreta a sí mismo. De ahí la impresión que nos da de ser el instrumento menos humano y de tocar siempre solo. El violoncelo o la flauta, por el contrario, dejan aparecer las debilidades del hombre, pero transfiguradas como por una nostalgia supraterrestre.

  Penetramos por casualidad en una iglesia, echamos una ojeada indiferente alrededor nuestro y de repente unos acordes de órgano nos sorprenden; o bien entramos por la noche en una casa oscurecida por restos de humo de tabaco en la que oímos un violoncelo meditativo, o escuchamos en una tarde vasta y vacía las notas desgranadas por una flauta, — ¿podemos imaginar desamparo más halagador?

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  En el Greco, las figuras y los colores flamean verticalmente. En Van Gogh también los objetos son llamas y los colores queman. Pero horizontalmente, esparcidos en el espacio. Van Gogh es un Greco sin cielo, un Greco sin más allá.

  En arte, el centro de gravedad explica, si no la estructura formal y los diferentes estilos, al menos la atmósfera interior. Para el Greco el mundo se precipita hacia Dios, mientras que para Van Gogh prospera en el incendio…

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