domingo, 19 de marzo de 2017

Emil Cioran -Silogismos de la amargura Atrofia del verbo

Formados en la escuela de los veleidosos, idólatras del fragmento y del estigma, pertenecemos a un tiempo clínico en el que únicamente nos importan los casos. Sólo nos interesa lo que un escritor se ha callado, lo que hubiera podido decir, sus profundidades mudas. Si deja una obra, si se explica, se asegura nuestro olvido.

  Magia del artista irrealizado…, de un vencido que desaprovecha sus decepciones, que no sabe hacerlas fructificar.

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  ¡Tantas páginas, tantos libros que fueron fuentes de emoción para nosotros, y que releemos para estudiar la calidad de los adverbios o la propiedad de los adjetivos!

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  Existe en la estupidez una gravedad que, mejor orientada, podría multiplicar la suma de obras maestras.

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  Sin nuestras dudas sobre nosotros mismos, nuestro escepticismo sería letra muerta, inquietud convencional, doctrina filosófica.

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  No queremos seguir soportando el peso de las «verdades», continuar siendo sus víctimas o sus cómplices. Sueño con un mundo en el que se muriera por una coma.

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  ¡Cuánto me atraen los autores de segunda fila (Joubert, sobre todo) que, por delicadeza, vivieron a la sombra del genio de los demás y que renunciaron al suyo por temor a poseerlo!

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  Si Molière se hubiera replegado sobre sus abismos, Pascal, —con el suyo— habría parecido periodista.

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  Con certezas, el estilo es imposible: la preocupación por la expresión es propia de quienes no pueden dormirse en una fe. A falta de un apoyo sólido, se aferran a las palabras —sombras de realidad—, mientras los otros, seguros de sus convicciones, desprecian su apariencia y descansan cómodamente en el confort de la improvisación.

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  Desconfiad de quienes vuelven la espalda al amor, a la ambición, a la sociedad. Se vengarán de haber renunciado a ello.

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  La historia de las ideas es la historia del rencor de los solitarios.

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  Plutarco, hoy, escribiría las Vidas paralelas de los fracasados.

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  El romanticismo inglés fue una acertada mezcla de láudano, exilio y tisis; el romanticismo alemán, de alcohol, provincia y suicidio.

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  Algunos seres deberían haber vivido en ciudades alemanas de la época romántica. ¡Imaginamos tan bien a un Gérard von Nerval en Tubinga o en Heidelberg!

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  La capacidad de aguante de los alemanes no tiene límites; y ello hasta en la locura: Nietzsche soportó la suya once años, Hölderlin cuarenta.

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  Lutero, encarnación del hombre moderno, asumió toda clase de desequilibrios: un Pascal y un Hitler cohabitaban en él.

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  «… sólo lo verdadero es digno de ser amado». —De ahí provienen las lagunas de Francia, su rechazo de lo Vago y de lo Turbio, su anti-poesía, su anti-metafísica.

  Más aún que Descartes, influyó Boileau sobre todo un pueblo, censurando su genio.

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  El Infierno —tan exacto como un atestado;

  El Purgatorio —falso como toda alusión al Cielo;

  El Paraíso —muestrario de ficciones y de insulseces…

  La Trilogía de Dante constituye la más alta rehabilitación del diablo emprendida por un cristiano.

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  Shakespeare: cita entre una rosa y un hacha…

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  Fracasar en la vida es acceder a la poesía —sin el soporte del talento.

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  Sólo los espíritus superficiales abordan las ideas con delicadeza.

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  La mención de los incordios administrativos («the law’s delay, the insolence of office»), entre los motivos que justifican el suicidio, me parece la cosa más profunda que haya dicho Hamlet.

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  Agotados los modos de expresión, el arte se orienta hacia el sinsentido, hacia un universo privado e incomunicable. Todo estremecimiento inteligible, tanto en pintura como en música o en poesía, nos parece, con razón, anticuado o vulgar. El público desaparecerá pronto: el arte le seguirá de cerca.

  Una civilización que comenzó con las catedrales tenía que acabar en el hermetismo de la esquizofrenia.

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  Aun hallándonos a mil leguas de la poesía, dependemos de ella todavía por esa súbita necesidad de aullar —último estadio del lirismo.

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  Ser un Raskolnikov —sin la excusa del crimen.

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  Sólo cultivan el aforismo quienes han conocido el miedo en medio de las palabras, ese miedo a derrumbarse con todas las palabras.

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  ¡No poder volver a la época en que ningún vocablo estorbaba a los seres, al laconismo de la interjección, al paraíso del alelamiento, al estupor gozoso anterior a los idiomas…!

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  Es fácil ser «profundo»: basta dejarse invadir por las propias taras.

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  Modelos de estilo: el juramento, el telegrama y el epitafio.

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  Los románticos fueron los últimos especialistas del suicidio. Desde entonces se improvisa… Para mejorar su calidad necesitamos un nuevo mal del siglo.

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  Despojar a la literatura de su disfraz, ver su verdadero rostro, es tan peligroso como desposeer a la filosofía de su jerga. ¿Las creaciones del espíritu se reducen a la transfiguración de bagatelas? ¿Existiría únicamente alguna sustancia fuera de lo articulado, en el rictus o la catalepsia?

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  Un libro que, después de haberlo demolido todo, no se destruye a sí mismo nos habrá exasperado en vano.

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  Mónadas disgregadas, hemos llegado al final de las tristezas prudentes y de las anomalías previstas: más de un signo anuncia la hegemonía del delirio.

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  Las fuentes de inspiración de un escritor son sus vergüenzas; quien no las descubra en sí mismo o las eluda está condenado al plagio o a la crítica.

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  Todo occidental atormentado hace pensar en un héroe de Dostoyevski que tuviera una cuenta en el banco.

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  El buen dramaturgo debe poseer el sentido del asesinato: después de los isabelinos, ¿quién sabe aún matar a sus personajes?

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  La célula nerviosa se ha habituado tan bien a todo que debemos renunciar definitivamente a concebir una locura que, penetrando en los cerebros, los hiciera estallar.

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  Después de Benjamin Constant, nadie ha vuelto a encontrar el tono de la decepción.

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  Quien poseyendo los rudimentos de la misantropía quisiera perfeccionarse en ella, debe frecuentar la escuela de Swift: aprenderá así a dar a su desprecio por los hombres la intensidad de una neuralgia.

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  Baudelaire introdujo la fisiología en la poesía; Nietzsche, en la filosofía. Con ellos, los trastornos de los órganos se elevaron a canto y a concepto. Proscritos de la salud, a ellos les incumbía asegurar una carrera a la enfermedad.

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  Misterio, palabra de la que nos servimos para engañar a los demás, para hacerles creer que somos más profundos que ellos.

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  Si Nietzsche, Proust, Baudelaire o Rimbaud sobreviven a las fluctuaciones de la moda, se lo deben a la gratuidad de su crueldad, a su cirugía demoníaca, a la generosidad de su hiel. Lo que permite durar a una obra, lo que le impide envejecer, es su ferocidad. ¿Afirmación gratuita? Considérese el prestigio del Evangelio, libro agresivo, libro venenoso entre todos.

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  El público se precipita sobre los autores llamados «humanos» porque sabe que no tiene nada que temer de ellos; detenidos como él a medio camino, le propondrán un compromiso con lo Imposible, una visión coherente del Caos.

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  La negligencia verbal de los pornógrafos procede con frecuencia de un exceso de pudor, de la vergüenza de mostrar su «alma», y sobre todo de nombrarla: no existe palabra indecente en ningún idioma.

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  Que una realidad se oculte detrás de las apariencias es, a fin de cuentas, posible; que el lenguaje pueda reproducirla, sería ridículo esperarlo. ¿Por qué, pues, adoptar una opinión en lugar de otra, retroceder ante lo trivial o lo inconcebible, ante el deber de decir y escribir cualquier cosa? Un mínimo de cordura nos obligaría a sostener todas las tesis al mismo tiempo, en un eclecticismo de la sonrisa y de la destrucción.

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  El miedo a la esterilidad conduce al escritor a producir por encima de sus posibilidades y a añadir a las mentiras vividas otras muchas que toma prestadas o forja. Bajo toda Obra completa yace un impostor.

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  El pesimista debe inventarse cada día nuevas razones de existir: es una víctima del «sentido» de la vida.

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  Macbeth: un estoico del crimen, un Marco Aurelio con puñal.

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  El Espíritu es el gran beneficiario de las derrotas de la carne. Se enriquece a su costa, la saquea, se regocija de sus miserias; vive del bandidaje. La civilización debe su éxito a las proezas de un bandido.

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  El «talento» es el medio más seguro de falsearlo todo, de deformar las cosas y de equivocarse acerca de uno mismo. Sólo poseen una existencia verdadera aquellos a quienes la naturaleza no ha abrumado con ningún don. Sería por ello difícil de imaginar un universo más falso que el universo literario, o un hombre más desprovisto de realidad que el hombre de letras.

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  La salvación sólo es posible mediante la imitación del silencio. Pero nuestra locuacidad es prenatal. Raza de charlatanes, de espermatozoides verbosos, estamos químicamente ligados a la palabra.

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  La búsqueda del signo en detrimento de la cosa significada; el lenguaje considerado como un fin en sí mismo, como rival de la «realidad»; la manía verbal, incluso en los filósofos; la necesidad de renovarse a nivel de las apariencias;… características de una civilización en la que la sintaxis prevalece sobre lo absoluto y el gramático sobre el sabio.

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  Goethe, artista completo, es nuestro antípoda. Ajeno a lo inconcluso, a ese ideal moderno de la perfección, se negó a comprender los riesgos de sus contemporáneos; en cuanto a los suyos, los asimiló tan bien que no los padeció en absoluto. Su claro destino nos desmoraliza; tras haberlo explorado intentando en vano descubrir en él secretos sublimes o sórdidos, nos quedamos con las palabras de Rilke: «No tengo órganos para Goethe».

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  Nunca se criticará demasiado al siglo XIX por haber favorecido esa ralea de glosadores, esas máquinas de leer, esa malformación del espíritu que encarna el Profesor —símbolo de la decadencia de una civilización, de la degradación del gusto, de la supremacía del trabajo sobre el capricho.

  Ver todo desde el exterior, sistematizar lo inefable, no mirar nada de frente, hacer el inventario de los proyectos de los demás… Todo comentario a una obra es ramplón o inútil, pues todo lo que no es directo es nulo.

  En el pasado los profesores se consagraban con preferencia a la teología. Al menos tenían la excusa de enseñar lo absoluto, de limitarse a Dios, mientras que ahora nada escapa a su competencia asesina.

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  Lo que nos diferencia de nuestros antepasados es nuestro descaro frente al Misterio. Lo hemos incluso desbautizado: así nació el Absurdo…

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  Superchería del estilo: dar a las tristezas habituales un cariz insólito, adornar las pequeñas desgracias, vestir el vacío, existir por la palabra, por la fraseología del suspiro o del sarcasmo.

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  Resulta increíble que la perspectiva de tener un biógrafo no haya hecho renunciar a nadie a tener una vida.

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  Lo suficientemente ingenuo como para ponerme a buscar la Verdad, en el pasado me interesé —inútilmente— por bastantes disciplinas. Comenzaba a afianzarme en el escepticismo cuando tuve la idea de consultar, como último recurso, la Poesía: ¿quién sabe?, me dije, quizá me sea útil, quizás esconda bajo su arbitrariedad alguna revelación definitiva. Recurso ilusorio: ella me hizo perder hasta mis incertidumbres…

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  Para quien haya respirado la Muerte, ¡qué desolación el olor del Verbo!

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  Estando de moda la derrota, es natural que Dios se aproveche de ello. Gracias a los esnobs que le compadecen o le maltratan, goza todavía de cierta reputación. Pero ¿durante cuánto tiempo será aún interesante?

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  —Tenía talento, sin embargo ya nadie se interesa por él. Se le ha olvidado.

  —Es justo: no supo tomar todas las precauciones necesarias para ser mal comprendido.

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  Nada seca tanto la inteligencia como la repugnancia a concebir ideas oscuras.

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  ¿Qué hace el sabio? Se resigna a ver, a comer, etc., acepta a pesar suyo esa «llaga de nueve aberturas» que es el cuerpo según la Bhagavad-Gita. —¿La sabiduría? Sufrir dignamente la humillación que nos infligen nuestros agujeros.

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  El poeta: un espabilado que sabe atormentarse sin motivo, que se consagra con ardor a las perplejidades, que se las procura por todos los medios. Luego, la ingenua posteridad se apiada de él…

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  Casi todas las obras se componen de destellos de imitación, estremecimientos aprendidos y éxtasis robados.

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  Prolija por naturaleza, la literatura vive de la gran abundancia de vocablos, del cáncer de la palabra.

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  Europa no se encuentra todavía lo suficientemente en ruinas como para que pueda florecer en ella la epopeya. Sin embargo, todo hace prever que, celosa de Troya y dispuesta a imitarla, proporcionará un día temas tan importantes que ni la novela ni la poesía le bastarán…

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  Admiraría sin límites a Omar Jayyam, sus tristezas sin réplica, si no hubiera conservado una última ilusión: desgraciadamente creía aún en el vino.

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  Lo mejor de mí mismo, este poco de luz que me aleja de todo, se lo debo a mis raras conversaciones con algunos canallas amargos, canallas inconsolables que, víctimas del rigor de su cinismo, no podían dedicarse ya a ningún vicio.

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  Más que un error de fondo, la vida es una «falta de gusto» que ni la muerte, ni siquiera la poesía, logran corregir.

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  En este «gran dormitorio», como llama un texto taoísta al universo, la pesadilla es la única forma de lucidez.

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  Es preferible no dedicarse a las letras cuando, poseyendo un alma oscura, se está obsesionado por la claridad. No se dejarán tras de sí más que suspiros inteligibles, pobres residuos del rechazo de ser uno mismo.

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  En los tormentos del intelecto hay una decencia que difícilmente encontraríamos en los del corazón.

  El escepticismo es la elegancia de la ansiedad.

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  Ser moderno es chapucear en lo Incurable.

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  Tragicomedia del discípulo: he reducido a polvo mi pensamiento para ir más lejos que los moralistas, quienes sólo me habían enseñado a desmenuzarlo…

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