domingo, 19 de marzo de 2017

Emil Cioran.- El ocaso del pensamiento capitulo sexto

La agobiante necesidad de rezar y la impotencia de no estar dirigiéndote a nadie… Y, luego, la otra necesidad: de tirarte a tierra, de morderla enfurecido y vomitar la cólera o la negativa religiosidad de la carne.

  ¿Se habrá convertido el cerebro en picadero para unos ángeles que llevan herraduras, si no puedo captar su eco, vulgar y divino? ¿O será que se han quemado los llantos? ¿O serán vientos que atizan el incendio provocado por las lágrimas del mundo?

  Cuando veo el cielo me entran ganas de disolverme en él, y cuando miro la tierra, de enterrarme en sus entrañas. ¿Para qué extrañarme entonces de que ambos, cielo y tierra, se descompongan en la mente y en el corazón? He torturado mis esperanzas entre una geología del cielo y una teología de la tierra.

  ¡Cómo me gustaría pegar mis mejillas contra el azul sereno del cielo, como esas hojas que parecen haber brotado allí, cuando uno las mira por la tarde a la sombra de un árbol!

  *

  En el corazón de Diógenes las flores se volvían carroña y las piedras se reían. Nada que no estuviera desfigurado: el hombre se desfiguraba la cara; y los objetos, el silencio. La naturaleza, con descaro, exponía generosamente su impudor, en el que se deleitaba la locura clarividente del más lúcido de los mortales. Las cosas perdían su virginidad al contacto con su penetrante mirada, que parecía querer enseñarnos la existencia de un vínculo más profundo entre la sinceridad y la nada.

  ¿Fue Diógenes el hombre más sincero? Eso parece, desde el momento en que no perdonó a nadie ni a nada; su sinceridad fue casi enfermiza, pues no tuvo miedo de las consecuencias del conocimiento. Consecuencias que son el cinismo mismo.

  ¿Qué le habrá impulsado a sacudir la dulzura de los prejuicios y del decoro? ¿Qué habrá perdido para que ya nada haya vuelto a ligarlo a la magia de la apariencia y del error? ¿Se puede llegar sólo por medio de la inteligencia a la osadía y a la provocación de la verdad? Jamás, al menos mientras el corazón aún persista en la mentira y al servicio de la sangre. Pero el corazón de Diógenes parece haber sido arrancado del interés de la existencia y, algo sin precedentes, haberse vuelto cuna de la inteligencia, lugar de reposo y de convalecencia de la lucidez. Sacada la sangre de la circulación y controlada la vida sin piedad, ¿dónde se manifestará todavía el error y se deleitará la ilusión? El cinismo florece en esa evacuación, que te desliga de todo y te permite reír, despreciar, pisotear, a ti mismo en primer término, soberbio por la ausencia universal cuyo espectador es el cínico. Este, llorando o riendo, mira a la nada.

  ¿Qué habrá impulsado a Diógenes hacia la catastrófica ruptura del hechizo ingenuo, delicado y envolvente de la existencia? ¿Qué es lo que lo habrá lanzado a cometer un crimen contra los errores indispensables de la vida? ¿No le debemos una falta de esa ilusión de la que, acongojados, alardeamos? ¿Qué consuelo le habrá faltado, qué caricias le truncaron, para separarle de la felicidad a la que debió de ser sensible incluso si nació con vocación de réprobo? También un monstruo nace con una tendencia a la felicidad que no puede perder aunque ésta lo abandone.

  ¿Qué nos impide en la vida ser cínicos pese a que la razón nos empuja y nos obliga? ¿Qué limita la impertinencia última del conocimiento?

  ¿Nos acordamos aún del amor, generador de fecundos errores?

  Cualquier paso que demos en el amor intimida el conocimiento y lo obliga a caminar recatadamente a nuestro lado o pegado a nosotros. La mengua de lucidez es una señal de vitalidad del amor.

  Sin embargo, cuando algo interviene y desencadena la lucidez en un imperio tan vasto como el ser, el amor se retira derrotado y aturdido. Y cuando ese «algo» es un ser (o tal vez muchos) que hemos perdido durante la edad de las mentiras, el vacío que sigue permite la despiadada expansión de la razón fría y destructora. Normalmente, nadie puede heredar tanta lucidez como para deslizarse en el cinismo, sino que en el transcurso de la vida las decepciones vuelven el mundo transparente, de suerte que se ve hasta el fondo lo que sólo nos era permitido acariciar. Nosotros no conocemos la vida de Diógenes en la época en la que las desgracias amorosas deciden el curso de la reflexión. Pero ¿qué importa saber a quién perdió cuando sabemos muy bien qué perdió y adónde lleva esa pérdida?

  *

  ¡Ojalá pudiera volverme una fuente de lágrimas en las manos de Dios! ¡Llorar en él y que él llorara en mí!

  *

  Por medio de la pasión y la desdicha, vencemos el carácter de relatividad de la vida y la proyectamos en lo Absoluto. De esta manera, se convierte en un Apocalipsis diario…

  *

  Hay una gran resignación que sólo conocemos cuando el torbellino de la muerte nos coge por sorpresa en mitad de un bulevar… O esa regia inquietud que nos embarga por las grises calles de París siempre que nos preguntamos si hemos existido alguna vez y las viejas casas inclinadas nos dan la respuesta negativa de su agonía…

  *

  Los medios de vencer la soledad no hacen más que agrandarla. Al querer alejarnos de nosotros mismos por medio del amor, la embriaguez o la fe, no conseguimos otra cosa que profundizar nuestra identidad. Se es más uno mismo en la proximidad de la mujer, del alcohol o de Dios. Incluso el suicidio no es más que un homenaje negativo que nos ofrecemos a nosotros mismos.

  *

  El estremecimiento que nos revela que el espíritu se ha quedado claro e intacto pero que la sangre y la carne han perdido la razón… O que los huesos han perdido la cabeza cuando la razón goza de lucidez propia.

  ¡Ojalá los cielos se hundieran frente al espíritu!

  *

  El amor parece una ocupación vulgar si lo comparamos con el anhelo de adoración, en que las inclinaciones de la vida se filtran en un mundo de brisas puras. La mujer que cae víctima de nuestra sed inmaterial puede considerarse, y con razón, desdichada en amores. Y es que no le ofrecemos demasiado, ¿un exceso que ultraja ese poco que es la felicidad?

  Ella jamás comprenderá por qué en la adoración su presencia es tan vana como en la ausencia. No necesita ser ni saber. ¿Con qué podría contentar o suavizar la necesidad de absoluto extraviada en el Eros? Al adorarla ella solamente existe en la medida en que no es, como pretexto por nuestro gusto por la irrealidad suprema.

  Ese absoluto en nuestra superficie… bautizado mujer.

  *

  Sólo frente al mar te das cuenta de la falta de poesía que esconde nuestra resistencia a las olas de la muerte…

  Poesía significa desmayo, abandono, no ofrecer resistencia al hechizo… Y como todo hechizo equivale a desaparición, ¿quién podría encontrar una sola poesía exaltadora? Ella nos hace bajar hacia lo supremo…

  Hay corazones cuya música, concentrada en un rayo sonoro, podría hacer que la vida empezara desde el inicio. ¡Si supiéramos tocar la fibra cosmogónica de cada corazón…!

  *

  La duplicidad esencial de toda tristeza: con una mano quisieras sostener un lirio y con la otra acariciar a un verdugo. ¿Tendrán la poesía y el crimen la misma fuente?

  En la tristeza todo tiene dos caras. No puedes estar ni en el cielo ni en el infierno, ni en la vida ni en la muerte, ni se puede ser feliz ni infeliz. Un llanto sin lágrimas, un equívoco sin fin. ¿Acaso no te expulsa de igual manera de este mundo como del otro?

  Tu tristeza es desde siempre, no de ahora. Y ese «siempre» abarca a todo el mundo que ha precedido a tu nacimiento. ¿No es la tristeza el recuerdo del tiempo en que no hemos existido?

  *

  La palidez nos muestra hasta dónde el cuerpo puede entender al alma.

  *

  ¿Me bastarán las llanuras del cielo para remendar un corazón hecho jirones? ¿O tendré que mendigárselo también a las llanuras de la tierra? ¡Como si a ellas aún les quedara algo por cubrir de un alma que nació enterrada!

  *

  ¿Habéis contemplado el mar durante sus horas de hastío? Parece agitar las olas asqueado de sí mismo. Las expulsa para que ya no vuelvan más. Pero vuelven y vuelven sin cesar. Eso mismo nos pasa a nosotros. ¿Quién nos hace volver a nosotros mismos cuando más nos esforzamos en alejarnos?

  La misteriosa necesidad de dejarnos a merced de la mar, de diluirnos en la vana agitación de todos los mares, ¿no será una inclinación por el hastío infinito y una sensación de evanescencia más vasta que el alejamiento? ¡Ni el vino, ni la música ni los abrazos nos acercan a la dulzura de la desintegración como las olas que suben hasta nuestra ausencia e insignificancia y nos consuelan con promesas de desaparición! La mar, comentario sin fin del Eclesiastés…

  ¿Descifra algo un hombre feliz en las planicies marinas? ¡Como si la mar estuviese hecha para los hombres! Para ellos es la tierra, esta desventurada tierra… Pero los acordes de la desdicha se unen a los de la mar, en una voluptuosa y desgarradora armonía que los arroja fuera del destino de los mortales.

  Y así, la tonalidad marina es la de una muerte eterna, la de un fin que no se termina nunca, la de una agonía risueña. No necesitamos un corazón enfermo de matices ni una sensibilidad dañada por la sutileza del éxtasis para sorprender un mortal escalofrío en las melodías marinas, sino solamente una inclinación hacia los misterios y voces de la melancolía. Entonces ya no estamos seguros de nuestra identidad y, en cierto modo, debemos recogernos, pescarnos a nosotros mismos incesantemente para que no nos traguen los mares que hay en nosotros mismos ni los de fuera. Sólo podemos dominarnos entre cuatro paredes. El reclamo de la lejanía nos empuja más allá del cálculo de nuestra existencia…

  La mar tienta a desaparecer solamente a los que la han descubierto durante días y noches de introspección… Cuando se la tiene delante, lo único que hacemos es verificar la sima de esos días y de esas noches… Lo demoníaco del mar reside en que es una borrasca fragante, una destrucción a la que no podemos negarnos sin hollar lo más profundo que hay en nosotros… una noble descomposición que tenemos que cultivar. Y, además, ¿es que la sangre no palpita al compás de un ritmo marino, su melancólico orgullo no se corresponde con la herida azul, movediza e infinita? ¡Que ese inmenso y líquido sufrimiento colme mi inclinación por los dolores inconmensurables y mitigue mi sed de desdichas sin igual! ¡Ojalá montaran en cólera los mares y rompieran sus olas contra el corazón humano!

  Cuando te pierdes a orillas del mar, dejas el Paraíso de los raquíticos. Porque éste es un mar sin el componente demoníaco. Ahora ya sólo en esos peligrosos momentos en los que se derriten las articulaciones y se empapan los huesos me persigue la imagen del paraíso, durante una suprema debilidad y una total deficiencia. La imagen más pura que conforma la mente es la emanación de una vitalidad vacía.

  En ninguna otra parte como en el mar te sientes inclinado a considerar que el mundo es una prolongación del alma. Y en ninguna parte eres más capaz de sentir un escalofrío religioso por el simple hecho de mirar. Una vida llena, con un aura de absoluto, sería aquella en la cual toda percepción equivaliera a una revelación. Estás en trance de realizarla cuando te sientes hipnotizado por los crepúsculos marinos… ¿Podré olvidar alguna vez aquel atardecer único en Mont Saint Michel, cuando entre un sol agonizante y una fortaleza más sola que el sol, todos los ocasos del mundo me llamaban a un triste esplendor que entreveía y presentía? Y luego el paseo con aquel crepúsculo en el alma por el parque de Combourg, tratando de mostrarme digno del hastío del gran René. En efecto, hay que conocer la magnífica desolación de determinados días en Saint Malo y en Combourg para poder excusar a Chateaubriand. Es cierto que, excepto unas pocas páginas de sus Memorias, difícilmente puede leérsele, ya que su retórica, si bien amplia, carece de sustancia. Sus lamentaciones no han sido meditadas lo suficiente y su hastío no es bastante esencial. Pero si me atrajo fue por la suntuosa evolución de su vida, por haber elevado el vacío interior al rango de arte.

  Ha sabido sacar partido de su insignificancia de tal forma que ya no podemos ser sino sus epígonos en el arte del hastío. Al menos haría falta ver la habitación en la que pasó su niñez y entrever las que pudieron ser sus discusiones con Lucile, por la que todo aficionado a la melancolía debe sentir piedad, para tomar conciencia de que la desolación surgida en una aldea válaca no puede alcanzar el fúnebre prestigio de otra nacida en un castillo solitario. Nosotros nos sentimos más poseídos por la amargura que por la tristeza, ya que no conocemos el orgullo de la suerte triste, sino las sombras del destino cruel.

  «Un corazón lleno en un mundo vacío.» Chateaubriand se engañó al definir así el hastío; se engañó por soberbia. Porque, en lo tocante al hastío, no somos más que el mundo, sino que somos tan poca cosa como él. Es una correspondencia de vacíos. Y es que si fuéramos más, nos apoyaríamos bastante en nosotros mismos, estaríamos lo bastante llenos de existencia como para entrar en contacto con lo enrarecido de la conciencia, de donde brota el vacío interior. Los estados de gran tensión, sean de éxtasis o de sufrimiento, nos vuelven impermeables al hastío, aunque del mundo que nos rodea podría venir una irresistible sugestión de inutilidad.

  Al ver las cosas más de cerca no se las puede amar más que en la medida de su irrealidad. La existencia no es soportable sino porque participa en alguna medida de la inexistencia. La virtualidad de no ser nos aproxima al ser. La nada es un bálsamo existencial.

  De esta manera comprendo mejor nuestra inclinación enfermiza, llena de apasionado sufrimiento, por la mujer. Aunque más anclada en la vida que nosotros, guarda sin embargo un algo de irreal que no podemos arrebatarle, producto tanto de la evanescente poesía con la que nos complace envolverla como de lo equívoco de la sexualidad. La mujer es cualquier cosa menos evidencia. Y las penas de amor, sea el que sea, correspondido o no, ganan en profundidad y rareza conforme la presencia de la mujer se sutiliza en una perfección cuanto más carnal, más indefinible. El amor sólo es infinito negativamente, al convertir la plenitud en sufrimiento. La necesidad de infelicidad se resiente sólo para prestar a los espasmos eróticos una expresión suprema.

  La sexualidad sin la idea de la muerte es estremecedora y degradante. En los brazos de la mujer bajan ataúdes del cielo. Lo equívoco del eros es incluso esa mortal ilusión de plenitud, de exceso desastroso, de esplendor crepuscular.

  ¿Quién que se haya abandonado a merced del mar o de su recuerdo no ha sentido vergüenza de haber pasado, contento o indiferente, momentos de amor? ¿No es el mar un estorbo para la consecución de cualquier satisfacción? ¿No lo obligamos al reflujo cuando lo contemplamos con ojos doloridos? La melancolía es un homenaje de cada momento a las planicies marinas. Y, en las miradas soñadoras y perdidas, el mar se prolonga más allá de sus riberas y los océanos continúan un flujo ideal hacia la tristeza. Por eso los ojos ya no tienen fondo…

  *

  ¡Qué curioso resulta pasear entre mujeres y otras gentes, pensando si merece la pena o no ser Dios! Rumiando la ilusión de su eternidad, uno se dice: «¿Seré todavía dueño de mí mismo más allá de mis límites?». Y un transeúnte murmura: «Yo prefiero crespón de China».

  ¡Qué suerte que todavía haya mujeres misteriosamente embellecidas por la enfermedad, que comprenden el clima del dolor y la perdición de la lucidez! El espíritu es materia elevada al rango de sufrimiento. Y como las mujeres están ávidas de dolor, participan en él.

  La inocencia es el contrario del espíritu. Igualmente la felicidad y todo cuanto no es dolor.

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  Los parques son desiertos positivos.

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  Cuando ya no estés de acuerdo con el mundo, ni de pensamiento ni de corazón, echa a correr y no te pares, para que el ritmo de los pasos te rodee y olvides que la naturaleza está hecha de lágrimas. De lo contrario volverás a ser jardinero del suicidio.

  La locura es un derrumbamiento del yo dentro del yo, una exasperación de la identidad. Cuando se pierde la razón, nada puede impedirnos ya el ser ilimitados en nosotros mismos.

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  La enfermedad: estadio lírico de la materia. O tal vez más: materia lírica.

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  No puede explicarse una paradoja al igual que no puede explicarse un estornudo. Pero, por otra parte, ¿no es la paradoja un estornudo del espíritu?

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  La tristeza es lo indefinible que se interpone entre la vida y yo. ¡Y cuán indefinible es una delicada aproximación de lo infinito…!

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  Cuando se es amado, se sufre más que cuando no se es. Abandonado, uno se consuela con el orgullo; ¿pero qué consuelo puede inventarse para un corazón que se abre hacia nosotros?

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  Las montañas engañan su soledad con la vecindad del cielo, y el desierto, con la poesía de los espejismos. Sólo el corazón del hombre permanece eternamente consigo mismo…

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  ¿De dónde nace la sucia inclinación a revolcarme en la desdicha, peor que la de los búfalos a revolcarse en las charcas y los cerdos en las basuras? Una pereza salpicada de estiércol y de sueños…

  … Y cuando sabes que ella no es el vicio de tu vida, sino su fuente; y cuando sobre todo sabes que, junto a la mujer, la desidia se vuelve eternidad…

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  Siempre que miro el azul del cielo y cualquier otra cosa azul, dejo ipso facto de pertenecer al mundo. ¿Quién ha llamado confortante al color de la más sutil perdición?

  Si el cielo tuviera otro aspecto, la religión probablemente habría estado unida a la tierra. Pero como el azul es el color de la desunión, la fe se convirtió en un salto fuera del mundo.

  El azul, sea cual sea su matiz, es la negación de la inmanencia.

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  Cuanto más me curo de mí mismo, más me parezco. La melancolía nos libera del Yo hasta tal punto, que ésta es su mal.

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  Comparada con el todo de la muerte, la nada de la vida es una inmensidad.

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  Los santos han dicho tantas paradojas que es imposible no pensar en ellos cuando se está en el café.

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  El sentimiento de la muerte es lánguido y cruel, como si un cisne y un chacal nadaran juntos en las olas envenenadas de la sangre…

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  Leyendo a los filósofos se olvida el corazón humano, y al leer a los poetas no se sabe cómo librarse de él.

  La filosofa es demasiado soportable. Ese es su gran defecto. Le falta la pasión, el alcohol, el amor.

  Sin la poesía la realidad se deprecia. Todo cuanto no es inspiración es deficiencia. La vida y con más razón la muerte son estados de inspiración.

  El desvanecimiento de todas la cosas en los oídos y corazones agonizantes de poesía…

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  ¿La melancolía? Ser enterrado vivo en la agonía de una rosa.

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  Cuando afectado por una nobleza triste, desligado de los hombres y del mundo, arrastras una agonía florida, nada te impide ya creer que has nacido por generación espontánea de un otoño eterno.

  Por las venas vaga un septiembre soñador y sin principio.

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  Un ser que aburre es un ser incapaz de aburrirse.

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  La vida sustrae eternidad a la muerte, y la individuación es una crisis de lo infinito.

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  La atención ininterrumpida al ser es la fuente del hastío. ¡Qué pena que la existencia no resista al espíritu! Hasta Dios desaparece por causa de nuestra atención.

  La nada es atención absoluta.

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  La alegría es el reflejo psíquico de la pura existencia, de una existencia que no es capaz más que de ella misma.

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  El deseo de morir esconde tantas garantías de absoluto y de perfección, tanta insensibilidad al error, que la sed de vivir gana en encanto por el prestigio de lo imperfecto y por la atracción de los errores perfumados. ¿No resulta más raro apegarse a la imperfección?

  La predilección por lo extraño salva la vida; la muerte se hunde en la evidencia.

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  No existe grandeza en la vida ni en la misma muerte, sino en una Nada que se yergue indiferente y eterna hacia el cielo como si fuera el Mont Blanc.

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  Mirad los picos esquizofrénicos: es curioso que no exista más soledad que la que hay hacia el cielo.

  Las montañas no nos dan la sensación de infinito, sino de grandeza. Para lo infinito nos bastan el mar y la desdicha.

  Me gustaría tener un corazón allí donde los Alpes se cortan con el azul del cielo.

  La melancolía me dispensa del alpinismo. Cuando se llega a comprender a las montañas desde abajo…

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  Las mujeres que no saben sonreír me hacen pensar en una fanfarria de bomberos en el Paraíso.

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  Sólo la farmacia puede detener todavía a los pensamientos.

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  Cuando el veneno del insomnio haya depravado el ser, nada puede hacerse ya bajo el sol que no nos irrite. Excepto, tal vez, un diálogo de las flores sobre la muerte.

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  La diabólica altivez de disponer de la amargura frente a todo, de desfigurar la banalidad en el torbellino de la paradoja y de perturbar la serenidad de la naturaleza mediante la pasión de la contradicción… Lo único que queda es el desenfreno de la razón sobre una realidad deshojada, una óptica sombría que traspasa la calma del olvido y mancilla toda lozanía. ¿Por qué extrañarse entonces de que los cisnes (almas desparramadas en los cuerpos) parezcan bizcos (¿pues acaso no miran de lado?); ¿que un cielo sereno despierte la imagen resplandeciente de un cerebro de imbécil y la vida parezca más cómica que un santo lascivo?

  ¡Ojalá los manantiales de los Alpes me lavaran la razón y me refrescaran el corazón! Sólo así me sentiría contento al descubrir la ternura de la ignorancia y no rumiar por montes y llanuras, por mares y desiertos, la curiosidad fatal de Adán, expulsándome de mí mismo por medio del insomnio.

  ¡Vivir toda la vida el drama del pecado y a veces sentirse tan puro, que alas de cisne nos llevan a una isla de ángeles que velan la agonía del Paraíso!

  Y, sin embargo, sólo en el sentimiento del pecado somos hombres en el sentido propio de la palabra. Ya que ser hombre significa identificarse en cualquier latitud de la tierra y del corazón con el fenómeno de la caída.

  Quien no siente que va hacia el fondo (aun cuando trabaje y cree activamente, sea notario o genio) no comprende nada de la naturaleza específica del destino humano, mientras que los que no conocen la irresistible atracción de la tiranía, del deslizamiento esencial, del crecimiento hacia el abismo, no han alcanzado en modo alguno la condición a la que han sido destinados.

  Sólo los hombres ajenos a la tentación de la inmersión fecunda mueren, en el pleno sentido del término, los que no se rompen la crisma en cualquier trance de la vida. Los otros lo tienen todo tras de sí, y lo primero el final.

  *

  La lucidez: tener sensaciones en tercera persona.

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  Los hombres son en general objetos. Por eso sienten la necesidad de que «exista» Dios. Cuando han hecho el paso del objeto al yo, Dios es superior al hecho de ser o de no ser. Justamente como el yo, El se convierte en una realidad que se busca.

  *

  No puede alcanzarse el equilibrio en el mundo mientras la existencia sólo sea un estado. En tal condición, uno está de forma permanente de acuerdo o en desacuerdo con ella. Naturalmente, la existencia es irreductible, una resistencia pura y simple, frente a la que nos hallamos, sin vernos obligados a adecuarla a la subjetividad.

  El desequilibrio en el mundo, fruto de la exasperación de la conciencia, deriva de la incapacidad de concebir la realidad de forma neutra. Por mucho que nos esforcemos, la realidad no es más que un estado al cual nos adherimos o no. La intensificación del subjetivismo en la conciencia mengua la autonomía del ser. Lo que se gana en intensidad, la realidad lo pierde en presencia.

  ¿La conciencia? No estar ya a la altura del ser.

  *

  Mientras que en el éxtasis los puntos del universo son inseparables de nuestro centro de irradiación, en el terror se encuentran a idéntica distancia de nosotros, sin que uno solo nos sea indiferente. Nada nos separa del mundo, aunque éste nos sea hostil. El éxtasis y el terror, tan diferentes, nos involucran por igual en el mundo.

  Por ello, pasmado por su alternancia, consigues no sólo descifrar qué es el yo y qué es el mundo. Para ninguno de ellos puede quedar algo neutro; todo participa y nada permanece fuera, no hay nada objetivo.

  En el terror no sabemos si el mundo es una prolongación negativa del yo o si éste lo es del mundo; y en el éxtasis no puede calificarse la plenitud; en tal medida la confusión única absorbe las diferencias del ser.

  Un mundo de ortigas altruistas y de piedras que se invitan a bailar un minueto…, o de carroñas que sonríen como en un vodevil…

  A la realidad hay que llamarla a la vida o prohibirla.

  *

  La presencia del espíritu, una vez que se ha vuelto colectiva, convierte a un pueblo en anémico y lo acerca a la decadencia por los excesos de refinamiento. El fin de un país es, en general, un agotamiento histórico, una extenuación explicable y fatal. Las nobles deficiencias de Grecia y Roma en su madurez crepuscular suponen un destino circular y la alta expiación de un exceso único. Un pasado de creación se paga por los sufrimientos de la vitalidad, y nada es más impresionante que una vejez lúcida, abierta a la vastedad de la amargura.

  Pero hay pueblos que no se van a pique por el exceso de espíritu o que, tras haber llegado a la cumbre, se recobran. ¿Acaso Holanda, cuya pintura no va a la zaga de la música alemana, no ha degenerado en la salud? Tras sus encumbramientos históricos, ha «modificado» la sangre y sus gentes prefieren la apoteosis de la mantequilla a la palidez. ¿Y no muere Suecia agotada de prosperidad? ¿Qué le impide marchitarse en un glorioso declive? ¿Y cómo puede haber países que no tengan destino por miedo a la anemia consecutiva de la «historia»? El devenir universal registra sólo los pueblos que no escatiman esfuerzos, que no sopesan su destino, sino que se dirigen triunfante e implacablemente hacia la agonía.

  Los peligros de la creación alejan del espíritu tanto a los individuos como a los países. Al preferir la salud se oponen a la naturaleza. ¿Acaso retienen las flores su aroma para no marchitarse? El perfume es la historia de una flor, como el espíritu lo es de un sujeto. Los pueblos que no se marchitan no han vivido nunca.

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