domingo, 19 de marzo de 2017

Emil Cioran.- El ocaso del pensamiento capitulo primero.

Uno puede decir con toda tranquilidad que el universo no tiene ningún sentido. Nadie se enfadará. Pero si se afirma lo mismo de un sujeto cualquiera, éste protestará e incluso hará todo lo posible para que quien hizo esa afirmación no quede impune.

  Así somos todos: nos exoneramos de toda culpa cuando se trata de un principio general y no nos avergonzamos de quedarnos reducidos a una excepción. Si el universo no tiene ningún sentido, ¿habremos librado a alguien de la maldición de ese castigo?

  Todo el secreto de la vida se reduce a esto: no tiene sentido; pero todos y cada uno de nosotros le encontramos uno.

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  La soledad no te enseña a estar solo, sino a ser único.

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  Dios está muy interesado en controlar las verdades. A veces un simple encogimiento de hombros puede hacer que todas se le vengan abajo, puesto que los pensamientos ya hace tiempo que se las socavaron. Si un gusano es capaz de sentir inquietudes metafísicas, también él le quita el sueño.

  Pensar en Dios es un obstáculo para el suicidio, no para la muerte. Eso no alivia en absoluto la oscuridad que habrá asustado a Dios mientras se buscaba el pulso por miedo a la nada…

  Dicen que Diógenes se dedicaba a falsificar moneda. Todo hombre que no crea en la verdad absoluta tiene derecho a falsificar cualquier cosa. Si Diógenes hubiera nacido después de Cristo, habría sido un santo. ¿Adónde puede llevarnos la admiración por los cínicos y dos mil años de cristianismo? A un Diógenes enternecedor…

  Platón dijo de Diógenes que era un Sócrates loco. Difícil resulta ya salvar a Sócrates…

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  Si la sorda excitación que me domina cobrara voz, cada gesto sería un postrarme de hinojos ante un muro de las lamentaciones. Llevo luto desde que nací, luto por este mundo.

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  Todo lo que no es olvido, nos desgasta el alma; el remordimiento es el reverso del olvido. Por eso se alza amenazador como un monstruo de tiempos remotos que mata sólo con la mirada o llena los momentos con sensaciones de plomo fundido en la sangre.

  El común de las gentes siente remordimientos tras un acto cualquiera; sabe por qué los tiene porque los motivos están ante sus ojos. Sería inútil que les hablara de «accesos», nunca podrían entender la fuerza de un tormento inútil.

  El remordimiento metafísico es una turbación sin causa, una inquietud ética en el límite de la vida. No tienes culpa alguna de la que arrepentirte y sin embargo sientes remordimientos. No te acuerdas de nada pero te invade un sentimiento infinitamente doloroso del pasado. No has hecho nada malo, pero te sientes responsable de los males del universo. Sensaciones de Satanás delirante de escrúpulo. El principio del Mal apresado en las redes de los problemas éticos y en el terror inmediato de las soluciones.

Cuanto menos indiferente seas frente al mal, más cerca estarás del remordimiento esencial. Este a veces es difuso y equívoco: entonces cargas con la ausencia del Bien.

  El color del remordimiento es el morado. (Lo extraño en él tiene su origen en la lucha entre la frivolidad y la melancolía, donde la última es la que triunfa.)

  El remordimiento es la forma ética del pesar. (Los pesares se convierten en problemas, no en tristezas.) Un pesar elevado al rango de sufrimiento.

  No resuelve nada, pero lo empieza todo. La moral aparece con el primer temblor de remordimiento.

  Un dinamismo doloroso hace de él un desperdicio suntuoso e inútil del alma. Sólo el mar y el humo del tabaco pueden darnos una idea de su imagen.

  El pecado es la expresión religiosa del remordimiento, al igual que el pesar es su expresión poética. El primero es un límite superior; el último, inferior.

  Te lamentas de que algo ha ocurrido contigo mismo… Eras libre de dar otro rumbo a los acontecimientos, pero la atracción del mal o de la vulgaridad ha vencido a la reflexión ética. La ambigüedad arranca de la mezcla de teología y vulgaridad que hay en cualquier remordimiento.

  No hay forma más dolorosa de sentir la irreversibilidad del tiempo que a través del remordimiento. Lo irreparable no es otra cosa que la interpretación moral de esa irreversibilidad.

  El mal nos desvela la sustancia demoníaca del tiempo; el bien, el potencial de eternidad del devenir. El mal es abandono; el bien, un cálculo inspirado. Nadie conoce la diferencia racional existente entre uno y otro. Pero todos sentimos el doloroso calor del mal y la frialdad extática del bien.

  Ese dualismo transpone al mundo de los valores otro dualismo más profundo: inocencia y conocimiento.

  Lo que diferencia el remordimiento de la desesperación, del odio o del honor es una ternura, un sentido patético de lo incurable.

  ¡Hay tantos hombres a quienes sólo les separa de la muerte su anhelo por ella! En este anhelo, la muerte convierte la vida en un espejo en el cual poder admirarse. La poesía solamente es el instrumento de un fúnebre narcisismo.

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  Tanto los animales como las plantas son tristes, pero no han descubierto la tristeza como una vía de conocimiento. Sólo en la medida en que el hombre la utiliza, cesa de ser naturaleza. Al mirar a nuestro alrededor, ¿quién no se da cuenta de que hemos dado nuestra amistad a las plantas, a los animales y a los minerales? Pero a ningún hombre.

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  El mundo no es más que un Ninguna-parte universal. Por eso nunca tenemos un lugar adonde ir…

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  Todos esos momentos en que la vida calla para que oigas tu soledad…, tanto en París como en el más alejado villorrio, el tiempo se retira, se acurruca en un rincón de la conciencia y se queda contigo mismo, con tus luces y tus sombras. El alma se ha aislado y, presa de convulsiones indefinidas, sube hasta tu superficie, como un cadáver pescado en las profundidades. Entonces te das cuenta de que también existe otro sentido de pérdida del alma distinto del bíblico.

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  Todos los pensamientos se asemejan a los gemidos de una lombriz pisada por los ángeles.

No puedes entender lo que significa «la meditación» si no estás habituado a escuchar el silencio. Su voz incita a la renuncia. Todas las iniciaciones religiosas son inmersiones en su profundidad. Empecé a sospechar del misterio de Buda en cuanto me entró miedo del silencio. La mudez cósmica te dice tantas cosas, que la cobardía te empuja a los brazos de este mundo.

  La religión es una revelación atenuada del silencio, una dulcificación de la lección del nihilismo que nos inspiran sus susurros, filtrados por nuestro miedo y nuestra prudencia… De esa forma, el silencio se sitúa en las antípodas de la vida.

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  Siempre que la palabra extravío acude a mi mente, trae consigo la revelación del hombre. Y también es como si las montañas reposaran sobre mi frente.

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  Suso revela en su autobiografía que con un punzón metálico se grabó el nombre de Jesús a la altura del corazón. La sangre no corrió en vano, pues al poco tiempo descubrió una luz en aquellas letras y las tapó para que nadie las viera. ¿Qué escribiría yo a la altura de mi corazón? Seguramente: infelicidad. Y la sorpresa de Suso se repetiría varios siglos después por el simple hecho de que el diablo tuviera una luz como emblema… De ese modo, el corazón humano se convertiría en el anuncio luminoso de Satanás.

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  Los ángeles veranean en los calveros de algunos bosques. En ellos yo sembraría flores de las márgenes de los desiertos para echarme a reposar a la sombra del propio símbolo.

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  Hay que tener el espíritu de un escéptico griego y el corazón de un Job para experimentar los sentimientos en su esencia: un pecado sin culpa, una tristeza sin motivo, un remordimiento sin causa, un odio sin objeto…

  Sentimientos puros que equivalen a filosofar sin problemas. Ni la vida ni el pensamiento existen ya —en este sentido— sin relación con el tiempo, y la existencia se define como una suspensión. Todo lo que sucede en tu interior no puede referirse ya a nada, porque no se dirige a ninguna parte, sino que se agota en la finalidad interna del acto. Se hace tanto más esencial cuanto robas a tu «historia» el carácter de temporalidad. Las miradas al cielo son intemporales, y la vida en sí misma es menos localizable que la nada.

  En el anhelo por lo absoluto existe la pureza de lo indeterminado, que tiene que sanarnos de las infecciones temporales y servirnos de prototipo de la suspensión incesante. Porque, en el fondo, esto no es sino desparasitar a la conciencia del tiempo.

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  Siempre que pienso en el hombre, la compasión anega mis pensamientos. Y así no puedo, en modo alguno, seguir sus huellas. Una fractura en la naturaleza nos obliga a meditaciones fracturadas.

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  La pasión por la santidad sustituye al alcohol en la misma medida que la música. Al igual que el amor y la poesía. Formas distintas del olvido, perfectamente sustituibles. Los borrachos, los santos,los enamorados y los poetas se encuentran inicialmente a la misma distancia del cielo o, mejor dicho, de la tierra. Sólo las vías difieren, aunque todos están en vías de dejar de ser hombres. Así se explica por qué el placer de la inmanencia los condena de forma similar.

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  La timidez es un desprecio instintivo de la vida; el cinismo, uno racional. ¿Y la ternura? Un delicado ocaso de la lucidez, una «degradación» del espíritu al rango del corazón.

  En toda timidez se halla un matiz religioso. El miedo de no ser de nadie, de que Dios no sea nadie, y el mundo su obra… La desconfianza metafísica crea hostilidad en la naturaleza e incomodidad en la sociedad. La falta de atrevimiento entre los hombres —el decantamiento de la fuerza en desprecio— parte de una vitalidad insegura, agravada por recelos, de lo que es más esencial en el mundo. Un instinto seguro y una fe decidida le dan a uno el derecho a ser insolente; incluso le obligan a ello. La timidez es el modo de encubrir un pesar. Ya que cualquier atrevimiento no es más que la forma que adopta la falta de pesar.

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  El no tener ya ilusiones es como haber servido de espejo al tocador íntimo de la vida. No hay en la vida un misterio más conmovedor que el amor a la vida; él solo pasa por encima de toda evidencia. Hay que dejar de pertenecer por completo a este mundo para que la vida parezca un absoluto. Desde el cielo, ésta es la perspectiva que se tiene.

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  Donde aparece la paradoja, muere el sistema y triunfa la vida. Por medio de ella la razón salva su honor frente a lo irracional. Lo que en la vida es turbio únicamente puede expresarse como maldición o himno. Quien no pueda servirse de ellos, sólo tiene una escapatoria a su alcance: la paradoja, sonrisa formal de lo irracional.

  ¿Qué otra cosa es, desde la perspectiva de la lógica, sino un juego irresponsable y, desde el buen sentido, una inmoralidad teórica? ¿Es que no se abrasan en ella todo lo insoluble, los desatinos y los conflictos que atormentan la vida desde lo más hondo? Siempre que sus agitadas sombras hablan al oído a la razón, ésta viste sus susurros con la elegancia de la paradoja para enmascarar su origen. ¿Es la propia paradoja de salón algo distinto a la más profunda expresión que puede alcanzar la superficialidad?

  La paradoja no es una solución, ya que no resuelve nada. Puede emplearse solamente como adorno de lo irreparable. Querer dirigir algo con ella es la mayor de las paradojas. No puedo imaginármela sin el desengaño de la razón. Su falta de pathos la obliga a estar al acecho del murmullo de la vida y a suprimir su autonomía a la hora de interpretarla. En la paradoja la razón se anula por sí misma; ha abierto sus fronteras y ya no puede detener la invasión de los errores palpitantes, de los errores que laten.

  Los teólogos son parásitos de la paradoja. Sin su uso inconsciente hace mucho que tendrían que haber depuesto las armas. El escepticismo religioso no es más que su práctica consciente.

  Todo cuanto no cabe en la razón es motivo de duda; pero en ella no hay nada. De ahí el fructífero auge del pensamiento paradójico que ha introducido un contenido en las formas y ha dado curso oficial al absurdo.

  La paradoja presta a la vida el encanto de un absurdo expresivo. Le devuelve lo que ésta le atribuyó desde el principio.

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  Si yo fuera Moisés, sacaría con mi bastón pesadumbres de las rocas. Sea como fuere, ése es también un modo de apagar la sed de los mortales…
Lo religioso no es una cuestión de contenido, sino de intensidad. Dios se concreta en nuestros momentos febriles, de suerte que el mundo en el que vivimos se convierte en un excepcional objetivo de la sensibilidad religiosa por el hecho de que sólo podemos reflexionar en los momentos neutros. Sin «fiebres» no superamos el campo de la percepción, es decir, no vemos nada. Los ojos sólo sirven a Dios cuando no distinguen los objetos; lo absoluto teme a la individuación.

  La intensificación de cualquier sensación es señal de religiosidad. El grado máximo de repulsión nos revela el Mal (la vía negativa hacia Dios). El vicio está más cerca de lo absoluto que un instinto auténtico, porque la participación en lo divino es posible en la medida en que ya no somos naturaleza.

  Un hombre lúcido controla sus «fiebres» a cada paso, como espectador de su propia pasión, eternamente sobre sus huellas, entregándose de forma equívoca a las fantasías de su tristeza. En estado lúcido el conocimiento es un homenaje a la fisiología.

  Cuanto más sabemos sobre nosotros mismos, más cumplimos con las exigencias de una higiene que consiste en la realización de la transparencia orgánica. Es tanta la claridad, que vemos a través de nosotros. Te conviertes así en espectador de ti mismo.

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  La fuente de la histeria religiosa en los conventos no puede ser otra que escuchar al silencio, la contemplación del espectáculo de sosiego de la soledad. ¿Pero qué hay del pálpito interior del Tiempo, de la pérdida de la conciencia en el balanceo del oleaje temporal? La fuente de la histeria laica…

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  El Tiempo es un sucedáneo metafísico del mar. Uno sólo piensa en él cuando quiere vencer la nostalgia marina.

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  Si se admite en el universo la existencia real de lo infinitesimal, todo es real; si no existe algo, no existe nada. Hacer concesiones a la multiplicidad y reducirlo todo a una jerarquía de apariencias significa no tener el valor de negar. La lejanía teórica de la vida y la debilidad sentimental por ella nos llevan a la vacilante solución de graduar la irrealidad, a un pro y contra de la existencia.

  La situación paradójica expresa una indeterminación esencial del ser. Las cosas no se han ordenado. Tanto como situación real, como de forma teórica, la paradoja surge de la condición de lo imperfecto. Bastaría con una para lanzar el paraíso por los aires.

  La contingencia (los oasis de lo arbitrario en el desierto de la Necesidad) sólo es aprehensible por las formas de la razón a través de la intervención de la movilidad que la agitación de la paradoja introduce. ¿Qué otra cosa es ésta sino la irrupción demoníaca en la razón, una transfusión de sangre en la Lógica y un padecimiento de las formas?

  Es un argumento irrebatible que los místicos no han resuelto nada, ¿pero lo han entendido todo? Hay un alud de paradojas en torno a Dios para aliviarse del miedo a lo incomprensible. La mística es la expresión suprema del pensamiento paradójico. Los propios santos se han servido de la indeterminación para «precisar» lo indescifrable que resulta lo divino.

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  Sensaciones etéreas del Tiempo en que el vacío se sonríe a sí mismo…

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  La melancolía: halo vaporoso de la Temporalidad.
La existencia demoníaca eleva cada uno de los instantes a la dignidad de acontecimiento. La acción —muerte del espíritu— emana de un principio satánico, luchar en la medida en que uno tiene algo que expiar. La actividad política es, más que cualquier otra cosa, una expiación inconsciente.

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  La sensibilidad frente al tiempo tiene su punto de partida en la incapacidad de vivir el presente. A cada momento percibes el inmisericorde movimiento del tiempo que sustituye al dinamismo inmediato de la vida. Ya no vives en el tiempo, sino con él, paralelo a él.

  Al ser una misma cosa con la vida, eres tiempo. Al vivirlo, mueres junto con él, sin dudas y sin dolor. La salud perfecta tiene lugar en la asimilación temporal, mientras que el estado de enfermedad es una disociación equivalente. Cuanto mejor se percibe el tiempo, tanto más se avanza hacia el desequilibrio orgánico.

  De forma natural, el pasado se pierde en la actualidad del presente, se totaliza y se funde con él. La pesadumbre (expresión de la agudeza temporal, de la desintegración del presente) aísla el pasado como actualidad, lo vitaliza por medio de una auténtica óptica regresiva. Porque en la pesadumbre el pasado conserva la virtud de lo posible. Lo irreparable convertido en virtualidad.

  Cuando se es plenamente consciente de la clase de agente destructor que es el tiempo, los sentimientos que se organizan alrededor de esa conciencia intentan salvarlo por todos lados. La profecía es la actualidad del futuro, como la pesadumbre lo es del pasado. Al no poder ser en el presente, transformamos el pasado y el futuro en presencias, de modo que la nulidad actual del tiempo nos facilita el acceso a su infinitud.

  Estar enfermo significa vivir en un presente consciente, en un presente translúcido en sí mismo, ya que el miedo al pasado y al futuro, a lo que ha ocurrido y a lo que ocurrirá, dilata el instante al compás de la inmensidad temporal.

  Un enfermo que pudiera vivir con ingenuidad no sería un enfermo propiamente dicho, ya que se puede estar afectado de cáncer, pero si no se tiene miedo al desenlace (ese futuro que corre hacia nosotros, no hacia donde nosotros corremos), se está sano. No hay enfermedades sino sólo una conciencia de ellas acompañada siempre por la hipertrofia de la sensación de lo temporal.

  ¿No nos sucede a veces que palpamos el tiempo, que se nos escurre entre los dedos, con una intensidad tal que lo proyecta dándole un contorno material? Y otras veces, ¿no lo sentimos correr como una sutil brisa entre nuestros cabellos? ¿Estará cansado? ¿Andará buscando lecho donde reposar? Hay corazones más agotados que él y que, sin embargo, no rehusarían acogerlo…

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  El Mal, una vez abandonada su indiferencia originaria, tomó al Tiempo como seudónimo.

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  Los hombres construyeron el paraíso filtrando de una «esencia» de perdurabilidad la eternidad. El mismo procedimiento aplicado al orden temporal nos hace inteligible el sufrimiento. Ya que, realmente, ¿qué es éste sino «esencia» del tiempo?

  Después de la medianoche medita como si ya no formaras parte de la vida o, en el mejor de los casos, como si ya no fueras tú. Conviértete en una simple herramienta del silencio, de la eternidad o del vacío. Te crees triste y no sabes que estas cosas respiran a través de ti. Eres víctima de una confabulación de fuerzas oscuras, ya que de un individuo no puede nacer una tristeza que no quepa dentro de él. Todo aquello que nos supera tiene su origen fuera de nosotros. Ya sea el placer, o el sufrimiento. Los místicos atribuyeron a Dios la inefable felicidad que experimentaban durante los estados de éxtasis porque no podían admitir que la finitud individual fuera capaz de tanta plenitud. Lo mismo ocurre con la tristeza y con todo lo demás. Estás solo, pero con toda la soledad.

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  Cuando todo se mineraliza, la propia nostalgia se convierte en geometría, las rocas parecen líquidas en comparación con la pétrea vaguedad del alma, y los matices son más escarpados que los montes. Entonces, cuando todo eso sucede, sólo te queda temblar y mirar como un perro apaleado y transformar tu cabeza en un viejo y desvencijado reloj; almohada de una frente enloquecida.

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  Siempre que paseo entre la niebla, me descubro mejor a mí mismo. El sol nos enajena, pues al mostrarnos el mundo nos liga a sus mentiras. Pero la niebla es el color de la amargura…

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  A los accesos de lástima precede un estado de debilidad general, en el cual te mueves temeroso de caer en todos los objetos, de fundirte con ellos. La lástima es la forma patológica del conocimiento intuitivo. Pese a todo, no puede encuadrarse dentro de la categoría de las enfermedades, pues es un desvanecimiento… vertical. Caemos en dirección a nuestra propia soledad.

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  Las noches en blanco (las únicas negras) hacen de ti un verdadero buzo del Tiempo. Bajas y bajas hacia su fondo sin fin… La inmersión musical e indefinida hacia las raíces de la temporalidad se queda en un placer insatisfecho, porque no podemos tocar los márgenes del tiempo más que saltando desde su interior. Sin embargo, ese salto nos lo convierte en algo externo; percibimos sus límites, pero no su experiencia. La suspensión lo transforma en irrealidad y le roba su idea de infinito, decorado de las noches en blanco.

  El único papel del sueño es el olvido del tiempo, del principio demoníaco que vela en él.

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  Cuando estoy en una iglesia, a menudo pienso qué fantástica sería la religión si no hubiese creyentes, si sólo hubiese la inquietud religiosa de Dios de la que nos habla el órgano.

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  La mediocridad de la filosofía se explica por el hecho de que solamente se puede pensar cuando se tiene la temperatura baja. Cuando dominas la fiebre, ordenas tus pensamientos como si fueran muñecos, manejas las ideas como si fueran marionetas en la cuerda y el público no se sustrae a la ilusión. Pero cuando siempre que te miras a ti mismo ves un incendio o un naufragio, cuando el paisaje interior es una suntuosa devastación de llamas evolucionando hacia el horizonte de los mares, entonces das rienda suelta a los pensamientos, columnas embriagadas por la epilepsia del fuego interior.

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  Si supiera que una sola vez estuve triste a causa de los hombres, depondría las armas por vergüenza. Estos pueden ser amados a veces, otras, odiados y siempre compadecidos, pero entristecerse por ellos es una concesión degradante. Los momentos de generosidad divina en los que abrazaría a todo el mundo son inspiraciones raras, verdaderas «gracias».

  El amor por los demás es una enfermedad tonificante y, al mismo tiempo, extraña, porque no se apoya en ningún elemento de la realidad. Hasta ahora no ha existido un solo psicólogo amante del prójimo y seguro que nunca lo habrá. El conocimiento no va al compás de la humanidad. Sin embargo, hay pausas de lucidez, recreaciones del conocimiento, crisis del ojo implacable, que lo ponen en la situación extraña del amor. Entonces desearía tenderse en medio de la calle, besar las plantas de los pies de los demás mortales, desatar las correas del calzado de los mercaderes y de los pordioseros, arrastrarse por todas las llagas y charcos de sangre, colgar de la mirada del criminal alas de paloma, ¡ojalá fuera el último hombre por amor!

  El conocimiento de los demás y la repulsión convierten al psicólogo, por las buenas o por las malas, en víctima de sus propios cadáveres. Y es que para él todo amor es una expiación. Los hombres anulados por el conocimiento mueren en ti; las víctimas de tu desprecio se pudren en tu corazón. ¡Y todo este cementerio cobra vida en el delirio de amor, en los espasmos de tu expiación!

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  Lo sublime es lo inconmensurable como idea de muerte. El mar, el renunciamiento, las montañas y el órgano —de formas distintas y, sin embargo, del mismo modo— son la culminación de un final que aunque se consume en el tiempo, su destrucción está, no obstante, lejos de él. Y es que lo sublime es una crisis temporal de la eternidad.

  Lo que hay de sublime en el ejemplo de Jesús deriva de vagar eternamente a través del tiempo, de su inmensurable degradación. Pero todo lo que es fin en la existencia del Redentor atenúa la idea de sublime, que excluye las alusiones éticas. Si bajó de buena voluntad para salvarnos, entonces puede interesarnos sólo en la medida en que apreciamos estéticamente un gesto ético. Por el contrario, si su paso entre nosotros es sólo un error de la eternidad, una inconsciente tentación de muerte de la perfección, una expiación en el tiempo de lo absoluto, las proporciones enormes de esta inutilidad ¿no se alzarán entonces bajo el signo de lo sublime? Que la estética salve entonces la cruz como símbolo de la eternidad.

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  No existe mayor placer que creerse haber sido filósofo y no serlo ya.

  Sufrir significa meditar una sensación de dolor: filosofar, meditar sobre esa meditación.

  El sufrimiento es la ruina de un concepto; una avalancha de sensaciones que intimida todas las formas.

  Todo en filosofía es de segundo orden, de tercero… Nada directo. Un sistema se construye de derivaciones, pues él mismo es lo derivado por excelencia. Mientras tanto, el filósofo no es más que un genio indirecto.

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  No podemos ser tan generosos con nosotros mismos como para despilfarrar la libertad que nos otorgamos. Si no nos pusiéramos impedimentos, ¡cuántas veces cada instante no sería sino un sobrevivir! ¿No sucede a menudo que seguimos siendo nosotros mismos sólo por la idea de nuestras limitaciones? Un pobre recuerdo de una individuación pasada, un jirón de la propia individualidad. Como si fuésemos un objeto que busca su nombre en una naturaleza sin identidad. El hombre está hecho (como todos los seres vivos) a la medida de unas determinadas sensaciones. Pues bien, éstas ya no se hacen sitio las unas a las otras en una sucesión normal, sino que lo invaden de golpe con una furia elemental, formando un enjambre en torno a su despojo —de la plenitud— que es el yo. ¿Dónde habrá sitio, entonces, para la mancha de vacío que es la conciencia?

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  En Shakespeare hay tanto crimen y tanta poesía que sus dramas parecen concebidos por una rosa demente.
Por más amargura que haya en nosotros, no es tan grande como para que pueda dispensarnos de las amarguras de otros. He aquí por qué la lectura de los moralistas franceses se asemeja a un bálsamo en las horas tardías. Saben siempre lo que significa estar solo entre los hombres; y lo insólita que es la soledad en el mundo. Ni siquiera Pascal pudo vencer su condición de hombre retirado de la sociedad. Un sufrimiento algo más reducido, y habríamos registrado una gran inteligencia. Entre los franceses y Dios siempre se interpuso el salón.

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  Ha habido dos cosas que me han colmado de una histeria metafísica: un reloj parado y un reloj en marcha.

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  Cuanto menos te interesan los hombres, más tímido te vuelves delante de ellos, y cuando llegas a despreciarlos, te pones a balbucear. La naturaleza no te perdona que pases por encima de su inconsciencia y te acecha en todas las sendas de tu orgullo, cubriéndolas de pesares. ¿Cómo se explicaría de otro modo que a todo triunfo sobre la condición humana se le asocie el correspondiente pesar?

  La timidez presta al ser humano algo de la discreción íntima de las plantas, y a un espíritu agitado por él mismo, una melancolía resignada que parece ser la del mundo vegetal. Sólo tengo celos de una azucena cuando no soy tímido.

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  Si el sufrimiento no fuera un instrumento de conocimiento, el suicidio sería obligatorio. Y la vida misma, con sus desgarros inútiles, con su oscura bestialidad, que nos arrastra a cometer errores para ahorcarnos de vez en cuando de alguna que otra verdad, ¿quién podría soportarla si no fuera un espectáculo de conocimiento único? Viviendo los peligros del espíritu nos consolamos, por medio de intensidades, de la falta de una verdad final.

  Todo error es una verdad antigua. Pero no existe una inicial, porque entre la verdad y el error la distancia está marcada sólo por la pulsación, por la animación interior, por el ritmo secreto. De este modo el error es una verdad que ya no tiene alma, una verdad desgastada y que espera ser revitalizada.

  Las verdades mueren psicológica y no formalmente; mantienen su validez en tanto que continúan la no vida de las formas, aunque puede que ya no sean válidas para nadie.

  Todo cuanto hay de vida en ellas ocurre en el tiempo; la eternidad formal las sitúa en un vacío categorial.

  A un hombre, ¿cuánto tiempo más o menos le «dura» una verdad? No mucho más que un par de botas. Sólo los mendigos no las cambian nunca. Pero como ahora te encuentras integrado en la vida, tienes que renovarte continuamente, pues la plenitud de una existencia se mide por la suma de errores almacenados, según la cantidad de ex verdades.

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  Nada de lo que sabemos está libre de expiación. Tarde o temprano, terminamos pagando muy caro las paradojas, los pensamientos osados o las indiscreciones del espíritu. En el castigo que sigue a cualquier progreso del conocimiento hay un extraño embrujo. ¿Has desgarrado el velo que cubre la inconsciencia de la naturaleza? Lo purgarás con una tristeza cuyo origen no puedes ni sospechar. ¿Se te ha escapado un pensamiento revolucionario y amenazador? Hay noches que no pueden llenarse si no es con las evoluciones del arrepentimiento. ¿Has formulado muchas preguntas a Dios? ¿Por qué te extraña entonces el peso de las respuestas que no has recibido?

  Indirectamente, por sus consecuencias, el conocimiento es un acto religioso.

  Expiamos con placer el espíritu a pesar de su total abandono en lo inevitable. Coma la desintoxicación del conocimiento es imposible porque lo requiere el organismo, incapaz de habituarse a dosis pequeñas, hagamos también del acto reflejo una reflexión. De esta manera la infinita sed del espíritu encuentra una expiación equivalente.

  El culto a la belleza se parece a una delicada cobardía, a una deserción sutil. ¿Es que no amas porque te eximes de vivir? Impresionados todavía por una sonata o un paisaje, nos excusamos de la vida con una sonrisa de dolorosa alegría y de soñadora superioridad. Desde el centro de la belleza, todo está detrás de nosotros y sólo podemos mirar hacia la vida dándonos la vuelta. Cualquier emoción desinteresada, no asociada a lo inmediato de la existencia, retarda el ritmo del corazón. Realmente, ese órgano del tiempo que es el corazón, ¿qué otra cosa podría marcar en ese recuerdo de la eternidad que es la belleza?

  Lo que no pertenece al tiempo nos corta la respiración. Las sombras de la eternidad que se ciernen siempre que la soledad está inspirada por un espectáculo de belleza, nos cortan el aliento. ¡Como si profanáramos la infinitud marmórea sólo con el vaho de nuestra respiración!

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  Cuando todo lo que toque se vuelva triste, cuando una mirada furtiva al cielo le transmita el color de la tristeza, cuando no existan ojos secos cerca de mí y me desenvuelva por las grandes avenidas como entre zarzas, cuando el sol sorba las huellas de mis pasos para emborracharse de dolor, entonces tendré el derecho y el orgullo de afirmar que existe la vida. Toda aprobación tendría de su parte el testimonio de lo infinito del sufrimiento, y toda alegría, el apoyo de las amarguras. Resulta torpe y vulgar hacer una afirmación que no sea para corroborar la totalidad del mal, el dolor y la tristeza. El optimismo es un aspecto degradante del espíritu, porque no se origina en la fiebre, ni en las alturas ni en el vértigo. Tampoco una pasión que extraiga su fuerza de las sombras de la vida. En los gargajos, en la basura, en el lodo anónimo de las callejuelas brota un manantial más limpio e infinitamente más fructífero que en el suave y racional hecho de compartir la vida. Tenemos bastantes venas por las que suben las verdades, bastantes venas en las que llueve, nieva, sopla el viento, nacen y se ponen soles. ¿Y no caen en nuestra sangre estrellas para recobrar su destello?

  *

  No hay lugar bajo el sol que me retenga ni sombra que me resguarde, porque el espacio se vuelve vaporoso en el ímpetu errante y en la fuga ansiosa. Para quedarse en algún sitio, para encontrar tu «lugar» en el mundo, tienes que cumplir el milagro de hallarte en algún punto del espacio, sin andar encorvado bajo el peso de las amarguras. Cuando te encuentras en un lugar, estás siempre pensando en otro, porque la nostalgia se perfila orgánicamente como una función vegetativa. El deseo de otra cosa, del símbolo espiritual, se convierte en naturaleza.

  Expresión de la avidez de espacio, la nostalgia termina por anularlo. Aquel que sufre solamente de la pasión de lo Absoluto no necesita de ese deslizarse horizontalmente por el espacio. La existencia estacionaria de los monjes tiene su razón de ser en la canalización vertical, hacia el cielo, de esas difusas nostalgias por lo eterno, por otros lugares y otros confines. Una emoción religiosa no espera consuelo del espacio; es más, sólo es intensa en la medida en que lo asimila a un escenario de caídas.

  Si no hay un solo sitio en el que no hayas sufrido, ¿qué otro motivo puedes invocar en apoyo de una vida errante? ¿Y qué te ligará al espacio si el azul oscuro de la nostalgia te desliga de ti mismo?

  *

  Si el hombre no hubiera sabido introducir un delirio voluptuoso en la soledad, hace mucho que se habría acostumbrado a la oscuridad.

  La descomposición más horrible en un cementerio desconocido es una imagen pálida por el abandono en el que te encuentras cuando, desde el aire o de debajo de la tierra, una inesperada voz te revela lo solo que estás.

  ¡No tener a nadie a quien decirle nunca nada! Solamente objetos; ningún ser. Y la opresión de la soledad tiene su origen justamente en el sentimiento de estar rodeado de cosas inanimadas, a las que no tienes nada que decirles.

Ni por extravagancia ni por cinismo deambulaba Diógenes con un candil en plena noche buscando a un hombre. Nosotros sabemos muy bien que es por soledad…

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  Cuando no puedes agrupar tus pensamientos y someterte derrotado a su azogue, el mundo —y tú con él— se desvanece como el vapor, y das la impresión de estar escuchando, a la orilla de un mar que haya retirado sus aguas, la lectura de las propias memorias escritas en otra vida… ¿Adónde corre tu mente, en qué ninguna-parte disuelve sus fronteras? ¿Se funden glaciares en las venas? ¿Y en qué estación de la sangre y del espíritu te encuentras?

  ¿Aún eres tú mismo? ¿No te martillean las sienes de miedo a lo contrario? Eres otro, eres otro…

  … Con los ojos perdidos hacia el otro en la melancolía inmaculada de los parques.

  *

  Sobre todas las cosas —y en primer lugar sobre la soledad— estás obligado a pensar negativa y positivamente a la vez




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