domingo, 19 de marzo de 2017

Emil Cioran.- El ocaso del pensamiento capitulo octavo

El deseo de morir a veces sólo expresa una sutileza de nuestro orgullo: es decir, queremos convertirnos en dueños de las fatales sorpresas del futuro, no caer víctimas del desastre esencial.

  Únicamente somos superiores a la muerte cuando deseamos morir, ya que, viviendo, morimos nuestra muerte. Cuando ésta se deleita contigo por su ausencia de finitud, el momento final no es más que un acento melodioso. El no ofrecer el corazón al voluptuoso agotamiento de la muerte implica una arrogancia en el sujeto. Sólo extinguiéndose incesantemente la extingue en sí mismo, reduce su infinitud. Quien no ha conocido la intimidad de la muerte antes de morir, inexperto de la muerte, se va rodando cuesta abajo, penetra humillado en lo desconocido. Salta en el vacío, mientras quien está aprisionado en los meandros de la muerte se desliza hacia ella como hacia sí mismo.

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  Cuando has saboreado el gusto por la muerte, ya no puedes creer que hayas vivido alguna vez sin conocerlo…, o que hayas pasado en otro tiempo con los ojos cerrados a través de los placenteros paisajes de la agonía. ¡Qué extraño entusiasmo te suscitan el musgo de la extinción y el florecimiento de los suspiros sin fin! ¡Eternamente joven en los crepúsculos, sano en el final, buscando las planicies de la muerte porque la vida no es lo bastante vasta, y aminorando tu respiración para que el rumor de vivir no ahogue el discurrir del sueño final!

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  Algunas tardes de otoño son de una inmovilidad tan melancólica que la respiración se detiene en la ruina del tiempo y ni siquiera un escalofrío puede infundir vida a la sonrisa petrificada ausente de eternidad. Y entonces comprendo lo que es un mundo post-apocalíptico.

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  En Dios sólo hay que ver una terapéutica contra el hombre.

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  Uno puede librarse de los tormentos del amor disolviéndolos en la música. De esta manera, su ardiente fuerza se pierde en una vaga inmensidad.

  Cuando la pasión es muy intensa, las sinuosidades wagnerianas la disuelven en lo infinito y en lugar del tormento de marras, te meces en los efluvios de una disolución horizontal, te tiendes, otoñal, en el desierto de una melodía.

  Wagner (música de la infinita insatisfacción) entona con el suspiro arquitectónico y gris del Paraíso. Aquí la piedra esconde un ocaso musical, lleno de pesares y deseos…, y las calles se encuentran para confesarse unos secretos que, no obstante, no son extraños a un ojo acongojado. Y cuando el nublado cielo de París parece haber condensado sus vapores en sonoridad, la marejada de motivos wagnerianos viene a encontrarse con el cielo.

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  El alma de una catedral gime en el agotamiento vertical de la piedra.

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  Quisiera que me acariciaran unas manos por las que pueda fluir el Tiempo…

  … o que me lloren unos ojos arrancados de un Paraíso en llamas.

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  Estoy absolutamente convencido de que los hombres no son otra cosa que objetos: buenos o malos. Eso es todo. ¿Y yo? ¿Soy acaso algo más que un triste objeto? Mientras se sufre, no de vivir entre los hombres, sino de ser hombre, ¿con qué derecho haríamos de nuestra congoja una cumbre? Una materia que se avergüence de sí misma permanece siempre materia… Y a pesar de todo…

  En un mundo de espinas es como si hubiera un sauce cuyas ramas lloraran hacia el cielo.

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  Cuando la mente muere, ¿por qué sigue latiendo el corazón?

  Y el verde pútrido de los ojos, ¿hacia dónde se abre cuando la sangre está ciega?

  ¿Qué niebla atraviesa las entrañas y qué muros se derrumban en la carne?

  ¿A quién aúllan los huesos en lo alto, y por qué las alturas oprimen mi tristeza que apresuradamente corre hacia la nada?

  ¿Y qué vocación a ahogarse empuja a mis pensamientos hacia aguas muertas?

  ¡Dios mío! ¿Por qué cuerdas puedo trepar hacia ti para estrellar mi cuerpo y mi alma contra tu indiferencia?

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  Los hombres no viven en ellos sino en otra cosa. Por eso tienen preocupaciones. Y las tienen porque no sabrían qué hacer si no las tuvieran a cada momento. Solamente el poeta está consigo mismo y en sí mismo. ¿Y no le caen las cosas directamente en el corazón?

  Quien no tiene el sentimiento o la imaginación de que la realidad entera respira a través de él no presiente nada de la existencia poética.

  Vivir el yo como universo es el secreto de los poetas, y sobre todo de las almas poéticas. Estas, por un extraño pudor, suavizan el sentido por la sordina, para que un encantamiento sin límites y sin expresión se prolongue indefinidamente en una especie de soñadora inmortalidad, no enterrada en sus poemas. Nada mata más la poesía interior y la indefinición melódica del corazón que el talento poético. Soy poeta por todos los versos que no he escrito.

  Obsesionado consigo mismo el poeta es un egoísta; un universo egoísta. No es él quien está triste, sino que todo el mundo está triste en él. Su capricho toma la forma de emanación cósmica. ¿No es el poeta el punto de la resistencia más débil, por donde el mundo se vuelve transparente a sí mismo? ¿Y la naturaleza no está enferma en él? Un universo enfermo y aparecieron los poetas…

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  ¿Cómo no sufrir por ser hombre al ver a los mortales jadeando ante su destino?

  Cuando vivamos con el sentimiento de que pronto el hombre sólo será hombre, entonces empezará la historia, la verdadera historia. Hasta ahora hemos vivido con ideales, de ahora en adelante viviremos absolutamente, o sea, cada uno se elevará en su propia soledad. Y no habrá ya individuos sino mundos.

  Adán cayó en el hombre; nosotros tendremos que caer en nosotros mismos, en nuestro límite, en nuestro horizonte. Cuando cada uno respire en su límite, la historia concluirá. Y ésa es la verdadera historia. La suspensión del devenir en lo absoluto de la conciencia. En el alma humana nunca más habrá sitio para ningún credo. Seremos demasiado maduros para tener ideales. Mientras sigamos aferrándonos a la desesperanza y a la ilusión, seremos irremediablemente hombres. Casi ninguno hemos conseguido mantenernos firmes frente al mundo y la nada. Somos hombres, infinitamente hombres: ¿Es que todavía no sentimos la necesidad de sufrir?

  Ser «mortal» significa no poder respirar sin la sed de dolor. Esta sed es el oxígeno del individuo y el placer que se interpone entre el hombre y lo absoluto. «El devenir», su implicación.

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  Si no me gustara cuidar con ternura los errores y si no adormeciera la conciencia con mentiras piadosas, ¿adónde me llevaría el implacable insomnio en un mundo implacablemente estrecho?

  Ninguna locura me consolaría de la insignificancia del mundo en los momentos en que el corazón es un chorro de agua que brota en el desierto.

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  El experimento hombre ha fracasado. Se encuentra en un callejón sin salida mientras que un no-hombre es más: una posibilidad.

  Mira fijamente a los ojos a un «semejante»: ¿qué te lleva a creer que ya no puedes esperar nada? Todo hombre es muy poco…

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  ¿Qué es el miedo a la muerte, a las tinieblas, al no ser, comparado con el miedo a ti mismo? ¿Existirá algún otro miedo? ¿No se reducen todos a éste? El tedio infinito de vivir y el hastío de las cosas que se hacen o no realidad, el terror de un mundo desencadenado dentro de sí mismo y lo implacable del tiempo disfrazado de sentimientos delicados, ¿de dónde parten sino del estremecimiento que nos vuelve extraños a nosotros mismos en el seno de nuestro propio ser? ¡Como si adondequiera que fueras no te toparas con algo peor que tú, porque tú eres el mal que cubre el mundo como una bóveda y no puedes estar contigo sin estar contra ti! Las cavernas profundas son menos estremecedoras que el vacío que se abre cada vez que clavas la mirada en los subterráneos de tu ser. ¿Qué nada bosteza en tu tuétano? ¿Te defiende por miedo a tu crueldad? ¿Puedes seguir estando contigo mismo? ¿Por qué los árboles siguen mirando al cielo y no vuelven sus hojas para ocultar tu tristeza y enterrar tu miedo?

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  ¿Descifrará alguien algún día el drama de tener que traducir dialécticamente las lágrimas en lugar de dejarlas correr en verso?

  ¿Y sabrá alguien alguna vez los obstáculos que es menester poner a los deseos para que surja el pensamiento, y cuánto hay que contenerse para que brote la razón? ¡Y qué otoño de la juventud es el espíritu!

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  ¡Dios mío! Líbrame de mí, porque de los aromas y miasmas del mundo hace mucho que me libré yo. Eleva mi alma hacia un arrepentimiento lleno de cánticos y no me dejes junto a mí; antes bien, extiende tus desiertos entre mi corazón y mi pensamiento. ¿Acaso no ves tú el maligno espíritu de mi destino, predestinado a la maldición y al llanto?

  ¿Qué preces encontraré para ti, Viejo impotente, y del fondo de qué agotamiento lanzaré un alarido hacia tu indiferencia? ¿Pero quién me dice que también yo soy viejo, más viejo que tú; que mi corazón es más canoso que tu barba?

  Si diera rienda suelta a mis voces, ¿en qué parajes nos encontraría el pensamiento? ¿Es que no ves, Señor, que, predestinados a ir dando tumbos, moriremos el uno del otro; porque ni tú ni yo hemos inventado un sostén fuera de nosotros mismos?

  ¡He querido contar contigo y he caído; has querido contar conmigo y no has tenido dónde caer!

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  La poesía, comparada con la filosofía, tiene más intensidad, sufrimiento y soledad. Sin embargo, hay un momento de prestigio para el filósofo: cuando se siente solo con todo el conocimiento. Entonces, los suspiros penetran en la Lógica. Sólo un fúnebre esplendor puede todavía volver vivas las ideas.

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  Dios es el modo más favorable de prescindir de la vida.

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  Los cínicos no son ni «super» ni «subhombres», sino «posthombres». Se llega a entenderlos e incluso a amarlos cuando del tormento de nuestro vacío se escapa una confesión dirigida a nosotros mismos o a nadie: he sido hombre y ahora ya no lo soy.

  Cuando ya no haya nadie en ti, ni siquiera el mismísimo Diógenes, y en tu vacuidad no haya siquiera vacío y en tus oídos ya no zumbe la nada…

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  El romanticismo alemán o el tiempo en que los alemanes conocían la genialidad del suicidio…

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  Cuando te acercas a Dios por la maldad y a la vida por las sombras, ¿adónde puedes llegar si no es a una mística negativa y a una filosofía nocturna?

  Crees sin creer y vives sin vivir… La paradoja la resuelves con una ternura cruenta que refuerzan los crepúsculos y enlutan las auroras.

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  Hechizado por el agotamiento del conocimiento sólo mucho más tarde te resientes del inmenso cansancio que sigue al insomnio del espíritu. Y entonces empiezas a volver en ti del conocimiento y a suspirar por los encantos de la ceguera.

  Como el pensamiento surge a costa de la carne, como todo pensamiento es un vicio positivo, el exceso de espíritu nos empuja hacia lo opuesto. Así aparece el secreto deseo del olvido y la hostilidad del intelecto contra el conocimiento.

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  El hombre está tan apegado al vacío de la existencia que por él daría su vida en todo momento, y está tan empapado por lo infinito del hastío que aguanta el suplicio de vivir como una delicia.

  Cuanto más clara tienes la pequeñez del todo, más te apegas a ella. Y la muerte te parece muy poco para salvarla. Sólo así se explica por qué las religiones están contra el suicidio. Ya que todas intentan dar un sentido a la vida en el instante en que ésta menos sentido tiene. En esencia no son más que esto: un nihilismo contra el suicidio. Toda redención nace del rechazo a las últimas consecuencias.

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  Sin las agitadas pasiones de la música, ¿qué haríamos con el sentimiento caligráfico de los filósofos?

  ¿Y qué haríamos con el tiempo blanco, vacío y desunido de la vida, con el tiempo blanco del hastío?

  Solamente se ama la música en el litoral de la vida. Con Wagner asistimos, pues, a una ceremonia del claroscuro, a una cosmogonía del alma, y con Mozart, a los estremecimientos del Paraíso soñando con otros cielos.

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  Toda desesperanza es un ultimátum a Dios.

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  La neurastenia es al hombre lo que la divinidad es a Dios.

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  Los pensamientos huyen del mundo a uña de caballo y las estrellas se largan al cielo. ¿Adónde huirá la mente para embriagarme de mi ausencia y de la del mundo? ¡Dios mío! ¡Cuán pequeño eres para el desastre de tus hijos! ¡En ti no hay lugar para albergar nuestro pavor porque tú ni siquiera tienes sitio para el tuyo! ¡Y de nuevo me esconderé en el corazón polvoriento de mi recuerdo!

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  Sólo es eterno lo que no tiene relación con la verdad.

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  Mujeres, cuya vitalidad les permite sonreír una sola vez… Jacqueline Pascal o Lucile de Chateaubriand. ¡Menos mal que no está al alcance de la vida separarnos de la melancolía!

  «Je m’éndormirai d’un sommeil de mort sur ma destinée»[2] (Lucile).

  El mundo está salvado por el puñado de mujeres que han renunciado a él.

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  La anemia es la derrota del tiempo por la sangre.

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  ¡Ojalá pudiera tamizar las lágrimas, ojalá pudiera prensar el llanto, para con sus heces envenenar mis creencias bajo un cielo fugitivo!

  Nada expresa tan penosamente las decepciones de un alma religiosa como el deseo nostálgico del veneno. ¿Qué flores venenosas, qué crueles adormideras nos sanarán de la plaga de espeluznante luz? ¿Y qué tempestad de arrepentimiento nos descargará de nuestra alma en los límites del ser?

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  El tiempo es una estación de la eternidad; su fúnebre primavera.

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  La separación de los seres del caos inicial creó el fenómeno de la individuación, auténtico esfuerzo de la vida hacia la lucidez. Las individualidades se originaron como una apelación a la conciencia, y los seres triunfaron en su esfuerzo por desgajarse de la confusión del todo. Mientras el hombre permaneció como ser nada más, la individuación no habrá superado el marco de la vida, porque aquél se apoyaba en el todo y era todo. Pero el impulso hacia sí mismo, sacándolo del centro del universo, creó en él la ilusión de un infinito posible dentro de las fronteras individuales. Y así, el hombre empezó a perder su límite y la individuación se tornó en condena. Ahí es donde reside su dolorosa grandeza. Ya que, sin el curso aventurero de la individuación, el hombre no sería nada.

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  Exactamente como los ojos de los judíos, la vida tiene algo muerto y agresivo a la vez.

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  Cuando no tienes con qué compararte, te comparas con Dios. Todo exceso nos lo aproxima. Porque El no es sino nuestra incapacidad de detenernos en algún lugar. Todo lo que no tiene límite, el amor, la ira, la locura, el odio, es de esencia religiosa.

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  La melancolía es locura en el sentido en que el perfume es un estado anormal.

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  La necesidad de terminar en Dios no es más que el deseo de morir tu muerte hasta el final, de no terminar siendo sobrevivido por una vida que no has vivido. El temor de no haber muerto del todo es lo que transforma la muerte en algo tan terrible. Después de la eternidad languidecemos en Dios por miedo a no estar vivos cuando externamente sólo somos carroña. Si para nacer hemos esperado una eternidad, tenemos que esperar otra para morir.

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  Bajo una mirada melancólica hasta las piedras parecen soñar, es inútil que, sin ella, busquemos algo de nobleza en la naturaleza.

  La melancolía expresa todas las posibilidades celestiales de la tierra. ¿Acaso no es ella la cercanía más alejada de lo Absoluto y no es una realización de lo divino por la huida de Dios? ¿Qué podríamos oponer sin ella al Paraíso cuando sólo nos ata al mundo el hecho de vivir en él y el vacío positivo del corazón?

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  La ventaja de la nada frente a la eternidad es que no puede ser contaminada por el tiempo. Por tal razón, se asemeja a una sonrisa melancólica.

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  Lo específico del destino humano se agota en el prestigio metafísico del sufrimiento.

  El hombre tiene que padecer hasta la náusea por el sufrimiento y por sí mismo.

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  ¿No será Dios mi propio estado de la nada?

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  Durante las noches de insomnio (e incluso todas las noches), no respiramos en el tiempo sino en su recuerdo, como en medio de la luz que nos hiere ya no vivimos en nosotros, sino en nuestro recuerdo.

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  La melancolía es el único sentimiento que concede al hombre el derecho a utilizar la letra mayúscula. La melancolía concentra su soñador aroma del sopor de los sentidos y del insomnio de la razón. Sin ese aroma, no volveríamos a mirarnos a nosotros mismos sin el remordimiento de no haber muerto en Dios.

  El veneno de las amargas delicias de la existencia cobra voz en el musical infierno de la sangre, de cuyas emanaciones procede su fúnebre perfume.

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  El hastío que nos depara el futuro nos aterra más que el pavor del momento presente. El presente en sí nos revela la vida plácidamente insoportable.

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  La locura es la introducción de la esperanza en la lógica.

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  La grandeza del goce procede de la pérdida de la razón. Si no sintiéramos que enloquecemos, la sexualidad sería una porquería y un pecado.

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  ¿No implica la necesidad del veneno un placer negativo de la eternidad? Si no fuera así, ¿por qué nos arrojamos a los brazos de un diablo divino cuando la sed de envenenarnos nos emponzoña el pensamiento?

  Ese deseo es una crisis de la inmanencia; un máximo de trascendencia con los medios del mundo. Pero todos juntos son demasiado débiles para envenenarnos de otro mundo hasta hacernos olvidar el veneno. ¿Cuándo reventará de una vez la hiel del espíritu?

  ¡… Y cómo tenemos que agradecer al cielo el que haya un veneno que no se acaba nunca, y cuánta adoración debemos a Dios por ese veneno inagotable! ¿Qué haríamos si no lo apuráramos hasta la hez durante las noches de insomnio? ¿Y dónde estaríamos si no nos arrastráramos en sus profundidades?

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  Las mujeres desengañadas que se retraen del mundo adoptan la inmovilidad de una luz solidificada.

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  El hombre depende de Dios de la misma manera que éste depende de la divinidad.

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  Todo chapotea en la nada. Y la nada en ella misma.

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  Exhausto de bajar a cada momento de Dios… Y esa falta de descanso llamada «vivir»…

  No te agotas por el trabajo, el infortunio o las penalidades, sino por el arrepentimiento de tu andadura por el mundo llevando la sombra de Dios a tus espaldas. Nada es más propio de las criaturas que la fatiga.

  ¡Cómo se me parte el alma y se me tambalea la razón! ¡¿Quién apagará la sensual bruma de mi sangre y el loco bramido de mis huesos?!

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  Todas las serpientes están muriéndose en los atardeceres de la sangre y en las hondonadas de la mente. ¡Y ningún demonio hay para cortarles su agonía ni para paliar sus convulsiones en un cuerpo ofrendado a la aniquilación!

  ¡Como cizaña arrojada a los límites del mundo bajo la cual se duelen lagartos dementes!

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  En la pasión del vacío sólo la sonrisa gris de la niebla anima todavía la imponente y fúnebre descomposición del pensamiento.

  ¿Dónde estáis, crueles y engañosas nieblas, que no os volcáis todavía sobre una mente toda cubierta de telarañas? ¡En vosotras quisiera desgarrar mi amargura y esconder un miedo mayor que el crepúsculo de vuestra marcha flotante!

  ¡Qué aquilón está colándose en mi sangre!

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  ¿Ser? Una falta de pudor.

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  El aire me parece un convento cuya priora es la Locura.

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  Todo lo que no es felicidad es una falta de amor.

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  El hombre no puede crear nada sin una misteriosa incoación a destruirse. Vivir, encontrarse en el interior de la existencia significa no poder agregar nada a la vida. Pero cuando se está fuera de la existencia, por habernos encaminado por una vía peligrosa, perseguidos por el escándalo ininterrumpido de la fatalidad, roídos por la soberbia desesperada de un destino implacable, vulnerables, como la primavera, al hundimiento, con los ojos clavados en el crimen y en la locura o amoratados bajo el peso del orgullo, entonces cargamos la vida de todo cuanto, en nosotros, ella no ha sido.

  Del sufrimiento nace todo lo que no es evidencia.

  Solamente hay destino en la furia irresistible de triturar las reservas del ser, voluptuosamente atraídos por el reclamo de la propia ruina. Destino significa luchar por encima o al lado de la vida, hacerle la competencia en pasión, rebeldía y sufrimiento.

  Si no sientes que un Dios desconocido ha extraviado su drama en ti, que fuerzas ciegas, crecidas en la magia de la aflicción, se encadenan en llamas temblorosas, surgidas de tantos fuegos invisibles, ¿qué nombre puedes darte para no ser todos?

  Lo que no es dolor carece de nombre. La felicidad es, pero no existe. Por el contrario, en el dolor el ser alcanza un paroxismo existencial, fuera de la existencia. La intensidad del sufrimiento es una nada más efectiva que la existencia.

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  ¡Dios mío, cómo quisiera poder hacer trizas los astros para que su brillo no me impidiera morir en ti! ¿Y encontrarán reposo mis huesos en tu luz? ¡Muéstrame las tinieblas, baja tus noches para que en ellas coloque la tierra de mis miedos y la carne difunta de esperanzas! ¡Ataúd sin principio, colócame bajo el negro de tu cielo y las estrellas harán de clavos en tu tapa y la mía!

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  Una cosa es descubrir a Dios a través de la nada y otra descubrir la nada a través de Dios.

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  Nada se explica, nada se prueba, todo se ve.

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