domingo, 19 de marzo de 2017

Emil Cioran.- El ocaso del pensamiento capitulo septimo

A veces el tiempo es tan agobiante que a uno le gustaría romperse la cabeza contra él.

  El devenir se ha coagulado en el cerebro y la existencia cobra el color del pecado.

  La individuación es una orgía de soledad. Atrás hacia el Ser o la Nada, hacia la salvación, desprovista de esperanzas.

  La verdad es que Buda fue demasiado ingenuo…

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  En las grandes soledades se tiene la impresión de que un demonio nos ha estrangulado para cruel deleite de Dios.

  Y por eso la razón teje en ellas una teología irresponsable.

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  El conocimiento mata el error vital del amor, mientras la razón construye la vida sobre la ruina del corazón.

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  Toda lucidez es una pausa de la sangre.

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  ¿Es necesario haber visto la vejez, la enfermedad y la muerte para retirarse del mundo? El gesto de Buda es un exagerado homenaje a las evidencias… A su renuncia le falta la paradoja. Cuando se tiene razón no hay ningún mérito en abandonar la vida. ¡Pero vivir en conflicto interno con todo y tener argumentos contra la soledad! La vía de Buda está diseñada a medida de los mortales… La serenidad del príncipe pensador no comprendería nunca que pueda verse como él y sin embargo amar la insignificancia. ¿Habrá sido también Buda un maestro? Ha sistematizado demasiado su renuncia, demasiadas consecuencias en sus amarguras. Seguro que él condenaría el extravío de quien arrastra su nada entre los mortales y no entendería cómo en el vacío del mundo aún sonreímos a la vida. Porque no ha conocido determinadas cimas de la infelicidad; ha vivido y ha muerto consolado. Como cualquier hombre ajeno a la fatal tentación de la vida, a la seducción de la nada de la existencia y del Nirvana fortificante de cada instante.

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  Cuando todos los pensamientos se han ahogado en la sangre, de filósofo te vuelves abogado del corazón.

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  Mirando la plácida infinitud del cielo sereno: ¿existe el mal acaso? Y sumergir luego el intelecto en medio de su azul, para descubrir que solamente los sueños pueden separarnos de la frescura eterna del mal, embriaguez negativa del devenir.

  El cielo ha precedido a los hombres, la poesía ha «existido» antes que ellos. ¿Cómo es posible que éstos se hayan quedado atrás cuando una fugaz mirada a las planicies azules es fuente de delirio? El cielo nos ha tomado la delantera y si no fuera por los poetas, se encerraría en sí mismo y no nos quedaría más que mirarnos a los ojos (sus desechos) y consolarnos en ese naufragio de poesía que es la mirada humana.

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  ¿La conciencia de la nada unida al amor de la vida?

  Un Buda de bulevar…

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  Una idea extingue un placer y crea un goce. Al adormecer los reflejos despertamos las reflexiones. Uno sólo piensa cuando se detiene la vida.

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  Siempre que un ser no encuentra su «acomodo» en la existencia, se encuentra en presencia del Mal. De éste deriva todo fracaso y, al ser inmanente al devenir, todos los seres tienen que luchar contra él.

  En la medida en que Dios no está acomodado en sí mismo, por esta deficiencia de su condición, participa del mal. Además, ¿no es él el Gran Fracasado?

  Respecto al hombre, que anda buscando su destino desde Adán hasta hoy, se ha hecho acreedor de la dignidad en su lucha contra el mal. Su fracaso tiene algo de reconfortante y heroico: al no estar presente como ser, al no tener lugar alguno en la existencia, se ha creado una condición desde su falta de condición, de suerte que nadie puede decir todavía si el hombre es algo, nada o todo.

  Todos sabemos, o sospechamos, qué es un animal o un Dios. En cualquier caso, ellos «están». Pero el hombre no está; ¿pues no es un agente de enlace entre los mundos? ¡Ay! ¡Ojalá lo fuera! Pero en el valor modal del verbo se encuentra la definición misma del Mal.

  En una teología «seria», que intentara salvar de forma absoluta a Dios, el mal no encuentra una explicación válida. Las teodiceas se han revelado insuficientes frente a este obstáculo esencial.

  La existencia del mal convierte al Todopoderoso en un Absoluto decrépito. El devenir ha engullido su misterio y su poder.

  El mal no es comparable sino con un Dios… laico.

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  El hombre no sabe hasta dónde puede extenderse ni hasta dónde llegan sus límites. Continuamente olvidamos la fatalidad de la individuación y vivimos como si fuéramos todo lo que vemos. Sin esa ilusión, cualquier cosa que hiciésemos nos revelaría nuestros límites.

  Pero la conciencia de la individuación nos hincaría en el mundo porque nos revelaría de forma inmisericorde un lugar del que difícilmente podríamos jactarnos; de modo que estamos perdidos porque no conocemos nuestros límites y, quizá si los supiésemos, aún lo estaríamos más.

  El hombre busca a tientas su destino, altivo y triste porque no lo encuentra. Sólo el desastre revela la pequeñez de la individuación; pues él nos hace sentir el desconsuelo de vernos limitados en todo y, en primer lugar, en nosotros mismos.

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  Los pensadores que no han meditado sobre el hombre no saben lo que significa sufrir por el conocimiento y firmar su condenación por cada pensamiento, o apaciguar sus impulsos en una tristeza orgullosa.

  La antropología es una mezcla de zoología y psiquiatría. Pueden construirse utopías con sólo mirar las flores. ¿No es el paraíso un apéndice de la botánica?

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  El goce nos saca del mundo, a diferencia del placer que, al dirigirse solamente a los sentidos, está desprovisto de matiz religioso. Nada nos recuerda tanto al cielo como esos estremecimientos con los que querríamos olvidarlo.

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  Sólo a través de la muerte cesa el hombre de ser cizaña del devenir y gana algo de la enfermedad pura de las flores. Y al igual que los pensamientos brotan de un frágil ocaso de la carne, las flores nacen de una anemia soñadora de la materia.

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  Para creer en el hombre de forma duradera, es preciso ser incapaz de practicar la introspección y no conocer la historia. Sólo psicólogos e historiadores tienen derecho a despreciar «los ideales».

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  En un vacío vital nada sucede y nada «pasa». El deseo crea el tiempo. Y, por ello, en la ausencia interior, en el silencio yermo de los apetitos, en el desierto de la sed y en la mudez de la sangre, se nos aparece de súbito la inmensa inexistencia del tiempo y la ilusión de su transcurso. Y cuando el reloj de una vieja catedral da las horas en plena noche, sus campanadas nos revelan más dolorosamente que el tiempo ha huido del mundo. Entonces la inmensidad es un suspiro eterno del instante en el que se entierran el cuerpo y el espíritu.

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  Cuando te estremeces de soledad, te invade la sensación de estar forjado de una sustancia distinta al mundo. Y por más objeciones abstractas que opongas, en la práctica no podrás traspasar ese doloroso e irreductible aislamiento. Los hombres parecen víctimas de un inconfesable error, y la existencia, un vacío consagrado a nuestra pasión por el descarrío. ¿Qué has hecho crecer dentro de ti para que la existencia no pueda ya contenerte? La eternidad es demasiado pequeña para un alma inmensa y loca, discordante por su infinitud con la existencia. ¿Qué otra cosa, de un mundo enmudecido, podría abrirse paso hasta ella?

  Un pensamiento seca mares, pero no puede enjugar una lágrima; oscurece a los astros, pero no puede alumbrar a otro pensamiento, una aureola del desconsuelo.

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  La lucidez es el resultado de una mengua de vitalidad, como cualquier falta de ilusión. Darse cuenta de algo va en contra de la vida; tenerlo claro, todavía más. Se es mientras no se sabe que se es. Ser significa engañarse.

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  Cuando la existencia parece soportable, cualquier poeta es un monstruo. (La poesía tiene siempre un sentido último o no es poesía.)

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  Eres hombre hasta el momento en que los huesos empiezan a chirriar de tristeza… Después, se te abren todos los caminos.

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  Sin el deseo de la muerte, yo nunca habría tenido la revelación del corazón.

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  Cuando me llevo la mano a las costillas como si fuera una mandolina, la sensación de la muerte cobra un perfil de inmortalidad.

  Y cuando una nada me lo dice todo, los sentidos se me abren en un alma vacía. Y entonces la nada de la mujer sobrevive a la nada del mundo.

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  Cuantos menos argumentos encuentras para vivir, más te ligas a la vida. Porque el amor que le mostramos sólo vale por la tensión del absurdo.

  La muerte, al tenerlo todo de su parte, ha dejado ya de convencer. El apoyo de la razón le ha sido fatal.

  La falta de argumentos ha salvado a la vida. ¿Cómo permanecer frío ante semejante pobreza?

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  Es más fácil hacer la biografía de una nube que decir algo sobre el hombre. ¿Y qué decir cuando sobre él todo vale?

  Con un poco de benevolencia Dios cabe en una definición; el hombre, no. A él todo se le aplica, todo le «va», como todo lo que es y no es.

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  La pereza es un escepticismo de la carne.

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  La necesidad de probar una afirmación, de cazar argumentos a diestro y siniestro, presupone una anemia del espíritu, una inseguridad de la inteligencia, pero también de la persona en general. Cuando un pensamiento nos invade poderosa y violentamente, surge de la sustancia de nuestra existencia; probarlo, cercarlo con argumentos significa debilitarlo y dudar de nosotros. Un poeta o un profeta no demuestran nada porque su pensamiento es su ser; la idea no se diferencia de su existencia. El método y el sistema son la muerte de la razón. Incluso Dios piensa de manera fragmentaria; en fragmentos absolutos.

  Siempre que tratamos de demostrar algo nos situamos fuera del pensamiento, junto a él, no sobre él. Los filósofos viven de forma paralela a las ideas; las persiguen paciente y prudentemente, y si por ventura las encuentran, no están nunca dentro de ellas.

  ¿Cómo podemos hablar del sufrimiento, de la inmortalidad, del cielo y del desierto, sin ser sufrimiento, inmortalidad, cielo y desierto?

  Un pensador tiene que ser todo cuanto dice. Eso se aprende de los poetas y de los goces y dolores que experimentamos al tiempo de vivir.

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  El vacío interior es como una música sin sonidos, una canción sin voz. Sus ondas insonoras se interponen misteriosamente entre nosotros y el mundo y nos separan de la vida en medio del vivir y de la muerte en medio del morir. ¿Hacia qué dolorosa elevación se dirige el espíritu del ser? ¿Por qué nos duele cualquier aproximación y por qué se acelera la respiración por todo aquello que está lejano?

  ¿Dónde hay unos brazos crueles de mujer para que te estrujen los huesos trémulos de pensamiento e inclines entonces tu oído sobre los latidos de su ebrio corazón y nutras tu pavor de un precioso y voluptuoso desconsuelo?

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  Cuando los ojos se me cierran y se extienden mis límites hasta los del mundo, ¿qué misterioso oído me filtra en el horizonte un coro de niños locos?

  … En la incierta eternidad de una tarde de verano la voz cascada de un muchacho perturba más que la oración de un demente o que la sonrisa irrevocable de un suicida.

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  Un pensador no tiene derecho a contradecirse más que la vida.

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  Sólo tiene sentido ser poeta, matemático o general.

  Podría ser que las mujeres sólo existieran para enriquecer la inspiración y, aún más, que el mundo no fuera sino un pretexto para la poesía.

  Los poetas no han cantado ni al cielo ni a la tierra, sino a una especie de no-mundo existente en nuestras melancolías.

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  La poesía en un parque es un estado en el estado.

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  La pereza es una melancolía que pertenece exclusivamente a la fisiología.

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  Una cascada en sordina conforma la imagen de lo que generalmente llamamos alma…

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  ¿Será Dios algo distinto a un intento de satisfacer mi infinita necesidad de Música?

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  Quien ama la mística, la música y la poesía es indefectiblemente una naturaleza erótica, un ser voluptuosamente exquisito y que al no hallar plena satisfacción en el amor, recurre a delicias que rebasan la vida. Si en el amor alcanzáramos lo absoluto, ¿para qué correr tras prolongados y delicados goces? No tendríamos necesidad de ellos y si nos interesaran desde un punto de vista abstracto, no podrían suscitarnos una pasión duradera e intensa.

  En el amor total (con toda la vulgaridad que le es inherente) vivimos la aspiración hacia otros mundos como una distracción, como un pretexto. ¿Cómo podrían entonces convertirse la música, la mística o la poesía en sustancia de la vida?

  El salto fuera del mundo supone un exceso de individuación. De igual forma, todo goce que sustituye al amor directo, legal u obligatorio del género humano.

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  No puede concebirse la fuerza sin la enfermedad. No en vano los hombres más peligrosos son los que tienen una salud precaria.

  El carro de la historia está guiado por hombres que se buscan constantemente el pulso.

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  Los elementos que definen la enfermedad: el exceso de conciencia; paroxismo de individuación; transparencia orgánica; lucidez cruel, energía proporcional a la «pérdida»; respiración en paradoja; religiosidad vegetativa, refleja; orgullo visceral; vanidad herida de la carne; intolerancia; delicadeza de ángel y bestialidad de verdugo.

  Todo enfermo se parece a un Dios mendigando a la puerta del Paraíso. Por otra parte, ¿no es como si se hubiera infiltrado en cada una de sus células una paradoja? La enfermedad es un estado de inspiración de los tejidos, una megalomanía de la carne, un pathos imperialista de la sangre.

  Cuando enferma una parte del cuerpo o cuando enfermamos del todo, se tiene la impresión de que la naturaleza se ha puesto a pensar. La positividad de lo negativo al máximo, límite de las entrañas hacia el espíritu, un esfuerzo dialéctico de la materia, un abstracto afán de lo inmediato.

  Sin la enfermedad ahora estaríamos en el paraíso. La patología trata de los estados excepcionales de la naturaleza.

  La salud es ausencia de intensidad. El temor a las enfermedades no es otro sino la alteración que sentimos frente a una plenitud para la que no estamos preparados y que nos asusta porque estamos acostumbrados sólo a la neutralidad del equilibrio, mientras que la enfermedad es una fuerza acrecentada por la vecindad de la nada.

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  Todo cuanto no es música es apariencia, error o pecado.

  ¡Ay! ¡Ojalá el hálito de la muerte se elevara al cielo como una melodía y revistiera a una estrella inmóvil con un himno sonoro!

  Si no existiera la melancolía, ¿se encontraría alguna vez la música con la muerte?

  En el momento en que consigamos disolver toda la vida en un mar sonoro, no tendremos ya obligaciones con lo Infinito.

  Hay invasiones musicales de una fascinación tan absoluta, que los suicidas parecen unos aficionados; el mar, ridículo; la muerte, una anécdota; la infelicidad, un pretexto; y el amor, una dicha. No puede hacerse ya nada, ni pensar nada. Y lo que uno querría entonces es que lo embalsamaran en un suspiro.

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  Wagner parece haber exprimido toda la esencia sonora de la sombra.

  Quien ama verdaderamente la música no busca en ella un refugio sino un noble desastre. ¿Acaso el universo no se eleva hacia la desintegración por la música?

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  La música, justamente como los pensamientos, se instala en los vacíos de la vida. Una sangre fresca y una carne sonrosada resisten las tentaciones sonoras, no tienen espacio para ellas; la enfermedad, sin embargo, les hace sitio. A medida que roe la vida, lo absoluto avanza. ¿No resulta revelador que en lo infinito de la música y en lo infinito de la muerte todo se funda en nosotros, que la materia pierda sus límites, que derribemos nuestras fronteras para dejar campo libre a la invasión del sonido y de la muerte?

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  Todos llevamos, en grados diferentes, una nostalgia del caos, la cual se expresa en el amor a la música. ¿No es eso el universo en estado puro de la virtualidad? La música lo es todo, menos el mundo.

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  La enfermedad, acceso involuntario de lo absoluto.

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  La lucidez es un reflejo del pecado cotidiano de ser, y el conocimiento, una forma vulgar de la nostalgia.

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  ¿Cómo se reflejaría la vida en un alma no contaminada por el conocimiento? La respuesta sería fácil si supiéramos de qué forma lo pasajero puede vivirse como eternidad, de qué forma se hicieron los ángeles o hasta dónde se extiende el paisaje interior de la estupidez.

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  Estás más seguro en Dios que en una buhardilla parisiense.

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  ¡Ojalá pudieras pensar cuando se te encienden los pensamientos! ¿Pero qué ideas podrían tomar cuerpo cuando del cerebro sale humo y chispas del corazón?

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  Anhelas el deseo de la muerte y no la muerte, porque no has llegado al límite de la repugnancia de vivir y todavía estás orgulloso de ser víctima del error de existir.

  Pero quien ha descubierto el deseo de morir no puede apegarse ya ni a la vida ni a la muerte. Ambas son terribles. Sólo existe goce en ese deseo…, en ese estremecedor confín que constituye el agridulce equívoco de morir.

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  Siempre que alzo los ojos al cielo no puedo reprimir el sentimiento de una pérdida infinita. ¡Ojalá se desencadenara una cruzada contra el azul! ¡Con qué ganas me enterraría en el color del gran pesar!

  En mi interior arden los otoños y el corazón se me ha vuelto del revés.

  El prolongado y vaporoso cántico de la muerte me envuelve cual espuma de eternidad. Y en la seductora languidez del fin, soy un desecho coronado flotando en los mares musicales de Dios, o un ángel aleteando en Su corazón.

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  Como aman tantísimo la vida, los judíos no tienen poetas.

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  El sabor morado de la desdicha…

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  Los atardeceres tienen algo de la belleza de una alucinación.

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  Los nuevos tiempos han perdido de tal manera el sentido de los grandes finales, que Jesús moriría hoy en un canapé. La ciencia, al eliminar el desatino, ha disminuido el heroísmo, y la Pedagogía ha tomado el lugar de la Mitología.

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  El devenir es un deseo inmanente del ser, una dimensión ontológica de la nostalgia. Nos hace inteligible el sentido de un «alma» del mundo.

  ¿Por qué cuando nos adentramos en su misterio, somos presa de un patético temblor y de una agitación casi religiosa? ¿No será por casualidad el Devenir un huir de Dios? ¿Y no será su desgarradora huida una vuelta a El? Es muy posible, desde el momento en que el Tiempo suspira, en todos y cada uno de sus instantes, por lo Absoluto. La nostalgia expresa más directa y dramáticamente la imposibilidad del hombre de fijar su destino. «Devenir» hipertrofiado, saborea en su inestabilidad su ausencia de condición. ¿Y no es como si el hombre estuviera «apresurándose» con todo el tiempo?

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  Si todo lo que «es» no me hiciera sufrir, ¿cómo podría sufrir para ser? Y sin el balsámico exceso del dolor ¿quién soportaría el ser condenado a vivir? Pero abrumado y acosado por la vida disfrutas con un fúnebre entusiasmo hacia la inmortalidad, hacia la eternidad de morir, llamada también vida…

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