sábado, 18 de marzo de 2017

Muerte de Diógenes

  Sobre la muerte de Diógenes hay algunos párrafos en Laercio. Por ejemplo:

 
    Hay quien dice que habiendo comido un pulpo crudo, tuvo cólico y murió de ello. Otros dicen que detuvo la respiración… Otros, que queriendo repartir un pulpo a los perros, le mordió uno el tendón de un pie, y murió de ello. Pero sus amigos… asienten más a que detuvo la respiración…

   
      Dicen algunos que en su muerte mandó que arrojasen su cadáver sin darle sepultura, para que todos los animales participaran de él, o bien que lo metieran en una fosa cubriéndolo con un poco de tierra para ser útil a sus hermanos. Otros dicen que fue echado al río Eliso. Dicen que hubo disputa entre los amigos sobre quién lo enterraría, de manera que casi se fueron a las manos… Lo enterraron junto a la puerta que da al istmo. Erigiéndole una columna y sobre ella un perro de mármol. Después, los sinopenses lo honraron con estatuas de bronce, poniendo esta inscripción:

      Aún los bronces caducan con el tiempo:

      pero tu gloria, oh Diógenes,

      no podrán sepultarla las edades.

      Supiste demostrar a los mortales

      como bastarse así mismo

      y vivir simplemente.
   
 

  Así, pues, hasta la muerte de Diógenes la desgarran amigos y enemigos. Yo imagino una escena de verano ardiente en las afueras de Corinto. Me estremezco imaginándola. Siento tanta piedad, tanta tristeza. Admiración también y alegría con sólo el pensamiento de un hombre así. Diógenes de Sínope nos dice adiós con una demanda tan propia de la forma de vida que eligió y procuró practicar, poniendo en ella su fuerza, resolución, talento y corazón. ¿Nos desprecia Diógenes, el de la pedagogía profunda, cuando pide que echemos su cadáver a los perros? ¿Quién podría obedecer sin sentir que haciéndolo reniega de su misma humanidad?

  En mi escena tórrida, me enfrenta un túmulo escaso de piedras y tierra reseca. Al fondo, de entre los matorrales, veo salir un perro pardo, tiñoso, casi en los huesos. Se está un rato mirando, olfateando. De pronto, callan las cigarras. ¿Qué ocurre? Nada. Detrás del primer protagonista, aparece otro, negro, igual de famélico y estropeado. Animándose, toman los dos un trote hacia el montón de tierra. Se detienen, miran a todos lados. ¿No habrá una trampa? Se les une un tercero, más pequeño. Otro más que cojea. Este toma la iniciativa y se acerca. Olfatea, gime, comienza a escarbar. Ya están los cuatro trabajando, cuando aparecen otros tres. Hay urgencia, asoman los dientes, amagan los mordiscos. Asoma también un pie, la pierna entera, la cadera estrecha y polvorienta del cadáver de uno de los hombres más extraordinarios de que haya memoria

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