sábado, 18 de marzo de 2017

Diógenes de Sinope Anécdotas, dichos y comentarios VI

28) Preguntándole un boticario llamado Lisias si creía que había dioses, respondió: «¿Cómo no he de creer si te tengo por enemigo de ellos?»

  ¿No es como para que le den a uno de patadas? Aquí está de cuerpo entero la parresia (la franqueza atrevida) que todo el mundo recomienda, pero ¡ay del que la practique! ¿No se dijo «la verdad, aunque severa, es amiga verdadera»? Sí, se dijo. Y justamente por eso, porque es severa (acarrea no sólo puntapiés, sino cárcel y muerte) se la deja a los excéntricos, masoquistas y locos.

  A propósito de la franqueza atrevida (la parresia). No hay comentarista que la pase por alto. Claro, es tan conspicua. Por ejemplo, decirle en su cara a Filipo de Macedonia: «¡Ambicioso insaciable!» es cosa extraordinaria, increíble. En tren de enormidades, muchos van a exclamar con sólo oír a Diógenes: «Pero, ¿cómo es posible?… ¡Decirle eso a Filipo!… ¿Quién se cree éste? ¿De dónde salió?».

  Pero lo que quiero decir es esto: que así como no hay comentarista que pase por alto la parresia, así también no hay uno que se detenga en su implicación más obvia: los golpes que por su causa recibe Diógenes. ¿Por qué se habla de la parresia siempre y de los golpes nunca?

  Cuando Diógenes escupe su «¡Insaciable!» en la cara de Filipo ¿de qué se admiran los circunstantes? ¡Vaya, pero si es evidente! De la parresia, la franqueza atrevida de Diógenes, de eso se admiran. ¿Será de eso? ¿No habrá que ir un poquito más allá para explicar esta admiración? ¿No será que se admiran de que Diógenes enfrente sin miedo la casi segura pateadura que sigue? ¿Y por qué se indignan tanto, más que si fueran el mismo Filipo? Para adular a Filipo, desde luego; pero, ¿no habrá más? Porque si no se adelantan a marcar su oposición a Diógenes muy bien podrían verse molidos a patadas, ellos también.

  Cuando le preguntan a Diógenes por lo mejor en los hombres responde sin vacilar: la parresia, la franqueza descarnada. ¿No es para quedarse pensando? Hay un verso de Rubén Darío: «Ser sincero es ser potente». ¿Se puede ser sincero sin parresia? Parece que no. La sinceridad pide parresia; la parresia pide le devuelvan a uno con golpes, palos, cuchilladas y cárceles. ¿Y la filosofía? ¿Qué cosa será una filosofía sin parresia? Los soldados romanos mostraban sus cicatrices en el cuerpo. Los filósofos debieran mostrar el trasero.

  Viniendo a la ruda respuesta que recibe Lisias, el boticario, ruda y todo tiene su rango de argumento condicional. Su forma sería más o menos:

 
    Yo no puedo tener a alguien por enemigo de los dioses si no creo en los dioses;

    Yo tengo a Lisias boticario por enemigo de los dioses;

    luego: Yo creo en los dioses.
 

  Todo parece en regla; sólo que los dioses, siendo los dioses, ¿cómo podrían tener enemigos? De allí un argumento muy diferente:

 
    No hay dioses si hay enemigos suyos;

    Lisias boticario es enemigo de los dioses;

    Luego: No hay dioses.
 

  Hay también una dificultad con este Lisias. O más bien, con Diógenes ante este Lisias. ¿Cómo podría preguntar nadie por la existencia de los dioses si es él mismo una prueba viva de que existen? ¡Pobrecito Lisias, cabeza de chincol! Ni en sus enemigos cree. ¿Cómo le iría en la botica?

  Otra dificultad con los dioses resulta de combinar dos dicta de Diógenes. No sé si se puede hacer algo así y si no soy yo ahora el cabeza de chincol. En fin, Diógenes dice que «los hombres buenos son las imágenes de los dioses»; pero tiene que andar en pleno día con un farol buscando un hombre sin encontrarlo. Por lo primero, uno tiene a la mano la prueba de los dioses: basta un hombre bueno. Por lo segundo, ni en Atenas buscando en pleno día y con linterna se encontraba un hombre. ¿Dónde pues encontrar un hombre bueno?

(29) En una ocasión, habiendo visto a los diputados llamados hieromnémones que llevaban preso a uno que había robado una copa del erario, dijo: «Los ladrones grandes llevan al ladrón chico».

  Este es dictum magnum también para mí: el dictum de los ladrones grandes. La sociedad entera se encuentra aquí como agarrada por el cuello entre las mandíbulas del terrible can. Viene sin falta a la mente la sentencia famosa de Proudhon: la propiedad es un robo.

  Recuerdo sólo esto de mi primera lectura de esta historia de Diógenes: un relámpago, no muy grande, pero relámpago, sobre la cuestión de los nombres y el nombrar. Supongo que el efecto se logra porque los nombres aquí son todo lo opuesto que se desee: el que custodia el tesoro y el que lo roba. Desde luego, aquí hay retórica (¿vendrá de Gorgias, ese maestro de los discursos, vía Antístenes, el discípulo de Gorgias y maestro de Diógenes?), pero de la buena, no de la mala que encontramos en la identificación que se hace entre la pompa de Platón y la miseria de Diógenes.

  ¡Este Diógenes! ¿Cuándo leí esta anécdota por primera vez? No podría decirlo; pero era un tiempo en que no me iba a pasar por la cabeza considerar que los que defendían el erario contra los ladrones, eran ladrones ellos también; ladrones grandes defendiendo su robo de los ladrones chicos. Yo pensaba el orden y la justicia como parapetados contra el caos y la iniquidad. ¿De dónde me iba a venir que los que mantenían el orden contra los delincuentes eran delincuentes organizados defendiéndose de delincuentes, impidiéndoles que se organizaran y comenzaran a robar tranquilamente? Esta fue una clase de filosofía social; pero también una clase, y grande, de lógica. Una clase sobre los nombres y el nombrar, sobre cómo los nombres ora identifican verbalmente cosas realmente opuestas, ora diferencian verbalmente cosas realmente idénticas.

  Oigan a Diógenes ladrándole a los guardas del erario nacional: «¡Ladrones, ladrones!»

  El ladrón chico de esta anécdota hasta pudo ser un discípulo querido de Diógenes, porque éste decía que no había nada de impropio en robar cosas de los templos. ¿O dijo esto como un comentario, justo cuando vio que los ladrones grandes llevaban preso al chico?

(30) Haciendo una vez en el foro acciones indecentes con las manos, decía: «Ojalá que frotándome el vientre no tuviera hambre».

  Aquí está en pleno la anáideia, la conducta sin prejuicios, por lo cual se dice que le vino el mote de «perro» a Diógenes. Pongo «conducta sin prejuicio», porque «desvergüenza» es nombre dislógico, no neutro. Puede decirse también «conducta sin vergüenza» o «conducta franca», aunque esta última expresión es más de empleo eulógico que neutro. Hay empleo eulógico, neutro y dislógico del lenguaje, como lo sabe cualquier retórico o agente de propaganda. Por ejemplo, en esta anécdota el traductor prefirió a «masturbación» que es neutro, «hacer acciones indecentes con las manos» que es dislógico. Si hubiera dicho «ofender a Afrodita entre sus dedos», o alguna tontera así, el nombre sería un tantín eulógico. El lenguaje en que viene recogida la tradición de Diógenes es comúnmente dislógico. Por lo demás, en estas materias uno está expuesto casi únicamente a la retórica de los defensores o los detractores. Casi puede decirse a priori que no hay habla neutra tratándose de doctrinas. (En esto de habla eulógica, neutra y dislógica mi autoridad es Bentham).

  Lo que me interesa en este texto (quitada la anáideia de Diógenes que alcanza aquí su apogeo) es la analogía que, por decirlo así, lo traba y lo sostiene entero. Llena toda la anécdota para mí y, claro está, suscita de inmediato la pregunta por su adecuación. Comemos, con vistas a mantenernos, fornicamos, con vistas a procrear. Pero un hedonista podría disentir diciendo: Comemos, con vistas a deleitarnos; fornicamos, con vistas a deleitarnos. ¿Hubiera Diógenes satisfecho el «hambre sexual» con un mancebo? Supongo que la analogía de Diógenes, de tener curso, requiere que pongamos por meta del apetito el deleite, o la satisfacción del apetito. Si fuera así, el argumento analógico de Diógenes tendría curso fácil; porque, ¿quién, sin qué comer, no satisfaría entonces el hambre frotándose el estómago?

  La dificultad es que la conservación del individuo y de la especie son cosas que no es fácil subordinar al deleite. Es por la obvia flojedad y hasta frivolidad del argumento que lo comento así, dejando de lado el griterío de los que no hacen estas cosas en público y que se suma al clamor grande por todo lo cual hay que adelantarse a reconocer que sí, sí, quiero decir, no, no, desde luego que no, porque, ¿sabe usted? lo que ocurre es que hay dos Diógenes, uno asceta, anacoreta, recoleta; otro «anáideioso», licencioso y libidinoso, y es este último el que propiamente no es Diógenes, aunque es Diógenes o mejor dicho pretende ser el único Diógenes que hay, el muy cínico, uf, ¡qué enredo!

1) Estando en una cena, hubo algunos que le echaron los huesos, y él acercándose, los meó encima, como hacen los perros.

  No hay que decirlo, parece, Diógenes no es un perro. Basta verlo. Sus ladridos y mordiscos sólo son metáforas de ladridos y mordiscos. Resulta ofensivo decirlo, de obvio que es. Pero, considérese: las bofetadas, puntapiés y palos que recibe Diógenes no son metafóricos: le caen encima como si efectivamente se tratara de un perro. Nunca estuve presente, pero estoy seguro que de estarlo no sabría distinguir entre las patadas que le daban a Diógenes y las que dan a los perros.

  Platón lo llamó «perro» y, como ya dijimos, le respondió: «Dices bien, porque me volví a los que me vendieron». Aquí no estamos seguros sobre cómo interpretar. Una interpretación es: «Perro yo y perro tú»; otra: «No, yo no perro; tú perro». Prefiero la primera lectura. Mordisco va y mordisco viene. Distintas layas de perros, pero perros los dos.

  La anécdota que comento aquí revela otro detalle: la estrechez y unilateralidad que suelen imponer las perspectivas con metáforas. Si tiro a uno de los huesos de la comida como si fuera un perro, ¿resulta impropio que éste venga, levante un pie y me eche en los pantalones su pipí? Ese es un detalle de las metáforas que importa cuando se trata de la pugna social: que las toma uno a la letra sólo en lo que le conviene; y como si no bastara, no acepta que el adversario las tome a la letra en lo que le conviene a él. «Tú, perro, aguántate los huesos; pero el pipí me lo echas en verso». Peor era todavía con los perseguidos en los años de Pinochet: el tirano trataba a sus adversarios como si fueran perros sarnosos reales; pero éstos ni en décimas satíricas podían ladrarle.

  Dudley dice que el nombre «perro» fue aplicado por primera vez a Diógenes por la anáideia, o sea, su costumbre de hacer todas las cosas en público. Dice también que Diógenes retuvo el nombre por sus posibilidades alegóricas. De las anécdotas con el mote de «perro», todas dan razón al comentario de este autor. Sobre la alegoría del perro en el despliegue del cinismo, no conozco comentarios que satisfagan plenamente. Acaso sea pedir demasiado. No sé quien pueda decir nada de la vida de los perros en la Atenas de Diógenes. ¿Sería como otra cualquiera? En días pasados estuve allí y había perros en las calles de las caletas vecinas. Parecían estar en unanimidad contra los vehículos motorizados. Andaban en grupos, eran de cierto porte, vagos todos, nada de mal parecidos y cada uno, único individuo de su especie.

  El cuadro de la vida de perros creo que no tiene marco si se prescinde de la ciudad, sus mercados, sus arroyos, baldíos y extramuros. Claro que hay mucho entre el cinismo, los perros y la ciudad. Los perros le brotan a la ciudad tal como el cinismo. Hay un esbozo incompleto pero importante sobre el cinismo y la alegoría de los perros que se encuentra en un escolio sobre Aristóteles. Aquí lo tomo de Dudley, que no sé más:

 
    Hay cuatro razones para que se los nombre «cínicos».

    Primero, por la «indiferencia» en su modo de vida, porque hacen un culto de ella y, como los perros, comen y copulan en público, van descalzos, duermen en barriles o en portales… La segunda es la desvergüenza de los perros, y ellos (los cínicos) tienen en alto la desvergüenza, no como inferior al recato sino superior… La tercera razón es que los perros son buenos guardianes, y ellos guardan los principios de su filosofía… La cuarta es que el perro discrimina amigos de enemigos… De modo igual reconocen ellos como amigos a los aptos para la filosofía y los reciben con amabilidad, mientras que a los que no lo son los corren, como hacen los perros, ladrándoles.
 

  Con la alegoría de los perros, Luciano no está de acuerdo; dice de los cínicos de su época:

  Seguidores de los perros, poco se cuidan de las virtudes caninas; ni son guardianes de confiar ni fieles y afectuosos servidores.

  Y dice más, yendo a una alegoría zoológica furibunda que es para dudar de todo lo que dice:

  Se les hace agua la boca a la vista del dinero; por temperamento, perros; por cobardía, conejos: por imitación, monas; por lascivia, asnos; por celos, gallos…

  ¿Qué diría el pobre Diógenes al ver esta «imitación de la naturaleza»? La verdad, parecería que sus partidarios sólo «participan» de sus ideas.

32) Diciéndole uno muy supersticioso: «De un golpe te romperé la cabeza», le respondió: «Si yo estornudo por tu lado izquierdo te haré temblar».

  No sé qué ominosa consecuencia tendría estornudar por el lado izquierdo para nuestro temible supersticioso, pero debió ser cosa muy seria, como para salir arrancando. Este es un texto en que intervienen el poder y la superstición. El fuerte destruye al débil (quizás qué especie de parresia profirió Diógenes, pero debió ser intolerable para este hombre firme en sus supersticiones). El fuerte destruye al débil quebrándole la cabeza de un mazazo; el débil paraliza al fuerte estornudándole por el lado izquierdo. La tribu de Judá y la tribu de Levi. O, si se prefiere, la tribu de los leones y la de los ratones. La Iglesia y el Estado Militar. Una confrontación así hemos observado por años en Polonia entre la Iglesia Católica y el Estado Militar. El Estado Militar tiene miedo de la Iglesia más que de un bombardero; el clérigo tiene miedo de un bombardero más que de una ideología. Yo veo en esta anécdota una confrontación y un empate de la fuerza encarnada en dos formas de poder. Lo que sigue al encuentro y confrontación de estas dos formas de poder es un:

  ¿Qué haremos, pues? ¿No se sigue como solución del conflicto la unión como sea de la Iglesia y el Ejército? El sacerdote bendice los tanques; no va a estornudar nunca más por la izquierda. El militar se cuadra. ¡Ay del que le toque a un cura! La cabeza le rompe.

33) Habiendo visto una vez unas mujeres ahorcadas en un olivo, dijo: «¡Ojalá todos los árboles trajeran este fruto!»

  Pongo este texto aquí porque me quedo mirándolo sin entender cada vez que lo leo. No sé comentarlo. ¡Vaya! ¿Cómo voy a poder comentarlo si no lo entiendo? Un amigo de las paradojas me aconsejaría: «Ponga eso, diga que ése es su comentario, que no sabe comentarlo. Sea retórico, no sea tonto».

  ¿Quiere Diógenes que ahorquen a las mujeres por el solo hecho de ser mujeres? ¿Quiere eso, el exterminio de la raza humana? Porque el más tardo de los imbéciles vería que una cosa no va sin la otra. ¿Difunde Diógenes una doctrina así, desalentando a medio mundo de casarse, masturbándose en público? En una de las cartas que se le atribuyen, aunque no fueron escritas sino dos siglos después de su muerte, se lee: «Si la raza humana desapareciera, no habría más razón de lamentarse que si desaparecieran las moscas».

  Pero, igual choca esta historia de las mujeres ahorcadas. Parece nada más que otro añadido obsceno y cruel a los que, indudablemente, forman parte de las anécdotas de Diógenes. Está ahí, en el libro VI de las Vidas de los Filósofos Célebres. No hay una frase de comentario. Nunca encontré nada que me orientara a propósito de esta historia. ¿Quiénes son esas mujeres, cuántas son, por qué fueron ahorcadas? Muchas veces he estado pensando y pensando en esta historia. Como un recién llegado al mundo y tonto por añadidura, me pregunto: ¿Qué sabemos del pasado, de la vida que millones y millones de semejantes gozaron y padecieron?

  Pero, vean qué hacer con la técnica de la composición de lugar. Veo a Diógenes ascender cansado, apoyarse en su báculo y mirar en torno. ¿Qué es eso? De un árbol penden desnudos tres o cuatro cuerpos. Son mujeres. Vean a Diógenes contemplando los cuerpos y traten de escuchar… Yo sólo oigo suspiros.

  ¡Cómo habrá odiado a Diógenes el que inventó esta historia! Historiadores como éstos le cuelgan a Diógenes otras dos mujeres: nada menos que Lais, de Corinto, y Friné, de Atenas. ¡Vaya!

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