domingo, 19 de marzo de 2017

Emil Cioran.- El ocaso del pensamiento capitulo segundo

Sin la tristeza, ¿podríamos tomar conciencia a la vez del cuerpo y del alma? La fisiología y el conocimiento se encuentran en su ambigüedad constitutiva, de suerte que no estás más presente para ti mismo ni eres más solidario contigo como en los momentos tristes. La tristeza es —como también la conciencia— un agente de enajenación del mundo, un factor de exteriorización; pero conforme nos aleja de todo, coincidimos más con nosotros mismos. La seriedad —tristeza sin acento afectivo— nos hace sensibles sólo a un proceso racional, ya que su neutralidad carece de la profundidad que asocia los caprichos de las vísceras a la vibración del espíritu. Un ser serio es un animal que cumple las condiciones del hombre; detenle por un instante su mecanismo de pensamiento, no advertirá lo fácilmente que ha vuelto a ser el animal de otrora. Sin embargo, quítale a la tristeza la reflexión, la sombría imbecilidad que quedará será suficiente para que la zoología no te acepte en su reino.

  Tomarse las cosas en serio significa sopesarlas sin participar; tomarlas por lo trágico, involucrarte en su suerte. Entre la seriedad y la tragedia (la tristeza como acción) hay una diferencia mayor que entre un funcionario y un héroe. Los filósofos son unos pobres agentes de lo Absoluto, pagados de las contribuciones de nuestras tristezas. Tomarse a la gente en serio se ha convertido en una profesión.

  La tristeza —en su forma elemental— es una genialidad de la materia. Inspiración primaría sin pensamientos. El cuerpo ha vencido su condición y tiende a una participación «superior», mientras que en las formas reflexivas de la tristeza el proceso se completa mediante un descenso del espíritu por las venas, como para mostrarnos lo orgánicamente que nos pertenecemos.

  Al arrebatarnos la naturaleza y restituirnos a nosotros mismos, la tristeza es un aislamiento sustancial de nuestra naturaleza, a diferencia de la dispersión ontológica de la felicidad.

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  En los «accesos» de lástima se manifiesta una atracción secreta por «los malos modales», por la suciedad y la degradación. Cualquier monstruosidad es una perfección comparada con la falta de «buen gusto» de la piedad, un mal con las apariencias reales de la bondad.

  En el amasijo de manchas y desviaciones de la naturaleza, o en el refinamiento vicioso de la mente, no encontraréis una perversión más tenebrosa y atormentada que la piedad. Nada nos aparta más de la belleza que sus «accesos». ¡Y si sólo fuera de la belleza! Pero las virtudes subterráneas de ese vicio nos desvían de nuestros fines esenciales y consideran depravación todo lo que no emana del gusto del hundimiento, de los pantanos y de la podredumbre, prolongaciones de la piedad y pretextos de su infernal voluptuosidad.

  Ninguna patología la ha estudiado, porque es una enfermedad práctica y porque la ciencia ha estado siempre al servicio de los ayuntamientos. Quien profundizara en la angustia interna, en el infierno del amor depravado por el hombre, ¿podría todavía tender su mano a un piadoso?

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  El papel del pensador es retorcer la vida por todos sus lados, proyectar sus facetas en todos sus matices, volver incesantemente sobre todos sus entresijos, recorrer de arriba abajo sus senderos, mirar una y mil veces el mismo aspecto, descubrir lo nuevo sólo en aquello que no haya visto con claridad, pasar los mismos temas por todos los miembros, haciendo que los pensamientos se mezclen con el cuerpo, y así hacer jirones la vida pensando hasta el final.

¿No resulta revelador de lo indefinible de la vida, de sus insuficiencias que sólo los añicos de un espejo destrozado puedan darnos su imagen característica?

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  Cuando uno ha comprobado que los hombres no pueden ofrecer nada y continúa tratándolos, es como si después de haber liquidado todas las supersticiones, siguiera creyendo en fantasmas. Dios, para obligar a los solitarios a la cobardía, ha creado la sonrisa, anémica y aérea en las vírgenes, concreta e inmediata en las mujeres de mala vida, tierna en los viejos e irresistible en los moribundos. Por otro lado, nada prueba más que los hombres son mortales que la sonrisa, expresión del equívoco desgarrado de lo efímero. Cada vez que sonreímos, ¿no es como un último encuentro, y no es la sonrisa el testamento aromatizado del individuo? La trémula luz del rostro y de los labios, la solemne humedad de los ojos transforman la vida en un puerto, del cual los barcos zarpan a alta mar sin destino, transportando no hombres sino separaciones. ¿Y qué es la vida sino el lugar de las separaciones?

  Siempre que me dejo conmover por una sonrisa me alejo con la carga de lo irreparable, ya que nada descubre más atrozmente la ruina que espera al hombre como ese símbolo aparente de felicidad, el cual hace sentir con más crueldad a un corazón deshojado el temblor de lo pasajero de la vida, como el estertor clásico del fin. Y siempre que alguien me sonríe, descifro en su frente luminosa la desgarradora llamada: «¡Acércate, fíjate bien, que yo también soy mortal!». O cuando la negrura de mi noche vela mis ojos, la voz de la sonrisa aletea junto a mis oídos ávidos de lo implacable: «¡Mírame, es por última vez!».

  … Y por eso la sonrisa te aparta de la última soledad, y sea cual fuere el interés que tienes por tus compañeros de respiración y de putrefacción, te vuelves hacia ellos para sorberles el secreto, para anegarte en él y para que ellos no sepan, no sepan cuán pesada es su carga de temporalidad, qué mares transportan y a cuántos naufragios nos invita el tormento inconsciente e incurable de su sonrisa, a qué tentaciones de desaparición te someten, abriéndote su alma mientras tú levantas, temblando de aflicción, la lápida de la sonrisa.

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  La germinación de toda verdad nos comprime el cuerpo como uva en un lagar. Cada vez que pensamos se nos escurre la vida, de suerte que un pensador absoluto sería un esqueleto que escondiera sus huesos en… la transparencia de los pensamientos.

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  La palidez es el color que cobra el pensamiento en el rostro humano.

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  El Destino sólo existe en la acción, porque solamente en ella arriesga uno todo, sin saber adónde va a llegar. La política (en el sentido de exasperación de lo que es histórico en el hombre) es el espacio de la fatalidad, el abandono integral de las fuerzas constructivas y destructivas del devenir.

  También en la soledad arriesga uno todo, pero ahora teniendo muy claro lo que va a ocurrir, la lucidez atenúa lo irracional de la suerte. Anticipa uno la vida, vive su destino como algo inevitable sin sorpresas, ya que, realmente, ¿qué otra cosa es la soledad sino la visión translúcida de la fatalidad, el máximum de luminosidad en la agitación ciega de la vida?

  El hombre político renuncia a la conciencia; el solitario, a la acción. Uno vive el olvido (eso también es la política); el otro lo busca (también eso es la soledad).

  Una filosofía de la conciencia no puede terminar más que en una del olvido.

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  Un hombre que practica toda su vida la lucidez, se convierte en un clásico de la desesperanza.

La mujer que mira hacia algo ofrece una imagen de rara trivialidad. Los ojos melancólicos te invitan, por el contrario, a una destrucción aérea, y tu sed de lo impalpable apagada por su fúnebre y perfumado azul, impide que sigas siendo tú mismo. Ojos que nada ven y frente a los cuales desapareces, para no manchar el infinito con el objeto de tu presencia. La mirada pura de la melancolía es el modo más peregrino por el que la mujer nos hace creer que antaño fue nuestra compañera en el Paraíso.

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  La melancolía es una religiosidad que no precisa de lo Absoluto, un deslizamiento fuera del mundo sin la atracción de lo trascendente, una tendencia por las apariencias del cielo pero insensible al símbolo que éste representa. Su posibilidad de prescindir de Dios (si bien cumple las condiciones iniciales para aproximarse a El) la transforma en un placer que satisface su propio crecimiento y sus flaquezas repetidas. Porque la melancolía es un delirio estético, suficiente en sí mismo, estéril para la mitología. En ella sólo encontrarás el arrullo de un sueño, porque no genera ninguna imagen que no sea su etérea desintegración.

  La melancolía es una virtud en la mujer y un pecado en el hombre. Así se explica por qué éste se valió de ella para el conocimiento…

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  En algunas sonrisas femeninas hay una tierna aprobación que te pone enfermo. Estas anidan y se aposentan en el fondo de las tribulaciones cotidianas, ejercitando un control subterráneo. En las mujeres —como en la música— hay que evitar su difusa receptividad, que agranda hasta el desvanecimiento los pretextos de la ternura. Cuando hablas del miedo, del miedo mismo, delante de una rubia espiritualizada por la palidez y que baja los ojos para suplir con el gesto la confidencia, su quebrada y amarga sonrisa se te incrusta en la carne y prolonga por medio de ecos su tormento inmaterial.

  Las sonrisas son una carga voluptuosa para el que las reparte y para el que las recibe. Un corazón tocado por la delicadeza difícilmente puede sobrevivir a una sonrisa tierna. De igual forma, hay miradas tras las que uno ya es incapaz de decidir nada.

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  Un copo perdido a merced del aire es una imagen de vanidad más desgarradora y simbólica que un cadáver. Igualmente, un insólito perfume nos pone más tristes que un cementerio, o una indigestión nos vuelve más pensativos que un filósofo. ¿Y no es cierto que, más aún que las catedrales, nos vuelve más religiosos la mano de un mendigo que, en una gran ciudad en la cual nos hemos perdido, nos muestra el camino a seguir?

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  El Tiempo empieza a angustiarte mucho antes de leer a los filósofos, cuando, en un momento de cansancio, miras atentamente el rostro de un viejo. Los profundos surcos que han dejado las penalidades, las esperanzas y las alucinaciones se vuelven negros y se pierden, diríase que sin dejar rastro, en un fondo de oscuridad, que el «rostro» esconde a duras penas, máscara insegura de un doloroso abismo. En todas y cada una de las arrugas el tiempo parece haberse concentrado, el devenir, enmohecido y el pretérito, envejecido. ¿Acaso no cuelga el tiempo de las arrugas de la vejez y cada pliegue no es un cadáver temporal? El rostro humano es utilizado diabólicamente por el tiempo como demostración de vanidad. ¿Puede alguien mirarlo serenamente en su ocaso?

  Vuelve tus ojos hacia un viejo cuando no tengas el Eclesiastés a mano, su rostro —del cual puede él sentirse totalmente ajeno— te enseñará más que los sabios. Pues hay arrugas que revelan la acción del Tiempo de forma más despiadada que un tratado sobre la vanidad. ¿Dónde encontrar palabras que plasmen su implacable erosión, su destructor avance, cuando el paisaje abierto y accesible de la vejez se ofrece como una lección decisiva y una sentencia sin un recurso ulterior?

  El desasosiego de los niños en brazos de los abuelos, ¿no será el horror instintivo al Tiempo? ¿Quién no ha sentido en el beso de un viejo la inutilidad infinita del tiempo?

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  De los hombres me separan todos los hombres.

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  Si corriera como un loco en mi busca, ¿quién me diría que nunca me encontraría en mi propio camino? ¿En qué páramo del universo me habré perdido? Voy a buscarme allí donde se oye la luz…, ya que, si recuerdo bien, ¿he amado otra cosa que no sea la sonoridad de las transparencias?

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  A quien no le parezca que después de cada amargura la luna se ha vuelto más pálida, los rayos del sol más tímidos y que el devenir pide excusas, cercenando su ritmo, a ése le falta la base cósmica de la soledad.

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  La ruptura del ser te pone enfermo de ti mismo, de manera que basta pronunciar palabras como olvido, desdicha o separación para disolverte en un mortal escalofrío. Y, entonces, para vivir arriesgas lo imposible: aceptas la vida.

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  Quedarse solo con todo el amor, con el peso de lo infinito del eros; he ahí el sentido espiritual de la infelicidad en el amor, de forma que el suicidio no es prueba de la cobardía del hombre, sino de las dimensiones inhumanas del amor. Si todos los amantes no hubiesen calmado sus tormentos amorosos mediante el desprecio teórico a la mujer, se habrían suicidado. Pero sabiendo qué es ella, han introducido con lucidez un elemento de mediocridad en lo insoportable de esa llamarada. La desdicha amorosa supera en intensidad a las emociones religiosas más profundas. Es cierto que no ha construido iglesias, pero ha levantado tumbas, tumbas por doquier.

  ¿El amor? ¡Pero mirad cómo cada rayo de sol se entierra en una lágrima, que parece como si el astro fulgente hubiera nacido de un golpe de llanto de la divinidad!

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  La infelicidad es el estado poético por excelencia.

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  En la medida en que los animales son capaces de sentir infelicidad en el amor participan de lo humano. ¿Por qué no hemos de admitir que la mirada húmeda del perro o la ternura resignada del asno expresan a veces pesadumbres sin palabras? Hay algo sombrío y lejano en el erotismo animal que nos la hace muy extraña.

  La literatura es un testimonio seguro de que nos sentimos más cerca de las plantas que de los animales. La poesía, en gran parte, no es más que un comentario de la vida de las flores, y la música, una depravación humana de las melodías vegetales.
Toda flor puede servir de imagen a la infelicidad amorosa. Así se explica nuestra proximidad a ellas. Y, además, ningún animal puede ser un símbolo de lo efímero, mientras que las flores son su expresión directa, lo estético irreparable de lo efímero.

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  En el fondo, ¿qué hace cada hombre? Se expía a sí mismo.

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  Sólo podría amar a un sabio desgraciado en amores…

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  Lo que vuelve tan tristes las grandes ciudades es que cada hombre quiere ser feliz, pero las oportunidades disminuyen a medida que el deseo crece. La búsqueda de la felicidad indica la distancia del paraíso, el grado de la caída humana. ¿Por qué asombrarnos entonces de que París sea el punto más alejado del Paraíso?

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  Puede uno devorar bibliotecas enteras, que no encontrará más allá de tres o cuatro autores a quienes valga la pena leer y releer. Las excepciones de ese tipo son unos analfabetos geniales a quienes hay que admirar y, si hace falta, estudiar, pero que, en el fondo, no nos dicen nada. Me gustaría poder intervenir en la historia del espíritu humano con la brutalidad de un carnicero, revestido con el más refinado diogenismo. Porque ¿hasta cuándo vamos a dejar en pie a tantos creadores que no han sabido nada, niños descarados e inspirados, faltos de la madurez de la felicidad y de la infelicidad? A un genio que no haya llegado a las raíces de la vida, pese a las posibilidades de expresión de que ha gozado, sólo hay que degustarlo en los momentos de indiferencia. Resulta estremecedor pensar qué pocos hombres han sabido algo de verdad, qué pocas existencias completas han aparecido hasta ahora. ¿Y qué es una existencia completa? ¿Qué significa saber? Conservar sed de vida en los ocasos…

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  Ciertos seres sienten el impulso criminal sólo para saborear una vida intensificada, de manera que la negación enfermiza de la vida sea al mismo tiempo su homenaje. ¿Habrían existido acaso criminales si la sangre no fuese caliente? El impulso destructor busca el remedio a un enfriamiento interno y dudo que, sin la representación implícita de un calor rojo y entumecedor, un puñal pudiera clavarse alguna vez en un cuerpo. De la sangre emanan vapores adormecedores con los que el asesino espera aliviar sus escalofríos helados. Una soledad no mitigada por la ternura genera crimen, con lo que toda moral que busque la destrucción del mal desde la raíz debe considerar sólo un problema: la dirección que tenga que dar a la soledad, marco ideal de la ruina y de la descomposición.

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  ¿Encontrará alguien alguna vez palabras para expresar el estremecimiento que aúna en la infinitud del mismo instante el goce supremo con el dolor supremo? ¿O podrá alguna música —que surja de todos los ortos y ocasos de este mundo— transmitir a otros hombres las sensaciones de una víctima cósmica de la felicidad y de la infelicidad? ¡Un náufrago golpeado por todas las olas, estrellado contra todas las rocas, envuelto por todas las tinieblas y que tuviera el sol en sus brazos! Un casco a la deriva con la fuente de la vida en el pecho, abrazando su fulgor mortal y ahogándose con él en las olas, ya que el fondo del mar está esperando hace toda una eternidad a la luz y a su enterrador.

El contacto entre los hombres —la sociedad en general— no sería posible sin la utilización repetida de los mismos adjetivos. Que la ley los prohíba y se verá en qué ínfima medida el hombre es un animal sociable. De inmediato desaparecerán la conversación, las visitas, los encuentros, y la sociedad se degradará hasta quedar reducida a relaciones mecánicas de intereses. La pereza de pensar ha dado origen al automatismo del adjetivo. Se califica de manera idéntica a Dios y a una escoba. En otro tiempo Dios era infinito; hoy es asombroso. (Cada país expresa a su manera su vacío mental.) Que se prohíba el adjetivo cotidiano y la célebre definición de Aristóteles caerá.

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  Las diferencias entre los filósofos antiguos y los modernos, tan chocantes y desfavorables a estos últimos, parten del hecho de que los filósofos modernos han hecho filosofía en su mesa de trabajo, en el despacho, mientras que los filósofos antiguos la hicieron en los jardines, en los mercados o a lo largo de Dios sabe qué ribera marina. Además, los antiguos, más perezosos, se pasaban mucho tiempo tumbados porque sabían muy bien que la inspiración viene de forma horizontal. De esta forma, ellos esperaban los pensamientos, mientras los modernos los fuerzan y los provocan por medio de la lectura, dando la impresión de que ninguno ha conocido el placer de la irresponsabilidad meditativa, sino que han organizado sus ideas con una aplicación propia de empresarios. Ingenieros en torno a Dios.

  Muchos espíritus han descubierto lo Absoluto por haber tenido al lado un canapé.

  Cada posición de la vida ofrece una perspectiva distinta de ella. Los filósofos piensan en otro mundo, porque acostumbrados a estar encorvados, se han hartado de mirar éste.

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  ¿Qué hombre, al mirarse al espejo en penumbra, no ha tenido la impresión de encontrarse con el suicida que lleva dentro?

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  ¿Puede amarse a un ser impermeable al Absurdo y que no sospeche cuál es el punto de partida de su tragedia, de sus elegancias ponzoñosas, de su refinamiento desolado, de los reflejos viciosos y engañosos del desierto interior?

  Lo absurdo es el insomnio de un error, el fracaso dramático de una paradoja. La fiebre del espíritu no puede ser medida más que por la abundancia de esos funerales lógicos que son las fórmulas absurdas.

  Los mortales desde siempre se han guardado de ellas, han captado inequívocamente algo de su noble descomposición, pero no han podido preferirlas a la seguridad estéril, a la calma comprometedora de la razón.

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  Siempre que pienso en la muerte me parece que moriré menos, que no puedo extinguirme sabiendo que voy a extinguirme, que no puedo desaparecer sabiendo que voy a desaparecer. Y desaparezco, me extingo y muero desde siempre.

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  La vida es etérea y fúnebre como el suicidio de una mariposa.
La inmortalidad es una concesión de eternidad que la muerte hace a la vida. Pero nosotros sabemos muy bien que no la hace… Porque tanta generosidad le costaría la vida.

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  Cada problema requiere una temperatura diferente. Sólo a la desdicha le sirve cualquiera…

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  ¡Aparenta alegría ante todos y que nadie vea que también los copos son losas sepulcrales! Ten brío en la agonía…

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  La moralidad subjetiva alcanza su punto culminante en la decisión de no volver a estar triste.

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  Permeable a lo demoníaco, la tristeza es la ruina indirecta de la moral. Cuando el mal se opone al bien, participa de los valores éticos como fuerza negativa; no obstante, cuando consigue su autonomía y yace en sí mismo, sin afirmarse ya en la lucha con el bien, entonces alcanza el sentido demoníaco. La tristeza es uno de los agentes de autonomía del mal y de socavamiento de la ética. Si el bien expresa el ansia de pureza de la vida, la tristeza es su incurable sombra.

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  Las creaciones del espíritu son un indicador de lo insoportable de la vida. Exactamente igual es el heroísmo.

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  La melancolía es el estado onírico del egoísmo.

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  Si no existiera un placer secreto en la desdicha, llevaríamos a las mujeres a parir al matadero.

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  Dile a un alma delicada la palabra separación y brotará el poeta que hay en ella. La misma palabra a un hombre cualquiera no le inspira nada. Y no solamente separación, sino cualquier otra palabra. La diferencia entre los hombres se mide por la resonancia afectiva de las palabras. Algunos enferman de agotamiento extático al oír una expresión banal, otros se quedan fríos ante una prueba de inanidad. Para aquéllos no hay palabra en el diccionario que no esconda un sufrimiento, y para éstos ni siquiera forma parte de su vocabulario. Muy pocos son los que pueden volver su mente —en todo momento— hacia la tristeza.

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  Por más que se liguen las enfermedades a nuestra constitución es imposible que no las disociemos, que no las encontremos como algo externo, ajeno, sin valor. Por esa razón, cuando hablamos de una persona enferma, le especificamos su enfermedad como un añadido fatal que introduce una carga irremediable a su identidad inicial. Ante nosotros se queda con su enfermedad, que
conserva una independencia y una objetividad relativas. ¡Pero qué difícil es disociar la melancolía de un ser! Y es que la enfermedad es subjetiva por excelencia, inseparable del que la posee, adherente incluso a la coincidencia y, como tal, incurable. ¿Acaso no existe remedio contra ella? Sí, pero entonces tenemos que curarnos de nuestro propio yo. La nostalgia de otra cosa en los sueños melancólicos no es más que el deseo de otro yo, don que buscamos en los paisajes, en la lejanía, en la música, engañándonos involuntariamente en un proceso mucho más profundo. Siempre volvemos descontentos y nos abandonamos a nosotros mismos, ya que no hay salida de la enfermedad que lleva nuestro nombre y, si la perdiéramos, ya no nos encontraríamos.

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  No creo que Dios haya hecho a Eva de una de nuestras costillas, porque entonces tendríamos que llevarnos bien con ella y no únicamente en la cama. Pero, a decir verdad, ¿no es eso un engaño también? ¿Es que cabe estar más lejos el uno del otro que en esa cuasi identidad horizontal? ¿De dónde procedería entonces la oscura e indómita inclinación, en los momentos de angustia, a echarse misteriosamente a llorar en el regazo de las mujeres de la vida en un hotel de mala muerte?

  Dependemos de las mujeres no tanto por instinto como por horror al hastío. Y es más que posible que ella no sea otra cosa que una invención de ese horror. Por miedo a la soledad de Adán, forjó Dios a Eva, y siempre que nos invaden las sacudidas del aislamiento ofreceríamos al Creador alguna que otra costilla para absorber de la mujer, nacida de nosotros mismos, nuestra propia soledad.

  La castidad es un rechazo del conocimiento. Los ascetas habrían podido satisfacer su deseo de soledad más fácilmente en la cercanía de la mujer si el miedo a la «tentación» no los hubiera desposeído de la misteriosa profundidad de la sexualidad. El pánico en un mundo de objetos despierta un deseo mortal por la mujer (objeto ella misma), deseo avivado por los padecimientos de nuestro hastío.

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  Un ser en vías de espiritualización completa ya no es capaz de melancolía, porque no puede abandonarse a merced de los caprichos. Espíritu significa resistencia, mientras que la melancolía, más que cualquier otra cosa, presupone la no-resistencia al alma, al elemental ardor de los sentidos, a lo incontrolable de los afectos. Todo cuanto en nosotros hay de indómito y agitado, de irracional compuesto de sueño y de bestialidad, de deficiencias orgánicas y aspiraciones ebrias, como de explosiones musicales que ensombrecen la pureza de los ángeles y nos hacen mirar desdeñosamente una azucena, constituye la zona primaría del alma. Ahí se encuentra la melancolía en su casa, en la poesía de esas flaquezas.

  Cuando te crees más alejado del mundo, la brisa de la melancolía te muestra la ilusión de tu cercanía al espíritu. Las fuerzas vitales del alma te atraen hacia abajo, te obligan a sumergirte en la profundidad primaria, a reconocer tus fuentes de las que te aísla el vacío abstracto del espíritu, su implacable serenidad.

  La melancolía se distancia del mundo por obra de la vida y no del espíritu: la deserción de los tejidos del estado de inmanencia. A través de la incesante apelación al espíritu los hombres le han añadido un matiz reflexivo que no encontramos en las mujeres, quienes, al no resistirse nunca a su alma, flotan a merced del oleaje de la inmediata melancolía.

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  La necesidad de un tiempo puro, limpio de devenir y que no sea eternidad… Un etéreo diluirse en su «tránsito», un crecimiento en sí misma de la temporalidad, un tiempo sin «curso»… Éxtasis delicado de la movilidad, plenitud temporal desbordante de los instantes… Sumergirse en un tiempo falto de dimensiones y de una calidad tan aérea que nuestro corazón pueda hacerlo volver atrás, ya que el tiempo no está manchado por lo irreversible ni tocado por lo irrevocable…

  … Empiezo a sospechar el modo cómo se insinuó en el Paraíso.

Quien no tiene un órgano para la eternidad la concibe como otra forma de la temporalidad, de manera que construye la imagen de un tiempo que corre fuera de sí o la de un tiempo vertical. La imagen temporal de la eternidad sería entonces un curso hacia arriba, una acumulación vertical de instantes que sirven de contención al deslizamiento dinámico, al desplazamiento horizontal hacia la muerte.

  La suspensión del tiempo introduce una dimensión vertical, pero solamente mientras dure el acto de esa suspensión. Una vez consumado, la eternidad niega el tiempo, constituyendo un orden irreductible. El cambio en la dirección natural, la interrupción violenta de la temporalidad en su acceso a la eternidad, nos muestra que todo acto de trasgresión de la vida implica asimismo una violación del tiempo. La dimensión vertical de la suspensión es una perversión del sentido temporal, porque la eternidad no sería accesible si el tiempo no estuviera depravado y corrompido.

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  La enfermedad representa el triunfo del principio personal, la derrota de la sustancia anónima que hay en nosotros. Por eso es el fenómeno más característico de la individuación. La salud —incluso bajo la forma transfigurada de la ingenuidad— expresa la participación en el anonimato, en el paraíso biológico de la indivisión, mientras que la enfermedad es la fuente directa de la separación. Cambia la condición de un ser, su exceso determina una unicidad, un salto más allá de lo natural. La diferencia entre un hombre enfermo y otro sano es mayor que entre este último y cualquier animal. Pues estar enfermo significa ser otra cosa distinta a lo que se es, someterse a las determinaciones de lo posible, identificar el momento con la sorpresa. Normalmente, disponemos de nuestro destino, hacemos previsiones a cada momento y vivimos en una soledad llena de indiferencia. Somos libres de creer que en un día determinado, a una hora determinada, podremos estar serios o contentos y que nada nos impide apoyarnos en el interés que demos a una cosa cualquiera. Cuando tenemos conciencia general de la enfermedad, sucede todo lo contrario: no hay ni rastro de libertad; no podemos prever nada, pues somos esclavos atormentados de las reacciones y caprichos orgánicos. La fatalidad respira por todos nuestros poros, el tedio brota de nuestros miembros y todo junto conforma la apoteosis de la necesidad que es la enfermedad. No sabemos nunca qué hacer, qué va a ocurrir, qué desastres nos acechan en las sombras de nuestro interior, ni en qué medida amaremos u odiaremos, presas del clima histérico de las incertidumbres. La enfermedad que nos separa de la naturaleza nos ata a ella más que la tumba. Los matices del cielo nos obligan a modificaciones equivalentes en el alma, los índices de humedad, a actuaciones según el grado de humedad, las estaciones, a una periodicidad maldita. De esa forma traducimos moralmente toda la naturaleza. A una infinita distancia de ella vertemos todas sus fantasías, el caos evidente o implícito, las curvas de la materia en las oscilaciones de un corazón incierto. Saber que no se tiene relación alguna con el mundo y registrar todas sus variaciones, he ahí la paradoja de la enfermedad, la extraña necesidad que se nos impone, la libertad de pensar más allá de nuestro ser y la condición mendicante de nuestro propio cuerpo. Pues, en realidad, ¿no tendemos la mano hacia nosotros mismos, no solicitamos nuestro apoyo, como vagabundos a las puertas de nuestro yo, al abandonar una vida sin remedio? ¡Tener la necesidad de hacer algo para uno mismo y no poder elevarse sobre una pedagogía de lo incurable!

  Si fuésemos libres en la enfermedad, los médicos se convertirían en mendigos, porque los mortales tienden al sufrimiento pero no a su atroz mezcla de exasperada subjetividad y de invencible necesidad.

  La enfermedad es el modo que tiene la muerte de amar la vida; y el individuo, el teatro de esa debilidad. En todo dolor lo absoluto de la muerte saborea el devenir, lo que nos atormenta es la tentación, la voluntaria degradación de la Oscuridad. Y así, el sufrimiento no es otra cosa que una minoración del absoluto de la muerte.

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