sábado, 18 de marzo de 2017

Diógenes de Sinope Anécdotas, dichos y comentarios VIII



(40) Objetándole uno que había hecho moneda falsa, le dijo: «También me meaba encima, y ahora no».

  Por mi parte reconozco que me sucede, ¡quiero decir, me sucedía! No quiero decir que en mi juventud falsificara moneda y ya no la falsifique. No sé si se entiende. Supongo que un parentesco tan íntimo como éste con Diógenes está en la base de mi estimación de este texto (se soldó en mi memoria con el recuerdo de las palizas que recibía por falsificar moneda en la cama).

  Como tantos otros, el argumento es analógico. Nadie censura a nadie porque en su infancia mojara su cama. ¿Por qué pues imputarle siendo hombre el dolo de su juventud?

  A otro que le objetó lo mismo, le respondió: «Hubo un tiempo en que yo era tal como eres tú ahora; pero cual yo soy ahora no lo serás nunca».

  No hay que decir: o estas anécdotas son inventadas o el mismo Diógenes estaría refutando esa interpretación de la frase «falsificación de la moneda» como «revalidación de la moneda» que muchos hacen.

  No hay una historia sino muchas sobre la falsificación de la moneda. Ya lo dijimos al comienzo: Unos dicen que fue el padre de Diógenes, Hicesios, el que falsificó la moneda y que fue encarcelado y murió en la cárcel. Otros dicen que fue Diógenes quien lo hizo y que fue exiliado con su padre por ello. Para otros, no hubo falsificación de la moneda, sino reacuñación, revaluación o desvalorización de la moneda, lo que habría hecho Hicesios. Hay también unos que consideran que estas son todas invenciones, que Diógenes empleaba la metáfora «cambiar la moneda» y que de esta costumbre suya se tomó pie para fraguar posteriormente las historias de la revaluación de la moneda en Sínope y, sobre todo, la historia del Oráculo de Delos (o Delfos). Esta historia del oráculo tampoco es una. Ya vemos que unos dicen Delos y otros Delfos. Pero hay más.

  Unos dicen que teniendo Diógenes que acuñar, los monederos le requirieron que adulterara la aleación y que Diógenes fue y preguntó al dios qué haría. «Cambia la moneda» fue la respuesta (que ya en esa época era frase hecha, metáfora muerta, por «cambia, subvierte, reacuña los valores») y Diógenes creyó que era la letra de la frase lo que ordenaba el oráculo. Entonces, fue, falsificó y lo sorprendieron y lo exiliaron. Unos dicen que no lo exiliaron sino que huyó. Hay más historias todavía: Se dice que su padre Hicesios le confió la moneda y que él la rebajó por lo cual Hicesios fue encarcelado, muriendo en la prisión; y que Diógenes huyó, vino a Delfos y preguntó qué debía hacer para ganar reputación y que el dios le dijo eso: «Cambia la moneda». De estas historias sobre el oráculo también se dice que son invenciones y que todo este embrollo de falsedades tiene que ver con pura propaganda estoica, propaganda que busca para sus «santos» (como Diógenes y Zenón) una tradición que estuviera a la altura de su «santísimo» (Sócrates) que era hijo de una partera y se dedicó al «parto de las almas» y del que el oráculo dijo que no había hombre más sabio. Así se inventaron para Diógenes y para Zenón historias parecidas. A Zenón le dijo el oráculo que si quería alcanzar la mejor vida debía tomar el color de los muertos, lo que entendió Zenón como que debía estudiar a los antiguos. A Diógenes le dijo el dios: «Cambia la moneda», como si le dijera: «Así como a Sócrates lo guió la metáfora de partero, guíate tú por la de banquero».

  Todo esto se ve muy bien, sólo que no calza con las anécdotas que hay sobre la falsificación de la moneda; y el mismo Laercio dice que Diógenes en un escrito suyo confiesa haber adulterado la moneda. Pero hay más: Se han encontrado en número significativo monedas con los sellos de Sínope del período en que Diógenes estaba allí, monedas que han sido devaluadas de verdad por ser imitaciones de las monedas buenas de la misma época —mediados del siglo IV a. C. Muchas monedas buenas llevan el nombre «Hicesios». En una palabra, hubo falsificación de moneda y hubo al parecer la intervención de un Hicesios que la puso fuera de circulación. Mucha moneda de la mala lleva un golpe de cincel sobre el sello. Y ésta sí que es devaluación y no metáfora. Así, se insinúa una historia que no tiene nada de leyenda. Así también adquiere el peso de un motivo muy obvio la carrera de Diógenes contra la sociedad y sus valores en circulación.

  La cuestión de los motivos pertenece a la esfera de la psicología profunda. En las novelas policiales, suele bastar un motivo. La relación del motivo con la acción se representa como la del gatillo con el fulminante. Leyendo historia seria, muchas veces nos encontramos preguntándonos si es historia seria o novela policial. Uno piensa: La sociedad sinopense encarcela a su padre, éste muere en la cárcel, fiscalizan sus bienes, exilian al hijo. ¿No basta esto para explicar a Diógenes entero? Me parece que no en absoluto. A investigadores como Sarley, les parece algo así. «Puesto que no tenía propiedad, (Diógenes) denunció a todos los que la tenían». ¡Si fuera así de simple! Y esto también: «Puesto que no sabía nada de filosofía, ciencia o arte, condenó la filosofía, la ciencia y el arte».

41) Dicen algunos que es suyo lo siguiente: habiéndole visto Platón lavando unas hierbas, se acercó y le dijo: «Si sirvieras a Dionisio, cierto no lavaras hierbas»; mas él, acercándose también le respondió: «y tú si lavaras hierbas seguramente no sirvieras a Dionisio».

  Esta es también una hermosa historia. Si prefiero la otra, la del muchacho que enrojece, es por la simpatía y la belleza que irradia. En ésta, en cambio, se cruzan agudezas como se cruzan floretes. Platón se acercó; Diógenes al replicar, se acercó también. O sea, se encararon, se olieron el aliento. Supongo que es así por la versión de Laercio. Pero, ¿es de Laercio? Me paso de la traducción española de Ortiz y Sanz a la francesa de Robert Genaille. Esta respeta más el original:

  Platón que lo vio lavando ensalada se aproximó y le dijo dulcemente: «Si hubieras sido amable con Dionisio, no lavarías ensalada» a lo cual Diógenes le respondió con el mismo tono: «Y tú, si hubieras lavado tu ensalada, no hubieras sido el esclavo de Dionisio».

  Como se ve aquí, cambia en un detalle la traducción y el cuadro de nuestra representación cambia de la tierra al cielo. ¿Oyen a Platón? ¡Qué dulce habla! Yo veo cómo se está burlando de Diógenes. ¿Y oyen a Diógenes? ¡Lo remeda! Dice Genaille: «le respondió en el mismo tono». Suavito también Diógenes, igual que Platón. ¡Oh, yo los estoy viendo! Disputan como dos mocosos chicos. Un paso más y se sacan la lengua.

  En una u otra traducción es una hermosa historia. La exacta oposición de Diógenes y Platón. En el centro, Dionisio tirano de Siracusa. Opuestos, Diógenes y Platón. Uno, al servicio del poder, disfruta de sus ventajas: otro, rechazando el disfrute, prescinde del poder. Diógenes ha descubierto la manera de sacarse de encima los arreos y riesgos del poder; Platón le hace ver desnudos los costos de su forma de vida. Hasta las frases que se cruzan están lindamente opuestas. Parece que se dan en la cabeza con los extremos de una contraposición. Algo de contraposición tiene. Podemos modificarla así: Decir «Si Diógenes sirve a Dionisio, entonces, no lava hierbas» es como decir, «Si Diógenes lava hierbas, entonces, no sirve a Dionisio». Quitado el sujeto, quedaría así: «Si se sirve a Dionisio, entonces, no se lavan hierbas» que es lo mismo que «si se lavan hierbas, entonces, no se sirve a Dionisio». O sea que Diógenes le dice a Platón lo mismo que Platón le dice a Diógenes. Entre los dos se reparten las mitades de una tautología. Pero, el hecho es que Platón sirve a Dionisio; y el hecho es que Diógenes lava hierbas Ni el segundo sirve a Dionisio, ni el primero lava hierbas. Yo pienso que Platón no lavaría hierbas aunque no sirviera a Dionisio; y pienso que Diógenes no serviría a Dionisio aunque no lavara hierbas. Hasta se me ocurre que Platón se dejaría morir de hambre antes que lavar hierbas y que Diógenes se dejaría colgar antes que servir a Dionisio. Pero creo más: Creo que hay en el pensamiento de Platón razones que lo llevan a servir a Dionisio y que hay en el pensamiento de Diógenes razones que lo llevan a lavar hierbas. Quiero decir, que hay algo de necesario en que haga cada uno lo que hace y que cada uno no haga lo que hace el otro.

  No creo que se opongan tan perfecta y primorosamente estos dos personajes en otra parte como lo hacen en esta historia de Dionisio y las hierbas. ¿Por qué, pues, no es tan popular como la que más? Parece que en popularidad primero va «el barril de Diógenes»; segundo, «la linterna de Diógenes»; tercero, «la sombra de Alejandro»; cuarto, «el movimiento se prueba andando»; y quinto, «soy ciudadano del mundo». Me gustaría escuchar una explicación de la popularidad de estas historias sobre tantas otras tan buenas o mejores.

  ¿Y qué hierbas serían? Ortiz y Sanz pone «hierbas»; Genaille pone «ensalada»; Hicks pone «lechugas». El texto griego dice «verduras». ¿Será por mi crianza medio vagabunda en mi rincón de provincia que yo imaginé siempre que eran romazas? ¿Cómo las comería Diógenes, hervidas o con sal y vinagre?
42) A uno que le dijo que muchos se reían de él, le respondió: «Y acaso de ellos los asnos; pero ni ellos se cuidan de los asnos ni yo de ellos».

  Es una figura de adición. Hay que cuidarse de ellas, porque suelen ser arbitrarias. Aquí, nadie le pide el parecer a los asnos. Diógenes dice: «¿Se ríen de mí? Pues, vamos a traer a los asnos para que se rían de ellos. ¿Qué les importa a ellos que los asnos se rían? Pero, entonces, ¿qué puede importarme a mí que se rían ellos?» Es una forma graciosa de transformarlos en asnos. Pero, no olvidar, para ello se necesitan asnos que rían.

  En este dictum asoma una explicación de los dos Diógenes: el santo de los estoicos y el pícaro de la tradición popular (ése del que aquí se ríen). Más de un comentarista lamenta que sobrepasando los cínicos a todos en coraje no recurrieran a otras armas en lugar del insulto y el desprecio y no ofrecieran más alternativa que una absurda renuncia. Un juicio a medias como éste siempre se hizo y pienso que de él resulta la mofa del cinismo, la incomprensión de sus batallas callejeras. Estos, los que juzgaban a medias, son los que alababan a Diógenes, aunque no irían con él de caza. Hasta para Zenón vale una actitud así: se cuenta que sentía vergüenza, que no podía con el descaro cínico (la anáideia) y que cuando Crates quiso probarlo haciéndolo llevar un plato de lentejas por el Cerámico, se le vino todo al suelo y salió corriendo. Así, «la delicadeza de Zenón» implicaba que muchos sólo veían la teoría cínica, dejando para los «desvergonzados» nada menos que la práctica. Con una división así no cuesta entender el desdoblamiento de Diógenes que trae tan desconcertados a los lectores ordinarios de sus hechos, y hasta a sus comentaristas competentes. La verdad es que no hay dos Diógenes: sólo uno que se ve de una manera desde las altas ventanas de la academia y de otra desde las tabernas, los mercados y el arroyo.

  Como dijimos, algo así sucede también con Quevedo. El camino elegido por Diógenes para alcanzar la autarquía —el camino más corto, como se le llamó— acarreaba este costo: El desprecio admirado de los que están arriba y la burla agresiva de los que están abajo. De este «camino más corto» de Diógenes, decía el emperador Juliano que era en realidad el más largo. De este camino, el de la práctica cotidiana de sus ideas, decía Diógenes que lo seguiría aunque fuera contra las espadas y el fuego.

43) A uno que le afeaba el que entrase en lugares inmundos, le respondió: «También el sol entra en los albañales y no se ensucia».

  ¿Qué lugares serían, lupanares, tabernas, garitos, basurales? ¿Pasaba Diógenes por ellos o los frecuentaba? Genaille traduce así: «frecuentaba».

  El sol entra en los albañales y no se ensucia. Diógenes quiere decir que no deja de ser Diógenes porque se mezcle con gente vil. ¿Es así? Al fin de cuentas, el sol no entra en los albañales, sólo los ilumina. Por una higuera en la que buscaba frutos alguien le dijo que se había colgado uno de ella. «Yo la dejaré pura», fue la respuesta. Y a continuación de la historia del sol y los albañales viene ésta. Que…

  … estando cenando en un templo vio sobre lo mesa pan sucio, lo cogió y arrojó diciendo que en el templo no debía entrar cosa inmunda.

  ¿En qué quedamos? ¿No sigue el templo siendo templo aunque pidan amparo allí los delincuentes? Dictum y contradictum.

  Se trata de temas opuestos que recurren y recurren no sólo en el mundo del retórico. Cuando la política recomienda la alianza, lo inmundo no contagia, uno «pacta con el diablo si es necesario»; cuando la política recomienda la separación, ¿cómo va uno a mezclarse con lo inmundo? A cada rato nos encontramos con demagogos de ademanes grandiosos que están por encima de las pequeñeces y los prejuicios; a cada rato, también, con demagogos con todo el horror en el rostro ante la sola idea de rebajarse. Así es el poder: tan puro, que nada lo contagia; tan puro, que está expuesto al contagio.

  ¿Y qué son los albañales? Cloacas, resumideros, dice el diccionario.

(44) Entraba en el teatro contra la gente que salía, y preguntado por qué, respondió: «Esto tengo resuelto hacer toda mi vida».

  Es decir, negar lo establecido, trastocar el orden, subvertir los valores, cambiar la moneda, etc. Se presta para una secuencia fílmica. Diógenes viene por la calle conversando con dos periodistas de la época que tratan de sacarle algún ladrido para venderlo en Creta o en Mileto. Y he aquí que están a un paso, digamos, del «Teatro Caupolicán» de Atenas, justo cuando la función termina y sale el público a la calle. Diógenes no tiene que pensar dos veces, ni una siquiera. Se recoge el palio (sucio y raído, como se entiende) y echa a correr que es un susto. La muchedumbre desborda todo lo desbordable. Casi revientan las puertas de entrada, quiero decir de salida. Diógenes ataca con el báculo tratando de abrir brecha. ¡Oh, que delicia, que delicia! ¡Esto es un baño de los cielos! Diógenes bracea que es una fiesta subiendo las escaleras contra la cascada vocinglera y presurosa. «¡Déjenme, déjenme entrar!» En torno suyo estalla la furia, la burla. «¿Pero dónde vas a entrar? ¿No ves que todos salen?» «¿Cómo que todos salen? ¿y quién soy yo?» «¡Échate a un lado, burro porfiado!», «¡Ja, ja, ja! ¡Diógenes burro» «Quiero entrar, quiero entrar!» «¿Entrar? pero, pero, ¿cómo vas a entrar, infeliz, no ves que todos salen?» «Quítate de en medio, perro mugriento!» «¡Sáquenlo a puntapiés!» «¡Pásenle por encima! ¡Que no le quede hueso por quebrar!» Diógenes atropella sin miramientos. «Déjenme pasar, mocosos de porquería». Pero, ¡si ésta es la panacea de las panaceas! ¡Contra la corriente, contra Atenas, contra Grecia toda! En medio de un río de esclavos, de mozalbetes, de buenos para nada, corriente arriba navega Diógenes. Los periodistas corren a cablegrafiar.

  Esta anécdota sí que no ocurrió jamás. No es más que una invención para ilustrar la vocación de Diógenes: la abolición de la cultura toda por vía de subversión, exhibición y denuncia, nadando en contra, toda la vida en contra.

  Como se ha dicho, siempre vale la pena tener presente lo probable y lo improbable al examinar las anécdotas y dichos de Diógenes. Hay encuentros que seguramente nunca se produjeron y en los que de tal manera se cargan las tintas que más parecen simplificaciones, reducciones populares. Lo que puede relacionarse con el «Mito-Diógenes» o «Leyenda de Diógenes» o el «Preparado Diógenes», sea en blanco, sea en negro. Un personaje se forma, o más bien se ahoga, bajo los atavíos de toda las ocurrencias que medio mundo le cuelga. Por ejemplo (y ahora, no en el siglo III antes o después de Cristo), Heinrich viste a Diógenes con la toga heideggeriana, Sayre le cuelga el manto de monje brahman, Seltman la ideología del resentido social. Yo supongo que eso que llamo aquí (siguiendo la costumbre y no muy seguro de nombrar algo) «tradición popular» trata de ajustar las cosas de modo que calcen con sus intuiciones: Diógenes versus Alejandro, versus Demóstenes, versus Friné, versus Platón.

  Vimos como «falsificar la moneda» se acomoda según quien lea: «reacuñar la moneda», «cambiar la moneda», «poner la moneda fuera de circulación». Dudley dice que si Diógenes tuviera que ver con monedas, éstas serían o de la especie que llevan el sello «physis» o de la que lleva el sello «nomos», y que éstas serían puestas fuera de circulación y las primeras aceptadas. Una imagen más para el mosaico Diógenes.

(45) Objetándole algunos que él pedía, pero Platón no, dijo: «También él pide, pero… la cabeza acercando para que los demás no se den cuenta».

  Bueno, si pide Platón, y la filosofía occidental, como dice Whitehead, se reduce a unas cuantas notas al pie de sus escritos… Bueno, otra vez, si pide Platón y Occidente, como dice Heidegger, es platónico de pies a cabeza… ¿Verdad que se forman ideas grotescas cuando nos dejamos encantar por la retórica? Todo esto, en el entendido de que sea como dice Diógenes. ¿Pide Platón sólo que «la cabeza acercando», para que no lo oigan los demás? No hay más que sacarse un premio de la lotería para sospecharlo. No hace mucho, una persona acertó la lotería y ganó una cantidad enorme de dinero. Para su desgracia, lo hizo público. Ahora se queja: no lo dejan dormir golpeando la puerta. O pregúntesele a los que están a cargo del tesoro público, de cuántos vienen «la cabeza acercando». O, finalmente, haga cada uno sus cuentas y averigüe si alguna vez acercó la cabeza, no sea que le ocurra como a ese señor que había estado toda su vida hablando en prosa sin saberlo.


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