sábado, 18 de marzo de 2017

Albert Camus.-Los mudos


Era el pleno invierno y sin embargo se anunciaba una mañana radiante en la ciudad ya activa. En el extremo de la escollera, el mar y el cielo se confundían en un mismo resplandor. No obstante, Yvars no los veía. Iba deslizándose pesadamente por las avenidas del puerto. Su pierna enferma descansaba sobre el pedal fijo de la bicicleta, mientras la otra se esforzaba en vencer los adoquines, aún mojados por la humedad nocturna. Sin levantar la cabeza, inclinado en el asiento. evitaba los rieles del viejo tranvía, se hacía bruscamente a un costado para dejar paso a los automóviles que se le adelantaban y, de cuando en cuando, con el codo echaba hacia atrás, sobre sus riñones, el morral en el que Fernande había colocado el almuerzo. Pensaba entonces amargamente en el contenido del morral. Entre las dos gruesas tajadas de pan, en lugar de la tortilla a la española que a él le gustaba o la chuleta frita, no había más que un trozo de queso.
Nunca le había parecido tan largo el camino hasta el taller. Es que también estaba envejeciendo. A los cuarenta años, y aunque hubiera permanecido seco como un sarmiento de viña, los músculos no entran en calor tan rápidamente. A veces, al leer las crónicas deportivas, en las que se llamaba veterano a un atleta de treinta años, se encogía de hombros. «¡Si éste es un veterano! -decía Fernande—, yo ya soy un carcamal». A los treinta años la respiración ya comienza imperceptiblemente a fallar. A los cuarenta no se es un carcamal, no, pero ya se está preparando uno a serlo desde lejos, con un poco de anticipación. ¿No sería por eso, por lo que, desde hacía tanto tiempo ya no miraba el mar, durante el trayecto que hacía hasta el otro extremo de la ciudad, donde estaba la fábrica de toneles? Cuando tenía veinte años no se cansaba de contemplarlo; el mar le prometía un fin de semana feliz en la playa. A pesar de su cojera, o precisamente a causa de ella, siempre le había gustado la natación. Luego pasaron los años, se casó con Fernande, nació el chico y, para vivir debía trabajar horas suplementarias en la tonelería los sábados, en casa de particulares los domingos, o bien jugaba al billar. Poco a poco había perdido la costumbre de aquellas jornadas violentas que lo reanimaban: el agua profunda y clara, el sol fuerte, las muchachas, la vida física. No había otra clase de felicidad en aquel lugar. Y esa felicidad pasaba con la juventud. A Yvars continuaba gustándole el mar, pero sólo al caer el día, cuando las aguas de la bahía se oscurecían un poco. Era apacible y agradable el momento que pasaba en la terraza de su casa, donde se sentaba después del trabajo, contento, con la camisa limpia que Fernande sabía planchar tan bien y con el vasito do anís coronado de vaho. Entonces caía la tarde, una suavidad breve aparecía en el cielo y los vecinos que hablaban con Yvars bajaban de pronto la voz. En tales momentos él no sabía si era feliz o si tenía ganas de llorar. Por lo menos estaba seguro de que no había otra cosa que hacer sino esperar, blandamente, sin saber demasiado qué.
Por las mañanas en que iba al trabajo, en cambio, ya no lo gustaba mirar el mar, siempre fiel a la cita, y que sólo volvería a ver por la tarde. Aquella mañana se deslizaba en la bicicleta, con la cabeza gacha, más pesadamente aun que de costumbre; el corazón también le pesaba. La noche anterior, cuando volvió de la reunión y anunció a Fernande que tornarían al trabajo, ella había dicho alegre:
—Entonces, ¿el patrón os aumenta?
El patrón no les aumentaba nada; la huelga había fracasado. Debían roconocer que no habían llevado con mucho tino el asunto. Era una huelga suscitada por la rabia y el sindicato había tenido razón en apoyarlos tibiamente. Por lo demás, quince obreros no eran gran cosa; el sindicato tenía en cuenta el caso de otras fábricas de toneles que no marchaban. No se les podía reprochar demasiado. La industria tonelera amenazada por la construcción de barcos y de camiones cisternas no era por cierto floreciente. Cada vez se hacían menos barriles y pipas; sobre todo se reparaban las grandes cubas que ya existían. Los patrones veían comprometidos sus negocios, es verdad, pero así y todo querían conservar un margen de beneficios, y lo más sencillo les parecía mantener los salarios; a pesar de que los precios se elevaban continuamente. ¿Qué podían hacer los toneleros, cuando su industria desaparecía? Uno no cambia de oficio cuando se ha tomado el trabajo do aprenderlo; ése era difícil y exigía un largo aprendizaje. El buen tonelero, el que ajusta casi herméticamente las duelas curvas y las aprieta al fuego y con el cincho do hierro, sin utilizar estopa, ni rafia, es raro. Yvars lo sabía y estaba orgulloso de ser uno de ellos. Cambiar de oficio no es nada, pero renunciar a lo que uno sabe, a su maestría, no es fácil. Era un hermoso oficio sin empleo. Estaban aviados y había que resignarse. Pero tampoco la resignación era fácil; era difícil mantener la boca cerrada, no poder realmente disentir y hacer el mismo camino todas las mañanas con un cansancio que va acumulándose para recibir, al terminar la semana, sólo lo que le quieren dar a uno y cada vez alcanza menos para comprar cosas.
Entonces se habían encolerizado. Había uno o dos que vacilaban; pero también a ellos les había ganado la cólera después de las primeras discusiones con el patrón. Éste, en efecto, había dicho con tono seco que era cuestión de aceptar lo que él daba o de irse. Un hombre no habla así.
—¿Qué se cree ése? —había dicho Esposito—. ¿Que vamos a bajarnos los pantalones?
Por lo demás, el patrón no era un mal hombre. Había heredado el negocio del padre y crecido en el taller, de manera que conocía desde hacía años a casi todos los obreros. A veces los invitaba a refrigerios en la tonelería; asaban sardinas o morcillas en el fuego de virutas y corría el vinillo. En verdad era muy amable. Para Año Nuevo siempre regalaba cinco botellas de vino a cada obrero y, a menudo, cuando entre ellos había algún enfermo o sencillamente se producía un acontecimiento, casamiento o comunión, les hacía un presente en dinero. Cuando le nació la hija, hubo confites para todo el mundo. Dos o tres veces había invitado a Yvars a cazar en su finca del litoral. Sin duda quería mucho a sus obreros y con frecuencia recordaba que el padre había comenzado como aprendiz. Pero nunca había ido a visitarlos en sus casas, no se daba cuenta. Sólo pensaba en él mismo, porque no conocía otra cosa. Y ahora era cuestión de aceptar o de irse. Dicho de otra manera, también él se había obstinado, sólo que él podía permitírselo.
En el sindicato habían forzado las cosas y el taller cerró las puertas.
—No os afanéis demasiado con la huelga -había dicho el patrón—. Cuando el taller no trabaja hago economías.
No era cierto, pero eso no había arreglado las cosas, puesto que él les decía en plena cara que les daba trabajo por caridad. Esposito se había puesto loco de rabia y le había dicho que no era un hombre. El otro tenía la sangre caliente; hubo que separarlos. Pero los obreros habían quedado impresionados. Veinte días de huelga, las mujeres tristes en la casa, dos o tres de ellos desalentados y, para terminar, el sindicato había aconsejado ceder, con la promesa de un arbitraje y de una recuperación de los días de huelga con horas suplementarias. Habían decidido volver al trabajo; claro está que echando bravatas, diciendo que aún el asunto no había terminado, que iba a reverse. Pero aquella mañana, un cansancio que se parecía al peso de la derrota, el queso en lugar de la carne; no, ya no era posible la ilusión. El sol podía brillar todo lo que quisiera, pero el mar ya no le prometía nada. A Yvars, inclinado sobre su único pedal móvil, le parecía que envejecía un poco más a cada calle que pasaba. No podía pensar en el taller, en los camaradas y en el patrón que iba a volver a ver, sin sentir en el corazón un peso cada vez mayor. Fernande se había inquietado.
—¿Qué vais a decir?
—Nada.
Yvars había montado en la bicicleta y meneado la cabeza. Había apretado los dientes y era cortada la expresión de su carita oscura y arrugada, de finos rasgos.
—Trabajamos. Eso basta.
Ahora se deslizaba en la bicicleta, con los dientes siempre apretados y una cólera triste y seca que lo ensombrecía todo, hasta el cielo.
Abandonó el boulevard y se metió por las calles húmedas del viejo barrio español. Desembocaban en una zona ocupada sólo por cocheras, depósitos de hierro y garages, que era donde se levantaba el taller: una especie de galpón con paredes de mampostería hasta la mitad de su altura, que luego se prolongaban con vidrios hasta el techo de chapa acanalada. El taller daba a la antigua fábrica de toneles, un espacio amplio, rodeado de viejos patios do monasterios, que habían abandonado cuando la empresa creció, y que ahora no era más que un depósito de máquinas usadas y viejos trastos. Más allá de ese espacio abierto, separado de él por una especie de sendero cubierto de viejas tejas, comenzaba el jardín del patrón, al término del cual se levantaba la casa. Grande y fea, era, con todo, simpática por su viña y por su escuálida madreselva que rodeaba la escalera de entrada.
Yvars vio en seguida que las puertas del taller estaban cerradas Frente a ellas había un grupo de obreros, en silencio. Desde que trabajaba allí era la primera vez que al llegar encontraba las puertas cerradas. E1 patrón había querido acentuar e1 golpe. Yvars se dirigió hacia la izquierda, colocó la bicicleta bajo el tejadillo que prolongaba el galpón por aquel lado y se encaminó a la puerta. De lejos reconoció a Esposito, un gran mocetón moreno y velloso, que trabajaba junto a él, a Marcou, el delegado sindical, con su cabeza de tenorino, a Saïd, el único árabe del taller, y luego a todos los demás, que silenciosos, lo miraban llegar. Pero antes de que Yvars se hubiera reunido con ellos, se volvieron bruscamente hacia las puertas del taller, que acababan de entreabrirse. Ballester, el capataz, apareció en el umbral. Abría una de las pesadas puertas y, volviendo las espaldas a los obreros, la empujaba lentamente sobre los rieles.
Ballester, que era el más viejo de todos, no aprobaba la huelga, pero se había callado a partir del momento en que Esposito le había dicho que servía a los intereses del patrón. Ahora estaba junto a la puerta, ancho y bajo en su pull-over azul marino, ya descalzo (él y Saïd eran los únicos que trabajaban descalzos) y los miraba entrar, uno a uno, con sus ojos tan claros que parecían sin color, en medio del viejo rostro cetrino, con la boca triste bajo los bigotes espesos y caídos. Ellos permanecían callados, humillados por esa entrada de vencidos, furiosos por su propio silencio, pero cada vez menos capaces de romperlo, a medida que se prolongaba. Pasaban sin mirar a Ballester, quien, según ellos sabían, ejecutaba una orden al hacerlos entrar de aquella manera, y cuyo aire amargo y fastidiado les indicaba lo que pensaba. Yvars sí lo miró. Ballester, que lo quería, meneó la cabeza sin decir palabra.
Ahora estaban todos en el pequeño vestuario situado a la derecha de la entrada: gabinetes abiertos, separados por tablas de madera blanca, en las que se habían colgado armaritos que podían cerrarse con llave. El último gabinete a partir de la entrada y pegado a las paredes del galpón se había transformado en cuarto de duchas, construido sobre un conducto de desagüe que se había excavado en el suelo mismo, de tierra apisonada. En el centro del galpón se veía, según los lugares de trabajo, barricas ya terminadas pero cuyos cinchos estaban aún flojos, y que esperaban el tratamiento del fuego, bancos macizos, con una larga hendidura (y en algunos de ellos, fondos de maderas circulares, que aguardaban el tratamiento de la garlopa), y por fin, tizones apagados. A lo largo de la pared y a la izquierda de la entrada, se alineaban los bancos de los obreros. Frente a ellos, se veían las pilas de duelas que había que repasar aún con el cepillo. Contra la pared de la derecha, no lejos del vestuario, dos grandes sierras mecánicas resplandecían, bien aceitadas, sólidas y silenciosas.
Desde hacía mucho el galpón había terminado por ser demasiado grande para el puñado de hombres que trabajaban en él. Eso era una ventaja durante los meses grandes calores y un inconveniente en invierno. Pero aquel día, en ese gran espacio, el trabajo interrumpido, los toneles abandonados en los rincones con un único cincho que reunía los pies de las duelas, separadas en lo alto como toscas flores do madera, el aserrín que cubría los bancos, las cajas de herramientas y las maquinas, todo daba al taller un aspecto de abandono. Los obreros lo miraban vestidos ahora con sus viejos pull-overs, con sus pantalones descoloridos y remendados, y vacilaban. Ballester los observaba.
—Entonces, ¿vamos?
Uno a uno se fueron hasta su puesto de trabajo, sin decir palabra. Ballester iba de un lugar a otro, para dirigir brevemente la tarea que había que comenzar o que terminar. Nadie le respondía. Pronto el primer martillo resonó contra el ángulo do madera y hierro, al ajustar un cincho en la parte hinchada de un tonel. Una garlopa gimió en un nudo de madera y una de las Sierras, manejada por Esposito, arrancó con gran estrépito de hojas do acero. Saïd, cuando se lo pedían, llevaba duelas o encendía los fuegos de virutas sobre los que se colocaban los toneles para hacerlos hinchar dentro de sus cinturones de hojas de hierro. Cuando nadie lo reclamaba, se iba a los bancos donde, con fuertes martillazos, remachaba los anchos cinchos herrumbrados. El olor de la viruta quemada comenzaba a llenar el galpón. Yvars, que repasaba con el cepillo y ajustaba las duelas cortadas por Esposito, reconoció el viejo perfume y el corazón se le ensanchó un poco. Todos trabajaban en silencio, pero cierto calor, cierta vida, renacía poco a poco en el taller. A través de los grandes ventanales penetraba una luz fresca, que llenaba el galpón. El humo adquiría un color azul, en medio del aire dorado; Yvars hasta oyó zumbar un insecto junto a él.
En ese momento so abrió sobre la pared del fondo la puerta que daba a la antigua tonelería y el señor Lassalle, el patrón, apareció en el umbral. Delgado y moreno, apenas había pasado los treinta años. Con camisa blanca bajo un traje de gabardina beige, tenía aspecto de satisfecho. A pesar del rostro muy huesoso, que parecía tallado con hoja do cuchillo, generalmente inspiraba simpatía, como la mayor parte de la gento a la que el deporte da libertad en su actitud y movimientos. Sin embargo, parecía un poco embarazado al transponer la puerta. Su «Buenos días» fue menos sonoro que de costumbre; en todo caso, nadie le respondió. El ruido do los martillos vaciló un instante, perdió su ritmo y en seguida comenzó de nuevo, a más no poder. El señor Lassalle dio algunos pasos, indeciso; luego se dirigió hacia el pequeño Valery, que trabajaba con ellos desde hacía sólo un año. Junto a la sierra mecánica, a unos pasos de Yvars, Valery colocaba un fondo en una barrica y el patrón se quedó contemplándolo. Valery continuaba trabajando, sin decir nada.
—Entonces, ¿todo marcha bien, hijo? —preguntó el señor Lassalle.
El joven se puso de pronto torpe en sus movimientos. Lanzó una mirada a Esposito, que cerca de él apilaba en sus brazos enormes un montón de duelas para llevárselas a Yvars. Esposito también lo miró, sin dejar de trabajar, y Valery hundió la nariz en su barrica, sin responder al patrón. Lassalle, un poco cohibido, se quedó un instante plantado frente al joven; luego se encogió de hombros y se volvió hacia Marcou. Éste, a horcajadas sobre su banco, terminaba de ajustar, con golpecitos lentos y precisos, el borde de un fondo.
—Buen día, Marcou —dijo Lassalle con tono más seco. Marcou no respondió, atento tan sólo a no quitar de la madera que trabajaba más que una viruta muy ligera.
—Pero, ¿qué os pasa? —gritó Lassalle en voz alta y dirigiéndose esta vez a los otros obreros—. Ya sabemos que no llegamos a un acuerdo, pero eso no impide que tengamos que trabajar juntos. Entonces, ¿qué utilidad tiene esto?
Marcou se irguió, levantó el fondo de la barrica, verificó con la mano el borde circular, entrecerró los ojos lánguidos, con aire do gran satisfacción y, siempre silencioso, se dirigió hacia otro obrero, que armaba un tonel. En todo el taller no se oía sino el ruido de los martillos y de la sierra mecánica.
—Bueno —dijo Lassalle—, cuando se os pase, hacédmelo saber por Ballester —y con paso tranquilo salió del galpón.
Casi inmediatamente resonó dos veces una campanilla que cubrió el estrépito del taller. Ballester, que acababa do sentarse para liar un cigarrillo, se levantó pesadamente y salió por la puertita del fondo. Después los martillos golpearon con menos fuerza y hasta uno de los obreros había suspendido su trabajo, cuando Ballester volvió. Desde la puerta dijo sólo:
—Marcou e Yvars, el patrón os llama.
El primer impulso de Yvars fue ir a lavarse las manos, pero Marcou lo tomó por un brazo al pasar y él lo siguió cojeando.
Afuera, en el patio, la luz era tan fresca, tan líquida, que Yvars la sentía en el rostro y en los brazos desnudos. Subieron por la escalera exterior, bajo la madreselva, que exhibía ya algunas flores. Cuando entraron en el pasillo con las paredes cubiertas de diplomas, oyeron un llanto de niño, y la voz de la señora Lassalle que decía:
—La acostarás después del almuerzo. Llamaremos al médico, si no se le pasa.
Luego el patrón apareció en el pasillo y los hizo entrar en el pequeño escritorio que ellos ya conocían, con muebles de falso estilo rústico y las paredes adornadas con trofeos deportivos.
-Siéntense —dijo Lassalle ocupando su lugar detrás del escritorio. Ellos permanecieron de pie—. Los hice venir —prosiguió— porque usted, Maroou, es el delegado, y tú, Yvars, mi empleado más viejo después de Ballester. No quiero renovar las discusiones que ya han terminado. No puedo, en modo alguno, darles lo que me piden. La cuestión so arregló; llegamos a la conclusión de que había que volver al trabajo. Veo que me tienen mala voluntad y eso me resulta penoso. Les digo lo que siento. Sencillamente quiero agregar esto: lo que no puedo hacer hoy, podré acaso hacerlo cuando los negocios se recuperen. Y si puedo hacerlo, lo haré aun antes de que ustedes me lo pidan. Mientras tanto, procuremos trabajar de acuerdo.
Se calló, pareció reflexionar; luego levantó los ojos hacia ellos.
—¿Entonces? —agregó.
Marcou miraba hacia afuera. Yvars, con los dientes apretados, quería hablar, pero no podía.
—Oigan —dijo Lassalle—, ustedes se han obstinado. Ya los pasaré; pero cuando hayan vuelto a ser razonables, no olviden lo que acabo de decirles.
Se levantó, se llegó hasta Marcou y le tendió la mano.
—¡Vamos! —dijo. Marcou se puso repentinamente pálido. Se le endureció el rostro de tenorino que, por el espacio de un segundo, adquirió una expresión de maldad. Luego se volvió bruscamente y salió. Lassalle, también pálido, miró a Yvars, sin tenderle la mano.
—¡Váyanse al infierno! —gritó.
Cuando volvieron al taller, los obreros estaban almorzando. Ballester había salido. Marcou dijo tan sólo:
—Pura charla.
Y volvió a su lugar de trabajo. Esposito dejó de morder su pan para preguntar qué habían respondido ellos. Yvars dijo que no habían respondido nada. Luego se fue a buscar su morral y volvió para sentarse sobre el banco en que trabajaba. Comenzaba a comer cuando, no lejos de él, advirtió la presencia de Saïd, acostado de espaldas sobre un montón de virutas, con la mirada perdida en los ventanales, que tenían un tono azulado, a causa de un cielo ahora menos luminoso. Le preguntó si había terminado. Saïd le dijo que ya se había comido las uñas. Yvars dejó de comer. El malestar, que no lo había abandonado desde la entrevista con Lassalle, desaparecía de pronto para dejar lugar a un calor bienhechor. Se levantó, partió su pan y dijo, ante la negativa de Saïd, que la semana siguiente todo iría mejor.
Entonces me invitarás tú —dijo. Saïd sonrió. Comenzó a masticar un trozo del sandwich de Yvars, pero lentamente, como si no tuviera hambre.
Esposito tomó una cacerola vieja y encendió un fuego de virutas y madera. En él recalentó el café, que había llevado en una botella. Dijo que era un regalo para el taller que su almacenero le había hecho cuando se enteró del fracaso de la huelga. Un frasquito vacío de mostaza circuló de mano en mano. Cada vez Esposito vertía el café, ya azucarado. Saïd se lo tragó con más gusto que el que había mostrado en comer. Esposito bebía el resto del café de la misma cacerola hirviente, haciendo restallar los labios y lanzando juramentos. En ese momento entró Ballester, para anunciar el retorno al trabajo.
Mientras ellos se levantaban y recogían papeles y vajilla en sus morrales, Ballester fue a colocarse en medio de ellos y dijo de pronto que era un golpe duro para todos, y para él también, pero que esa no era una razón para conducirse como chicos, y que no se ganaba nada con refunfuñar. Esposito, con la cacerola en la mano, se volvió hacia él. De pronto se le había puesto rojo el rostro espeso y largo. Yvars sabía lo que iba a decir y que en ese momento todos pensaban lo que él estaba pensando: que no refunfuñaban, que se les había cerrado la boca, que era cuestión de aceptar o irse, y que la rabia y la impotencia duelen a veces tanto que ni siquiera se puede gritar. Ellos eran hombres; eso era todo, y no iban ahora a ponerse a hacer sonrisas y caras. Pero Esposito no dijo nada de todo eso. Por fin, se le aclaró el rostro y dio un suave golpecito a Ballester en el hombro, mientras los otros volvían al trabajo. Do nuevo resonaron los martillos, el gran galpón se llenó con el familiar estrépito, con el olor do 1a viruta y de las viejas ropas empapadas de sudor. La enorme sierra giraba y mordía la madera fresca de la duela que Esposito empujaba lentamente delante de sí. En el lugar de la mordedura, saltaba un aserrín mojado, que cubría como con una especie de ralladura de pan, las gruesas manos velludas firmemente apretadas sobro la madera, a cada lado de la rugiente hoja. Cuando la duela quedaba cortada, sólo se oía el ruido del motor.
Yvars sentía ahora, inclinado sobro la garlopa, las agujetas de la espalda. De ordinario, el cansancio llegaba algo más tarde. Había perdido el entrenamiento durante aquellas semanas de inacción; era evidente. Pero también pensaba en la edad, que hace más duro el trabajo manual cuando ese trabajo no es de simple precisión. Aquellas agujetas le anunciaban también la vejez. Cuando intervienen los músculos, el trabajo termina por hacerse una maldición, precede a la muerte, y en los días de grandes esfuerzos el sueño es justamente como la muerte. El chico quería ser maestro y tenía razón. Los que pronunciaban discursos sobre el trabajo manual no sabían de qué hablaban.
Cuando Yvars se irguió para recuperar la respiración y también para ahuyentar aquellos malos pensamientos, volvió a sonar la campanilla. Sonaba insistentemente, pero de manera tan curiosa, con breves intervalos para hacerse luego oír imperiosamente, que los obreros dejaron de trabajar. Ballester escuchaba sorprendido, luego se decidió y se llegó lentamente hasta la puerta. Había desaparecido hacía algunos segundos, cuando la campanilla dejó por fin de sonar. Todos volvieron al trabajo. De nuevo, la puerta se abrió brutalmente y Ballester corrió hacia el vestuario. En seguida salió de él calzado con alpargatas y, mientras se ponía la chaqueta, dijo a Yvars al pasar:
—La nenita tuvo un ataque. Voy a buscar a Germain.
Y se precipitó hacia la gran puerta. El doctor Germain era el que atendía al personal del taller. Vivía en el barrio. Yvars repitió la noticia sin comentarios. Se habían reunido todos alrededor de él, embarazados. Sólo se oía el motor de la sierra mecánica, que giraba libremente.
—Quizá no sea nada —dijo uno de ellos. Volvieron a sus puestos. El taller se llenó de nuevo con sus ruidos habituales, pero los hombres trabajaban lentamente, como si esperaran algo.
Al cabo de un cuarto de hora, Ballester entró de nuevo, se quitó la chaqueta y sin decir palabra volvió a salir por la puertita. A través de los ventanales, la luz iba debilitándose. Un poco después, en los intervalos en que la sierra no mordía la madera, se oyó la sorda campana de un coche ambulancia, primero lejana, luego más próxima, por fin presente, y ahora silenciosa. Al cabo de un rato volvió Ballester y todos se precipitaron hacia él. Esposito había detenido el motor. Ballester dijo que al desvestirse en su habitación, la niña había caído desplomada, como si la hubieran segado.
—¡Vaya, entonces! —dijo Marcou. Ballester meneó la cabeza e hizo un ademán vago hacia el taller; pero tenía aire atribulado. Se oyó de nuevo la campana de la ambulancia. Estaban todos allí, en el taller silencioso, bajo las oleadas de luz amarilla que arrojaban los ventanales, con sus toscas manos inútiles que les pendían a lo largo de los viejos pantalones cubiertos de aserrín.
El resto de la tarde fue arrastrándose. Yvars no sentía más que su cansancio y el corazón apretado. Habría querido hablar, pero no tenía nada que decir y los otros tampoco. En sus rostros taciturnos se leía sólo la pena y una especie de obstinación. A veces, en su interior se formaba la palabra «desgracia», pero apenas, pues desaparecía inmediatamente, como una burbuja que nace y estalla en el mismo momento. Tenía ganas de volver a su casa, de volver a ver a Fernande, al muchacho, y también la terraza. Justamente en ese momento Ballester anunciaba el fin de la jornada. Las máquinas se detuvieron. Sin apresurarse, comenzaron a apagar los fuegos y a poner orden en sus puestos. Luego se llegaron uno a uno al vestuario. Saïd fue el último. A él le tocaba limpiar los lugares de trabajo y regar el suelo polvoriento. Cuando Yvars llegó al vestuario, Esposito, enorme y velloso, ya estaba bajo la ducha. Les volvía las espaldas mientras se jabonaba con gran estrépito. En general se le dirigían bromas por su pudor. En efecto, aquel gran oso escondía obstinadamente sus partes nobles; pero ese día nadie pareció advertirlo. Esposito salió andando hacia atrás y se puso alrededor de la cintura una toalla, a manera de taparrabo. Los otros esperaban su turno y Marcou se goleaba vigorosamente los costados desnudos, cuando oyeron que la gran puerta de adelante rodaba lentamente sobre los rieles. Entró Lassalle.
Iba vestido como en el momento de su primera visita, pero llevaba el pelo un poco revuelto. Se detuvo en el umbral, contempló el vasto taller desierto, dio algunos pasos, se detuvo un instante y miró hacia el vestuario. Esposito, siempre cubierto por su taparrabo, so volvió hacia él. Desnudo, embarazado, se balanceaba un poco, apoyándose en un pie y luego en el otro. Yvars pensó que le tocaba a Marcou decir algo pero Marcou se mantenía invisible detrás de la lluvia de agua que lo rodeaba. Esposito se apoderó de una camisa y se la estaba poniendo prestamente, cuando Lassalle dijo:
—Buenas tardes —con voz un poco desentonada, y se dirigió hacia la puertita del fondo. Cuando Yvars pensó que había que llamarlo, la puerta ya se había cerrado.
Entonces Yvars volvió a vestirse sin lavarse, y también él dijo «Buenas tardes», pero con todo su corazón. Y los otros le respondieron con el mismo calor. Salió rápidamente, se llegó hasta la bicicleta y cuando la montó sintió de nuevo las agujetas. Ahora se deslizaba en medio de la tarde que moría, a través de la ciudad llena de obstáculos. Iba rápido, quería volver a ver la vieja casa y la terraza. Se lavaría en la pileta antes de sentarse y de contemplar el mar que ya lo acompañaba, más oscuro que a la mañana, detrás del boulevard. Pero la niñita también lo acompañaba y no podía dejar de pensar en ella.
Cuando llegó a la casa, el chico ya había vuelto de la escuela y leía libros ilustrados. Fernande preguntó a Yvars si todo había ido bien. Él no dijo nada, se lavó en la pileta y luego se sentó en el banco, contra la pared de la terraza. Ropa blanca remendada pendía por encima de él. El cielo se hacía transparente; más allá de la pared, podía verse el mar suave de la tarde. Fernande le llevó el anís, dos vasos y el botijo do agua fresca. Luego se sentó junto al marido. Él le contó todo, mientras la tenía cogida de la mano, como en los primeros tiempos de su matrimonio. Cuando terminó, Yvars se quedó inmóvil, vuelto hacia el mar, donde bajaba ya, de un extremo a otro del horizonte, el rápido crepúsculo.
—¡Ah, él tiene la culpa! —dijo. Y hubiera querido ser joven y que Fernande también aún lo fuera, y que estuvieran del otro lado del mar.


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