domingo, 19 de marzo de 2017

Emil Cioran -Silogismos de la amargura :Religión

Si creyera en Dios mi fatuidad no tendría límites: me pasearía desnudo por las calles…

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  Tanto recurrieron los santos a la facilidad de la paradoja, que es imposible no citarlos en las tertulias.

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  Cuando nos devora un apetito de sufrir tal que, para acabar con él, necesitaríamos miles de existencias, imaginamos bien de qué infierno ha debido surgir la idea de trasmigración.

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  Fuera de la materia, todo es música: Dios mismo no es más que una alucinación sonora.

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  Buscar los antecedentes de un suspiro nos puede llevar al instante anterior —o al sexto día de la Creación.

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  Sólo el órgano nos hace comprender de qué manera la eternidad puede evolucionar.

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  Esas noches en que ya no podemos progresar en Dios, en que lo hemos recorrido en todos los sentidos, en que lo hemos desgastado a fuerza de pisotearlo, esas noches de las que emergemos con la idea de arrojarlo al basurero… de enriquecer al mundo con un desperdicio.

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  Sin la vigilancia de la ironía, ¡qué fácil sería fundar una religión! Bastaría dejar a los mirones agruparse en torno de nuestros trances locuaces.

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  No es Dios, sino el Dolor, quien disfruta de las ventajas de la ubicuidad.

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  En los momentos cruciales de la vida, la ayuda del cigarro es más eficaz que la de los Evangelios.

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  El gran pecado del cristianismo es haber corrompido al escepticismo. Un griego jamás hubiera asociado el gemido a la duda. Retrocedería horrorizado ante Pascal y más aún ante la inflación del alma que, desde la época de la Cruz, desvaloriza al espíritu.

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  Cuenta Suso que, con un estilete, se grabó en el pecho, en el lado del corazón, el nombre de Jesús. No sangró en vano: poco después una luz emanaba de su llaga.

  ¡Que no sea yo más fuerte en mi incredulidad, que no pueda yo, inscribiendo en mi carne otro nombre, el de Satanás, servirle de enseña luminosa…!

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  Quise establecerme en el Tiempo; pero era inhabitable. Cuando me volví hacia la Eternidad, perdí pie.

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  Llega siempre el momento en que cada uno se dice: «O Dios o yo»; y entabla un combate del que los dos salen disminuidos.

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  El secreto de un ser coincide con los sufrimientos que espera.

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  No conociendo, en materia de experiencia religiosa, más que las inquietudes de la erudición, el hombre moderno sopesa el Absoluto, estudia sus variedades y reserva sus estremecimientos a los mitos —esos vértigos para conciencias historiadoras. Habiendo dejado de rezar, se comenta la plegaria. Ninguna exclamación ya, sólo teorías. La Religión boicotea la fe. En el pasado, con amor u odio, los hombres se aventuraban en Dios, quien, de Nada inagotable que era, no es ya —para desesperación de místicos y ateos— más que un problema.

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  Como todo iconoclasta, he destrozado mis ídolos para consagrarme a sus restos.

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  La santidad me hace temblar: esa injerencia en las desgracias ajenas, esa barbarie de la caridad, esa piedad sin escrúpulos…

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  ¿De dónde nos viene la obsesión del Reptil? ¿No será de nuestro temor a una última tentación, a una caída próxima, y esta vez irreparable, que nos haga perder hasta la memoria del Paraíso?

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  Esa época en que al levantarme escuchaba una marcha fúnebre que tarareaba todo el día y que, por la noche, desgastada, se desvanecía en himno…

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  Ser más inutilizable que un santo…

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  En plena nostalgia de la muerte, se abate sobre nosotros una flojedad tan grande, se lleva a cabo en nuestras venas una mortificación tal, que olvidamos la muerte para no pensar más que en la química de la sangre.

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  La Creación fue el primer acto de sabotaje.

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  Confabulado con el Abismo y furioso de no poder escapar de él, el incrédulo despliega un ardor místico para construir un mundo tan desprovisto de profundidad como un ballet de Rameau.

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  En el Antiguo Testamento se sabía intimidar al Cielo, se le amenazaba con el puño: la plegaria era una disputa entre la criatura y su creador. Para reconciliarlos llegó el Evangelio: ése fue el error imperdonable del cristianismo.

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  Quien vive sin memoria no ha salido aún del Paraíso: las plantas continúan deleitándose en él. Ellas no fueron condenadas al Pecado, a esa imposibilidad de olvidar: pero nosotros, remordimientos ambulantes, etc., etc.

  (¡Echar de menos al Paraíso! —Imposible estar más pasado de moda, exagerar más la pasión por lo caduco o el provincialismo).

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  «Señor, sin ti estoy loco, pero más loco aún contigo». Ese sería, en el mejor de los casos, el resultado de la reanudación del contacto entre el fracasado de abajo y el fracasado de arriba.

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  El gran crimen del Dolor es haber organizado el Caos, haberlo convertido en universo.

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  ¡Qué tentación las iglesias, si en lugar de fieles hubiera únicamente en ellas esas crispaciones de Dios que el órgano nos revela!

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  Cuando rozo el Misterio sin poder reírme de él, me pregunto para qué sirve esa vacuna contra lo absoluto que es la lucidez.

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  ¡Cuántos problemas para instalarse en el desierto! Más espabilados que los primeros ermitaños, hemos aprendido a buscarlo en nosotros mismos.

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  He merodeado como un soplón alrededor de Dios; incapaz de implorarle, le he espiado.

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  Hace dos mil años que Jesús se venga de nosotros por no haber muerto en un canapé.

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  A los diletantes les trae sin cuidado Dios; los locos y los borrachos, esos grandes especialistas de la divinidad, hacen de él el objeto de sus cavilaciones.

  Nosotros debemos a un resto de juicio el privilegio de ser aún superficiales.

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  Eliminar de sí las toxinas del tiempo para guardar las de la eternidad, ésa es la puerilidad del místico.

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  La posibilidad de renovarse mediante la herejía confiere al creyente una neta superioridad sobre el ateo.

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  Jamás se cae más bajo que cuando se echa de menos a los ángeles…, excepto cuando se desea rezar hasta la licuación del cerebro.

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  Más aún que la religión, el cinismo comete el error de conceder demasiada importancia al hombre.

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  Entre los franceses y Dios se interpone la astucia.

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  Examiné como es debido todos los argumentos favorables a Dios: su inexistencia quedó para mí intacta. Él posee el talento de hacerse desmentir por toda su obra; sus defensores le hacen odioso; sus adoradores, sospechoso. Quien tema amarle no tiene más que abrir a Santo Tomás…

  Recuerdo a ese catedrático rumano que interrogaba a una de sus alumnas sobre las pruebas de la existencia de Dios; ella le cita los argumentos histórico, ontológico, etc., apresurándose a añadir que no cree en ellos. El profesor se enfada, repite una a una las pruebas; ella se encoge de hombros, persiste en su incredulidad. Entonces el profesor se levanta, rojo de fe: «Señorita, le doy a usted mi palabra de honor que Dios existe».

  … Argumento que por sí solo vale lo que todas las Sumas teológicas.

  ¿Y qué decir de la Inmortalidad? Querer elucidarla, o simplemente abordarla, es signo de aberración o de camelo. Sin embargo, no por ello dejan los tratados de exponer su imposible fascinación. Si hemos de creerlos, no tenemos más que fiarnos de algunas deducciones hostiles al Tiempo para hallarnos de pronto provistos de eternidad, indemnes de polvo, exentos de agonía.

  Pero no son esas estupideces las que me han hecho dudar de mi precariedad. Cuánto, en cambio, me han turbado las meditaciones de un viejo amigo mío, músico ambulante y loco… Como todos los desequilibrados, se planteaba problemas y había «resuelto» alguno. Un día, tras haber recorrido las terrazas de los cafés, vino a interrogarme sobre… la inmortalidad. «Es impensable», le respondí, a la vez seducido e irritado por sus ojos inactuales, sus arrugas y sus harapos. Una certeza le animaba: «Te equivocas si no crees en ella; si no crees, no sobrevivirás. Yo estoy seguro de que la muerte no podrá nada contra mí. Además, a pesar de lo que tú dices, todo tiene alma. ¿Has visto a los pájaros revolotear en las calles y de repente elevarse por encima de las casas para contemplar a París? ¡Cómo no van a tener alma, cómo un pájaro podría morir…!».

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  De todo lo concebido por los teólogos, las únicas páginas legibles, las únicas palabras verdaderas, son las dedicadas al Diablo. Su tono cambia y se aviva su elocuencia cuando, dando la espalda a la luz, se consagran a las Tinieblas. Se diría que vuelven a su elemento, que lo descubren de nuevo. Al fin pueden odiar, por fin les está permitido; se acabó el ronroneo sublime o la salmodia edificante. El odio puede ser abyecto; extirparlo es, sin embargo, más peligroso que abusar de él. La Iglesia ha sabido evitar a los suyos, sabiamente tales riesgos; para que puedan satisfacer sus instintos, los excita contra el Demonio; ellos se aferran a él y le roen: por fortuna es un hueso inagotable… Si se lo quitaran, sucumbirían al vicio o a la apatía.

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  Para recobrar su autoridad sobre la gente, el catolicismo necesita un papa furibundo, carcomido de contradicciones, impartidor de histeria, dominado por una rabia de hereje, un bárbaro a quien no le estorben dos mil años de teología.

  En Roma y en el resto de la cristiandad, ¿se han agotado ya completamente las reservas de demencia? Desde finales del siglo XVI, la Iglesia, humanizada, no produce más que cismas de segundo orden, santos vulgares, excomuniones irrisorias. Y si un loco no lograra salvarla, al menos podría precipitarla en otro abismo.

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  Incluso cuando creemos haber desalojado a Dios de nuestra alma, continúa vegetando en ella. Pero sentimos que allí se aburre: no tenemos la fe suficiente para divertirle…

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  ¿Qué auxilio puede ofrecer la religión al creyente decepcionado por Dios y por el Diablo?

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  ¿Por qué deponer las armas, por qué capitular, si aún no he vivido todas mis contradicciones, si conservo todavía la esperanza de un nuevo callejón sin salida?

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  Con qué urgencia me descristianizo desde siempre…

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  Toda creencia nos vuelve insolentes; recién adquirida, aviva nuestros turbios instintos; a quienes no la comparten les consideramos fracasados e incapaces, no mereciendo de nuestra parte más que piedad y desprecio.

  Observad al neófito en política y sobre todo en religión, a todos aquellos que han logrado interesar a Dios en sus marrullerías, los convertidos, los nuevos ricos del Absoluto. Comparad su impertinencia con la modestia y los buenos modales de quienes pierden la fe y las convicciones…

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  En las fronteras del ser: «Nadie sabrá nunca todo lo que he sufrido y sufro, ni siquiera yo mismo».

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  Cuando, por apetito de soledad, hemos roto nuestros lazos con los demás, el Vacío nos embarga: nos quedamos sin nadie a nuestra disposición. ¿A quién liquidar ahora? ¿Dónde encontrar una víctima duradera? —Semejante perplejidad nos abre a Dios: al menos con Él estamos seguros de poder romper indefinidamente…

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