Félix II, san (13 marzo 483 - 1
marzo 492)
Impropiamente, en aquellas
relaciones que otorgan legitimidad al rival de Liberio, aparece mencionado como
Félix III. Pertenecía a la aristocracia romana y su padre había sido ya
sacerdote. Viudo y con dos hijos, uno de los cuales sería a su vez el abuelo de
Gregorio Magno: tuvo que recibir sobre la marcha todas las órdenes antes de ser
consagrado. Odoacro, a través del prefecto Basilio, primera autoridad en Roma,
intervino en esta elección. Félix II se apoyaría, para su gobierno, en el
archidiácono Gelasio, que sería además su sucesor: de ahí que se hayan
considerado ambos pontificados como dos etapas en un mismo gobierno cuya tarea
más importante consistió en fijar el ámbito de autoridad de Roma con respecto a
Bizancio.
Vista desde Constantinopla, la
caída del Imperio de Occidente reducía Italia al rango de una mera provincia,
gobernada además por usurpadores bárbaros (desde el año 487 el rey de los
ostrogodos, Teodorico (454-526), recibiría de Zenón un título de «patricio» que
le capacitaba para su gobierno) y, en ella, Roma podía ser tratada como una
sede metropolitana, no distinta de las otras patriarcales. Acacio, por encargo
de Zenón, preparó un documento, Henótico, reinterpretando la doctrina de
Calcedonia a fin de que pudiera ser aceptado por monofisitas y nestorianos, y
trató de imponerlo como si tuviera la supremacía doctrinal. Paralelamente un
monofisita, Pedro Mongo, era admitido como patriarca de Alejandría. Félix no
fue ni siquiera informado: tuvo conocimiento de lo sucedido a través del
patriarca alejandrino depuesto, Juan Talaia, que buscó refugio en Roma. El
papa, todavía en el comienzo de su gestión, envió sus legados a Constantinopla
para dar cuenta de su elección, reclamar la confirmación del credo de
Caldedonia y la restauración de Talaia en Alejandría. Fallaron absolutamente en
su cometido; admitieron ser tratados como inferiores y dieron a entender que
podían plegarse a todas las decisiones de Acacio y de la corte imperial.
Félix convocó un sínodo (28 de
julio del 484) para excomulgar a sus legados y también a Acacio de forma
solemne. Algunos monjes bizantinos, exaltados defensores de la ortodoxia,
hicieron pública la excomunión colgando el documento en las vestiduras de
Acacio cuando éste se hallaba celebrando misa. El patriarca ordenó que se
borrara el nombre de Félix de los dípticos y, durante 35 años, se prolongaría
una ruptura que algunos historiadores consideran ya como el primer cisma. El
papa, mostrándose absolutamente seguro de su posición, se negó a hacer
concesiones: exigía el retorno puro y simple a la fe de Calcedonia y la
deposición de los patriarcas de Antioquía y Alejandría, considerados
monofisitas. Muerto Acacio y llegado al trono imperial Anastasio (491-518),
hubo un giro a la ortodoxia, pero matizada con concesiones al monofisismo
moderado. El papa nunca quiso modificar sus condiciones, a pesar de que sus
detractores le considerasen demasiado duro. Su sepulcro, junto al de su padre,
su esposa y sus hijos, se encuentra en la basílica de San Pablo.
Gelasio I, san (1 marzo 492 - 21
noviembre 496)
Italia. Nacido en Roma,
procedente de una familia africana, fue tan importante para la vida de la
Iglesia como san León Magno, a pesar de que reinó poco tiempo. Dionisio el
Exiguo, que vivió en Roma pocos años más tarde y recogió la memoria inmediata
de su vida, hace de Gelasio un retrato impresionante: su humildad, su
determinación en el servicio de los demás, sus mortificaciones personales, su
conocimiento de la Biblia, su oración y su piedad, le convierten en el Buen
Pastor por excelencia. Fue el primero en usar el título de vicario de Cristo. A
diferencia de sus inmediatos antecesores, fue un excelente teólogo: de ahí la
claridad que emana de sus abundantes documentos. Destaca en especial el llamado
Decreto gelasiano, que proporciona la lista de libros canónicos del Nuevo
Testamento y también de los apócrifos.
La guerra que permitió a
Teodorico adueñarse de Italia había causado graves quebrantos económicos: miles
de refugiados cayeron sobre Roma provocando serios problemas de subsistencia. A
ellos tuvo que atender Gelasio, poniendo en práctica los preceptos de la
caridad. Por vez primera se redactó entonces un Líber censuum que permitía
conocer todas las rentas a disposición de la Sede Apostólica: eran copiosas y
sus propiedades —especialmente las de Cerdeña y Sicilia— permitían disponer de
abundantes reservas de trigo. Gelasio dispuso que de las rentas se hicieran
cuatro partes: una para el papa, que empleaba en limosnas para remedio de tanta
miseria; otra parte para el clero; la tercera para repartir entre los pobres;
la cuarta y última para la fábrica de las iglesias. Sus excelentes relaciones
con Teodorico, pese a ser arriano, dieron a Roma el grado de tranquilidad que
necesitaba. G. Pomares \'7bCelase 1, París, 1959) señala cómo su obra más
importante consiste en haber rematado el proceso de conversión de Roma en
ciudad cristiana, suprimiendo la última reliquia de las fiestas paganas, las
Lupercalia, degeneradas en un grosero carnaval.
Oriente. El problema fundamental
seguía siendo el de las relaciones con Oriente, interrumpidas desde el año 484
por la excomunión de Acacio. El sucesor de éste reclamaba, para suscribir el
documento de fe de Calcedonia, que se anulase el decreto de excomunión, pero en
esto iba envuelta la negación del primado de Roma. Gelasio se negó: a lo único
que accedería fue a perdonar a uno de los legados, Miseno, obispo de Cumas (13
de mayo del 495) porque la falta de éste afectaba únicamente a la disciplina.
Se declaró absolutamente decidido a defender hasta el último extremo lo que,
andando el tiempo, llegaría a definirse como infalibilidad pontificia. Estas
son sus palabras: «Lo que la Sede Apostólica afirma en un sínodo, adquiere
valor jurídico; lo que él ha rechazado no tiene fuerza de ley.»
En una carta al emperador
Anastasio y en algunos otros textos doctrinales, expuso por vez primera con
absoluta nitidez las relaciones entre los dos poderes. «Dos poderes gobiernan
el mundo: la autoridad sacra del pontífice y el poder imperial. Del uno y del
otro son los sacerdotes quienes soportan el mayor peso, pues en el Juicio Final
tendrán que rendir cuentas, no sólo de sí mismos, sino también de los reyes.»
Desde una posición de fe absoluta esta doctrina aparece como resultado de una
lógica meridiana, pues el único fin de la existencia humana consiste en
alcanzar la vida eterna, mientras que los bienes temporales, entre los que se
cuenta el gobierno, son solamente medios para asegurar a los súbditos ese fin.
Completando esta idea dijo que nadie podía colocarse «por encima de aquel hombre
a quien la misma palabra de Cristo ha colocado sobre todos los hombres y al que
la venerable Iglesia fiel ha reconocido como su primado». Gelasio explicaba la
recíproca autonomía de ambos poderes, pero declarando que los dos están
sometidos al orden moral del que la Iglesia es fiel custodia.
La abundante correspondencia
conservada revela la preocupación del papa por imponer estas doctrinas y la
satisfacción que le producían las sedes de Italia y, en general de Occidente,
porque no ponían dificultades de obediencia. En el sínodo del 494 se tomaron
importantes medidas disciplinarias acerca de la ordenación de. sacerdotes y de
la acción pastoral. Se le ha atribuido el más antiguo de los formularios
conservados para la administración de sacramentos.
Anastasio II (24 noviembre 496 -
19 noviembre 498)
La enérgica actitud que Félix y
Gelasio adoptaron en sus relaciones con Oriente suscitaron la oposición de los
círculos romanos partidarios del emperador, los cuales elevaron al solio a
Anastasio, hijo del presbítero Pedro, que se había hecho notar en el sínodo del
495 por su inclinación a la condescendencia. Junto con Liberio forma la
excepción de no haberse incluido en la lista de los santos. Dante no dudaría en
enviarle al Infierno. Apenas elegido, envió sus legados a Constantinopla con
una carta al emperador concebida en términos muy conciliadores: era evidente el
deseo de restablecer la unidad, pero su tono de moderación no se apartaba de
las posiciones fijadas por Gelasio I en el 494; por ejemplo, pedía al emperador
que le ayudara a restablecer en Alejandría la fe de Calcedonia, pero no
mencionaba a Pedro Mongo, el discutido patriarca.
Los legados pontificios viajaron
junto con una embajada que, presidida por el senador Festo, era enviada por
Teodorico el Ámalo, en un intento de obtener una legitimación del gobierno que
venía ostentando. Las dos negociaciones se mezclaron y, en determinado momento,
el emperador Anastasio ofreció el reconocimiento de dicha legitimidad si por su
parte el monarca ostrogodo lograba que Roma se plegara a una fórmula de
compromiso en la fe, expuesta en un documento que repetía, palabra por palabra,
el Henótico. Desconocemos la respuesta de los legados pero sabemos que Festo
prometió que desde Rávena se harían todos los esfuerzos necesarios. Bajo esta
condición, Teodorico fue reconocido como prefecto de Italia el año 498.
En Constantinopla habían
comenzado conversaciones con una delegación de eclesiásticos llegados de
Alejandría, en un esfuerzo para encontrar una fórmula satisfactoria para todos,
y el papa Anastasio, que había restablecido la comunión con Andrés de
Tesalónica, dispuso que su diácono, Fotino, se incorporara a dichos trabajos.
No había tenido la precaución de consultar con el clero romano, de modo que
éste creyó que estaba obrando a sus espaldas y con perversas intenciones. Se
produjo una grave crisis cuando algunos presbíteros romanos suspendieron la
comunión con su obispo, y comenzaron a desarrollar una propaganda adversa que
acabaría convirtiéndose en leyenda, recogida en el Líber Pontificalis, y que
pretende, nada menos, que el papa había traicionado la fe. Anastasio II murió
bruscamente, cuando la crisis estaba aún en sus comienzos.
Simmaco, san (22 noviembre 498 -
19 julio 514)
Cisma. La división del clero en
dos facciones que se venía registrando desde la muerte de Gelasio I, quedó
reflejada el 498 en un nuevo cisma. Los clérigos eran ya quienes desempeñaban
el papel decisivo en la elección. La mayor parte se decidió por el diácono
Simmaco, un corso que había nacido en el paganismo, y que fue inmediatamente
consagrado en San Juan de Letrán. Pero los partidarios de Anastasio II que,
aunque eran minoría, contaban con el apoyo de la aristocracia senatorial
romana, nostálgica del Imperio, procedieron a elegir al archidiácono Lorenzo,
inmediatamente consagrado en Santa María la Mayor. Las dos facciones acudieron
a Teodorico, que poseía la autoridad delegada por el emperador, y él se inclinó
en favor de Simmaco porque había sido elegido antes y por la mayoría. Simmaco
tuvo que viajar hasta Rávena para alcanzar este resultado favorable. Apenas
instalado, el nuevo papa convocó el sínodo (499) para elaborar las normas a
que, en adelante, debía someterse la elección del pontífice: dicha elección
correspondería exclusivamente a los clérigos, quedando excluidos los laicos.
Lorenzo se sometió y fue compensado con el obispado de Noceria, en Campania,
que desempeñó hasta su muerte.
Teodorico visitó Roma el año 500,
siendo recibido por Simmaco. La aristocracia romana, fuerte en sus grandes propiedades
y en su condición de senadores hereditarios, que no estaba dispuesta a
consentir la exclusión prevista en el sínodo del 499, aprovechó esta
oportunidad y el enfriamiento de relaciones entre Rávena y Constantinopla para
acusar a Simmaco ante el rey de graves delitos: no celebraba la Pascua en la
fecha debida, malversaba las rentas, incluso cometía pecados contra la
castidad. Simmaco se negó a comparecer ante el rey en su calidad de magistrado
del Imperio, atrincherándose tras los muros del Vaticano. Teodorico dispuso
entonces que un obispo, el de Altinum, se encargara provisionalmente de la
administración de Roma hasta que los obispos de Italia, en un sínodo, tuvieran
la ocasión de pronunciarse. El papa, que negó legitimidad al administrador,
Pedro de Altinum, sí aceptó el concilio. Éste, el 23 de octubre del 502,
decidió en forma taxativa que ningún tribunal humano puede juzgar al vicario de
Cristo, una vez consagrado como tal; sólo Dios podía juzgarle.
Un papa no puede ser juzgado. La
continuación de este concilio tuvo lugar el 6 de noviembre del mismo año, en
San Pedro y bajo la presidencia de Simmaco. En él se renovaron las
disposiciones del 499 acerca de la elección y se aprovechó la oportunidad para
declarar nula la ley que invocaran los acusadores para atribuir a Simmaco
malversación, con el argumento de que dicha ley había sido promulgada por
Odoacro y ningún poder laico puede legislar en la Iglesia. El texto de dicha
ley se convirtió en un canon que aprobaron el papa y los obispos reunidos.
Teodorico comprendió que estas
disposiciones eran una amenaza para el poder temporal que representaba: sus
tropas permitieron a Lorenzo regresar a Roma e instalarse en Letrán. Durante
cuatro años se produjo la extraña división, pues Simmaco pudo mantenerse en San
Pedro y la zona del Vaticano, mientras Lorenzo, con ayuda de los senadores,
administraba la mayor parte de las propiedades de la Iglesia. Ennodio y
Dióscoro, diáconos de Roma y de Alejandría respectivamente, negociaron con
Teodorico hasta convencerle de su error: nada podía perjudicarle tanto como
esta división. El rey ordenó al senador Festo que expulsara a Lorenzo
enviándolo de nuevo a su diócesis y así concluyó el cisma. Nunca lograría
Simmaco la aceptación unánime: parte de su clero y de los senadores se
mostraría recalcitrante.
Algunas obras importantes se
asignan a este pontificado. Confirmó a san Cesáreo de Arles en sus poderes como
vicario, haciéndolos extensivos a cuestiones de fe y a las relaciones con los
reyes merovingios y con los visigodos de España; le fue remitido el pallium
como signo de autoridad. Fueron dictadas disposiciones contra los maniqueos,
ordenando su expulsión de Roma. En las misas solemnes se cantaría en adelante
el Gloria. Fue construida la nueva residencia pontificia en el Vaticano. En
relación con Bizancio, mantuvo Simmaco la misma firmeza que sus antecesores,
obligando al emperador Anastasio a capitular: estaba previsto que el papa
presidiera un concilio en Heracleon de Tracia, pero la muerte se lo impidió. A
su vez, el antipapa Lorenzo había muerto el año 508. Sus últimos meses se
desarrollaron en medio de ejemplares ejercicios de piedad.
Hormisdas, san (20 julio 514 - 6
agosto 523)
Decreto del papa. De acuerdo con
las normas de los sínodos romanos del 499 y 502, Hormisdas, probablemente
recomendado por Simmaco, fue elegido por el clero por unanimidad. Era un hombre
de paz que sabía aprovechar las coyunturas favorables. El emperador Anastasio,
que veía crecer la resistencia de los calcedonianos, repitió la invitación para
que el papa presidiera un concilio en Heracleion, a fin de restablecer la
unidad. Hormisdas consultó con Teodorico, para tener la seguridad del respaldo
de las autoridades italianas, y proveyó cuidadosamente de instrucciones a las
legaciones que envió los años 514 y 517; no había en ellas el menor resquicio
que permitiera ceder en dos puntos: el del primado romano y la profesión de fe
en las dos naturalezas unidas en una persona. En consecuencia, los legados
presentaron como inexcusables: la aceptación del Tomus Leonis, como fuera
proclamado en Calcedonia; la sentencia de excomunión pronunciada contra Acacio;
y el derecho de apelación a Roma de todos los obispos depuestos durante la
querella. Anastasio, probablemente, no podía aceptarlas, pero su muerte, el 518,
abrió paso a una solución.
Justino (518-527), el nuevo
emperador, que pronto asoció al trono a su sobrino Justiniano, abrigaba
grandiosos proyectos de reconquista del Mediterráneo; era calcedoniano
convencido (a pesar de lo cual los monofisitas conservarían mucha influencia a
través de Teodora —527-548—, la esposa de Justiniano —527-565—) y sabía muy
bien que la unión de las Iglesias era indispensable para el triunfo de sus
proyectos. Tras haber proclamado en Constantinopla el Símbolo de Fe calcedoniano,
en medio de grandes aclamaciones populares, Justino invitó al papa a enviar una
tercera embajada: esta vez se incluyó al diácono alejandrino Dióscoro, que
tanto había ayudado a Simmaco y cuya lengua era el griego. Iba provisto de un
documento, Libellus fidel Hormisdae Papae, que expresaba con absoluta claridad
la posición de Roma tanto en la cuestión cristológica como en la primacía de la
Sede Apostólica. El documento fue presentado al emperador y los obispos, que lo
asumieron. En él se contenía este texto:
No puede silenciarse la
afirmación de nuestro Señor Jesucristo que dijo: «Tú eres Pedro y sobre esta
piedra edificaré mi Iglesia.» Estas palabras han sido confirmadas por los
hechos: en la Sede Apostólica se ha conservado siempre, sin mácula, la fe universal.
Ésta es la razón por la que yo espero estar en comunión con la Sede Apostólica
en la que se encuentra la plena y verdadera religión.
Posteriormente se ha dicho que
fueron más de un millar los obispos que habían suscrito el texto, y la que se
llamó «Fórmula de Hormisdas» pasó a ser uno de los documentos esenciales de la
Iglesia católica; el Concilio Vaticano I la incorporaría a la declaración
dogmática sobre la infalibilidad pontificia. Los monofisitas, sin embargo, que
conservaban fuerza en la capital aunque fueran perseguidos, se atrincheraron en
Egipto, en donde darían lugar a una disidencia permanente.
Dos Romas. Hormisdas tuvo la
sensación de haber conseguido una gran victoria: los nombres de los últimos
cinco patriarcas así como los de los emperadores Zenón y Anastasio, fueron
borrados de los dipticos. Pero Justiniano también estaba convencido de haber
alcanzado grandes metas: el patriarca Juan II, al firmar la Fórmula, manifestó
la alegría de declarar que ahora las dos Romas, la vieja y la nueva, eran una
sola. En los años siguientes los patriarcas ganaron terreno hasta conseguir, el
521, con Epifanio, el reconocimiento del canon 28 de Constantinopla que
otorgaba a Bizancio el primer puesto inmediatamente detrás de Roma. Pero el
emperador había conseguido que esta ciudad se sintiera parte del Imperio.
Preparaba ya su reconquista militar. Al mismo tiempo estaba ejerciendo
autoridad en asuntos puramente eclesiásticos.
Había, pues, un reconocimiento de
que Constantinopla era en cierto modo cabeza de las Iglesias orientales.
Hormisdas aprovechó el caso de los monjes escitas para demostrar que tal
preeminencia no se extendía a cuestiones doctrinales. Dichos monjes, para
evitar tendencias nestorianas, habían elaborado una fórmula («Uno de la
Trinidad sufrió en la carne») que, aunque era teológicamente correcta, podía
dar origen a ambigüedades. El papa no la condenó, pero tampoco la aceptó; dijo
simplemente que bastaba con el Tomus Leonis aprobado en Calcedonia. Cuando
Fausto de Riez fue acusado de pelagianismo, respondió que la doctrina de la
Iglesia en este punto se había fijado por Celestino I y bastaba con atenerse a
ella.
Líber Pontificalis. L. Duchesne
\'7bLe Líber Pontificalis, París, 1884-1885) pudo ya demostrar que en este
tiempo se comenzaron a redactar las biografías de los papas a partir de
documentos existentes en los archivos romanos. El Líber Pontificalis, como la
traducción de los cánones griegos al latín (obra encomendada a Dionisio el
Exiguo, el mismo monje que elaboró el cálculo del comienzo de la era cristiana)
perseguían una meta: demostrar la continuidad apostólica sin fisuras.
Consciente de la debilidad que podía acarrear el sometimiento al Imperio de
Constantinopla, Hormisdas buscó un fortalecimiento con las Iglesias de
Occidente: Cesáreo de Arles y Avito de Vienne se mantuvieron en muy estrechas
relaciones con el papa; nombró vicarios en España, primero a Juan de Elche y el
521 a
Salustio de Sevilla. A este último otorgó facultades para convocar y presidir
concilios en Bélica y Lusitania, asegurando el cumplimiento de las
disposiciones romanas.
Juan I, san (13 agosto 523 - 18
mayo 526)
Natural de Toscana, había
figurado entre los seguidores del antipapa Lorenzo antes de someterse a Simmaco
y ser ordenado diácono. Gozaba de un gran prestigio intelectual y era amigo de
Boecio, con quien consultaba sus escritos teológicos para garantizar la
ortodoxia. Se trataba, sin embargo, de un anciano y, además, enfermo. Con san
Hormisdas compartía el convencimiento de que para el bien de la Iglesia convenía
el estrechamiento de relaciones con Oriente. Siguiendo los consejos de Dionisio
el Exiguo se adoptó el calendario litúrgico que se empleaba en Alejandría. La
herejía, perseguida con apoyo de las autoridades imperiales, seguía
retrocediendo. Pero desde el año 524 el emperador Justino hizo extensivas a los
godos que vivían en sus dominios las leyes antiarrianas: se les prohibía ocupar
cargos públicos, sus iglesias fueron confiscadas y algunos de ellos obligados a
abrazar el catolicismo. Teodorico que, ante todo, se sentía rey de los godos,
se enfureció: convocó a Juan I a Rávena y le encargó presidir una amplia
embajada, con obispos y senadores incluidos, para exigir el cese de la
persecución. Juan le advirtió que procuraría que fueran ¡Hendidas sus demandas,
pero que la doctrina de la Iglesia le impedía solicitar el retorno de los
conversos al arrianismo.
La embajada llegó a
Constantinopla unos días antes del 19 de abril en que se celebraba la Pascua y
fue recibida con muestras exageradas de respeto: el papa celebró la misa
tradicional de la fiesta, en latín, ofreciendo a Justino la corona. Podía
interpretarse este hecho como una estrechísima vinculación de la Sede
Apostólica al Imperio. Así lo entendió Teodorico. El emperador accedió a todas
las demandas de Juan I, si bien en ellas no entraba el retorno de los conversos
al arrianismo. Por otra parte, mientras la embajada seguía sus gestiones se
deterioraba rápidamente la situación política en Italia: el rey entendió que se
estaba alzando un movimiento probizantino e hizo ejecutar a algunas prominentes
personas, entre ellas Boecio (480? - 524?) y su suegro el senador Simmaco. De
modo que cuando el papa regresó a Rávena se vio tratado como un enemigo. No
está muy claro el alcance que las represalias tuvieron contra él y sus
colaboradores: sabemos que se le prohibió abandonar la ciudad y que algunas
fuentes atribuyen a los malos tratos su enfermedad y muerte.
Félix III, san (12 julio 526 - 22
septiembre 530)
En muchos textos en los que se
reconoce legitimidad al antipapa Félix, figura con el ordinal IV. La muerte
inesperada del papa Juan produjo una vacante de 58 días, pues los dos bandos
imperantes en el clero, progodo y prooriental, se enfrentaron. Amalasunta
(526-534) presionó a su padre Teodorico para que forzara la elección (un dato
que recoge el Líber Pontificalis) y Félix pudo ser consagrado. Las relaciones
con los godos mejoraron al producirse la muerte de Teodorico y asumir
Amalasunta las funciones de regencia de su hijo Atalarico; se aprecian las consecuencias
de dicha mejora en un incremento del poder que los pontífices venían ejerciendo
sobre la ciudad de Roma; hay datos que revelan que aumentaron las propiedades,
bienes y edificios, que obligaron a Félix III a incrementar el número de
presbíteros para atender las nuevas necesidades.
La correspondencia de Félix III
con Cesáreo de Arles revela una creciente preocupación por la mala formación de
muchos presbíteros y por el retorno de algunos de éstos al estado laical. Para
evitarlo, el papa recomendaba un examen riguroso de las condiciones de cada
candidato. Como la necesidad de contar con el apoyo de los godos forzaba a
suspender las medidas contra el arrianismo, Félix volcó sus esfuerzos en la
lucha contra el pelagianismo. Por su encargo, Próspero de Aquitania recopiló
textos de san Agustín hasta redactar un documento de 25 capítulos que definía
la doctrina de la gracia. Dicho texto fue adoptado en el Concilio de Orange
(julio del 529) y reveló ser eficaz.
Los mosaicos de San Cosme y San
Damián, antiguo templo pagano, ahora convertido en iglesia cristiana, muestran
el que parece ser el retrato de Félix; se trata en tal caso del primero de los
pontífices cuya imagen ha llegado a nosotros. Son muchas las edificaciones y
obras que se le atribuyen, reflejando una voluntad de sustituir la imagen de
Roma pagana por otra, de una ciudad cristiana. En sus últimos días intentó
introducir una nueva norma, designando a su archidiácono Bonifacio como sucesor
y entregándole el pallium. El Senado no quiso admitirlo: de ningún modo la
aristocracia romana estaba dispuesta a renunciar a hábitos electorales que
consideraba como derecho. La muerte del papa abrió así un serio debate.
Bonifacio II (22 septiembre 530 -
17 octubre 532)
La parte más antigua y menos
fiable del Líber Pontiftcalis concluye con la muerte de Félix III: la obra será
continuada por diversos autores. La designación previa de un sucesor obedecía
probablemente al designio de conservar las buenas relaciones con Rávena en un
momento en que, desencadenada la reconquista de África, aumentaba el número de
probizantinos: aunque nacido en Roma, Bonifacio, hijo de Sigibuldo, era un
germano. El Senado y la mayor parte del clero rechazaron esta designación y el
mismo día 22 de septiembre procedieron a elegir a Dióscoro, el diácono
alejandrino que tan importante papel desempeñara en la lucha contra el
monofisismo; era, sin duda, el mejor candidato de los bizantinos. Pero murió el
14 de octubre, sin haber sido ordenado, y sus partidarios, desconcertados,
reconocieron a Bonifacio.
Como la oposición había sido tan
fuerte y el Senado formuló serias amenazas contra quienes aceptaran ser
designados en vida de su antecesor, Bonifacio decidió convocar un sínodo (27 de
diciembre del 530) exigiendo de los 60 clérigos que proclamaran a Dióscoro un
juramento firmado de fidelidad; al mismo tiempo hizo condenar la memoria del
difunto como de un antipapa. En sentido contrario, afirmado en el poder,
Bonifacio trató de ganarse a sus clérigos con donativos y prebendas. Nada de
esto significaba renunciar a su origen, ya que estaba convencido de la
necesidad de poner la Sede Apostólica a resguardo de la creciente influencia de
los senadores. Otro sínodo celebrado en Roma (531) aprobó un canon que le
permitía designar candidato a su propia sucesión: este candidato sería el
diácono Vigilio. Estalló entonces una oposición tan formidable que el papa se
vio obligado a reconvocar el sínodo declarando nula la anterior constitución.
Su breve reinado obedece, sin
embargo, a la misma línea de sus inmediatos antecesores: quería afirmar, ante
todo, la primacía de la Sede Apostólica. Confirmó las actas del Concilio de
Orange, celebrado antes de su elección, en un documento (25 enero del 531) que
definía con carácter ecuménico la doctrina de la gracia. Cuando el patriarca de
Constantinopla depuso al obispo de Larissa, un sínodo romano (532) le recordó
que Grecia formaba parte del Iliricum y todo éste quedaba bajo la directa
autoridad de Roma.
Juan II (2 enero 533 - 8 mayo
535)
Vientos de guerra comenzaron a soplar
en Italia. Amalasunta, que apoyó a Justiniano durante la conquista de África,
perdió la regencia al morir prematuramente su hijo Atalarico. Trató de
mantenerse en el poder contrayendo nuevo matrimonio con su primo Teodahado
(534-536), pero este la envió prisionera a un castillo del lago Bolzano y se
proclamó rey. La princesa despojada pidió ayuda a los bizantinos. Son estos
vientos los que explican que la sucesión de Bonifacio II se desenvolviera en
medio de terribles debates entre ambos partidos, provocando que el solio
permaneciera vacante dos meses y medio. Al final, en una especie de compromiso,
fue elegido un anciano presbítero del título de san Clemente, llamado Mercurio.
Como resultaba inadecuado el nombre de un dios pagano en la cabeza de la Iglesia,
el electo lo cambió, tomando el de Juan, una costumbre que en el futuro se
haría cada vez más frecuente. En uno de sus últimos actos como regente,
Amalasunta confirmó un decreto anterior del Senado prohibiendo manipulaciones
en la elección; pero añadió —precedente de mucha importancia— que en caso de
discordia, al rey correspondía el arbitraje.
Justiniano, que influido por su
mujer trataba de atraerse a los monofisitas moderados, logró que un sínodo
aceptara la fórmula de los monjes escitas («Uno de la Trinidad sufrió en la
carne») que Hormisdas rechazara por ambigua e innecesaria, y la impuso por
decreto (15 de marzo del 533). Los monjes del monasterio Acoemetae («los que
nunca duermen») protestaron. Esta vez el papa dio la razón al emperador: la fórmula
era ortodoxa y si servía para convencer a algunos monofisitas para que
admitieran el Símbolo de Nicea y Constantinopla, podía considerarse útil. Del
mismo modo, Juan II hizo valer su primado cuando, en un sínodo presidido por
él, Cesáreo de Arles condenó al obispo Contumelioso de Riez por su conducta
pecaminosa: Arles actuaba en este caso como vicaria de Roma.
Más clara resulta la actitud de
la Iglesia africana. El año 535 Reparato de Cartago reunió un magno concilio al
que asistieron 217 obispos. Se trataba de reorganizar la provincia tras la
conquista. El concilio envió a Juan II un informe completo pidiendo la
confirmación de sus actas. En todas partes la primacía de Roma era admitida;
existían, sin embargo, discrepancias acerca de su extensión.
Agapito I, san (13 mayo 535 - 22
abril 536)
La prisión y posterior asesinato
de Amalasunta dieron a Justiniano la oportunidad que desde hacía tiempo buscaba
para desencadenar su ofensiva sobre Italia: dos ejércitos, desde África y desde
Dalmacia, participaron en la invasión. En este clima de duros presagios tuvo
lugar la elección de Agapito, hijo del presbítero Gordiano, que había muerto a
manos de los partidarios de Lorenzo el año 502. Archidiácono, era un hombre
cultísimo, poseedor de una importante biblioteca estudiada por I. Marrou
(«Autour de la biliothéque du papa Agapit», Mel. Archéologie et Hist., 48,
París, 1931) y ubicada en su casa del Monte Celio. Gran colaborador de
Cassiodoro, con él había construido el primer plan de enseñanza orgánica que
conocemos como trivium (gramática, retórica, dialéctica) y quatrivium
(aritmética, geometría, astronomía y música) y que es el fundamento de la
escolástica europea. En este ámbito es el antecedente de san Isidoro. Una de
sus primeras decisiones fue rehabilitar la memoria de Dióscoro.
De carácter muy independiente,
desplegó una gran energía en la defensa del primado romano. Así, cuando
Contumelioso de Riez apeló la sentencia pronunciada contra él por Cesáreo de
Arles, admitió la apelación y luego confirmó la sentencia. Justiniano le pidió
concesiones en relación con los arríanos de África vueltos al catolicismo, pero
él mantuvo firmemente la legislación romana, especialmente la que impedía a los
sacerdotes arríanos ser luego sacerdotes católicos. En octubre del 535 fueron
confirmados todos los cánones que regulaban la cuestión arriana.
Teodahado pidió a san Agapito que
encabezara una misión de paz en Constantinopla. Él aceptó porque era
consciente, al igual que sus antecesores, de los graves daños que la guerra iba
a significar para la Iglesia. Tenía el ejemplo de África: muchos clérigos y
laicos se habían refugiado en Italia huyendo de las tropas bizantinas.
Introdujo entonces una disposición que obligaba a dichos clérigos a proveerse
de cartas de excardinación de sus propios obispos antes de incorporarlos al
servicio de Roma. Aceptó, pues, la embajada, pero no quiso recibir dinero
alguno: hubo de empeñar vasos de oro y plata de las iglesias de Roma para hacer
frente a los gastos del viaje.
En Constantinopla fue recibido
con muestras de afecto y sumisión muy grandes (febrero del 536). Pero en
relación con la guerra Justiniano le advirtió que las órdenes estaban ya
cursadas y no era posible cambiarlas. Conoció Agapito que el patriarca Antimo
de Constantinopla, designado a instancias de la emperatriz Teodora, era un
monofisita, como ella misma, y le negó la comunión. Se sucedieron halagos y
amenazas, igualmente resistidos hasta conseguir que se celebrara un debate
público en que pudo demostrar que Antimo, efectivamente, sostenía doctrinas que
ya habían sido condenadas. Justiniano, que no podía en aquellos momentos
prescindir de Roma y de lo que la Sede Apostólica significaba, depuso a Antimo.
San Agapito se encargó de consagrar a su sucesor, Menas, pero después de que
éste hubiera firmado la «Fórmula de Hormisdas». Como compensación, confirmó el
decreto de Justiniano de marzo del 533, pero advirtiendo que los laicos no
tenían autoridad para predicar.
Agapito no volvió a Roma: murió
en Constantinopla el 22 de abril del 536. Un concilio celebrado poco después en
esta ciudad, al que asistieron los miembros de su séquito, hizo la solemne
condena del monofisismo. El cadáver del papa, encerrado en una caja de plomo,
fue trasladado a Roma para recibir sepultura en San Pedro.
Silverio, san (8 junio 536 - 11
noviembre 537)
Hijo de un papa. La guerra gótica
había comenzado cuando llegó a Roma la noticia del fallecimiento de Agapito.
Teodahado pudo presionar por última vez sobre el clero de Roma para que
eligiera inmediatamente un sucesor, confiando en que se promocionase alguna
persona favorable a sus intereses. Fue designado un hijo del papa Hormisdas,
nacido en Frosinone, y que sólo era subdiácono, de nombre Silverio.
Inmediatamente el clero cerró filas en torno a su persona para salvaguardar la
unidad, preciosa en aquel momento. Este pontificado, breve y de acciones poco
importantes, suscitó una cuestión que tardaría siglos en aclararse: ¿puede un
papa abdicar? Silverio iba a encontrarse entre dos fuegos. Parecía, por una
parte, que debía su nombramiento a las presiones de los ostrogodos; la
emperatriz Teodora quería, por otra, conseguir la rehabilitación de Antimo.
Apenas muerto Agapito, Teodora se
había puesto de acuerdo con el apocrisiario, Vigilio, ofreciéndole la promoción
a la Sede Apostólica si se comprometía a la rehabilitación de Antimo. Y él
aceptó marchando con los soldados de Belisario cuando éstos, desembarcados en
Nápoles, avanzaron hacia la antigua capital, que sería ocupada en diciembre del
536. Durante dos siglos, Roma iba a encontrarse dentro del espacio bizantino.
Justiniano tenía, en relación con la Iglesia —nuclearmente inserta en el
Imperio—, algunas ideas muy claras que conocemos a través de su legislación
(Novelae). No formulaba ninguna duda acerca de que Roma fuese «cabeza de todas
las Iglesias», aunque asociaba esta condición, no a la tumba de Pedro, sino al
hecho de que a esta ciudad cabía «el honor de ser madre de las leyes» y «cima
del supremo pontificado». Tras esta cabeza, a muy escasa distancia, se encontraba
Constantinopla, la nueva Roma dotada de «precedencia sobre todas las demás
sedes». En el siguiente rango aparecían aquellas Iglesias que compartían con
las dos mencionadas el rango de patriarcales, esto es, Alejandría, Antioquía y
Jerusalén. Desde el año 536 estas cinco indiscutibles cabezas estaban dentro
del Imperio: sólo flecos de cristianismo permanecían fuera de él. El emperador
consideraba a los cinco patriarcas como altos magistrados súbditos suyos que le
debían obediencia, aunque él se declaraba sujeto a la doctrina y a la moral.
¿Puede un papa abdicar? M.
Hildebrand (Die Absetzung des Papstes Silveríus, Munich, 1923) realiza la
siguiente reconstrucción de los hechos: Belisario, llegado a Roma el 10 de
diciembre del 536, pidió a Silverio, según las órdenes de la emperatriz, la
rehabilitación del patriarca Antimo, y él se negó. El papa fue conducido a la
residencia del general y acusado, mediante pruebas falsas, de haber conspirado
para entregar Roma a los godos. De hecho se había producido lo contrario: el
papa, junto con el Senado, había tratado de convencer a los bárbaros de que no
ofrecieran resistencia dentro de la ciudad para evitar su demolición. Belisario
arrebató a Silverio el pallium, le devolvió a su antiguo rango de subdiácono, y
anunció al pueblo su deposición (11 marzo 537). El Imperio, tratando al
pontífice como a cualquier funcionario desobediente, le desterró a Patara, en
Asia Menor. Vigilio fue entronizado el 29 de marzo del 537.
Miembro de la aristocracia
senatorial romana, el antipapa era precisamente aquel mismo Vigilio a quien
Bonifacio II quiso designar como sucesor. Rechazado por el clero romano,
Agapito había buscado para él una compensación nombrándole su apocrisiario en
Constantinopla. Allí, siendo ambicioso, entró en los planes de la emperatriz,
adquiriendo el doble compromiso de rehabilitar a Antemio y de sustituir la
confesión de Calcedonia. La deposición de Silverio permitió a Belisario
promover una nueva elección, pero la posición de Vigilio se hizo sumamente
difícil: seguía aún vivo el papa y la fe de Calcedonia era firme e indiscutida
en todas las Iglesias de Occidente. En todas las zonas del Imperio se alzaban
voces de obispos que rechazaban los sucesos de marzo del 537.
El de Patara, huésped del
desterrado, viajó a Constantinopla para explicar a Justiniano cómo Silverio
había sido injusta e indebidamente privado de su oficio. Justiniano dispuso que
Silverio regresara a Roma para ser sometido a juicio justo: si se le encontraba
culpable sería transferido a otra sede, pero si era declarado inocente volvería
a ocupar la cátedra de san Pedro. Vigilio y Belisario, que contaban con el
apoyo de Teodora, decidieron impedir tal posibilidad. Silverio fue detenido
durante el viaje y enviado bajo custodia a la isla de Palmaria, cerca de Gaeta.
Allí, sometido a amenazas, abdicó (11 de noviembre), falleciendo poco después.
Ahora el antipapa, reconocido por
todos, era ya pontífice legítimo. Pero la abdicación planteaba, cuando menos,
importantes dudas: si no se apreciaron las consecuencias fue sin duda porque en
Roma se recibieron casi al mismo tiempo las dos noticias, de renuncia y de
muerte. Quedaba en pie un hecho sustancial. Dueño de Roma, el Imperio se
proponía tratar a los papas como a cualquier otro de sus funcionarios. Una
situación que se prolongó hasta mediados del siglo viii.
Vigilio (29 marzo 537 - 7 junio
555)
Querella de «Los Tres Capítulos».
Aunque consagrado el 29 de marzo, Vigilio no fue verdadero e indiscutido papa
hasta después del 11 de noviembre. Sobre la marcha advirtió a Antimo y a los
otros patriarcas anticalcedonianos que, aunque compartía sus puntos de vista
acerca del peligro que significaba el nestorianismo, era preciso obrar con
cautela. Buscó ante todo el modo de reforzar su poder en Occidente, confirmando
el vicariato de Arles y estableciendo con Profuturo de Braga, metropolitano en
el reino suevo, relaciones que garantizaran su sumisión (29 de marzo del 538).
Justiniano no podía esperar, pues las divisiones teológicas ponían en peligro
su Imperio. Comenzó a desconfiar de aquel papa hechura suya cuando éste afirmó
que la fe de la Iglesia coincidía con los cánones de Calcedonia y que repudiaba
el monofisismo. En enero del 543 un rescripto imperial condenaba los «Tres
Capítulos» (es decir, los escritos en que Teodoro de Mopsuestia, Teodoreto de
Ciro e Ibbas de Edesa defendían la doctrina de las dos naturalezas en Cristo).
Menas, patriarca de Constantinopla, firmó el rescripto: en realidad, se trataba
de dar satisfacción a los monofisitas, que acusaban muy duramente a los tres
autores mencionados. Patriarcas y obispos en Oriente obedecieron al emperador,
pero en Occidente se produjo una fuerte resistencia, entre otras razones porque
repugnaba a la conciencia que el emperador legislase acerca de lo que debía ser
creído.
Vigilio se mantuvo, en principio,
al lado de los occidentales. Pero el 22 de noviembre del 545, cuando se hallaba
celebrando misa, la policía imperial interrumpió la ceremonia y le prendió;
conducido a Sicilia bajo escolta, llegó a Constantinopla en enero del 547. A pesar de sus
debilidades, Vigilio era sin duda, sucesor de Pedro, custodio de la fe de la
Iglesia. En Constantinopla se apartó de la comunión con Menas y rechazó el
decreto justiniano. Era un prisionero, sobre el que pudieron ejercerse presiones
y amenazas hasta que, finalmente, su voluntad se doblegó: estableció comunión
con Menas y dictó una sentencia, el Iudicatum, rechazando los «Tres Capítulos».
Estalló una verdadera tormenta: los obispos de África, que también eran
súbditos del Imperio, convocaron un sínodo, excomulgaron a Vigilio (550) y
vertieron contra él acusaciones corroboradas por individuos de su séquito, como
si hubiera traicionado la fe de la Iglesia. El papa decidió retirar su
Iudicatum, llegando a un acuerdo con el emperador: sólo un concilio ecuménico
podía disipar las dudas y llegar a una solución. L. Duchessne («Vigile et
Pélagie», Rev. Quest. Historiques, 1884) llegó a la conclusión de que el
Iudicatum no había sido redactado en la cancillería del papa.
En medio de la tormenta desatada
quebraban los designios de Justiniano. Sin esperar al concilio, cuyo lugar y
tiempo no estaban fijados, hizo que uno de sus consejeros, Askidas, redactara
un nuevo decreto, omologia písteos, confirmatorio de la sentencia contra los
Tres Capítulos, y lo promulgó sin dar cuenta al papa. Vigilio, que recobraba el
sentido de su autoridad, excomulgó a Askidas y exigió la retirada del edicto;
para evitar nuevas vejaciones, se refugió en la iglesia de San Pedro con los
clérigos de su séquito. Pero la iglesia fue asaltada por los soldados del
emperador y el papa quedó sometido a verdadera prisión domiciliaria (23 de
diciembre del 551). Estos avatares servían, sin embargo, para que el pontífice
descubriera cuánta era la fuerza moral que le asistía: el emperador necesitaba
de su confirmación para evitar que sus actos carecieran de legitimidad. Una
noche, Vigilio huyó de su casa, atravesó el Bosforo y se refugió en Calcedonia,
precisamente en la iglesia en que se celebrara el concilio del 451.
La fuerza del emperador.
Pacientes negociaciones permitieron alcanzar un acuerdo en junio del 552. Se
haría la convocatoria del concilio. Aunque el papa propuso Sicilia, Justiniano
impuso su voluntad y fue convocado para el 5 de mayo del 553 en Constantinopla.
Es el quinto de los ecuménicos. Comprobando que la representación occidental
era insignificante, el papa se negó a asistir, pero mantuvo a través del
diácono Pelagio un diálogo constante con los padres conciliares, a los que
presentó el 14 de mayo una constitución en la que se reconocían 60
proposiciones extraídas de los escritos de Teodoro de Mopsuestia que podían
considerarse peligrosas, pero se guardaba silencio sobre los otros dos autores.
Justiniano rechazó la constitución y mostró al concilio cartas de Vigilio en
que éste se había comprometido a condenar los Tres Capítulos. Entonces el
emperador tomó la dirección del concilio; estaba decidido a resolver las
cuestiones doctrinales sin reparar en el precio. Dijo que suspendía la comunión
con Vigilio, aunque no con la Sede Apostólica, cuya primacía espiritual seguía
reconociendo. En su octava sesión, el concilio del 553 condenó solemnemente los
Tres Capítulos.
El Imperio dominaba ahora en el
Mediterráneo. El año 554 Justiniano promulgó una pragmática sanción reorganizando
las provincias de África, Italia y España; equivalía a una confesión de que la
reconquista ya no podría ir más allá. Este Imperio se consideraba a sí mismo
como la cristiandad y el concilio del 553 aparecía como el máximo logro de una
política que comunicaba a sus súbditos, clérigos o laicos, la conducta a
seguir. Pero Vigilio se resistía a confirmar los acuerdos, y en esta situación
el concilio, rechazado en Occidente, no podía titularse ecuménico. Se ensayaron
todos los procedimientos —detención y destierro de los consejeros del papa,
amenazas y ofertas— hasta conseguir (8 de diciembre del 553) que Vigilio
firmara un largo escrito arrepintiéndose de su defensa de los Tres Capítulos
porque al fin «Dios le había abierto los ojos». El 23 de febrero del 554
firmaría una segunda constitución por la que ratificaba todos los decretos del
concilio.
Era ya un papa desprovisto de
prestigio, acusado de debilidades por los obispos occidentales. En estas
condiciones, Justiniano no tuvo inconveniente en autorizar el regreso a Roma,
de la que faltaba desde hacía nueve años. Vigilio decidió permanecer todavía un
año en Constantinopla a fin de obtener de Justiniano concesiones que le
permitieran defender su gestión. Ésta es la causa de que en la pragmática
sanción se introdujera una cláusula aclaratoria que garantizaba las libertades
eclesiásticas en las nuevas provincias. Con esta garantía mínima el papa se
decidió a emprender el viaje. Nunca llegó a Roma: murió en Siracusa. Era tal su
desprestigio que no fue sepultado en San Pedro, sino en San Marcelo, en la vía
Salaria.
Pelagio I (16 abril 556 - 3 marzo
561)
Su nombre indica que se trataba
de un romano, de vieja y noble estirpe. En el año 556 podía considerarse como
el mejor preparado para ceñir la tiara. Ordenado diácono, acompañó a san
Agapito en su embajada en Constantinopla y se convirtió en cabeza del grupo de
clérigos romanos que, tras la muerte del papa tomaron parte en el concilio. En
la crisis que siguió a la deposición de Silverio apoyó abiertamente a Vigilio,
prestándole grandes servicios. Nombrado por éste apocrisiario en
Constantinopla, pudo entrar en el grupo de confidentes de Justiniano y Teodora:
a él se encomendó redactar el decreto imperial que condenaba las doctrinas de
Orígenes. Luego se le confió la administración de Roma durante la larga
ausencia de Vigilio: tomó abiertamente la actitud de los obispos occidentales
en la querella de los Tres Capítulos y alcanzó una gran popularidad cuando el
año 546 Tótila, rey de los godos, cercó y tomó la ciudad, pues evitó matanzas,
saqueos y destrucciones. Tótila le pidió que regresara a Constantinopla, para
negociar una paz, y allí permaneció, al lado de Vigilio, sosteniendo con
energía su actitud frente al monofisismo, hasta el punto de ser enviado a
prisión en un monasterio.
Cuando el papa suscribió las
Actas del Concilio de Constantinopla, su actitud cambió: no podía negarse que
el de Constantinopla era un concilio verdaderamente ecuménico que obligaba a
obediencia. Su firme actitud a favor del mismo le valió la estima de
Justiniano, que le consideraba ya como el eclesiástico más importante del
Imperio. Una especie de elección organizada por el emperador, fuera de Roma, le
convirtió en papa. Los romanos le recibieron con la hostilidad que cabe
suponer. Los obispos se negaban a oficiar en la consagración y sólo el 16 de
abril un clérigo de Ostia, que decía tener la representación del obispo, junto
con los de Perugia y Ferentino, accedieron. Comenzó su pontificado prestando
solemne juramento de fidelidad a los concilios ecuménicos, especialmente al de
Calcedonia y, asimismo, no haber tenido nada que ver con la muerte de Vigilio.
De este modo venía a demostrar que nadie tiene poder para juzgar a un papa, que
se exculpa por sí mismo. Sin embargo, era el representante imperial, Narsés,
quien se encargaba de sostenerle en su puesto con sus soldados.
A pesar de todo, y aunque los
obispos de Aquileia y de Milán le negaron la comunión, iniciando un cisma que
se prolongaría bastantes años, Pelagio fue un excelente papa: había decidido
restaurar la unión entre los dos sectores de la Iglesia haciendo aceptable la
doctrina de todos los concilios. Su gran cultura le permitió traducir al latín
textos griegos del siglo v, Los dichos de los ancianos, que prestarían una gran
ayuda en la formación de clérigos y monjes. Cuando Narsés instaló en Rávena la
sede de su gobierno, el papa obtuvo amplios poderes sobre la ciudad de Roma,
que había sufrido mucho durante la guerra gótica. Aprovechó también la
oportunidad de las recuperaciones justinianeas para reorganizar las propiedades
pontificias en Italia, Dalmacia y el norte de África, cuyas rentas, abundantes,
le permitieron asumir plenamente la annona imperial o suministro de la ciudad.
Su preocupación por la moral del clero, la energía con que defendió la
ortodoxia y la eficacia de un gobierno que se aplicaba a restaurar la ciudad,
le ganaron el respeto y la simpatía crecientes en Italia, sin que pudieran
hacerse extensivos a las otras regiones de Occidente. Hay un silencio absoluto
acerca de sus relaciones con España o las Galias. Justiniano no se vio
defraudado: tuvo en Pelagio un excelente colaborador.
Juan III (17 julio 561 - 13 julio
574)
En la Pragmática Sanción, Roma
aparecía descrita como un ducado dentro de la exarquía, que abarcaba toda
Italia. El crecimiento del poder de los papas y el establecimiento de una
guarnición militar con su mando, habían reducido al Senado a una mera
distinción honorífica que ostentaban las grandes familias romanas, en general
muy ricas: una de ellas era la del procurador Anastasio, cuyo hijo, Catelinus,
fue elegido para suceder a Pelagio. Cambió entonces su nombre por el de Juan.
Dos misiones fundamentales se asignó: atraer a los disidentes a la obediencia
de Roma y organizar la nueva forma de vida religiosa que llamamos monaquismo.
Logró reanudar las relaciones con las Iglesias de África, y el 573, cuando ya
las invasiones alteraban profundamente la vida italiana, también la sumisión de
Nápoles. Aquileia siguió negando la comunión.
Desde mediados del siglo iv se
había extendido a Occidente la costumbre oriental de la vida solitaria, en
desprecio del mundo. Nacieron así los primeros cenobios, como fórmulas
excepcionales, y para ellos se redactaron algunas reglas, bastante variadas.
Fue san Benito de Nursia (480-529) quien realizó el gran esfuerzo de organizar
en un solo texto, extraordinariamente inteligente, las experiencias recogidas
en la vida cenobítica. Las comunidades benedictinas, equiparadas a familias —el
superior recibía el afectuoso título de abba, «padre»— se caracterizaban porque
constituían un modo de vivir el cristianismo de una forma completa, que es lo
que significa la palabra «perfección». Pelagio y Juan III se enfrentaron con el
hecho de que el cristianismo podía vivirse de tres modos: clerical, monástico y
laical. A fin de ordenar el monaquismo, Pelagio había traducido Los dichos de
los ancianos \'7bVerba seniorum); al mismo fin apuntaba otra compilación, la
llamada Exposición del Heptateuco.
Juan III esperó cuatro meses
antes de ser consagrado: el tiempo necesario para que llegara el plácet del
emperador. El 568 los lombardos, que habían figurado como tropas auxiliares de
Narsés, desencadenaron su ataque sobre el valle del Po, apoderándose incluso de
Milán: en Pavía instalaron una especie de capital. Cuando el avance de los
invasores se hizo amenazador para Roma, el papa viajó a Nápoles tratando de
convencer a Narsés de la necesidad de instalar en Roma su residencia. Pero la
presencia del exarca, en un momento en que el prefecto de la ciudad era ya de
nombramiento pontificio, provocó en los romanos una reacción tan desfavorable
que el papa tuvo que abandonar Letrán, retirándose a la basílica de los Santos
Tiburtino y Valeriano, en la vía Apia. Narsés y Juan III fallecieron en el
mismo año con muy escasa diferencia de tiempo.
Benedicto I (2 junio 575 - 30
julio 579)
No conocemos sus antecedentes
familiares, salvo que su padre se llamaba Bonifacio. Elegido inmediatamente
después de la muerte de Juan III, tuvo que esperar once meses a que llegara la
confirmación imperial; las comunicaciones con Constantinopla se habían hecho
difíciles. Continuaba el avance de los lombardos que, a su paso, tendían a
constituir ducados en el corazón de Italia; con uno de ellos, Spoleto, se vio
obligado Benedicto a negociar por vez primera para conseguir que fueran
respetadas las propiedades episcopales y de los monasterios. Los exarcas,
atrincherados en Rávena, poco podían hacer. Una delegación, pontificia y
senatorial, fue enviada a Constantinopla para conseguir ayuda, pero las tropas
y suministros que Justino II (565-578) pudo emplear se revelaron muy escasos:
en el verano del 579 la ciudad de Roma estaba asediada por los bárbaros y el
hambre se adueñaba de la ciudad. En tan dramáticas circunstancias se produjo la
muerte de Benedicto.
Pelagio II (26 noviembre 579 - 7
febrero 590)
Papa godo. Hijo de un godo, de
nombre Wunigildo, había nacido en Roma. Las circunstancias extremas que
atravesaba la ciudad impedían solicitar la confirmación imperial y por ello
decidió hacerse consagrar inmediatamente (agosto del 579). Sin embargo, la
fecha oficial que le asigna el Líber Pontificalis coincide con la llegada del
plácet, el 26 de noviembre. Mientras tanto, tras negociaciones que
desconocemos, había conseguido de los lombardos que levantaran el asedio,
obteniendo de este modo la adhesión popular. Sabía llevar la caridad al extremo
y casi al comienzo de su pontificado fundó un hospicio para pobres. Bizancio ya
no estaba en condiciones de atender militarmente a Italia. Cuando el diácono
Gregorio llegó a Constantinopla en calidad de apocrisiario, el emperador
Tiberio II comentó con él dos posibles soluciones al problema: una negociación
con los lombardos o una demanda de ayuda a los francos; era la primera vez que
alguien mencionaba esta posibilidad.
Giro a Occidente. En octubre del
580 Pelagio II tomó contacto con el obispo de Auxerre, Aunario: pretendía que
éste convenciera a Gontram, rey de Borgoña, de que, respondiendo a los
designios de la Providencia, a él correspondía convertirse en protector de
Italia y del pontificado. El merovingio prestó oídos sordos. De todo informó
Pelagio a su embajador Gregorio que, entre tanto, había establecido relaciones
con otro apocrisiario venido de España, san Leandro (t 600). Se abría una nueva
oportunidad con los visigodos. El emperador nada podía hacer; había cursado
órdenes a Smaragdo, el exarca, para que intentara una negociación con los
lombardos. Éstos aceptaron, el 585, una tregua de cinco años.
Durante este plazo algunos
acontecimientos importantes tuvieron lugar. El primero de todos fue que se
restablecieron las relaciones de la Sede Apostólica con el norte de Italia: la
diócesis de Aquileia había sufrido tanto con las invasiones que su obispo,
Elias, había trasladado su residencia a Grado, mientras que sus fieles se
habían refugiado en las islas cercanas a la costa donde nacería Venecia. Los
esfuerzos que el diácono Gregorio, vuelto de Constantinopla, realizó para
conseguir que se reanudase la comunión, fracasaron, sin embargo. Pelagio II no
renunció ni siquiera a solicitar de Smaragdo el empleo de la fuerza, pero nunca
pudo conseguir su propósito. Venecia heredaría de Aquileia las pretensiones de
autocefalia.
III Concilio de Toledo. Sostenido
en este punto por Gregorio, Pelagio operaba ya una especie de giro hacia
Occidente. Un nuevo rey, Autario (584-590), gobernaba a los lombardos; estaba
casado con una católica, Teodolinda (t 625), y se abrían grandes posibilidades
para unos esfuerzos de conversión, que prosperaban. Pero el gran acontecimiento
de este tiempo, saludado con entusiasmo en la correspondencia entre Gregorio y
Leandro, sería el III Concilio de Toledo (589), que significaba el abandono del
arrianismo por los visigodos. Una fuerte monarquía, profundamente enraizada en
el derecho y la cultura romanos, estaba surgiendo en la península. En todo el
Occidente se fortalecía el catolicismo y el repliegue bizantino hacía que
dejaran de ser aquellas Iglesias llecos en el exterior para cobrar
protagonismo. El 588 hubo de protestar Pelagio de que el patriarca Juan IV de
Constantinopla asumiera, en un sínodo, el título de «patriarca universal». Se
ordenó a Gregorio que rechazara las actas del sínodo y que rompiera la comunión
con el patriarca hasta que éste se decidiera a reconocer que tal título
correspondía únicamente al sucesor de Pedro.
Como una reivindicación del
mismo, ordenó cambiar de sitio el altar mayor de la iglesia de San Pedro a fin
de que coincidiera exactamente con el lugar de la tumba del apóstol.
Grandes inundaciones provocó el
Tíber en noviembre del 589. Como consecuencia, se difundió por Roma y su
comarca una terrible epidemia. El papa hizo verdaderos alardes de heroísmo y
abnegación acudiendo en ayuda de los afectados. Contrajo la enfermedad y murió,
siendo enterrado en San Pedro.
No hay comentarios:
Publicar un comentario