jueves, 16 de marzo de 2017

Diccionario de Papas y Concilios (años 590-687)

Gregorio I Magno, san (3 septiembre 590 - 12 marzo 604)
Significación. Estamos ante una de las figuras capitales de la historia de Europa, cuya obra es más importante que la de ningún otro creador de Imperios. Nacido hacia el 540, pertenecía a una rica familia de patricios que diera ya a la Iglesia dos papas, Félix II y Agapito I. Se le preparó cuidadosamente —siempre en formación latina— para una carrera política de muy alto nivel. A los 30 años de edad era ya prefecto de Roma, en un momento en que el pontificado comenzaba a intervenir en estos nombramientos (572-574). Los especialistas en la materia (The Earliest Life of Gregory the Great, Lawrence, Kansas, 1968) coinciden en afirmar que la experiencia recogida en la primera etapa de su existencia es imprescindible para explicar la importancia de su obra. La muerte de su padre, Gordiano, y el encuentro con la regla de san Benito, le llevaron a un proceso de rigurosa conversión: vendió todos sus bienes para fundar seis monasterios, entre ellos el de San Andrés de Celiomonte, que era su propio domicilio, y comenzó a vivir el riguroso ascetismo de los monjes. Años después recordaba este tiempo de ayuno y oración contemplativa como el más feliz de su existencia. Pero hacia el año 578 Benedicto I requirió sus servicios y le ordenó diácono. En calidad de tal le enviaría Pelagio a Constantinopla el 579. Aquí organizaría su residencia de apocrisiario, equivalente a una embajada, como un pequeño monasterio con otros monjes que le permitían seguir viviendo en comunidades. Este período, hasta el 585 en que hubo de regresar a Italia, reviste gran importancia: a instancias de san Leandro escribe las Moralia. Ganó la voluntad de las autoridades bizantinas, para las que pasó a ser candidato idóneo al pontificado. En los últimos años de Pelagio II se convirtió en el consejero indiscutible.
El papa. Pocas veces se había visto tanta unanimidad: Mauricio, el emperador, el clero y el pueblo le aclamaron y aplaudieron. Sólo él se mostraba reticente, pero acabó cediendo y fue consagrado el 3 de septiembre del 590. Una leyenda pretende que, para combatir la peste que asolaba Roma, hizo que salieran siete procesiones de otros tantos tituli, haciendo una llamada a la penitencia. La peste cesó. Alguien dijo que se había visto, sobre la mole Hadriana, un ángel que envainaba una espada de fuego: ésa es la razón de que se le conozca, todavía hoy, como castillo de Sant’Angelo. Manifestó el disgusto que le producía tener que cambiar la vida contemplativa por la tiara: de sus años mozos guardó siempre el convencimiento, que reflejan sus obras, de que el monacato es la forma superior de vida cristiana. Frente al patriarca de Constantinopla, que insistía en ser llamado «universal» —pretensión que san Gregorio siempre combatió— puso en marcha una conciencia de servicio mediante la fórmula que aparece en adelante en los documentos pontificios, del «siervo de los siervos de Dios». La misión del papa coincide con la doctrina evangélica: el que quiera ser primero entre vosotros sea vuestro servidor.
San Gregorio fue, ante todo, director espiritual de la Iglesia. Los tres sínodos que reunió dieron normas de vida religiosa. Fue, para Roma, un verdadero obispo que intentaba permanecer cerca de sus fieles y para ello estableció la costumbre de las «estaciones», que le permitía reunidos. Personalmente fue Gregorio un hombre de gran habilidad, determinación y energía, sostenidas por una muy frágil salud que acabó convirtiéndole en un paralítico. Realista, se distinguía especialmente por la humildad: a fin de cuentas la vida es sólo un breve tránsito temporal. La caridad destaca como una de sus virtudes más sobresalientes. Guerra, hambre y peste reclamaban medidas urgentes. La amenaza lombarda continuaba. El 592 y el 593 la ciudad de Roma sufrió dos asedios, el primero a cargo del duque Ariulfo de Spoleto y la segunda del rey Agiulfo; en ambas ocasiones el papa consiguió la retirada de los lombardos mediante negociaciones y una fuerte indemnización. Ya no era el gobernador bizantino sino el papa quien actuaba como defensor de Roma. Sin embargo, Gregorio se negó siempre a firmar acuerdos como la tregua del 598, porque ése era un cometido que correspondía al exarca y no a él.
«Patrimonium Petri». Como una parte de la reconstrucción se encuentra el esfuerzo para organizar el Patrimonium Petri, es decir, el conjunto de propiedades de la Sede Apostólica: además del patrimonium Romae incrementado con los bienes de Aquae Salariae, entraban en él las grandes fincas de Apulia, Calabria, Lucania, el Samnium, Campania, Capri, Gaeta, Toscana, Rávena, Córcega, Cerdeña y, especialmente, de Sicilia. Este enorme patrimonio estaba formado por fincas a las que se llamaba fundos. Una reunión de fundos, explotados por medio de campesinos establecidos en régimen de enfiteusis o arrendamientos, se llamaba massa y se evaluaba según el volumen de la renta que producía. El conjunto de las massae de una provincia se llamaba a su vez patrimonium y tenía a su frente un administrador directamente nombrado desde Roma. Ninguno de estos patrimonios provinciales podía compararse con el de Sicilia, que nutría de trigo los almacenes de Roma y permitía al papa asegurar el alimento de la ciudad. San Gregorio decidió, prudentemente, que los administradores («rectores») fuesen en todo caso clérigos para evitar la formación de linajes que confundiesen la propiedad con la autoridad.
El Patrimonium Petri, cuya existencia con la organización mencionada se comprueba al menos en la segunda mitad del siglo vi, fue el origen remoto de los Estados Pontificios, ya que, de acuerdo con la ley romana, los rectores, como el famoso subdiácono Pedro que administraba Sicilia, poseían funciones jurisdiccionales sobre colonos y arrendatarios. En tiempos de san Gregorio el conjunto del Patrimonium rendía 500.000 sueldos, una gran parte de los cuales recaudados en especie. Dos veces al año una flota procedente de Sicilia, arribaba a Ostia cargada de trigo: el mercado, los repartos gratuitos de grano, la construcción de iglesias y de otros edificios, hacían del papa el punto esencial de referencia para la vida de esta grande y frágil ciudad. Es cierto que seguía siendo un súbdito del Imperio y que los emperadores le trataban como uno de sus altos oficiales, pero las funciones en él subrogadas le convertían en el verdadero dueño de Roma. El fisco se entendía con él y no con los ciudadanos. De él y no del exarca se esperaban las medidas eficaces de defensa para las que se había comenzado a reclutar una guarnición, llamada «milicia romana». Sobrevivía un senado pero enteramente supeditado al papa, que era quien nombraba al «prefecto de la ciudad». Por otra parte, el Senado había dejado de ser una asamblea: era tan sólo la élite de los grandes propietarios que usaban este título como signo de su elevada posición. El papa era ya, por tanto, un príncipe temporal, aunque no soberano. En las dos ocasiones mencionadas, para la liberación de Roma negoció directamente con los lombardos. Pero al exarca correspondía la representación política del emperador.
El escritor. F. H. Dudden \'7bGregory the Great. His Place in History and Thought, Londres, 1967) y P. Batiffol \'7bSaint Grégoire le Grand, París, 1.928) coinciden en señalar que, con todo, el más importante y duradero de los aspectos de la obra de san Gregorio se encuentra en sus escritos. Nunca quiso emplear en ellos el griego, aunque es indudable que lo hablaba por su larga estancia en Constantinopla. Era, pues, un latinista. Sus cartas, de las que 850 han llegado hasta nosotros, presentan un variado y rico muestrario de orientaciones pastorales que tienden a buscar la imitación de Cristo. Nadie puede tener la seguridad de estar salvado: de ahí la tensión en que ha de desarrollarse la existencia. Monje ante todo, quería que el espíritu monástico se difundiese por las venas de la Iglesia hasta alcanzar los últimos rincones. La Regula pastoralis, comenzada a redactar como una explicación de su resistencia a aceptar el cargo, llegó a ser el libro más importante acerca del oficio episcopal. Se ordena en cuatro partes: las condiciones que deben tener los candidatos; la forma de vida, profundamente religiosa, a que el oficio obliga; la discreción que se necesita para la predicación; y la humildad que debe presidir todos los actos del obispo ya que, a fin de cuentas, no es sino el servidor de sus hermanos en la fe. Ejemplares de la Regla fueron después adoptados en todos los países como norma de disciplina.
Las Moralia, comenzadas durante la estancia en Constantinopla, son un comentario al Libro de Job. Es significativo que, mientras buscaba interpretaciones alegóricas, afirmaba que la Escritura carece de sentido cuando se prescinde de su contenido histórico. La Biblia no proporciona únicamente textos para la predicación: es ante todo una lectura espiritual para el perfeccionamiento de cada hombre. Sus comentarios y sermones, contenidos en las Homilías sobre los Evangelios, Homilías sobre Ezequiel, Homilías sobre el Cantar de los Cantares y Comentarios sobre el Libro I de Samuel, le permitieron ahondar en una cuestión de importancia decisiva en la conformación de la mentalidad europea, a partir del gran debate sobre la gracia a que Pelagio y san Agustín dieran lugar.
Para san Gregorio la gracia no es un elemento contundente capaz de anular la libertad humana: en esta condición esencial de la naturaleza humana, es decir, el libre albedrío, reside todo el mérito, pues si la gracia, ayuda de Dios, no falla, al hombre corresponde, en definitiva, aceptarla o rechazarla. Los Diálogos contienen, entre otras, una vida de san Benito de Nursia que es signo de absoluta fidelidad a su monaquisino.
La gran política. Polifacético, san Gregorio escribió, cuidó de los pobres, levantó iglesias, restauró Roma, hizo penitencia, enseñó con la palabra y el ejemplo, al tiempo que se ocupaba de las grandes cuestiones disciplinarias y políticas. En modo alguno sentía vacilar su conciencia de que Roma formaba parte del Imperio ni de que la unidad de la Iglesia estuviese garantizada por la fidelidad a los cuatro concilios (Nicea, Constantinopla, Éfeso, Calcedonia), que llegaba a comparar con los cuatro Evangelios, incluyendo el debatido canon 28 que garantizaba a Constantinopla el segundo puesto («después», pero no «antes» ni a la par de Roma) dentro de la cristiandad. Sintió escándalo porque el patriarca Juan el Ayunador se titulase «ecuménico», un título que le parecía signo de soberbia y que él mismo se negó positivamente a usar. Protestó reiteradamente de dichas pretensiones, pero a pesar de la amistad que le unía a los patriarcas de Antioquía y Alejandría, no consiguió que éstos, temerosos del emperador, le apoyasen. Cuando Mauricio, el emperador, le reprochó que hiciera cuestión importante de lo que, a su juicio, era sólo un juego de palabras, él replicó que estas palabras afectaban a una misión encomendada indefectiblemente a san Pedro por el propio Cristo que había colocado a todas las Iglesias, incluyendo a la de Constantinopla, bajo la supremacía de la Sede Apostólica. No vería el éxito de sus protestas, pero el año 607 Focas prohibiría a los patriarcas el uso del debatido título de ecuménico.
Las misiones. R. A. Markus («Gregory the Great and a papal Missionary strategy», en Study of Christian History, 6, Londres, 1970) no duda en calificar a Gregorio de «primer misionero». En realidad, las misiones para convertir a los germanos que aún permanecían fuera del ámbito romano en la idolatría, estaban en marcha cuando él subió al trono. Pero recibieron de su mano un fuerte impulso. En primer término en Cerdeña, donde impuso al obispo de Aleria la obligación de concluir con los resistentes focos paganos. Respecto a los judíos, recomendaba multiplicar los esfuerzos para atraerlos al bautismo, pero rechazaba cualquier recurso a la fuerza o a la coacción. Sus relaciones, estrechas e importantes, con los reyes germánicos en España, Francia e Italia, no deben interpretarse como desvíos en la fidelidad al Imperio, sino como una necesidad de fortalecer el cristianismo en ellos y sus vinculaciones con Roma. En España encontró un gran apoyo en Recaredo y san Leandro de Sevilla: debe recordarse el estrecho paralelismo que la obra literaria de san Gregorio ofrece con la de san Isidoro. En las Galias, la restauración del vicariato de Arles y las estrechas relaciones con Brunequilda, ella misma de origen visigodo, se explican por la necesidad de reforzar la dependencia de sus obispados respecto a Roma.
 
Un episodio en la vida de san Gregorio ha sido rodeado de tintes poéticos legendarios. Siendo todavía diácono vio que estaban vendiendo en un mercado de Roma jóvenes esclavos rubios y preguntó quiénes eran: «Son anglos», le respondieron. Y entonces replicó que «no son anglos, sino ángeles». Compró tales esclavos —es un hecho comprobado que parte de las rentas del Patrimonium se empleaban en el rescate de los esclavos— y, siendo ya papa, los envió a su país con el prior de un monasterio romano, llamado Agustín (t 604). Tal habría sido el origen de la Iglesia en la Inglaterra sajona. El propio Gregorio enviaría a Agustín el palio en su calidad de primer arzobispo de Canterbury. Nuevos refuerzos misionales enviados el año 601 permitieron fundar sedes en Londres y en York.
Entre las obras más destacadas de san Gregorio figura también un Sacramentarlo, que es una especie de misal de la época, y una colección de cantos, el Antifonario. Sus precisiones en el campo de la liturgia explican que la salmodia monocorde propia de los monjes siga siéndole atribuida con el nombre de «canto gregoriano». En realidad, no se trata de ninguna invención suya, aunque es evidente que estimuló la oración cantada. De él data también la reducción del tiempo de Adviento a cuatro semanas en lugar de las seis de que se componía al principio.
Sabiniano (13 septiembre 604 - 22 febrero 606)
Nacido en Volterra, Sabiniano era uno de los clérigos que trabajaron a las órdenes de san Gregorio, sirviéndole como legado en Constantinopla entre los años 593 y 595, si bien incurrió en censuras por parte del pontífice al no mostrar suficiente energía frente al emperador Mauricio y el patriarca Juan en el debate sobre el título ecuménico. A partir de entonces y aunque todavía hubo de desempeñar una misión en Francia, se convirtió en una especie de cabeza para el clero romano, que rechazaba las tendencias monásticas de san Gregorio. Al final del pontificado de este último aparecían muestras de descontento: la nueva amenaza lombarda, deficiencias en las comunicaciones y escasez alimenticia difundían la inquietud. De este modo, la elección de Sabiniano el 604 puede considerarse como una especie de reacción contra las tendencias anteriores. No pudo ser consagrado hasta septiembre de dicho año, por tener que aguardar el plácet imperial. Es poco lo que sabemos de su pontificado, salvo que el crecimiento del hambre obligaba a tomar medidas de emergencia y que se procuró aumentar la influencia de los clérigos en detrimento de la de los monjes. Los rigurosos controles que se vio obligado a establecer en los almacenes de grano sirvieron para que se le acusase de negocios especulativos. Había tal descontento que, en su sepelio hacia el Vaticano, el cortejo no se atrevió a cruzar las calles principales de Roma temiendo desacatos por parte de la multitud.
Bonifacio III (19 febrero - 12 noviembre 607)
Nacido en Roma, aunque de familia griega, era uno de los protegidos de san Gregorio, que le nombró primicerias defensores, una especie de jefe de protocoló en el séquito del papa. Actuó como embajador en Constantinopla el 603, al ofrecer la sumisión a Focas, que acababa de sustituir a Mauricio. De entonces databa el favor imperial. Sin embargo, entre la elección y la consagración medió casi un año a causa del desorden en las comunicaciones, tiempo en que estuvo gobernando de hecho. Focas demostró su favor con el decreto que prohibía al patriarca de Constantinopla el título de «ecuménico» y reconociendo el primado de Pedro sin paliativos. Bonifacio agradeció el gesto ordenando erigir en Roma una estatua dorada del emperador. Éste envió instrucciones a Smaragdo, el exarca, para que apoyase al papa contra los cismáticos de la antigua diócesis de AquileiaGrado, ahora fuerte con el respaldo de Venecia. Son muy pocas las noticias que se tienen de este pontificado, extraordinariamente corto. La más importante se refiere a la reunión de un sínodo encargado de regular las elecciones pontificias: debían de transcurrir dos días desde la muerte del anterior para que se presentasen candidaturas; sólo el clero intervendría en la elección que, a posteriori, sería aceptada por el pueblo.
Bonifacio IV, san (15 septiembre 608 - 8 mayo 615)
Nacido en una pequeña localidad de los Abruzzos e hijo de un médico, pertenecía al séquito de san Gregorio, como su antecesor, cuyos pasos se proponía seguir, incluso en el detalle de convertir su casa en monasterio. Tiempo sumamente difícil el suyo: Italia estaba en guerra y Roma sufría verdaderos desastres, incluyendo el hambre y la peste. Bonifacio puso un gran empeño en conservar las excelentes relaciones con los emperadores; recibió de Focas, como regalo, el Panteón, que hizo adaptar arquitectónicamente para consagrarlo (13 de mayo del 609) como iglesia de Santa María de los Mártires in Rotondo. El papa la enriqueció luego con abundantes reliquias. Las amabilidades del emperador respondían a un fin concreto: que Bonifacio le ayudara a atraer a los monofisitas haciendo más rigurosas las censuras contra los Tres Capítulos. Cualquier concesión, en esta línea, provocaba reacciones desfavorables en Occidente.
Estos años aparecen llenos por la gran figura de san Columbano. Este monje irlandés, fundador de Luxeuil, conocido por su rigor, después de haber desarrollado una gran tarca como misionero, había tenido que refugiarse en Italia a causa de su enfrentamiento con Brunequilda. Fundó la abadía de Bobbio (613) y pasó a ser el principal consejero de Agiulfo (590-616) y su espoca católica, Teodolinda. Para estos últimos era de especial importancia conseguir que terminase el cisma que sostenía la antigua sede de Aquileia a fin de unirla al resto del norte de Italia, el cual se apoyaba en un rechazo de las concesiones que se hicieran por parte de Roma en la querella de los Tres Capítulos. Columbano, que se dirigía al papa como cabeza omnium totius Europae ecclesiarum, redactó un documento en que desaparecían todos aquellos matices y pidió su aprobación. El papa se resistió: no quería entrar en nuevos conflictos con Bizancio. Bonifacio IV, que trataba de ganar el apoyo de las Iglesias occidentales, envió el palio al metropolitano de Arles, a petición de Brunequilda, y convocó un sínodo en Roma para tratar, según se anunció, de la regulación de la vida monástica (610). Por primera vez un obispo de Londres, Melito, asistió a una asamblea de este tipo. Fue la oportunidad para que el papa enviara cartas al primado de Canterbury y al rey Ethelberto de Kent (560-616). Se recogían, pues, frutos abundantes de la iniciativa de san Gregorio.
Deodato (Adeodato) I, san (19 octubre 615 - 8 noviembre 618)
Hacía mucho tiempo que un presbítero no era elegido. Nacido en Roma e hijo del subdiácono Esteban, era de edad avanzada y tenía tras de sí una larga trayectoria de servicios como sacerdote. Su elección era el resultado final de una querella entre dos bandos: el gregoriano, inclinado a preservar la influencia monástica, y el del clero romano, que consiguió la victoria. De golpe ordenó catorce presbíteros y estableció un oficio vespertino, paralelo del matutino, a fin de darles una función. Aparte de esta política tendente a convertir el presbiterado en un elemento dominante, no se conocen otros detalles de su pontificado, que coincide con una época dura. Roma seguía formando parte del Imperio bizantino; las tropas de la guarnición se amotinaron por falta de pagas e incrementaron el bandidaje que ya abundaba. En su testamento, Deodato legó a cada clérigo romano un estipendio a fin de que pidiese a Dios por la salvación de su alma.
Bonifacio V (23 diciembre 619 - 23 octubre 625)
Hijo de Juan y nacido en Nápoles hubo de esperar trece meses la llegada de la confirmación imperial que le permitiría ser consagrado. Las crecientes dificultades de comunicación movieron al emperador a delegar en el exarca de Rávena este cometido, con la consecuencia de que la legitimidad del papa parecía depender ahora de un funcionario de segunda fila. Las campañas en la frontera persa alejaban cada vez más a Heraclio (610-645) de los asuntos italianos. Bonifacio se situó en la misma línea de actuación que su antecesor, favoreciendo al presbiterado. Por ejemplo, rebajó el papel de los acólitos, a los que prohibió transportar reliquias o sustituir a los diáconos en sus ausencias. También procuró que la autoridad civil, en Roma y su entorno, quedara sometida a la eclesiástica. Fue un hombre generoso, que distribuyó en limosnas su cuantiosa fortuna y se sintió movido a verdadera caridad hacia una población que vivía en muy difíciles condiciones. Se le ha de atribuir un gran esfuerzo en la edificación de la Iglesia en Inglaterra, aprovechando los copiosos resultados de la misión comenzada más de veinte años atrás. A las provincias del sur, Londres y Canterbury, se sumaba ahora Northumbria, donde el rey Edwin (f 633) y su esposa Ethelburga se convirtieron al cristianismo. Benedicto mantuvo con ellos correspondencia epistolar, enviando además el palio a Justo de Rochester, titular de York, que iba a ser la segunda metropolitana entre los anglosajones.
Honorio I (27 octubre 625 - 12 octubre 638)
Los comienzos. Hijo del cónsul Pctronio y originario de Campania, pertenecía a una de las familias más ricas de Roma. Repitiendo el gesto de san Gregorio Magno, convirtió su casa en un monasterio; de nuevo los monjes desempeñaban un papel decisivo. No hubo en este caso intervalo entre la elección y la consagración porque estaba presente en Roma el exarca Isaac. Coincidió con san Gregorio en otras dos líneas de acción: correcta administración del Patrimonio e interés por los reinos occidentales. Buscaba también una mejora en la formación intelectual de los clérigos, en coordinación con el desarrollo que, desde la época de Cassiodoro (490-575), era visible en los benedictinos. Se estaba haciendo más compleja y, al mismo tiempo, más rigurosamente jerárquica, la ordenación de ese clero. En Roma, Honorio perseguía deliberadamente la sumisión de la ciudad, reduciendo al exarca al rango de huésped bienvenido cuando ocasionalmente la visitaba: eran el papa y sus clérigos quienes se ocupaban de las obras públicas, reparación de acueductos, aprovisionamiento del mercado, paga a los soldados de la guarnición y reparo de edificios, como en este caso concreto San Pedro y Santa Inés Extramuros. Las copiosas rentas del Patrimonio permitían asumir sin agobios tales obligaciones: los funcionarios civiles recibían del papa instrucciones, y sospechamos que también los nombramientos.
Relaciones con los germanos. Fuera del exarcado, frontera del Imperio, se hallaba el reino lombardo, frenado ahora en su expansión, de fronteras inciertas. Honorio mantuvo relaciones normales con Adaloaldo (603-626) y, cuando éste fue depuesto, las reanudó con Arioaldo (625-636), a pesar de ser arriano. Una línea de conducta que le permitió recobrar la autoridad sobre los obispos del norte de la península y dar los primeros pasos para resolver el cisma de AquileiaGrado, que se arrastraba desde mucho tiempo atrás. Aunque la cuestión doctrinal, en torno —como sabemos— a los Tres Capítulos, siguió coleando por algunos años. Honorio pudo nombrar por primera vez un obispo de Grado, y precisamente a uno de sus subdiáconos, Primigenio, en sustitución de Fortunato, depuesto. En esta línea de refuerzo de los vínculos con el norte entran las extraordinarias concesiones a Bobbio, la obra predilecta de san Columbano: fue declarada exenta de cualquier jurisdicción y vinculada directamente a la sede romana.
Constan, asimismo, las relaciones de sumisión de los obispos de Epiro, Cerdeña y España. El año 638 Honorio escribió a los obispos españoles, que se preparaban para celebrar el VI Concilio de Toledo, una carta bastante brusca en que les exhortaba a que no permaneciesen «mudos como perros que no saben ladrar» y les ponía en guardia contra las excesivas condescendencias hacia los judíos. San Braulio respondió con una carta llena de fidelidad pero molesta por la reconvención: Dios había iluminado en ambos sentidos al rey Chintila (636-639). Es posible que hayamos de establecer alguna conexión entre este gesto y la política antijudía, o cuando menos imprudente, de los últimos monarcas godos. Reforzando la vinculación de Inglaterra a la Sede Apostólica, envió el palio a los dos metropolitanos, de Canterbury y de York, encomendando al monje Birinus que iniciara la evangelización de Wessex (638). Dos problemas estaban surgiendo, ambos graves, dentro de esa área: la resistencia de los irlandeses a unificarse con los anglosajones, sus inveterados enemigos, en el seno de la fe, y la reacción nacional e idólatra encabezada por el rey Penda de Mercia (632-642). Penda logró vencer y dar muerte a Edwin de Northumbria en Heathfield (633), pero los católicos se estaban ya reagrupando y no tardarían en conseguir la victoria definitiva.
Querella monotelita. El 634 Honorio recibió una carta del patriarca Sergio de Constantinopla en la que solicitaba o proponía una aclaración doctrinal en torno al modo de operar de la voluntad de Jesucristo. La fórmula propuesta por Ciro de Alejandría y abrazada por Sergio, «dos naturalezas distintas en una sola operación», había sido denunciada por el monje Sofronio como una forma disfrazada de monofisismo. El griego causaba ciertas confusiones que no se daban en latín. Honorio se precipitó probablemente en su afán de dar una respuesta inmediata, sin esperar a disponer de más información, especialmente de la parte contraria. Decía que había que confesar sencillamente «un solo Jesucristo que obra en las dos naturalezas las obras de la divinidad y las de la humanidad. Es necesario, ante todo, poner a salvo la voluntad personal y debe reconocerse «alguna unidad de voluntad», ya que el Verbo ha tomado nuestra naturaleza, mas no el pecado que hay en ella». El texto era claro, pero los términos griegos energía o telía (de donde procede monotelismo) no resultaban tan inequívocos. Cuando recibió al enviado de Sofronio, un presbítero llamado Esteban, intentó el papa evitar deformaciones con una segunda carta en la que recomendaba silencio.
De esta segunda carta sólo se han conservado fragmentos, que son importantes: «No debemos definir ni una ni dos energías… sino confesar las dos naturalezas en unidad de un solo Cristo. Debemos confesar un único operante que es Cristo, el Señor, en las dos naturalezas; y en lugar de las dos energías que se proclame más bien con nosotros dos naturalezas… las dos operando lo que les es propio sin confusión, sin separación y sin cambio.» Fue enviada a Sergio, a Ciro y a Sofronio. Pero ya entonces el patriarca y el emperador Heraclio habían entendido que con el texto de la primera el papa les daba la razón y publicaron un documento, Ekthesis, declarando el monotelismo como fórmula ortodoxa y obligatoria. Se trataba en realidad de un esfuerzo para atraer la buena voluntad de los monofisitas, fuertes en Egipto, en un momento de extraordinario peligro para el Imperio por persas y árabes.
Se había cometido un abuso: donde el papa hablaba de una unidad de voluntad moral trataban los monotelitas de entender unidad de voluntad física. Las Iglesias orientales, especialmente después de que el monofisismo naufragó en la marea musulmana, consideraron herética la doctrina de Honorio y armaron un gran escándalo consiguiendo que fuera condenada en el Concilio de Conslanlinopla del 680. León II, al aprobar sus actas, estableció que en el futuro los papas prestarían un juramento, antes de subir al solio, de no incurrir en lo que se daba en llamar el «error de Honorio». Pero en el siglo xv el famoso cardenal español Juan de Torquemada, al estudiar con detenimiento los texlos, advirtió que el error estaba en los que condenaban la fórmula de Honorio, que era absolutamente ortodoxa, y que el concilio, mal informado, había condenado una doctrina que jamás fue sostenida por el papa. Algunos teólogos católicos han llegado más lejos, al sospechar que las actas mismas del mencionado concilio hayan podido ser falseadas; esta última opinión tampoco es sostenible. Honorio no había negado en modo alguno que Jesucristo estuviera desprovisto de voluntad humana, si bien en Él las dos voluntades actúan al unísono, como explica el Evangelio cuando dice que cumple «la voluntad de mi Padre». El caso Honorio fue esgrimido todavía en el Concilio Vaticano I, que hizo la aclaración de que la infalibilidad pontificia se refiere únicamente a los pronunciamientos excathedra, una condición que no tiene la carta de Honorio a Sergio, que era simplemente explicativa. Es G. Kreutzer (Die Honoriusfrage im Mittelalter und in der Neuzeit, Stuttgart, 1975) quien ha conseguido aclarar este vidrioso episodio.
Severino (28 mayo - 2 agosto 640)
Las noticias que llegaban de Oriente causaban la más profunda alarma: los musulmanes, dueños de Jerusalén, se expansionaban en Siria y preparaban un ataque decisivo sobre Egipto. Amplias zonas de cristiandad antigua y prestigiosa estaban ya en poder de los enemigos de la fe. En tales circunstancias fue elegido papa un anciano, hijo de Avieno, nacido en Roma. Aunque la elección tuvo lugar a mediados de octubre del 638, tuvo que esperar veintidós meses ya que no llegaba la confirmación imperial: Heraclio había hecho llegar al exarca Isaac un ejemplar de la Ekthesis con el encargo de que lograra la aceptación del papa antes de conceder el plácet. Hubo negociaciones muy tercas. Los enviados de Severino a Constantinopla no fueron autorizados a regresar hasta que prometieron poner de su parte todo lo posible para que el papa suscribiera el documento. Sobre el propio electo se ejercieron presiones que podrían ser calificadas de malos tratos.
La guarnición de Roma se amotinó: la vacante en el pontificado impedía que se abonaran las soldadas con cargo al tesoro papal, según era ya la costumbre; de Bizancio no podía esperarse dinero. El comandante de esas tropas, Mauricio, cercó a Severino y sus colaboradores en Letrán, obligando al exarca Isaac a acudir a toda prisa. Los bizantinos saquearon las arcas papales, como si fueran un botín de guerra, pagaron los salarios y enviaron una ayuda al emperador para sus guerras. En estas circunstancias se produjo la consagración de Severino, que apenas pudo sobrevivir dos meses. Tan corto plazo evitó que tuviera que pronunciarse en el espinoso asunto de la Ekthesis. Fue enterrado en San Pedro.
Juan IV (24 diciembre 640 - 12 octubre 642)
Dálmata, era hijo de un alto funcionario \'7bscholasticus) del exarca, de nombre Venancio, y ocupaba el cargo de archidiácono cuando fue elegido en agosto del 640. Durante cinco meses, mientras llegaba la confirmación imperial, gobernó en Roma un verdadero triunvirato que componían, con el electo, el arcipreste Hilario y el primicerio Juan. Los tres firmaron el importante documento que ordenaba a la Iglesia irlandesa atenerse al calendario romano y no seguir la costumbre judía en el cálculo de la Pascua; en el fondo se trataba de un esfuerzo para romper las reticencias que separaban la vieja cristiandad de san Patricio de la que, por esfuerzo misional romano, había llegado a establecerse entre los anglosajones. Esta segunda iglesia estaba en peligro por la muerte de Edwin y la derrota de su sucesor Oswald (633-642). Penda estaba devolviendo extensas regiones al paganismo.
El exarca probablemente esperaba que Juan IV se mostrase obediente a las órdenes imperiales suscribiendo la Ekthesis. Hizo precisamente lo contrario: reunir un sínodo en Roma (enero del 641) y condenar la doctrina del monotelismo como herética. Perdido definitivamente Egipto, Heraclio había dejado de tener interés en ella; el 11 de febrero de ese mismo año escribió a Juan IV declarando que el responsable de la Ekthesis era el patriarca Sergio. Éste, sin embargo, insistió en el monotelismo, afirmando incluso que Honorio I lo había aceptado. Con gran cólera, Juan IV escribió al nuevo emperador Constantino III (641) rechazando dicha afirmación, pues lo único que Honorio había aceptado era que Cristo se hallaba preservado de los efectos de la división que aparece en la voluntad humana a causa del pecado.
El papa Juan mostró un especial afecto a la tierra que le viera nacer: envió al abad Martín con mucho dinero para rescatar cautivos dálmatas que eran víctimas de las correrías de ávaros y eslavos, y edificó en Letrán una capilla para reunir en ella las reliquias de los santos de Dalmacia. Un mosaico de dicha capilla conserva el que parece ser su retrato.
Teodoro I (24 noviembre 642 - 14 mayo 649)
Sus actos. Hijo de un obispo griego y nacido en Jerusalén, se contaba entre los fugitivos que llegaban a Roma como consecuencia del avance musulmán. Su elección demuestra que era cada vez más fuerte la corriente que se oponía al monotelismo. Teodoro tenía una preparación teológica superior a la de sus dos antecesores, se hallaba en relación con Máximo el Confesor, y era discípulo de Sofronio. La corta distancia entre la elección y la consagración indica un primer intento, todavía tibio, para sacudirse la tutela imperial. Dio acogida a los fugitivos que iban llegando de Oriente y despachó un legado, Esteban de Dor, a Egipto, para tratar de organizar la vida de una Iglesia que iba a verse sometida a un régimen de ocupación. Reforzó la independencia de Bobbio respecto al obispado de Tortona, contando con el apoyo de los reyes lombardos, a fin de que la gran abadía fuera un centro de proyección religiosa. En Roma instituyó la fiesta de la Purificación de María (2 febrero), en un intento para incrementar la importancia del culto a la Virgen, todavía poco desarrollado en Occidente.
El Typo de Fe. Impulsado por los obispos de África escribió, apenas consagrado, al emperador Constante II con reproches porque seguía sosteniendo la Ekthesis, contra lo que dispusiera Heraclio poco antes de morir. Pirro, patriarca de Constantinopla, había sido despojado de su cargo al llegar al trono Constante (641-668) y Teodoro negó la comunión a su sucesor Paulo mientras no se dieran dos condiciones: restablecimiento de la legitimidad canónica, mediante renuncia libre de Pirro, y la condena del monotelismo. Pirro apareció en Roma protestando de que su despojo era debido a su ortodoxia, y el papa ordenó que se le tratara como un verdadero patriarca. No perseveró, sin embargo, en esa actitud, pues al llegar a Rávena hizo sumisa obediencia al emperador. En consecuencia, Teodoro hubo de negar la comunión a ambos. Pirro pasó a África, donde llegaban también muchos otros fugitivos, mantuvo un debate con Máximo el Confesor, en Cartago (julio del 645) y reconoció que el monotelismo era un error.
Ante estas presiones, Constante II, tratando de enmendar los daños que la Ekthesis causara, publicó un nuevo decreto, Typo, abrogando aquélla, prohibiendo los debates y disponiendo que todo el mundo se atuviese a la fe de los cinco concilios ecuménicos. Pero el Typo resultaba también para Roma inaceptable y no por razones doctrinales: se trataba de una ingerencia del emperador en la más íntima de las funciones de la Iglesia, a quien exclusivamente correspondía fijar la fe. El apocrisiario Anastasio, que se negó a firmar el documento, fue desterrado a Trebisonda, mientras que la residencia que ocupaba en Constantinopla, la capilla latina del palacio de Placidia, era demolida. Constante intentaba demostrar que él era, también, la cabeza religiosa del Imperio. Teodoro falleció antes de que pudiera pronunciarse acerca del Typo.
Martín I, san (5 julio 649 - 17 junio 653)
Nacido en Todi (Umbría), tierra que ha dado a la Iglesia enérgicos colaboradores, sirvió siendo diácono, como apocrisiario en Constantinopla, de modo que conocía bien las fuertes corrientes de opinión que agitaban al Imperio. De su estancia en Bizancio extrajo una fuerte oposición al monotelismo y, sobre todo, al dominio que los emperadores trataban de establecer sobre la Iglesia. No quiso esperar la confirmación antes de ser consagrado, un gesto que se interpretó en Constantinopla como desobediencia: Constante II se negó a reconocerle como legítimo. En octubre del 649 un sínodo, celebrado en Letrán, con asistencia de 105 obispos, condenó expresamente la Ekthesis y el Typo, anatematizando a Sergio, Pirro, Paulo, Ciro de Alejandría y Teodoro de Farán. Estaban presentes numerosos teólogos griegos exiliados. Al confirmar la doctrina de que en Cristo hay dos operaciones y dos voluntades libres, incontaminadas por el pecado, el sínodo prohibió nuevos debates sobre esta cuestión: la Sede Apostólica había pronunciado la última palabra. Las actas laterancnses fueron comunicadas a todas las Iglesias para que las suscribiesen y también a Constante II, acompañadas de una carta muy comedida.
El emperador percibió cuál era el fondo de la cuestión: se trataba de rechazar su derecho a decidir en cuestiones doctrinales. Nombró a Olimpios exarca de Italia y le transmitió la orden de conducir a Martín como prisionero a Constantinopla. Se trataba, desde su punto de vista, de un funcionario rebelde.
Olimpios no cumplió la orden: comprendió que el papa contaba con un fuerte apoyo y, movido por su propia ambición, se proclamó emperador ofreciendo a Martín un entendimiento pleno si le apoyaba. Pasaron así casi tres años antes de que la revuelta fuera controlada. El nuevo exarca, Teodoro Calliopas, con un fuerte ejército, se apoderó de Letrán (junio del 653) y de la persona de Martín, comunicó al clero que se trataba de un papa ilegítimo y le envió a Constantinopla en un barco, sin tener en cuenta la enfermedad que padecía. El clero romano obedeció en esta ocasión al emperador y procedió a una nueva elección.
Casi a punto de muerte por la gota y la disentería, Martín I alcanzó Constantinopla el 17 de septiembre del mismo año 654, tras una larga estancia en Naxos. Maltratado, fue sometido a juicio por alta traición (19 diciembre 654) —se le acusaba de complicidad con Olimpios— y condenado a muerte. La sentencia se conmutó por destierro a perpetuidad. Después de tres meses de prisión, en espantosas condiciones, fue enviado al Jersoneso (Crimea) en donde falleció el 16 de septiembre del 655.
En el intervalo entre el sínodo romano (31 octubre 649) y su prisión (17 junio 653), Martín I había desarrollado una gran labor: la correspondencia con Sigeberto III (634-656) revela cómo se estaba estrechando la relación con los merovingios; el apoyo a Teodoro de Tarso, nuevo arzobispo de Canterbury, ayudaría mucho a la fuerte reacción anglosajona en favor del catolicismo; las estrechas relaciones con san Amando, primer obispo de Maastricht, sirvieron para afirmar las misiones en los Países Bajos. Es el último papa que figura inscrito en la lista de los mártires. También Máximo el Confesor y sus dos principales colaboradores sufrieron el martirio.
Eugenio I, san (10 agosto 654 - 2 junio 657)
Profunda amargura hubo de sentir Martín I cuando supo que, pese a sus recomendaciones de resistencia, el clero romano había elegido, el 10 de agosto del 654, a un anciano, dulce y santo presbítero, Eugenio, hijo de Rufinianus. Había triunfado la opinión que consideraba peligroso mantener la sede vacante. Parece que posteriormente el propio Martín, para evitar un cisma, decidió renunciar a la tiara. Eugenio envió inmediatamente sus legados para restablecer las relaciones con Bizancio, instruyéndoles en la búsqueda de fórmulas de paz. El nuevo patriarca, Pedro, les acogió calurosamente porque esperaba de ellos que condescendieran. En este clima fue elaborada una fórmula que reconocía en Cristo dos voluntades en dos naturalezas, pero una sola en su hipóstasis o persona. Apoyándose en ella se restableció la comunión entre ambas sedes el año 655.
La fórmula aprobada venía a complicar más las cosas. Cuando los legados regresaron a Roma y se procedió a leer las cartas sinodales bizantinas en la misa que celebraba el papa en Santa María la Mayor, estalló un tumulto, se interrumpió la ceremonia y sólo pudo continuarse cuando Eugenio se comprometió formalmente a rechazar esta doctrina y excomulgar a quienes la sostuviesen. Constante II anunció que se dictaría nueva orden de prisión contra el papa. De nuevo Oriente y Occidente se separaron. La orden imperial no fue cumplida, sin embargo, porque Eugenio I murió antes de que Constante II pudiera tomar las disposiciones oportunas.
Vitaliano, san (30 julio 657 - 27 enero 672)
Nacido en Segni, localidad cercana a Roma, hijo de Anastasio, gozaba indudablemente de buena opinión cerca del emperador. A ella respondió satisfactoriamente, escribiendo tanto a Constante II como al patriarca Pedro cartas en que, silenciado el Typo y las cuestiones debatidas, manifestaba una fuerte voluntad conciliadora. En aquel momento el avance musulmán sobre Constantinopla recomendaba al emperador un repliegue sobre Italia, donde, entre otras cosas, esperaba hallar recursos para montar la contraofensiva. De modo que la respuesta fue también conciliadora: se inscribió en los dípticos el nombre del papa y, entre otras generosas donaciones, Constante II hizo una confirmación general de los privilegios de que gozaba la sede romana.
Italia vivía un tiempo de fuertes tensiones. Bajo el reinado de Ariperto (653-661) el catolicismo había hecho progresos decisivos entre los lombardos, pero se abría paso en este reino la opinión que codiciaba la conquista de toda Italia. Una guerra civil entre los hijos de Ariperto, Bertaris y Godeperto, dio al duque de Benevento, Grimoaldo, la gran oportunidad. Consiguió proclamarse rey. Pero ahora unidos los ducados con el reino, Roma se hallaba como en el centro de una tenaza, con difíciles comunicaciones. Vitaliano acudió al emperador que había ido a instalarse en Sicilia. Constante hizo un corto viaje a Roma el 663 y fue acogido allí con gran entusiasmo. Aguardaba a los romanos una profunda decepción: los bizantinos no representaban ninguna fuerza, ni siquiera bastante para inquietar a Benevento. Lo que el emperador había ido a buscar a Roma era dinero. Incluso confiscó las puertas de bronce del antiguo Panteón para venderlas.
Vuelto a Sicilia, Constante promulgó un decreto (666) confirmando a Revena como capital del exarcado y disponiendo que, por esta condición, su metropolitano quedaba en adelante libre de cualquier dependencia con respecto a Roma. Sin embargo, cuando el emperador murió asesinado por sus tropas (15 de septiembre 668), san Vitaliano se negó a reconocer al usurpador Mejecio, prestando todo su apoyo al hijo de Constante, Constantino IV (668-685). El nuevo emperador pagó su deuda de gratitud olvidándose del Typos. En aquellas horas sombrías, cuando parecía Constantinopla condenada a sucumbir ante la marea islámica, las «cuestiones bizantinas» quedaban fuera de lugar. Vitaliano negó la comunión al nuevo patriarca Juan V, porque en sus cartas sinódicas seguía mostrándose monotelita, a pesar de lo cual Constantino no consintió que se borrara su nombre de los dípticos.
Dos son las obras que hacen grande la memoria de este papa: organizó la schola cantorum de Letrán, abriendo camino a la música religiosa que se separaba de la tradición profana de Roma hasta entonces dominante. Comenzaba el desarrollo de lo que sería, primero, canto gregoriano, y después, polifonía. Los cantores fueron llamados vitaliani, que es el origen de los italiani. La influencia bizantina sobre esta música, que es como la raíz de todo lo que vino después, resulta fácilmente reconocible. Tras la victoria de Oswy, rey de Northumbria (642-670), sobre la reacción pagana, reorganizó la Iglesia anglosajona, fortaleciéndola en su negativa a rechazar las costumbres irlandesas. Para ello consagró en Roma, como arzobispo de Canterbury, a Teodoro de Tarso, y colocó a su lado dos personajes, el abad Adriano y Benedicto Biscop, que garantizaron la fe calcedoniana de la isla. En ambos casos Vitaliano se limitaba a culminar lo que emprendiera su modelo san Gregorio Magno. En uno de los trabajos que continúan siendo esenciales, Henri H. Howorth \'7bThe Goldes Days of the Early English Church from the arrival of Theodore to the death of Bede, Londres, 1917) demostró, entre otras cosas, que esta política pontificia convirtió a Inglaterra en una de las grandes bases de la cultura latina en Occidente.
Deodato (Adeodato) II (11 abril 672 - 17 junio 676)
Hijo de Joviniano, había profesado, siendo muy joven, en el monasterio de San Erasmo del Monte Celio, y fue elegido siendo ya anciano. Confirmado muy pronto por el exarca, Deodato se hizo sin embargo eco de un escrito que presentaba a Martín I y a Máximo el Confesor como verdaderos mártires de la fe, y adoptó en este punto una conducta más rigurosa que la de sus antecesores: rechazó las cartas sinódicas del nuevo patriarca, Constantino I, porque seguía sustentando tesis monotelistas, y provocó una nueva ruptura de relaciones entre las dos Iglesias. El Líber Pontificalís le describe como un monje caritativo y piadoso. Se conservan de él solamente dos cartas: una al abad de San Pedro de Canterbury, la otra al monasterio de San Martín de Tours; se trata en ambos casos de confirmar sus privilegios y de revelar una política que consistía en favorecer todo lo posible las formas de vida monástica. En esa misma línea efectuó importantes obras de remodelación en su propio monasterio.
Domno (Dono) (2 noviembre 676 - 11 abril 678)
Muy pocas cosas se conocen de este breve pontificado. Nacido en Roma e hijo de cierto Mauricio, contaba también edad avanzada en el momento de su elección. Se le recordaría como importante embellecedor de iglesias. Estamos en una etapa en que, detenida la ofensiva musulmana sobre Constantinopla (son los años en que el esfuerzo se vuelca sobre el norte de África), Bizancio sentía de nuevo interés en lograr el acercamiento a Roma. Hubo una especie de acuerdo entre Domno y Reparatus metropolitano de Rávena, para dejar en suspenso el asunto de la autocefalia. Constantino IV presionó al patriarca de Constantinopla, Teodoro, hasta conseguir que escribiera una carta conciliadora. La propuesta del emperador consistía en reunir en la capital del Imperio una especie de conferencia entre teólogos, a la que asistieran delegados del papa, a fin de debatir las cuestiones pendientes a causa del nestorianismo, el monofisismo y el monotelismo. La invitación llegó después de la muerte de Domno.
Éste, mientras tanto, había tenido que enfrentarse en la propia Roma con el descubrimiento de una comunidad de monjes sirios refugiados que eran nestorianos. Domno sustituyó en el monasterio a dicha comunidad por otra de romanos y dispersó a los sirios entre varios monasterios a fin de que fuesen aleccionados y conducidos convenientemente a la fe de Calcedonia.
Agatón, san (27 junio 678 - 10 enero 681)
Las líneas generales. Monje siciliano, manejaba con igual soltura el griego y el latín. Los deseos bizantinos de alcanzar la reconciliación se manifestaron en la prontitud con que le fue enviada la confirmación desde Rávena. Constantino IV, a quien llamaban Pogonato (nacido con barba), estaba decidido a abandonar el monotelismo, inútil para lograr la reconciliación con los monofisitas y perjudicial en las provincias occidentales, de las que, tras la pérdida del Próximo Oriente, esperaba un refuerzo para sostener lo que aún quedaba de su Imperio. San Agatón recibió la invitación destinada a Domno y respondió favorablemente al proyecto de gran asamblea teológica en Constantinopla. Antes promovió sínodos en las Iglesias occidentales, como los de Milán y Heathfield (Inglaterra) y uno especialmente en Roma (680), al que concurrieron más de 150 obispos. Se trataba, pues, de fijar con claridad los términos en que se expresaba la fe en Occidente. Estuvo presente también el metropolitano de Rávena, Teodoro, que a cambio del reconocimiento como primado del norte de Italia dejó a un lado sus pretensiones de aulocefalia. Se acordó que, en adelante, los electos ravennatas serían consagrados por el papa de quien recibirían el pallium.
La «Epístola de san Agatón». En el sínodo se redactaron las instrucciones para los legados que iban a viajar a Constantinopla. Entre ellos, muy numerosos, figuraban dos futuros papas. Llegaron a la capital del Imperio el 10 de septiembre del 680 y fueron recibidos con entusiasmo. Eran portadores de dos cartas de san Agatón, una dirigida al emperador y la otra explicatoria de la doctrina de las dos voluntades en Jesucristo que toda la Iglesia occidental había ya suscrito. En la entregada a Constantino había una invitación para que asumiese un nuevo papel como cabeza de la cristiandad en el orden temporal. «Sólo la Iglesia, dirigida por el sucesor de Pedro, puede garantizar al Imperio aquel carácter universal que le ha hecho perder la aparición de nuevos reinos germánicos, sustituyendo la antigua unidad política por el vínculo de la unidad religiosa.» En la mente del papa se dibujaba ya una gran teoría, tendente —como apunta Walter Ullmann (The Growth ofpapal Government in the Middle Ages. A study in the Ideological Relation of Clerical to Lay Power, Londres, 1955)— a definir la cristiandad como una pluralidad de poderes políticos unidos por el fuerte vínculo de la Iglesia a la que todos pertenecen; en ella al papa, en cuanto custodio del orden moral y de la doctrina revelada, corresponde la auctoritas; pero al emperador, cabeza de todos los soberanos temporales, corresponde una potestas eminente que le coloca por encima de todos los demás, siendo el signo de unidad temporal en esa misma cristiandad.
El concilio, al aprobar la Epístola de Agatón, que repetía muchos de los conceptos del Tomus de san León Magno, llegó a decir: «Era el primero de los Apóstoles quien combatía con nosotros. Teníamos para fortalecernos a su discípulo y sucesor que en sus Epístolas nos explicaba la ciencia de Dios.» Y concluía: «Es Pedro quien habla por Agatón.» Lo que se había proyectado como una conferencia doctrinal, se convirtió en el VI concilio ecuménico, tercero de los celebrados en Constantinopla. Se le conoce también como Trullano porque, presidido por Constantino IV, tuvo sus sesiones en la sala del palacio imperial llamada Trullo. En la sesión decimotercera del mismo fueron condenados los principales defensores del monotelismo, entre los que se colocó al papa Honorio. Agatón había fallecido antes de que las deliberaciones concluyeran, el 16 de septiembre del 681, pero hubo un reconocimiento público de que a él, y también al emperador, se debía el restablecimiento de la unidad en la verdadera fe.
Una de las características de este pontificado es la atención que durante él se prestó a las finanzas pontificias. Graves pérdidas territoriales, consecuencia de las conquistas musulmanas, junto con alteraciones políticas, habían reducido drásticamente la tesorería real. Desconocemos en absoluto las relaciones con España, reducidas a un mínimo en aquellas postrimerías del reino visigodo. Prestó en cambio mucha atención a la Iglesia de Inglaterra, donde habían surgido conflictos entre Wilfrido, obispo de York, y Teodoro de Tarso, el de Canterbury. De todo fue cumplidamente informado el papa por Benedicto Biscop, que hizo para ello un viaje a Roma. Fue entonces enviado a las islas el abad Juan, del monasterio de San Martín, encargado de informar y, sobre todo, de acomodar la liturgia a los usos romanos. Entonces se introdujo en las islas británicas el canto gregoriano.
León II (17 agosto 682 - 3 julio 683)
Este siciliano fue probablemente elegido en enero del 681, pero tuvo que esperar dieciocho meses para ser consagrado ya que Constantino IV había dispuesto que fuese el emperador y no el exarca quien otorgase la confirmación. Llegaron las cartas de León II a Constantinopla cuando aún no habían concluido las sesiones del concilio; deliberadamente Constantino retrasó su respuesta para poder incluir las actas que, como anotamos, incluían una condena de Honorio. León disminuyó la importancia de la famosa carta del papa diciendo que, a lo sumo, podía hablarse de una falta personal de energía de la que se aprovecharon los herejes, pero no sólo confirmó las actas, sino que dispuso que en adelante los pontífices, antes de tomar posesión, debían prestar juramento de repudio a la «Fórmula de Honorio». Quedó restablecida la presencia de un apocrisiario en Constantinopla y, como muestra de cordialidad, fueion rebajadas las tasas imperiales que pesaban sobre las rentas del Patrimonium en Sicilia y Calabria.
Conocemos bien la posición del papa por las cartas que envió al emperador y también al arzobispo de Toledo: el caso Honorio se reducía a una simple negligencia personal. San Julián recibió la que iba destinada a su antecesor en la sede toledana, ya fallecido, y dispuso que las actas del Concilio de Constantinopla fuesen examinadas al mismo tiempo que un documento redactado por él mismo, Apologeticum fidei, para asegurar la ortodoxia de la Iglesia española. La doctrina conciliar fue aceptada en España sin que se hiciera ninguna referencia al caso de Honorio. También los obispos italianos suscribieron el concilio y Constantino revocó con cierta solemnidad el decreto de Constante II acerca de la autocefalia de Rávena, permitiendo de este modo al pontífice ejercer su autoridad sobre todas las sedes de la península.
Benedicto II, san (26 junio 684 - 8 mayo 685)
Romano de origen, se trataba de uno de los niños educados en la schola cantonan que hiciera una carrera eclesiástica, siendo ya presbítero en el momento de su elección. Su designación parece significar que, con la paz, Roma estaba adquiriendo mayor independencia. Casi un año tardó en recibirse la confirmación imperial, no por otra causa que la dificultad en las comunicaciones. De ahí que Benedicto propusiera que se volviera a la costumbre de que fuera el exarca de Rávena, siempre más próximo, el encargado de cumplir la fórmula; podía ser, además, una compensación a la pérdida de la autocefalia. Las relaciones entre Roma y Bizancio pasaban por el mejor momento: de las querellas cristológicas quedaba apenas el recuerdo. En una solemne ceremonia, ante el clero y el ejército, manifestó Benedicto que tomaba bajo su patrocinio a los hijos del emperador.
La única noticia importante de su pontificado es el empeño que el papa puso en conseguir que todo el Occidente suscribiera las actas del Concilio de Constantinopla del 681. Los obispos españoles lo hicieron en forma solemne en el XIV Concilio de Toledo (noviembre del 684), pero aprobaron al mismo tiempo,
como una muestra de su capacidad de iniciativa, el Apologeticum de san Julián
(642-690). Supo luego el arzobispo de Toledo que el gesto había parecido mal al
papa, que formuló críticas al documento, y por ello respondió a Benedicto en
forma ciertamente áspera, llevando además dicha respuesta a la aprobación del XV Concilio de Toledo. No hubo en momento alguno peligro de ruptura.
Juan V (23 julio 685 - 2 agosto 686)
La tendencia a escoger personas mayores dotadas de experiencia hacía que los pontificados fuesen muy breves. Procedente de Siria, Juan era con toda probabilidad uno de los refugiados en Roma. Desempeñó el papel más relevante en la legación romana ante el Concilio de Constantinopla, cuyas actas se encargó de traer. Aclamado por unanimidad en San Juan de Letrán, no tuvo que esperar más que dos meses para la confirmación que, según lo pactado, otorgó el exarca de Rávena. De su pontificado se conoce tan sólo que impidió una tentativa del obispo Citonatus de Cagliari para hacer de la Iglesia de Cerdeña una especie de núcleo independiente de Roma. Enfermo, apenas podía tomar parte en las ceremonias solemnes y prolongadas. Está enterrado en San Pedro.
Conon (21 octubre 686 - 21 septiembre 687)
Un tiempo de paz veía crecer las tensiones internas. Había crecido mucho el poder de los papas y esto despertaba apetitos. Tres sectores dentro de la ciudad, el clero, la milicia y la aristocracia de grandes propietarios, pugnaban por elevar al solio un candidato que favoreciese sus propósitos. A la muerte de Juan el clero presentó al arcipreste Pedro, mientras que los soldados aclamaban a un presbítero llamado Teodoro. La milicia se instaló en San Esteban in Rotondo, destacando una unidad a San Juan de Letrán para impedir la elección regular. Los dos bandos acabaron llegando a una solución de compromiso y designaron a Conon, presbítero, que era al mismo tiempo hijo de un general que había servido en Asia Menor y Sicilia. Se trataba, simplemente, de un papa de tránsito, enfermo y poco inteligente, para salvar un tiempo difícil. Los partidos conservaron sus ambiciciones y su recíproca hostilidad.

Justiniano II (685-711), que continuaba la línea política de paz que siguiera su padre, envió a Conon una carta (17 febrero 687) en que, confirmado el plácet enviado por el exarca, hacía expreso reconocimiento de su legitimidad: comunicaba en ella que todos los altos oficiales del Imperio y todos los obispos habían suscrito las actas del Concilio de Constantinopla; dejaba muy claro que se consideraba elegido por Dios como verdadero defensor de la ortodoxia. Consciente de las difíciles circunstancias económicas que atravesaba Roma, el emperador rebajó las tasas que pesaban sobre las propiedades pontificias radicadas en las provincias que aún le permanecían fieles; las más copiosas seguían estando en Sicilia. Conon cometió entonces el error de designar rector de ese patrimonio a un diácono de Siracusa, en lugar de escoger a un romano, como era la costumbre, y con ello se enajenó la buena voluntad del clero de Roma. Además, ese diácono, llamado Constantino, entendió que su misión consistía en incrementar las rentas presionando a los campesinos y provocó una revuelta. El gobernador bizantino decretó su destierro. El pontificado de Conon, de menos de un año, dejó tras de sí graves problemas.


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